Neologismo recientemente aceptado por el diccionario castellano (derivado del inglés “globalization”) con el que se designa al proceso inducido de la internacionalización e >interdependencia de las economías nacionales en el marco de un planeta que tiende a ser una sola unidad económica y un solo gran mercado financiero, comercial, monetario, bursátil y crediticio que funciona las 24 horas del día, en cuyo torno se han formado grandes bloques económicos mentalizados e impulsados por los países industriales en su afán de abrir el libre flujo de mercancías, servicios, capitales y tecnologías, eliminar toda clase de barreras arancelarias y administrativas al comercio internacional y colocar “libremente” sus productos en los mercados del mundo.
Se atribuye al profesor alemán Theodore Levitt de la Universidad de Harvard haber acuñado el término inglés globalization. Lo hizo en su artículo “Globalization of Markets” publicado en la “Harvard Business Review”, edición de mayo-junio de 1983.
Los alemanes llaman al fenómeno globalisierung, los portugueses globalizaçao y los franceses mondialisation. Algunos autores de habla castellana usan también el neologismo mundialización, a pesar de que no resulta muy preciso y carece del sentido de rotundidad que tiene globalización.
En los últimos años se ha pasado rápidamente de una economía internacional fragmentada en varios grupos débilmente integrados —la zona de la libra esterlina, la zona del franco, la del dólar, el grupo de asistencia económica recíproca del área marxista (CAME)— a una economía internacional de integración planetaria. Han desaparecido los altos aranceles, las barreras comerciales, la vigilancia sobre el movimiento de capitales, el control de cambios, las murallas aduaneras, las regimentaciones a la inversión extranjera. Y en su lugar se han establecido las zonas de libre comercio, las uniones aduaneras, los mercados comunes, la liberalización de las economías, las corporaciones transnacionales, la libre inversión extranjera, el flujo internacional irrestricto de los factores productivos, los grandes mercados financieros internacionales, el intercambio de profesionales y técnicos, la internacionalización de la tecnología, el auge del turismo y la “planetarización” de las comunicaciones.
Este proceso de transformación económica ha recibido el nombre de “globalización” y se ha visto favorecido por los eficientes instrumentos que ha puesto a su servicio la tecnología moderna —tales como la informática, los ordenadores, el manejo electrónico del dinero, internet— y por el auge de los medios de comunicación, el transporte y el turismo internacionales.
La globalización es la etapa superior del desarrollo del capitalismo mundial. Tiene como elemento clave a la empresa transnacional. Global es el nuevo espacio que necesitan la producción y la tecnología de los países grandes para expandirse más. El espacio planetario de hoy es el equivalente de lo que fue el espacio estatal en los siglos XVIII y XIX, esto es, el escenario de la economía.
Pero es preciso decir que la “globalización” de las economías nacionales es algo más que la “internacionalización” de las actividades económicas. Es más que la interacción de las economías nacionales. La diferencia está en que, en la internacionalización tradicional de las economías, los principales agentes económicos siguen siendo las economías nacionales bajo la conducción del Estado, y aunque ellas han entretejido una compleja red internacional subsiste la distinción entre el “escenario doméstico” y el “escenario internacional”. Los capitales, aunque estén internacionalmente articulados, tienen una base territorial nacional. En la globalización, en cambio, la economía global es una entidad con sustancia y energía propias que existe por encima de las economías, los gobiernos y los agentes económicos nacionales. Ella determina lo que puede y lo que no puede realizarse en el ámbito estatal y los gobiernos no están en capacidad de impedirlo. Como lo explicaré posteriormente, el capital global, esencialmente móvil, se ha sobrepuesto a las soberanías nacionales y busca los mejores rendimientos en cualquier lugar, sin consideración alguna a las fronteras estatales. No tiene una base nacional. Sus principales agentes, que son las <corporaciones transnacionales, se han desprendido de los lazos territoriales. La “globalización”, por tanto, no es el nuevo nombre de la “internacionalización” tradicional de las economías, sino un concepto nuevo y diferente que responde a una inédita situación de las cosas económicas. En este sentido, la globalización se presenta como la etapa superior del desarrollo del capitalismo mundial: es la extensión planetaria del modo de producción e intercambio capitalistas sobre un mercado internacional continuo.
