Aunque se la usaba con frecuencia en lugar de intimidad, esta palabra no existía en el castellano hasta el año 2001, en que fue incorporada por la Real Academia Española a su diccionario. Resulta de la traducción del inglés privacy, proveniente del latín privatus, que significa lo que es particular o reservado de cada individuo. Se refiere a la intimidad personal o familiar, y a la discreción o reserva que deben rodearla en las relaciones humanas y con mayor razón en las relaciones políticas.
La privacidad es un valor celosamente defendido contra toda posible incursión de la sociedad. La intimidad personal y familiar está protegida de los ruidos, olores, contaminación, peligros, miradas, indagaciones, publicaciones y cualesquiera otras formas de intromisión en los asuntos privados de las personas. Aunque intimidad no es propiamente secreto, se considera que cada persona es dueña de una esfera de actividad que no tiene por qué ser conocida sin su voluntad por las demás.
Ese es el derecho a la intimidad.
En la lucha política con frecuencia se incursiona en la vida privada y familar de los políticos, que debe ser inaccesible para los demás, y los medios de comunicación que pugnan por entrar en ella. Aunque la esfera de intimidad de los políticos es cada vez más reducida, puesto que viven detrás de paredes de cristal, ellos defienden su derecho a la privacidad y reivindican la reserva de los actos de su vida íntima. La prensa, sin embargo, no se detiene. Indaga sus actividades y utiliza para ello los sofisticados instrumentos que le proporciona la tecnología moderna —interferencias telefónicas, fotografías a larga distancia, escuchas electrónicas— para hacerlas de conocimiento público. Eso pasa en todo el mundo. Las relaciones familiares, la vida sentimental, el ejercicio profesional, el patrimonio, los negocios privados, el pago de impuestos y muchos otros elementos de la vida particular de los políticos salen con frecuencia a la luz pública.
Pero una cosa es la intimidad personal y familiar de los actores de la vida política del Estado, como un derecho común a todos los seres humanos, y otra muy distinta es el proceso histórico de transformación en asuntos de interés público de zonas de la vida social que antes estuvieron sometidas exclusivamente al dominio particular. En otras palabras, lo dicho sobre la privacidad nada tiene que ver con el proceso de publificación de asuntos que hasta hace poco tiempo eran de incumbencia particular en la vida social. Me refiero a la conversión en públicas de cuestiones que eran privadas. Esto ha ocurrido por obra de la propia dinámica social. Con el crecimiento demográfico, con la aparición de la llamada >sociedad de masas, con la hipertrofia del urbanismo y con la complicación de la vida comunitaria, tuvieron que crecer las reglamentaciones estatales para incorporar un razonable nivel de disciplina en la vida social. Aparecieron nuevas ramas del Derecho. Se volvió indispensable crear normas para regular elementos de la vida humana que hasta hace poco eran completamente privados. Pasaron a ser de incumbencia pública actividades que antes estuvieron sometidas a la autonomía de la voluntad individual. Ese es un fenómeno que no puede ponerse de lado al tratar este tema. Con la masificación de los centros urbanos y la creciente complicación de la vida social se produjo inevitablemente lo que algunos tratadistas han denominado la publificación de importantes elementos de la vida humana, es decir, la transformación en públicos de asuntos que antes fueron de exclusiva competencia privada.
Internet constituye un atentado real y potencial contra la privacidad de las comunicaciones personales porque en ella opera una serie de ciberpiratas que, actuando desde el anonimato, se introducen clandestinamente en las líneas, aprovechando que la red carece de un control centralizado. En el argot cibernético se habla de los hackers, los crackers, los script bunnies, los insiders y otros operadores de la piratería informática, que descifran códigos, roban contraseñas, piratean información, interfieren el correo electrónico, espían, envían cartas falsificadas, difunden virus informáticos, rompen sistemas y causan toda clase de daños deliberados en la red.
Ellos, a través del espionaje remoto —scans—, detectan las características de las computadoras, de los servicios y de las conexiones existentes en un sitio determinado de la red a fin de identificar sus debilidades. Los denominados sniffers son rastreadores que investigan furtivamente los paquetes de información que viajan por internet, descifran las contraseñas y abren su contenido; las malicious applets son programas que dañan los archivos del disco duro de las computadoras, roban contraseñas y envían cartas falsas por el correo electrónico; los programas de descodificación —password crackers— descifran contraseñas; las bombas maliciosas —logic bombs— contienen instrucciones en los programas de aplicación para borrar los archivos, apagar los ordenadores, entrabar las impresoras y desquiciar la operación de los sistemas; los minadores de basura —dumpster diving— buscan en los desechos informáticos de las empresas alguna información que les pudiera ayudar para entrar en sus sistemas.
