La política tiene una noble misión de consagración al interés general y de servicio a los demás, mientras que la politiquería —degeneración de la política— es el aprovechamiento egoísta del poder o de la posición pública para fines de vanidad o enriquecimiento.
En sus dimensiones de pequeñez y mezquindad, ella carece de proyección histórica y de perspectivas ideológicas. Se desenvuelve en medio de la maquinación ruin, la vulgaridad, el mimetismo, el transfugio, la ausencia de ideas y la carencia de ideales.
Allí agota su acción el politiquero.
El altruismo de la política es suplantado por el egoísmo de la politiquería, la perspectiva histórica por la visión inmediatista de las cosas, la noble misión de servicio a la colectividad por el aprovechamiento personal. Con tan menguadas metas, la politiquería se desarrolla en medio de intrigas, maniobras, bajezas, impreparación y <oportunismo de sus protagonistas.
La repugnancia a la politiquería de bajo fondo es la culpable de que muchos hombres y mujeres bien calificados hubieran abandonado el escenario público, refugiado en el exitoso egoísmo de sus actividades privadas y escamoteado a la vida pública el aporte de sus luces y magnanimidad. Y, de acuerdo con la ineluctable ley que rige la vida pública de los Estados, con demasiada frecuencia los lugares vacantes son inmediatamente ocupados por las gavillas de politicastros audaces, sin brújula ni bandera.