Por eso, tras bastidores, ella ha sido fuertemente impulsada por ciertos centros del poder capitalista mundial —la Comisión Trilateral, el Club Bilderberg, el Council of Foreign Relations (CFR)— que ejercen una clandestina pero enorme influencia en la toma de decisiones de la política global. Todos ellos se presentan como grupos de reflexión y análisis —think tanks— pero en la práctica ejercen poderes fácticos gigantescos en el diseño y ejecución de las políticas económicas de alcance planetario, dada su influencia sobre los gobernantes de Estados industriales y sobre los organismos económicos multilaterales.
Estos centros de poder globales, cuyas actividades reales se mantienen en la penumbra, están integrados por personeros de megaempresas transnacionales, líderes políticos influyentes del primer mundo y empresarios de los mass media de mayor alcance planetario, quienes utilizan para sus propósitos a científicos, académicos e intelectuales que les proveen los elementos de juicio para sus proyectos de dominación mundial.
La Comisión Trilateral fue fundada en 1973 bajo la inspiración del profesor polaco Zbigniew Brzezinski de la Universidad de Columbia en Nueva York, con el financiamiento de los hermanos Rockefeller y el Chase Manhattan Bank. Agrupó a prominentes hombres de empresa de Estados Unidos, Europa y Japón, preocupados por las incomprensiones políticas y económicas que se suscitaban entre Estados Unidos, Europa y Japón y que debilitaban el frente capitalista confrontado con la Unión Soviética en el curso de la >guerra fría.
La Trilateral asumió después una serie de objetivos adicionales: planificar el nuevo orden político y económico internacional, buscar la gobernabilidad mundial —global governance—, orientar las revoluciones digital y biogenética, expedir un código de seguridad universal, controlar la energía nuclear, afianzar el >neoliberalismo, impulsar la globalización, implantar las tres monedas universales para facilitar las transacciones internacionales: el <euro para Europa, el dólar para Estados Unidos y las Américas y una tercera moneda para la constelación de países de Asia-Pacífico. Al conjunto de las ideas de la Comisión Trilateral se denominó >trilateralismo.
El casi secreto <Club Bilderberg nació en 1954 —en plena guerra fría— por iniciativa del príncipe Bernardo de Holanda, del multimillonario David Rockefeller, de Henry Kissinger y de grandes hombres de empresa, temerosos de la amenaza comunista, para diseñar un nuevo orden político y económico mundial en la segunda postguerra, que favoreciera los intereses de las grandes empresas de Occidente. Agrupa a prominentes banqueros e industriales, a jefes de gobierno y líderes políticos, a dueños de los grandes medios de comunicación, a presidentes de compañías transnacionales y a economistas, científicos y académicos comprometidos con la causa del globalismo y el mercado libre.
En 1921 se fundó el Council of Foreign Relations (CFR), financiado por la banca Morgan, para defender el <establishment norteamericano, al margen y por encima de los grandes partidos políticos estadounidenses. Aunque oficialmente se define como un centro de investigaciones sobre las relaciones internacionales, es en realidad un poderoso grupo de presión transnacional que pretende imprimir su voluntad en las grandes decisiones de la política y economía mundiales. A lo largo del tiempo ha reclutado influyentes banqueros de >Wall Street y ha asumido el tratamiento secreto de los nuevos temas de incidencia mundial relacionados con la globalización, ciencia y tecnología, energía nuclear, ambientalismo y otros.
Todos estos grupos han promovido con fuerza la globalización de la economía mundial para expandir las actividades y los rendimientos de las corporaciones transnacionales en los mercados del mundo, exentos ya de trabas arancelarias.