Estas son algunos de los peligros de la red que atentan contra la privacidad de los archivos y la reserva de las comunicaciones de la gente.
En el año 2004 se levantó una polémica en Europa alrededor de un nuevo servicio de correo electrónico —denominado Gmail—, que ofrecía el buscador norteamericano Google de internet, porque violaba la privacidad de los usuarios del sistema ya que las copias de sus mensajes podían permanecer en él después de que el usuario los haya borrado de su casilla de correo. Lo cual produjo la protesta de Privacy International y de Bits of Freedom, entidades protectoras de los derechos de los usuarios de la red.
Un extraño y escurridizo joven australiano, llamado Julian Paul Assange (35 años) —matemático, experto en informática y activista hacker— fundó en Suecia a finales del 2006 una red internacional de hackers denominada WikiLeaks, con el declarado propósito de “abolir el secretismo oficial” y abrir la “transparencia radical” y la “divulgación indiscriminada” de la información, sin consideraciones a la privacidad, la propiedad intelectual ni la seguridad nacional, para lo cual forjó un sitio web, es decir, un portal electrónico de revelación de documentos e informaciones clasificados y no clasificados en internet.
WikiLeaks estuvo servida por miles de anónimos, voluntarios y no remunerados hackers, programadores de computación y expertos en tecnología de la información regados por el mundo, de extraordinaria habilidad en el manejo de los más sofisticados software informáticos, que con sus finas operaciones algorítmicas en la red lograron romper códigos cifrados e introducirse en las comunicaciones electrónicas secretas, grabarlas y codificarlas. Y, con ello, abrieron una era de terrible inseguridad en las comunicaciones digitales del planeta, que generó profunda preocupación en los hombres de Estado y gobiernos por la pérdida de control de la información en el mundo de internet.
WikiLeaks inauguró sus operaciones piráticas con el anuncio, en enero del 2007, de que preparaba la publicación de más de 1,2 millones de documentos reservados de trece países, que había interceptado en internet y que tenía en su poder. Hasta ese momento muy pocos internautas conocían la existencia de WikiLeaks, su operación de interferir información en la red y los centenares de miles de mensajes secretos que habían sido interceptados por ella.
Una de las cosas que descubrió tempranamente WikiLeaks fue que los piratas informáticos del gobierno de China utilizaban la red para obtener información secreta de los gobiernos extranjeros. Por eso, ella se inició con el apoyo de los disidentes chinos y de empresas de internet de Taiwán, aunque después plegaron a ella activistas informáticos que defendían la comunicación y difusión libres de las informaciones secretas de los gobiernos y corporaciones.
Se supone que la primera filtración de información hecha por WikiLeaks fue en diciembre del 2006, cuando descubrió que el jefe del Consejo Supremo Somalí de los Tribunales Islámicos, Hassan Dahir Aweys, participó en el asesinato de varios miembros del gobierno de su país.
En agosto del 2007 destapó la existencia y operación de una red de empresas ficticias en treinta países, pertenecientes a la familia del exlíder keniata Daniel Arap Moi, que canalizaron fraudulentamente centenares de millones de euros desviados de las arcas públicas de ese Estado africano.
Filtró el 14 de noviembre del 2007 información reservada de las operaciones norteamericanas en Guantánamo, donde guardaban prisión desde el 2002 centenares de individuos acusados de pertenecer a la banda terrorista al Qaeda y de estar relacionados con el atentado contra las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York y el Pentágono en Washington el 11 de septiembre del 2001, perpetrado por comandos fundamentalistas islámicos.
En febrero del 2008 publicó información sobre supuestas actividades ilegales en la filial del banco suizo Julius Baer de las Islas Caimán. La entidad financiera acusada demandó a WikiLeaks y un juzgado de California ordenó su cierre; pero organizaciones vinculadas a los derechos humanos y a la libertad de prensa apelaron del fallo y el sitio volvió a funcionar.
Filtró en noviembre del 2008 información relacionada con la identidad y ubicación de 13.500 dirigentes y miembros del British National Party, de extrema derecha y tendencia racista, entre los que estaban clérigos, oficiales de policía y maestros de escuela.
