Es el pensamiento económico del economista inglés Lord John Maynard Keynes (1883-1946), expuesto principalmente en su famoso libro “Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero”. Se trata, sin duda, de una de las aportaciones más importantes a la ciencia económica del siglo XX. Sus tesis contribuyeron a revertir la profunda crisis mundial de años 30 —que fue la gran crisis de la economía liberal de libre empresa— mediante la “reflation”, o sea la política deliberada de expandir la demanda agregada a fin de estimular la economía por la vía del mejoramiento del poder de compra de la gente y del aumento del consumo.
Con la palabra inglesa “reflation”, que no tiene equivalente en el castellano, designaban los keynesianos a la política de expandir la demanda agregada para reflotar la economía y abrir posibilidades de pleno empleo. Tesis que sin embargo no fue compartida por los seguidores de la escuela clásica que vieron siempre en el flujo del dinero, en el aumento de los salarios y en la expansión de la demanda agregada la causa principal de la <inflación. El economista austriaco Friedrich Hayek (1899-1992), uno de los más altos exponentes del >neoliberalismo, afirmó que la “reflation” es el fraudulento nombre de la inflación.
El economista norteamericano Paul Krugman, premio Nobel de Economía 2008, afirma que “el keynesianismo constituyó una gran reforma del pensamiento económico” y que, “aunque Keynes no era ni mucho menos de izquierdas —vino a salvar el capitalismo, no a enterrarlo—, su teoría afirmaba que no se podía esperar que los mercados libres proporcionaran pleno empleo, y estableció una nueva base para la intervención estatal a gran escala en la economía”.
La teoría keynesiana explicaba la recesión de una economía y el desempleo estructural por el subconsumo de la población. Por eso sugería la intervención del gobierno en la economía a fin de estimular la demanda y reactivar la actividad económica por la base social, esto es, de abajo hacia arriba. Esta fue una de las principales aportaciones de John Maynard Keynes a la ciencia económica.
Para que haya empleo, sostenía el economista de Cambridge, es necesario que la demanda efectiva —o sea el nivel de gastos de consumo y de inversión efectuados en una economía— sea suficiente para comprar todos los bienes y servicios que se producirían en una sociedad dada si todos los trabajadores tuvieran empleo. Para conseguir esto y evitar la depresión económica los gobiernos deben estimular la demanda efectiva con medidas monetarias, gastos de consumo e inversiones importantes. Hasta ese momento, los seguidores de la escuela clásica, con su obsesión por los equilibrios automáticos, mantenían la tesis de que el sistema económico encontraba siempre el balance entre la producción y la demanda efectiva. Sin embargo, la honda crisis depresiva de los años 30 del pasado siglo demostró que esto no siempre era así. Y entonces tuvieron cabida las ideas de Keynes de que para reflotar a los países desde las profundidades de la crisis era necesario estimular la inversión pública, llamada a desempeñar un papel regulador de la demanda efectiva y del pleno empleo.
El análisis keynesiano trabajó con cinco variables endógenas, esto es, proporcionadas por el propio sistema: que son la renta nacional, el empleo, el consumo, la inversión y el tipo de interés. Y con una variable exógena, dada por la acción de la autoridad pública, que es la cantidad de dinero o la masa monetaria existente en la sociedad, bajo la suposición de que la determinación de la suma de los medios de pago sea facultad discrecional de los gobiernos a través de los bancos centrales.
Keynes sostenía la importancia vital de establecer ciertos controles gubernativos en asuntos que los políticos y economistas que siguen la escuela clásica dejan casi por completo en manos de la iniciativa privada. “El Estado —escribió en su libro fundamental— tendrá que ejercer una influencia orientadora sobre la propensión a consumir, a través de su sistema de impuestos, fijando la tasa de interés y, quizás, por otros medios”. Y agregó: “Creo, por tanto, que una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de aproximarse a la ocupación completa, aunque esto no necesita excluir cualquier forma, transacción o medio por los cuales la autoridad pública coopere con la iniciativa privada. Pero fuera de esto no se aboga francamente por un sistema de socialismo de Estado que abarque la mayor parte de la vida económica de la comunidad. No es la propiedad de los medios de producción la que conviene al Estado asumir. Si éste es capaz de determinar el monto global de los recursos destinados a aumentar esos medios y la tasa básica de remuneración de quienes los poseen, habrá realizado todo lo que le corresponde. Además, las medidas indispensables de socialización pueden introducirse gradualmente sin necesidad de romper con las tradiciones generales de la sociedad”.
En materia presupuestaria, Keynes se apartó de las tesis clásicas que sostenían la necesidad de los presupuestos equllibrados. Para el economista inglés lo importante era usar el presupuesto en forma flexible, de acuerdo con la coyuntura, como instrumento para impulsar la demanda ante las perspectivas recesivas de la economía o para esterilizar los superávit presupuestarios en los recodos inflacionistas. Las tesis de Keynes en este campo obligaron, como era lógico, a implantar sistemas de contabilidad nacional capaces de registrar exactamente los flujos económicos a fin de dar a las autoridades estatales la posibilidad de diseñar la política económica a corto y mediano plazos.