Pero, al otro lado, hay líderes políticos, corporaciones y foros que han declarado guerra a muerte a la globalización, como es el caso de Foro Social Mundial, o que han propuesto reformas fundamentales para que la globalización rinda frutos globales, es decir, frutos para todos, como ha propuesto el Global Progressive Forum (GPF).
Este foro nació por iniciativa de los partidos socialistas y laboristas de Europa, de la bancada socialista dentro del Parlamento Europeo y de la >Internacional Socialista en la reunión celebrada en Bruselas del 27 al 29 de noviembre del 2003 con el propósito de reorientar la gobernanza mundial. En su reunión efectuada el 9 y 10 de septiembre del 2005 en Milán, que juntó a líderes políticos, sindicalistas, personeros de organizaciones no gubernamentales, pensadores de izquierda, académicos y personalidades sobresalientes de la política mundial, el GPF formuló una agenda global de ocho puntos: el futuro de África, la lucha contra el SIDA, la reforma de la Organización de las Naciones Unidas y de las instituciones de Bretton Woods, pobreza y medio ambiente, la mujer y la globalización, comercio y pobreza, necesidades del financiamiento global y la dimensión social de la globalización.
El GPF considera que el proceso de globalización es irreversible pero quiere darle un “rostro humano”, con posibilidades de desarrollo para todos. Sostiene que el modelo actual de globalización profundiza la pobreza en amplias zonas del planeta mientras que concentra los beneficios en los países industriales desarrollados y es, por eso, un modelo insostenible. Es una globalización cargada de injusticias. Para rectificar es preciso concertar las acciones de todos los perjudicados por ella. Entre las reformas que plantea para las Naciones Unidas está la creación de un Consejo Económico que rija las políticas de globalización.
El sector más progresista de la socialdemocracia noreuropea ha criticado con fuerza la “globalización neoliberal”, cuyas raíces se hunden en las agendas gubernativas Reagan/Thatcher de los años 80 y cuyos principales objetivos son profundizar las políticas económicas orientadas por el laissez-faire y el mercado en menoscabo de las políticas de bienestar y de justicia social, eliminar la injerencia del Estado en el proceso económico, derogar las leyes que regulan los movimientos de los agentes económicos privados, favorecer la privatización de los bienes estatales, impulsar la denominada desregulación económica y liberalizar la economía. Estos y otros objetivos de corte neoliberal se plasmaron, en lo que a América Latina se refiere, en el llamado <Consenso de Washington de noviembre de 1989. Los socialdemócratas sostienen, en cambio, que hay que fortalecer el gobierno y establecer controles sobre los mercados de capitales como respuesta a la globalización. Eso lo dijeron tempranamente Paul Hirst y Grahame Thompson en su libro “Globalization in Question” (1999) y lo repitió Wil Hout en su artículo sobre la socialdemocracia europea y la globalización neoliberal, publicado en la revista alemana “Internationale Politik und Gesellschaft” de febrero del 2006. La respuesta socialdemócrata a la agenda global neoliberal debe ser —dijo éste— la elevación del nivel programático de los proyectos políticos, en contraste con el fin de las ideologías que proclaman las derechas, dentro de un pacto socialdemócrata global como el que sugirió el británico David Held a principios del siglo XXI. En esta nueva “democracia cosmopolita” (cosmopolitan democracy) Europa puede jugar un papel importante, según afirmó el pensador inglés.
Sin embargo, la globalización ha significado paradógicamente la fragmentación interna de los países por la vía de la profundización de sus diferencias sociales. Hay una tremenda dinámica globalización-fragmentación. Los amplios horizontes del flujo económico y de las comunicaciones que se abrieron en el período de la postguerra fría han producido contradictoriamente un acusado fraccionamiento interno en los países del mundo subdesarrollado por la profundización de sus desigualdades socioeconómicas. El proceso de globalización ha tomado la iniciativa en la organización de los mercados y ha acentuado terriblemente las disparidades sociales. Un pequeño grupo se ha visto favorecido por la internacionalización de la economía y un amplísimo sector ha resultado víctima de las nuevas relaciones económicas que ha traído consigo este fenómeno. Se ha creado un verdadero culto a las diferencias. Todo está hecho para marcarlas, para señalarlas indeleblemente, para que se vean a simple vista. El aparato de la publicidad comercial las estimula y se aprovecha de ellas. Todo el sistema opera sobre la base de las desigualdades sociales.