En enero del 2009 hizo públicos alrededor de seiscientos informes secretos de la ONU sobre supuestos abusos sexuales de cascos azules europeos en diversos lugares de África. En ese momento el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas tenía desplegados alrededor de 64.000 soldados en 17 operaciones de paz alrededor del mundo.
Difundió el 14 de septiembre del 2009 el llamado Reporte Minton (2006) —Minton Report— sobre el derrame de desechos tóxicos en Costa de Marfil que afectó a unas 108 mil personas con quemaduras en la piel, los ojos y los pulmones, vómito, diarrea, pérdida de la conciencia o muerte.
En abril del 2010 una grabación de vídeo difundida por WikiLeaks, titulada collateral murder, mostró las imágenes de un helicóptero del ejército norteamericano que abatía, por error, a once iraquíes en un suburbio de Bagdad, entre los que estaban dos empleados de la agencia informativa Reuters. El hecho ocurrió el 12 de julio del 2007.
En julio del 2010 reveló 76.607 documentos secretos del conflicto de los talibanes en Afganistán, iniciado en el 2001, con base en la interceptación de comunicaciones reservadas enviadas desde el frente de lucha, con indicación de las operaciones en marcha, el resultado de otras ya ejecutadas y los actos preparatorios de futuras acciones. Algunos de esos documentos fueron publicados en "The Guardian" de Inglaterra, "Der Spiegel" de Alemania y "The New York Times" de Estados Unidos. Allí se filtraron detalles del episodio de la muerte de civiles y soldados de la coalición a causa del “fuego amigo”.
El 22 de octubre de 2010 WikiLeaks capturó 391.831 documentos sobre la guerra de Irak, filtrados desde el Pentágono, en los que se revelaban muchos datos y circunstancias de esa confrontación bélica en el Oriente Medio iniciada en la madrugada del 20 de marzo del 2003, muchos de los cuales fueron publicados en las ediciones digitales de varios periódicos europeos y estadounidenses.
La cadena de estas y otras muchas filtraciones de información culminó con un gran escándalo mundial: el 28 de noviembre del 2010 WikiLeaks, tras interceptar, penetrar, codificar, copiar y robar 251.287 documentos oficiales cursados por internet en los seis años anteriores entre el Departamento de Estado —que es el ministerio de asuntos exteriores de Estados Unidos— y sus embajadores en varios países, filtró parte de ellos —en lo que fue la mayor filtración de la historia— y los hizo públicos en los diarios "The New York Times", "Der Spiegel", "The Guardian", "Le Monde" de Francia y "El País" de España.
Salieron a luz notas electrónicas, comunicaciones, informes, vídeos y audios, todos los cuales contenían mensajes confidenciales.
En esas notas y documentos dirigidos a la secretaria de Estado Hillary Clinton, imprudentes embajadores norteamericanos se refirieron en términos peyorativos, deprimentes, burlones o displicentes a gobernantes y líderes políticos de varios países, algunos de ellos aliados de los Estados Unidos. Comentaron, por ejemplo, que la canciller demócrata-cristiana alemana Angela Merkel era una mujer situada en la retaguardia; calificaron a Nicolás Sarkozy como “el presidente más pronorteamericano que tuvo Francia desde la segunda guerra mundial” pero lo apodaron de “frenético”, “impulsivo”, “errático”, “imprevisible” e “hiperactivo”; dijeron de Rusia que era un “Estado mafioso” con una corrupción generalizada y agregaron que “la democracia en Rusia ha desaparecido” y que “el gobierno es una oligarquía dirigida por los servicios de seguridad” comandados por el primer ministro Vladimir Putin (a quien llamaron “Batman”, en alusión al personaje de los cómics) por encima del presidente Dimitri Medvedev (apodado “Robin”); expresaron que los gobernantes de Cuba y Venezuela alojaban en su territorio a terroristas de ETA y guerrilleros de las FARC y el ELN; acusaron a Irán de buscar uranio en Venezuela y Bolivia para su programa nuclear, compararon a su gobernante Mahmud Ahmadinejad con Hitler y afirmaron que él ayudaba militar y económicamente al grupo terrorista al Qaeda y a los talibanes en el conflicto de Afganistán; informaron que la heroína procedente de Irán hacia Azerbayán —procesada con opio afgano principalmente por los Guardianes de la Revolución iraníes— pasó de 20 kilos en el 2006 a 59.000 kilos en el primer trimestre del 2009; comentaron que el presidente