Esta palabra se formó del vocablo latino individuum, que significa individuo y que designa algo que es in-diviso e in-divisible. La indivisibilidad es, por tanto, la característica más importante del concepto de individuo. Según afirma el filósofo alemán Rudolf C. Eucken (1846-1926), Cicerón empleaba los términos dividuus e individuus para señalar lo que era susceptible de división y lo que no lo era.
Con tales antecedentes etimológicos e históricos, la palabra individuo pronto significó un ser humano “singular” e “irrepetible”, para usar las expresiones de Porfirio, y el individualismo, en consecuencia, la teoría filosófica y política que sostiene que el individuo es el elemento irreductible de la vida social y que, por tanto, sus intereses y sus necesidades están por encima de cualquier consideración colectiva.
El individualismo preconiza que cada persona, al buscar su propia felicidad, consigue la felicidad general, puesto que ésta no es más que la suma de las felicidades individuales. En la persecución de su propio interés individual, cada persona contribuye a servir el interés general aun sin proponérselo conscientemente.
El británico David Ricardo (1772-1823), uno de los tres grandes economistas de la escuela clásica, decía que “la persecución del beneficio individual está admirablemente relacionada con el bien universal de todos”. Para la visión individualista de la sociedad esto es particularmente cierto en el campo económico. El libre despliegue individual conduce al bienestar colectivo. El interés personal desata las iniciativas de la producción, el libre juego de las decisiones individuales opera como factor de regulación de la vida económica, la >ley de la oferta y la demanda mantiene los equilibrios entre productores y consumidores, la libre competencia de los individuos en el mercado señala los volúmenes de producción necesarios y éstos, a su vez, determinan el desplazamiento de la mano de obra redundante hacia actividades económicas más rentables.
Desde esta perspectiva, la suma de los derechos individuales es el derecho social. Sin embargo, en caso de una eventual contradicción deben prevalecer aquéllos, por lo cual, si surgiera un conflicto de intereses entre la sociedad y el individuo, las leyes y la autoridad pública deben decidirse en favor de éste.
El colectivismo, en cambio, en sus diversas modalidades políticas, privilegia las conveniencias del grupo a los intereses personales y considera una falacia la afirmación de que el interés social sea la suma de los intereses individuales. Por lo contrario, el concepto de individualismo se contrapone al de <colectivismo. Es muy difícil la coincidencia entre ellos. Las cosas se plantean en términos de “egoísmo” versus “solidaridad”.
Esta contradicción es muy antigua. Ya los filósofos de la Grecia clásica marcaron sus diferencias entre los que anteponían el individuo y los que privilegiaban la consideración social. Desde entonces la discusión ha formado parte inseparable de la filosofía política. Es fácil distinguir, no sólo las doctrinas políticas que se alinean en uno y otro campo, sino los movimientos revolucionarios que les dieron vida en las diversas épocas.
El político colombiano Juan Manuel Santos —quien asumió la Presidencia de Colombia en el 2010— afirma que no es fácil señalar la línea divisoria entre los derechos individuales y los colectivos ya que a través de la historia esa línea se ha trasladado de uno a otro extremo en función de las circunstancias de la convivencia social. En momentos de guerra o de serias amenazas, en que parecen aflorar los sentimientos de solidaridad, los derechos colectivos tienden a primar sobre los individuales, pero en épocas de paz y tranquilidad, en que el egoísmo se impone, se afirman los derechos individuales a expensas de los colectivos.
Por su parte el sociólogo alemán Ulrich Beck (1944-2015) censura duramente el “individualismo institucionalizado” por el neoliberalismo mientras que el profesor socialdemócrata inglés Anthony Giddens condena “la sociedad del yo primero” que destruye los elementales valores de la solidaridad en la convivencia social.
El profesor británico, en su libro "La Tercera Vía" (2000), sostiene que en el mundo de la globalización y de la economía de mercado de comienzos del siglo XXI, bajo las recetas de la farmacopea neoliberal, el individualismo se ha agudizado hasta límites sorprendentes. Se ha dado lo que Ulrich Beck llama un individualismo institucionalizado, es decir, un individualismo blindado por leyes absolutamente egoístas. Se ha formado la sociedad del “yo primero” que ha destruido todo vestigio de solidaridad, originada en la impronta ideológica del >thatcherismo que tanto énfasis puso en que los individuos deben valerse por sí mismos en lugar de depender del Estado, ya que esa dependencia debilita su espíritu emprendedor y conspira contra la sociedad libre.
El desarrollo de la ingeniería genética y la biotecnología —que son ciencias muy dinámicas en el siglo XXI— ha planteado la cuestión filosófica, jurídica, moral y política de la clonación de seres humanos a partir de la posibilidad real, probada con el experimento de la oveja Dolly en el laboratorio del Instituto Roslin en Edimburgo, de clonar mamíferos. Y la humanidad ha quedado confrontada a una nueva realidad científica: no solamente la factibilidad de recrear la vida al margen de lo que se considera un proceso reproductivo normal sino también la posibilidad de romper la individualidad humana, o sea de crear “duplicados” de las personas. Lo cual ha abierto la discusión acerca de si esto vulnera el derecho de cada persona a ser única y acerca de todos los demás conceptos que giran en torno a la individualidad humana.
Especialmente en la cultura occidental es muy alto el valor de la individuidad —en que cada hombre es irrepetible— y muy celosamente cuidado el derecho a la unicidad. Pero hoy ocurre que la clonación da a los hombres el poder —que los teístas asignan exclusivamente a dios— de crear réplicas de los seres humanos. Con lo cual se vulneraría el sentido del valor de cada persona como individuo único.