A principios de diciembre de 1995 tuve la oportunidad de conversar sobre el tema en Santiago de Chile con el economista Osvaldo Sunkel, autor años atrás de la tesis de la integración cultural transnacional combinada con desintegración cultural interna en los países latinoamericanos, que consiste en que las cúpulas sociales de estos países se comunican más fácilmente con las de los países desarrollados que con sus propios coterráneos de la periferia sumergida. El economista chileno piensa que el fenómeno de la globalización sigue esa dirección, o sea que es una forma actualizada y sofisticada de la misma integración transnacional de la que habló hace más de veinte años. Eso significa que en realidad es una globalización por las alturas, en cuyo diseño y usufructo no tienen participación equitativa los pueblos. Lo cual acentúa las diferencias económicas y sociales entre los segmentos ricos y los pobres, en función del rol que cumplen en el proceso de la globalización.
Bien podría hablarse de una “globalización de arriba”, instrumentada por grupos y corporaciones articulados con el comercio internacional, y una “globalización de abajo” promovida por los actores políticos y sociales emergentes. La primera la impulsan principalmente las empresas transnacionales y sus agentes locales, que ven al mundo como un solo y gran mercado a conquistar, que homologan pautas de consumo y estilos de vida, que con sus flujos económicos saltan las fronteras nacionales. La segunda, en cambio, está empujada por una serie de organizaciones de diversa clase —humanitarias, religiosas, laborales, ecológicas— que por su afinidad de intereses han logrado articular organizaciones globales. Estos movimientos sociales de carácter transnacional también se han extendido más allá de las fronteras nacionales y, de diversas maneras, pretenden desvincularse de las categorías convencionales de “Estado” y de “soberanía”, del mismo modo aunque bajo otra inspiración que las <corporaciones transnacionales. Esto se puso en evidencia con las gigantescas movilizaciones populares que se produjeron en la ciudad de Porto Alegre en Brasil, como protesta contra la globalización y contra las reuniones del Foro Económico Mundial de Davos, y con las que se dieron alrededor del mundo en febrero y marzo de 2003 para repudiar la anunciada guerra de Estados Unidos e Inglaterra contra el dictador de Irak, Saddam Hussein.
El sociólogo y periodista ecuatoriano Gonzalo Ortiz Crespo afirma en su obra “En el Alba del Milenio. Globalización y Medios de Comunicación en América Latina” (1999), que el proceso de concentración de la riqueza es uno de los fenómenos intrínsecos de la mundialización. Dice que “en un estudio de las mil empresas más grandes del mundo se lo puede comprobar: en 1950 el ejecutivo máximo de una de esas empresas ganaba 20 veces más que un trabajador promedio; para 1960 ya ganaba 40 veces más. ¿Saben cuánto gana ahora? Según la revista ‘Time’, marzo de 1996, un gerente general medio de esas empresas gana 187 veces más que un trabajador común. Algunos de esos ejecutivos alcanzan cifras verdaderamente obscenas: el máximo ejecutivo de la Walt Disney Co. se llevó entre sueldos y beneficios en 1995 más de 200 millones de dólares”.
Pero las cosas no se detuvieron allí. El proceso de concentración de los ingresos de los ejecutivos de las grandes empresas norteamericanas se agudizó aun más en los años siguientes. El Instituto para Estudio de Políticas, con sede en Estados Unidos, reveló que en el año 2004 los presidentes y directores ejecutivos de esas corporaciones —la Chevron, la ExxonMobil, la Pfizer, la Home Depot, la UnitedHealth y varias otras— ganaron 431 veces más que el ingreso promedio de un trabajador.