De este modo el viejo principio del equilibrio entre las previsiones de ingresos y egresos corrientes, inspirado en la idea de los economistas clásicos de que los presupuestos desequilibrados conducen tarde o temprano a la <devaluación monetaria, fue puesto en duda por Keynes, quien afirmó que el concepto de presupuesto equilibrado no desempeña papel alguno en el desarrollo, que hay déficit fertilizantes de la economía y que el gasto público, financiado incluso con préstamos externos, es uno de los factores movilizadores de la producción.
Las ideas keynesianas se bifurcaron con el tiempo: unas tomaron la dirección liberal —con Alvin H. Hansen, Paul Samuelson, R. F. Harrod— y otras la socialista o la socializante —con Abba Ptachya Lerner, Michal Kalecki y otros—.
Curiosamente el keynesianismo se desarrolló en Estados Unidos antes que en Inglaterra a pesar de que Keynes fue británico. La historia keynesiana fue norteamericana y no inglesa. En las más prestigiosas universidades norteamericanas se formaron comunidades académicas keynesianas después de que el economista inglés publicó su famosa obra en 1936. Y fue en Estados Unidos donde Keynes encontró sus mayores seguidores y sus ideas, aplicadas por el presidente Franklin D. Roosevelt (1882-1945), fueron determinantes para superar la crisis depresiva de los años 30 no sólo en su país sino en Suecia, Canadá, Gran Bretaña, Alemania, Japón y el resto del mundo.
No obstante, en la Universidad de Cambridge en Inglaterra tuvo discípulos de prestigio, como R. F. Kahn, Joan Robinson, el italiano Piero Sraffa, el canadiense John K. Galbraith y el polaco Michal Kalecki. Pero con frecuencia en los círculos tradicionalistas de la ciencia económica inglesa se solía considerar a los seguidores de Keynes como “gente peligrosa” y los académicos “decentes” se mantenían apartados de ellos, según cuenta Galbraith en su libro “Un viaje por la economía de nuestro tiempo” (1998). En el celebro de los economistas tradicionales no cabía la idea de que el aumento del gasto y del déficit públicos pudieran ser el camino hacia la recuperación económica. El 31 de diciembre de 1933 Keynes escribió una carta abierta al presidente Franklin D. Roosevelt, publicada en el "The New York Times", en la que afirmaba que el réhgimen norteamericano debía incrementar el gasto público y “poner énfasis en elevar el poder adquisitivo nacional resultante de los gastos del gobierno, financiados mediante préstamos”. Esta era su teoría. De lo contrario, en opinión de Keynes, la reducción del gasto estatal y la disminución de los salarios, tal como planteaban los economistas conservadores, habrían producido la baja de la demanda total y, por tanto, menos ventas y mayor desempleo.
Casi un siglo más tarde, la fe ciega de los gobernantes y empresarios norteamericanos en las bondades del mercado —al que le han atribuido siempre la virtud de generar efectos estabilizadores y equilibrios en el proceso de la producción, circulación y distribución de bienes y servicios— produjo la terrible crisis financiera que estalló en Wall Street en septiembre del 2008 con la declaración de quiebra del Lehman Brothers Holdings Inc., la absorción de Merrill Lynch & Co. por el Bank of America, la insolvencia de muchas otras instituciones financieras norteamericanas y las drásticas caídas de las bolsas de valores en el mundo, y que se propagó rápida y extensamente por el planeta globalizado.
Fue la primera crisis de la denominada nueva economía —que surgió en los países industriales por la conjunción de los modernos software de la informática con el avance tecnológico de las telecomunicaciones y la aplicación de la robótica a la producción industrial— y de la era de internet, que facilitó operaciones financieras no reguladas, comercio electrónico y movilización virtual de billones de dólares alrededor del planeta y que permitió a los altos ejecutivos de Wall Street secuestrar la economía global a través de las comunicaciones instantáneas por la red.
Como esa nueva crisis volvió demostrar que la “sabiduría” de las fuerzas del mercado y el abstencionismo estatal ante el proceso económico conducen con demasiada frecuencia a injusticias grandes y a desajustes críticos, muchos políticos y economistas del mundo desarrollado volvieron sus ojos hacia las tesis keynesianas para superar la situación. En lo que fue una dramática ironía en la vida económica de los países capitalistas industrializados, la crisis produjo el renacimiento de las ideas keynesianas, cuya muerte fue decretada por los economistas neoclásicos en los años 70 del siglo XX. El keynesianismo explicaba la recesión de una economía y el desempleo estructural por el subconsumo de la población y por eso sugería la intervención del gobierno en la economía a fin de estimular la demanda y reactivar la actividad económica por la base social, esto es, de abajo hacia arriba.
El regreso hacia Keynes fue increíble. Se actualizaron sus enseñanzas de establecer ciertos controles gubernativos en asuntos que los políticos y economistas seguidores de la escuela clásica dejaron por completo en manos de la iniciativa privada. Frente a las dificultades reales de la crisis, no tuvieron más remedio que atender la voz del economista de Cambridge: “El Estado tendrá que ejercer una influencia orientadora sobre la propensión a consumir, a través de su sistema de impuestos, fijando la tasa de interés y, quizás, por otros medios”.