Esta palabra tiene doble significación: la una en el ámbito de la filosofía y la otra en el político.
El pluralismo filosófico es la teoría que sostiene que hay más de un tipo de realidad. Es una monadología que se funda en la creencia de que el universo está compuesto de múltiples sustancias distintas que, en conjunto, forman diversas unidades ontológicas. Dentro de esta concepción, el <dualismo sostiene la composición mundo y del ser humano con dos sustancias fundamentales: materia y espíritu. Todas las doctrinas deístas comparten esta posición. Uno de los principales defensores de ella fue el profesor alemán Rudolph Hermann Lotze (1817-1881), aunque el término pluralismo fue introducido por el pensador inglés William James (1842-1910) a la filosofía.
En el sentido filosófico de la palabra, el pluralismo se contrapone al monismo, que sustenta la opinión de que la materia es la única realidad.
Como veremos luego, cabe la posibilidad de que una persona sea monista en el orden filosófico y pluralista en el político.
En su acepción política la palabra pluralism (de la que ha surgido la expresión castellana) fue acuñada en Estados Unidos en los años 20 del siglo anterior por el filósofo norteamericano Horace Kallen para describir la diversidad de ideas que interactúan libremente. Desde entonces pluralismo, en su acepción política, es la diversidad de ideas que compiten libremente en una sociedad democrática y tolerante. Ellas abarcan todos los temas sociales. Y el respeto que a ellas se debe es independiente de que sean sustentadas por grupos mayoritarios o minoritarios dentro de la sociedad o por personas individuales.
En el campo político, pluralismo significa la concurrencia de diversas ideologías —pluralismo ideológico— o de distintos partidos —pluralismo partidista— en la vida pública de un país. Esto obviamente es posible en la <democracia mas no en la <autocracia. La factibilidad de opiniones distintas o encontradas y de un amplio espectro de soluciones para los problemas nacionales es uno de los elementos básicos del sistema democrático, en el cual están garantizados los derechos de opinión y de <participación de los ciudadanos en la vida política del Estado. Los regímenes monocráticos, en los que se eliminan los partidos como portadores de una opinión política, o se establecen sistemas de <partido único que monopolizan la acción política de la sociedad, o se coartan las posibilidades de libre expresión de los ciudadanos, son incompatibles con el pluralismo.
Pero el pluralismo político no sólo se refiere a las ideas sino también al poder. Existe cuando éste se distribuye en la sociedad. Distribución que puede tener varias direcciones y dimensiones. Una de ellas es la división del poder entre los diversos órganos de la autoridad pública constitucionalmente creados. Otra es la que se da entre los poderes fácticos de la sociedad, o entre el gobierno y la oposición, o entre los distintos grupos étnicos y comunidades culturales. El pluralismo político, por consiguiente, conduce a un gobierno de poderes limitados y al ensanchamiento de las libertades públicas.
El pluralismo entraña la concurrencia de opiniones y acciones de diversa orientación ideológica en la marcha del Estado. Ella fecunda la vida pública, crea posibilidades alternativas, enriquece las opciones populares. La ortopedia deformante del partido único es la negación del pluralismo político, como lo son también los monopolios de opinión y de acción políticas que se dan en el >totalitarismo.
En una sociedad plural ha de admitirse la existencia de multiplicidad de asociaciones, corporaciones y grupos de diversa clase, cada uno de los cuales tiene sus propias ideas y es vector de intereses específicos. Esos grupos son de la más variada naturaleza: <partidos políticos, sindicatos laborales, corporaciones empresariales, entidades cívicas, organizaciones culturales o artísticas, asociaciones deportivas, movimientos sociales, iglesias de los diversos cultos, comunidades religiosas, gremios profesionales, <organizaciones no gubernamentales, <grupos de presión, <grupos de tensión, asociaciones de beneficencia y muchos otros. Las leyes deben garantizar su nacimiento y operación como parte del sistema democrático.
Por las condiciones en que se había formado, por el mosaico étnico y cultural que la sustentaba, por su vocación liberal, la sociedad norteamericana fue sin duda un modelo de pluralidad desde los primeros momentos en que entró a la vida independiente. Su organización federal de Estado, la división de poderes, la descentralización política contribuyeron a forjar una sociedad plural y libre. A mediados del siglo XIX el jurista, historiador y político francés Alexis de Tocqueville, en su célebre libro "Democracy in America", se refirió a la riqueza del asociacionismo norteamericano como base de su sistema democrático. En los años 20 del siglo anterior surgió una pléyade de defensores del pluralismo político en Inglaterra, entre ellos, aparte de Harold Laski (1893-1950), estaban George Douglas Howard Cole, A. D. Lindsay, Ernest Barker y John Neville Figgis, quienes exageraron el valor de los grupos y corporaciones y llegaron incluso a poner en duda la soberanía estatal.
El pluralismo entraña una cierta desconcentración del poder —ya en función territorial, ya en función corporativa— en beneficio de una constelación de pequeños centros de poder y autoridad. En este sentido las sociedades de la Antigüedad fueron centralistas, las medievales pluralistas, las modernas volvieron a la centralización y las contemporáneas, reivindicando la soberanía exclusivamente para el Estado, alternaron en períodos de centralismo y períodos de dispersión de la autoridad entre pequeños grupos rodeados de una esfera de libre decisión. Esta desagregación del poder por supuesto que no implica la negación de la soberanía del Estado ni el desconocimiento de la autoridad pública. Es la propia ley la que constriñe el poder estatal en beneficio de la libertad del conglomerado social y reglamenta la existencia y funcionamiento de los grupos de interés particular. Esto es parte de la naturaleza democrática de una sociedad, que es por esencia una poliarquía.