En medio de la terrible crisis financiera y económica de Wall Street, que estalló en Nueva York en septiembre del 2008, se descubrió que el dispendio en las remuneraciones de los altos funcionarios ejecutivos de las corporaciones financieras privadas norteamericanas y europeas era escandaloso. Morgan Stanley, Goldman Sachs, Merrill Lynch, Lehman Brothers, Bear Stearns y otras empresas bancarias y financieras norteamericanas pagaban sueldos y remuneraciones desproporcionados. Stanley O’Neal, ejecutivo de Merrill Lynch, ganó cerca de cien millones de dólares en ese año y, al separarse de la institución en octubre del 2007, percibió la gratificación de 161 millones de dólares. Richard Fuld, consejero de Lehman Brothers —el primer banco en quebrar al inicio de esa crisis—, recibió salarios por alrededor de 40 millones de dólares en aquel año y desde 1993 hasta el 2007 obtuvo “compensaciones” por valor de 490 millones de dólares. En el mismo año, el banco Bear Stearns pagó 13 millones de dólares a su consejero-delegado James Cayne al abandonar la entidad y el Wachovia desembolsó 42 millones de dólares, por el mismo motivo, a favor de su consejero Kenneth Thompson. Robert Willumstad, consejero de la empresa aseguradora AIG, recibió 7 millones de dólares por tres meses de trabajo. La caja de ahorros y préstamos Washington Mutual entregó 14 millones de dólares a Kerry Killinger y 19 millones a Alan Fishman por tres semanas de servicios. Algo parecido, aunque en menor escala, ocurrió en Europa. Al dimitir su función de director ejecutivo, el banco belga-holandés Fortis reconoció a Herman Verwilstfines en septiembre del 2008 cinco millones de dólares por tres meses de trabajo.
Era la orgía de los millones en los círculos bancarios y financieros del mundo desarrollado.
El profesor inglés Anthony Giddens, en su libro “La Tercera Vía” (2000), afirma también que bajo el neoliberalismo y la globalización “la acumulación de privilegios en la cúspide es imparable” y que “la brecha entre los trabajadores mejor pagados y peor pagados es mayor de lo que ha sido durante al menos cincuenta años”.
El Foro de Sao Paulo —organización latinoamericana de izquierdas marxistas y no marxistas fundada en 1990—, en su empeño por poner de manifiesto el proceso de concentración del ingreso en las alturas de la pirámide social y la profundización de la pobreza en las masas, sostuvo en su IX encuentro efectuado en Managua en febrero del 2000 que “mientras en 1960 el 20 por ciento más rico de la población mundial disponía de un ingreso 30 veces mayor que el del 20 por ciento más pobre, hoy esa relación es de 82 a uno. Existen actualmente 358 personas, las más ricas del mundo, cuyo ingreso anual es superior al ingreso del 45 por ciento de los habitantes más pobres, o sea 2.600 millones de personas”. Y agregaba: “30 millones de personas mueren por hambre cada año y más de 800 millones están subalimentadas”.
Esta enorme disparidad es parte de la esquizofrenia de la globalización que fracciona internamente las sociedades. Y lo peor es que esas diferencias en el ingreso se agrandarán en la >sociedad del conocimiento de los próximos años, a menos que se tomen medidas enérgicas para impedirlo.
Para entender la globalización y todo lo que en torno de ella acontece en el mundo, hay que partir de dos premisas:
a) Que la globalización responde al interés primordial de los países industriales, encabezados por la potencia triunfadora de la guerra fría. Ella es para tales países un objetivo estratégico. La globalización no es un fenómeno nuevo en la historia. Todo imperio estableció su propia globalización de acuerdo con sus conveniencias. La de hoy, sin embargo, es una globalización de la era de las comunicaciones planetarias y por ello su alcance es mucho mayor; y
b) Que la globalización, impuesta por los países industriales, se potencia en el interior de los países subindustrializados por el apoyo que recibe de los grupos económicos que se benefician con ella. Esos grupos, altamente situados en el escalafón económico y social, articulan sus intereses con los de las metrópolis para sacar el mayor provecho posible del nuevo orden económico.
