Esta palabra tiene tres significaciones. La una es la actitud espiritual del hombre, abierta y optimista ante la vida, que ve las cosas buenas y resta importancia a las malas, que tiene fe en la virtud y el bien. La otra es la acepción filosófica. En este ámbito, el positivismo es la escuela de pensamiento que admite exclusivamente el método experimental para buscar y establecer la verdad científica, y que por tanto rechaza toda noción a priori y todo concepto absoluto. Fue fundada por el filósofo francés Augusto Comte (1798-1857) y defendida por John Locke, David Hume, John Stuart-Mill, Herbert Spencer, Ernest Renan, Hipólito Taine, Luciano Lévy-Bruhl, Emile Durkheim, Charles Darwin y muchos otros filósofos y científicos de diversas épocas. Y la tercera está referida a la escuela positiva en el Derecho Penal, fundada por los criminólogos italianos Enrique Ferri, César Lombroso y Rafael Garófalo, que representó una profunda revolución en las ciencias criminológicas tradicionales y que insurgió contra los juristas de la escuela clásica —Beccaria, Carrara, Howard, Marat, Romagnosi, Feuerbach, Bentham, Carmignani, Binding, Beling— al sostener en el estudio del delincuente y del delito que hay un cierto determinismo social en los actos delictivos y que las penas, antes que sanciones, deben ser un medio de defensa social.
La filosofía positiva alcanzó gran importancia en toda Europa y ejerció mucha influencia en la formación de las ciencias sociales. Afirmó su confianza irrestricta en la capacidad de la ciencia para llegar a la verdad y sostuvo la existencia de leyes necesarias y constantes que rigen la naturaleza. Proscribió toda metafísica. Implantó la exigencia de atenerse a los hechos, a los datos de la realidad, en cualquier género de investigación. Sostuvo que no hay más saber, en el sentido riguroso de la palabra, que el científico, esto es, el procedente de las ciencias naturales. Cualquier otro tipo de conocimiento, que se aparte de la metodología científica, es pura logomaquia ausente de la realidad.
Augusto Comte entendía por positivo lo opuesto a lo quimérico, lo útil en contraste con lo inútil, lo cierto contrapuesto a lo incierto, lo preciso frente a lo vago, lo relativo diferenciado de lo absoluto. De este modo Comte afincaba el saber positivo en la realidad, la utilidad, la certeza, la historicidad del hombre, la relatividad y la fe en el progreso.
Comte, que al propio tiempo fue el fundador de la >Sociología, formuló la llamada ley de los tres estadios, según la cual el pensamiento humano ha pasado sucesivamente por etapas distintas: la teológica, la metafísica y la positiva.
La edad teológica corresponde a la “infancia” de la humanidad. Se divide, a su vez, en tres fases diferentes: fetichismo, politeísmo y monoteísmo. En la primera fase el hombre, envuelto por completo en la bruma de su ignorancia y superstición, buscó una explicación fetichista a todo lo circundante. Vivió un mundo totalmente irracional. Atribuyó efectos mágicos a las cosas. Inventó dioses rudimentarios y primitivos para que le ayudasen a explicar lo inexplicable. De allí pasó a la fase politeísta. Se sometió entonces a la voluntad de numerosos dioses, cada uno de los cuales tuvo su ámbito de poder irresistible. Más tarde, con el afinamiento de sus costumbres y el desarrollo de su inteligencia, ingresó el hombre a la fase monoteísta y reunió a todos los dioses anteriores en uno solo, abstracto aunque susceptible de tener representaciones ideológicas, al que atribuyó condiciones de ubicuidad y omnisapiencia.
La edad metafísica, que fue una etapa de transición, es descrita por Comte como “una especie de crisis de pubertad en el espíritu humano, antes de llegar a la edad viril”. En ella el hombre buscó la explicación de las cosas y de sus causas, no por medios sobrenaturales sino a través de representaciones abstractas —la ontología— que le llevaron a la creencia en el gran dios de la naturaleza, como explicación última y satisfactoria de todo lo existente y también del “más allá”.
Arribó después a la era positiva, que es la definitiva. En ella la imaginación y la fantasía, propias de las pretéritas etapas, son reemplazadas por la observación. Y la mente humana da importancia únicamente a las cosas y a los hechos científicamente probados.
Esta es la historia del pensamiento científico, según el filósofo francés.
Heredero de la Ilustración y el <enciclopedismo, Comte afirmó que lo incognoscible no es, que no hay lugar para las verdades supuestamente absolutas ni para los conceptos a priori y que el espíritu positivo se atiene exclusivamente a lo que le es dado por la experiencia. Renuncia, por tanto, a aprehender lo incognoscible.
El positivismo posteriormente fue defendido por unos, modificado y renovado por otros —como los filósofos y científicos que en las primeras décadas del siglo XX formaron el llamado círculo de Viena— e impugnado por los seguidores de otras tendencias filosóficas.