La palabra viene del inglés pragmatism. Designa al sistema filosófico angloamericano que propone, como único criterio válido para juzgar la verdad de las doctrinas científicas, políticas, morales o religiosas, el de los resultados que ellas producen en la práctica.
Nada es bueno o malo, verdadero o falso, independientemente de sus resultados.
El concepto de pragmatismo se debe a Charles Sanders Peirce (1839-1914), a William James (1842-1910) y a John Dewey (1859-1952), quienes se opusieron a la separación entre pensamiento y acción y formularon la tesis de que la verdad de una idea, un juicio o una tesis consiste en que de resultados positivos. El fin de todo conocimiento es condensarse en la experiencia. El instrumentalismo, que es la versión pragmática del educador norteamericano Dewey, afirma que las teorías y los conceptos son principalmente herramientas para la acción.
Curiosamente, aunque la palabra pragmatismo llegó a la política desde la filosofía, la política pragmática y el pragmatismo de los políticos son mucho más antiguos que la elaboración filosófica de estos conceptos. El pragmatismo político, si bien no con ese nombre, existió desde los más remotos tiempos de la humanidad: desde las primeras detentaciones del poder en las sociedades primitivas. Y a partir de entonces y hasta nuestros días no ha dejado de existir.
En los remotos tiempos de la >teocracia, la manipulación interesada de la idea de dios fue una acción pragmática puesto que logró el resultado de la sumisión del pueblo a los detentadores del poder, quienes encarnaban a la divinidad. El régimen de las <castas en la India cumplió parecido papel. No menos pragmática fue la >razón de Estado de Maquiavelo, seguida por muchos gobernantes. En la política contemporánea se manejan varias ideas que inducen muy eficazmente a los pueblos a la obediencia. Todas ellas son pragmáticas. Quiero decir con esto que el pragmatismo ha estado presente en la acción política de las diversas épocas de la historia. Casi es un elemento consustancial de la política.
Político pragmático es el que atiende principalmente a los resultados de sus actos, con despreocupación de lo que dice su ideología. Si tiene que afrontar una contradicción entre un principio ideológico y un acto político, se decide por el segundo. Para él lo primordial son los resultados. La política se juzga por ellos. La verdad de las ideologías, siempre vinculada a su utilidad, no existe independientemente de los resultados que sus principios producen en la realidad.
Sin embargo, la palabra pragmatismo, referida a la política y a los políticos, tiene actualmente connotaciones muy especiales y no siempre laudatorias. No es, ciertamente, la filosofía del sentido común sino el olvido de los principios y el fetichismo de los resultados prácticos de las acciones políticas. Es, para decirlo con palabras del filósofo estadounidense William James, “volver la espalda a los principios y el rostro a los fines”, en una moderna versión de la vieja fórmula maquiavélica de que el fin justifica los medios. Con frecuencia los políticos “pragmáticos” incurren en el <oportunismo, por su desmedido afán de alcanzar resultados prácticos.
Las ideologías dicen lo que hay que hacer y para quién desde la acción política, mientras que los esquemas programáticos, que son un desprendimiento de ellas, señalan el cómo, el cuánto, el cuándo y el dónde de tales acciones.
En todos los actos de un político ideológico está inscrita la ideología. Ésta tiene tres elementos:
a) el análisis crítico del presente, con referencias necesarias al pasado histórico del que nace;
b) el señalamiento de objetivos de futuro; y
c) la metodología para alcanzarlos, es decir, el conjunto de medidas a tomarse para el tránsito del presente hacia el futuro deseado.
La ideología implica para quien la profesa una concepción integral del mundo, una cosmovisión, una toma de posición frente a la vida. La ideología, por tanto, marca unos principios, unos paradigmas, un método, una conducta. Pero en la era de la proclama de la “muerte de las ideologías” el pragmatismo cobró un especial relieve, porque bajo la sistemática e isócrona postulación de la desaparición de los principios ideológicos los agentes políticos pudieron conducirse y operar con pragmática libertad. Quedaron liberados de las ataduras de sus convicciones, de sus principios doctrinales y de sus sistemas axiológicos y actuaron con un amplio margen de libertad. Ya no debieron ajustar su conducta a los principios. Y el >transfugio político, la contradicción, la inconsecuencia con sus planteamientos pasados y la corrupción han sido algunas de las consecuencias. La vida política ha perdido sus dimensiones ética y estética. Muchas cosas feas y poco elegantes se hacen en nombre del pragmatismo político.