Palabra que viene del griego y que significa “rompedor de ídolos”. Su origen histórico se remonta a la llamada “herejía de los iconoclastas” o destructores de imágenes de comienzos del siglo VIII, que se negaron a rendir culto a las imágenes religiosas y que las destruyeron.
Ellos fueron calificados de herejes por la Iglesia de su tiempo. Esta es una larga historia. Desde la época de Constantino los cristianos acostumbraron venerar pinturas y esculturas de Cristo, de María, de los apóstoles y de los santos. Esa costumbre fue muy discutida. Los judíos consideraron que era una transgresión a la ley del Sinaí, que prohibió la adoración del becerro de oro. También los musulmanes la impugnaron por mandato del Corán. Algunos de los propios cristianos vieron en ella una idolatría, porque muchos fieles daban valor intrínseco a la imagen y no la distinguían del personaje representado. Cosa que ocurre todavía. Es un problema cultural. El emperador León III del Imperio Romano de Oriente expidió en el año 726 un edicto que prohibía el culto a las imágenes. Esto dio comienzo a más de cien años de turbulencia religiosa por las cruentas luchas entre los destructores de imágenes, a los que los fieles gritaban “iconoclastas”, y los adoradores de ellas. A este período se conoce como la guerra de las imágenes.
Para zanjar el conflicto, el segundo Concilio de Nicea, en el año 787, estableció la doctrina de la Iglesia sobre el tema. Trató de distinguir el culto a las imágenes de la adoración a las personas a las que ellas representan. Declaró que la veneración que se hace a las imágenes es distinta de la adoración que se debe sólo a dios.
La cosa, sin embargo, no quedó muy clara para la mayor parte de los fieles, que profesaron una verdadera adoración a las imágenes mismas, en indudables desviaciones idolátricas.
La palabra pasó a la política, como tantas otras de origen religioso. Se llama iconoclasta a quien que se niega a rendir homenaje o respeto a la autoridad, a la tradición, a las normas, a los convencionalismos y a los paradigmas. La iconoclasia es una suerte de “herejía” política, que rechaza los ídolos venerados por el pensamiento político tradicional.