La globalización es, por definición, un sistema económico en el que los factores de la producción —trabajo, capital y tecnología— lo mismo que los bienes y servicios se desplazan libremente por el planeta. Las grandes empresas trasladan sus operaciones productivas de donde son caras a donde son baratas y los bienes y servicios que producen de donde son baratos a donde son caros. Esto les significa enormes ganancias.
Ortiz sostiene que la globalización obedece a la aparición en los últimos 25 años del siglo XX de cinco fenómenos cuya intensidad no tiene precedentes: “el alcance, cobertura, calidad y velocidad de las comunicaciones; la abundancia, eficiencia y contundencia de las conexiones económicas entre unos sectores y otros, entre unos países y otros, aparentemente distantes entre sí (capítulo que incluye pero no se limita a las transferencias electrónicas de fondos); la cobertura planetaria de la operación de las transnacionales; el concomitante debilitamiento del papel de los Estados nacionales, sobre todo de los países subdesarrollados; y la existencia de problemas y causas comunes a toda la humanidad”, como son las cuestiones del medio ambiente, la explosión demográfica, los flujos migratorios, el uso de la energía y el agotamiento de los recursos no renovables del planeta.
Como es lógico, la globalización tiene ganadores y perdedores tanto dentro de los países como entre ellos. Es portadora de desigualdades nuevas, de profundización de las desigualdades tradicionales y de opresiones específicas. La prosperidad que produce es compartida de modo desigual. Hacia el interior, como lo señaló ya hace varios años el PNUD en su Informe sobre Desarrollo Humano 1997, “la desigualdad de ingreso ha llegado a niveles que no se conocían desde el siglo pasado”. Hacia el exterior aquélla entraña un régimen de comercio internacional asimétrico que asigna los beneficios económicos del sistema a los países grandes e impone gravámenes a los pequeños, todo esto en medio de ampulosos y repetidos argumentos en favor del “comercio libre” y de las virtudes de la “libre competencia”. No obstante lo cual, según registró el mencionado Informe del PNUD, “el promedio de los aranceles con que los países industrializados gravan sus importaciones de los países menos adelantados son 30% superiores al promedio mundial”.
Por eso el papa Juan Pablo II durante su visita a México, el 23 de enero de 1999, repitió sus censuras contra la globalización por favorecer a los poderosos y castigar a los más pobres. Afirmó en aquella ocasión que “si la globalización se rige por las meras leyes del mercado, aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a consecuencias negativas”, como “el aumento de las diferencias entre ricos y pobres y la competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una situación de inferioridad”. Cosa que fue reiterada por el pontífice en su mensaje desde el Vaticano al pueblo de México el 19 de mayo del 2001.
El comercio internacional, distorsionado por los subsidios que reciben los productores agrícolas de los países desarrollados y por el neoproteccionismo practicado por ellos al margen de las convenciones internacionales, impuso una serie de trabas al acceso de los productos competitivos de los países del mundo subdesarrollado a los mercados del norte.
De donde resulta que, paradógicamente, la globalización no rinde beneficios para todos. O sea que sus beneficios no son realmente globales. Y por eso no elimina sino que profundiza las fronteras económicas entre los países y dentro de ellos.
