Es la verbosidad excesiva, incontenible, inútil, indiscreta e insustancial que sufren algunas personas. Vicio que no es ajeno a ciertos políticos tropicales. He conocido varios, más parecidos a charlatanes de feria que a líderes políticos, que manejan el arte de expresar el menor número de ideas con el mayor número de palabras. Algunos de ellos hablan tan rápido, que sus ideas se atrasan con respecto a sus palabras, de modo que primero hablan y después piensan. Esta desbordante verborrea los lleva a disparatar con demasiada frecuencia y a enredarse en lugares comunes, juicios insustanciales y afirmaciones sin sustento. En algunos casos la locuacidad llena el vacío cultural y suple la ausencia de ideas.
Pero, por cierto, la verborragia, la verborrea, la charladuría, la estridencia verbal, la garrulería, la cháchara y la locuacidad incontenible son diferentes de la elocuencia, la facilidad de palabra e incluso la facundia, que son atributos complementarios de un buen político para comunicar sus ideas y transmitir sus sentimientos.