del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero profesaba un “izquierdismo trasnochado”; atribuyeron a la Secretaria de Estado para Iberoamérica, Trinidad Jiménez —que dirigió después el Ministerio de Relaciones Exteriores de España— haber dicho que el presidente venezolano Chávez era un “payaso”, y al entonces canciller español Miguel Ángel Moratinos haber tildado de “ignorante e inexperto” al presidente boliviano Evo Morales; dijeron del gobierno y ejército mexicanos que habían sido desbordados por los carteles del narcotráfico; informaron que el dinero del tráfico internacional de drogas y las “maletas llenas de dinero” enviadas por el presidente Chávez de Venezuela financiaron la campaña electoral del presidente Daniel Ortega en Nicaragua el año 2007, y que éste contrató como su secretario particular y asesor de la presidencia al ciudadano libio Muhamad Lashtar, sobrino de Muammar Gadaffi y vinculado a sus servicios de seguridad; pusieron en duda la sanidad mental de la presidenta Cristina Fernández de Argentina; del presidente de Venezuela, dado a baladronadas mediáticas, dijeron que era un “perro que ladra y no muerde”; sostuvieron que el presidente Álvaro Uribe de Colombia estuvo listo para enviar sus fuerzas militares a capturar y traer de vuelta a los miembros de las FARC que residían en Venezuela y que el espionaje telefónico ilegal del gobierno colombiano contra políticos de oposición y periodistas había sido ordenado por el secretario general de la presidencia; dijeron del presidente Alan García de Perú que tenía un “ego colosal”; afirmaron que Fidel Castro, a bordo de un avión en la ruta Holguín-La Habana en el 2006, sufrió una hemorragia por una perforación en el intestino grueso que lo puso al borde de la muerte; calificaron a los disidentes políticos cubanos de “personalistas”, “sin arraigo social” y “excesivamente preocupados por conseguir dinero”; aseveraron que, al amparo de la política de “puertas abiertas” y de supresión de visas del gobierno ecuatoriano, desde el 2008 ingresaron a Ecuador masivamente ciudadanos chinos —el cable decía que en los últimos cuatro meses de ese año habían entrado diez mil chinos—, árabes, iraníes, afganos, iraquíes, cubanos, nigerianos y de otras nacionalidades, cuyo destino final era entrar ilegalmente a Estados Unidos vía Colombia y Centroamérica, y que esa inmigración produjo además un notable incremento del narcotráfico en América del Sur; informaron que el rey saudita Abdallah pidió a los Estados Unidos que adoptasen una solución radical para poner fin al programa nuclear de Irán; describieron al primer ministro italiano Silvio Berlusconi como irresponsable, inútil e incompetente debido a su dedicación a las “fiestas salvajes”; afirmaron que el presidente afgano Hamid Karzai era un completo paranoico y que su hermano era un corrupto traficante de drogas; apuntaron que el líder libio Gadafi era un hipocondríaco perdido y tenía terror de volar sobre el mar; dudaron de las posibilidades de infraestructura y seguridad de Brasil como sede de los Juegos Olímpicos del año 2016; revelaron que en el 2009 el Vaticano se había negado a colaborar en una investigación irlandesa sobre actos de paidofilia y abusos sexuales cometidos por miembros del clero católico en Dublín y calificaron a los líderes de la Iglesia Católica de “ancianos”, “oscurantistas” y “poco familiarizados con las nuevas tecnologías”; en fin, hicieron uso de un lenguaje imprudente y chabacano en sus comunicaciones diplomáticas.
Los medios de comunicación escritos y audiovisuales del planeta entero publicaron extensamente el escándalo en sus principales páginas, espacios auditivos y pantallas durante mucho tiempo. Y los políticos de las diversas tendencias ideológicas aprovecharon el material para sus propios fines.
El contenido de aquellos documentos demostró, en realidad, que más que espionaje hubo chismorreo en las esferas diplomáticas norteamericanas. Pero las informaciones filtradas —en lo que fue la mayor filtración de información de la historia— no dejaron de poner en aprietos, en primer lugar, al gobierno de Estados Unidos, cuyas comunicaciones habían sido masivamente pirateadas en internet, y a muchos otros gobiernos de Europa, América Latina, Asia y África, insertos en las informaciones interceptadas y en las acusaciones de corrupción que habían formulado los miembros del cuerpo diplomático estadounidense.