En pleno auge de la globalización, durante los trece días de debate en el 54º período de sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York en septiembre de 1999 —en el que participaron 180 oradores para pasar revista a la situación del mundo— se formularon muy duras críticas contra ella. Pasado el efecto anestésico que durante una década tuvo la propaganda esparcida por el <globalismo, los jefes de Estado y cancilleres del tercer mundo acusaron a la globalización de acrecentar las diferencias entre los países ricos y los pobres. El ministro de asuntos exteriores de la pequeña isla caribeña de Granada expresó dramáticamente desde la tribuna mundial que “no se puede esperar de nosotros que bebamos de esa taza de cicuta que es la globalización para mayor gloria de los diseñadores del nuevo milenio”. No obstante la recomendación del presidente norteamericano Bill Clinton de que los países atrasados deben invertir en educación para que así puedan tener acceso a los beneficios de la globalización, hubo sin duda consenso entre los delegados del tercer mundo en que “los países en desarrollo son, en su mayor parte, demasiado débiles para sacar partido de las nuevas oportunidades, lo que les lleva a una mayor marginación”, según explicó a la prensa el presidente de la Asamblea General Theo-Ben Gurirab.
Él aludió, sin duda, a que la gran mayoría de los países pobres no está preparada para la inserción en el orden económico global ni para responder a las exigencias de la competitividad internacional. Su vulnerabilidad macroeconómica ante los choques externos es todavía muy grande.
A fines de enero del 2001, en el curso de los debates del Foro Económico Mundial de Davos entre los defensores y los impugnadores de la globalización, la hindú Vandana Shiva, directora de la Fundación para la Ciencia y la Ecología de la India, quien habló en representación de los países pobres, acusó a los líderes políticos y empresarios del primer mundo de cometer con la globalización, en cuyo nombre imponen a los países pobres infranqueables barreras para la exportación de sus productos, “un genocidio en una escala que la humanidad nunca ha conocido”.
El economista norteamericano Joseph E. Stiglitz, premio Nobel de economía 2001 y antes jefe del consejo de asesores económicos del presidente Bill Clinton de Estados Unidos y alto funcionario del Banco Mundial, en su libro “El malestar en la globalización” (2002) —escrito, según explica en el prólogo, porque en el Banco Mundial comprobó de primera mano el efecto devastador que la globalización podía tener sobre los países en desarrollo, y especialmente sobre los pobres en esos países— sustenta la tesis de que la globalización, que forma parte de las decisiones tomadas a partir de la última década del siglo XX en la esfera internacional “sobre la base de una curiosa mezcla de ideología y mala economía”, se había convertido en un dogma que respondía a los intereses creados de los grandes países industriales. Esta fue una afirmación muy importante, primero, porque hasta ese momento la “ideologización” de la economía únicamente se había atribuido a los sectores políticos y sociales contestatarios de las propuestas neoliberales, y, luego, porque reafirmó la tesis de que detrás de todas esas propuestas estaba el ciego fundamentalismo del mercado. Stiglitz imputó concretamente al Fondo Monetario Internacional, al Banco Mundial, a la Organización Mundial del Comercio, al Departamento del Tesoro de Estados Unidos y a otras instituciones orientadoras de la globalización el haber abordado los problemas de la economía “con una perspectiva estrechamente ideológica” que les llevó, entre otras cosas, a sostener que “la privatización debía ser concretada rápidamente” y, en el caso de los países de Europa del este que habían emprendido la transición del comunismo al mercado, a señalar que “los que privatizaban más deprisa obtenían las mejores calificaciones”, como consecuencia de lo cual, afirmó el profesor de la Universidad de Columbia, “la privatización muchas veces no logró los beneficios augurados”.
En resumen, Stiglitz sostiene que la globalización no ha funcionado para muchos de los pobres de la Tierra, ni para buena parte del medio ambiente, ni para la estabilidad de la economía global, ni para los propósitos de la transición del comunismo a la economía de mercado.
Esto no lo dice un malhumorado activista de izquierda sino el exjefe de los asesores económicos de la Casa Blanca en los tiempos del presidente Bill Clinton, quien como vicepresidente del Banco Mundial fue testigo presencial del efecto devastador que la globalización tiene sobre los países más pobres del planeta.
En la prognosis sobre la política y la economía globales trabajada en el 2000 por un grupo de científicos no gubernamentales norteamericanos, bajo el patrocinio de la Central Intelligence Agency (CIA) y el National Intelligence Council —que se plasmó en el documento titulado Global Trends 2015—, se afirma que hacia el año 2015 “la entramada economía mundial será impulsada por el rápido e irrestricto flujo de información, ideas, valores culturales, capitales, bienes, servicios y personas: esa es la globalización. La economía globalizada será un neto contribuyente para incrementar la estabilidad política del mundo en el año 2015, aunque la distribución de sus beneficios no será universal porque, en contraste con la revolución industrial, el proceso de globalización es más comprimido”.
El documento contiene la aseveración optimista de que, gracias a la globalización, la economía mundial alcanzará los altos índices de crecimiento registrados en la década del 60 y tempranos años 70 del siglo anterior, impulsada por el anhelo de mejores estándares de vida, políticas económicas mejoradas, incremento del comercio internacional y de la inversión, difusión de información tecnológica y aumento del dinamismo del sector privado de la economía. Sin embargo, no deja de reconocer que habrá regiones, países y grupos rezagados en el planeta, a los que no llegarán estos beneficios, y que se debatirán en medio de la <estanflación, los desequilibrios políticos y la marginación cultural. Lo cual “fomentará en ellos el extremismo político, étnico, ideológico y religioso, juntamente con la violencia que a menudo les acompaña”, dice el documento.
Por cierto que los optimistas presagios que este contiene no se cumplieron. Todo lo contrario: la crisis financiera y económica que estalló a finales del año 2008 en Wall Street —la “sede mundial” de la globalización— descalabró todos los indicadores de crecimiento y prosperidad previstos en el estudio de Washington.
En otra parte del extenso documento, que trata numerosos temas globales en su proyección hacia el año 2015, se afirma que “la globalización incrementará la transparencia de la toma de decisiones gubernativas, complicará la viabilidad de los regímenes autoritarios para mantener su control social, pero también complicará el proceso tradicional de deliberación de las democracias. Con el incremento de la migración creará influyentes diásporas que afectarán las políticas e incluso la identidad nacional de muchos países. La globalización también generará demandas crecientes de cooperación internacional en temas de naturaleza transnacional”.
Se afirma también que los “Estados con gobiernos ineficaces e incompetentes no solamente fracasarán en la obtención de beneficios de la globalización sino que en algunos momentos generarán conflictos internos y externos, que ampliarán la brecha entre los ganadores y los perdedores regionales que existen actualmente”.
Los Estados Unidos, añade el documento, serán “los líderes, proponentes y beneficiarios de la globalización”.
En la mesa redonda celebrada en la capital española el 28 y 29 de abril del 2003 sobre el tema “Globalización y Democracia en América Latina”, bajo el patrocinio del Club de Madrid y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en la que participé conjuntamente con Fernando Henrique Cardoso de Brasil y Felipe González de España, el expresidente brasileño planteó la pregunta: “¿existe una antinomia necesaria entre globalización y democracia o, por el contrario, la interdependenca de los mercados estaría cumpliendo los designios del doux commerce idealizado por Montesquieu y por los iluministas escoceses, moderando los impulsos, templando las costumbres, favoreciendo la convivencia social y política?” Mi posición fue que esa “antinomia necesaria” se daba con respecto a los países pobres y que la globalización, tal como estaba planteada, era una de las amenazas que sufrían nuestras endebles democracias en el mundo contemporáneo.
La globalización es un hecho pero el globalismo es una ideología: es la ideología de los ganadores de la globalización. Ella sostiene que el Estado no cuenta, que el mercado da las reglas, asigna los recursos y dirige la economía, que deben fluir libremente los factores de la producción en el ámbito internacional y sustenta una serie de principios para defender unos intereses económicos y dar poder político a unos sectores sociales.
El profesor de Economía Política de la Universidad de Filipinas, Walden Bello, en una conferencia que dictó en Berlín el 21 de marzo del 2009 en el Partido de la Izquierda alemán, sostuvo que “la tendencia del capitalismo a generar, en el contexto de una aguda competición intercapitalista, una tremenda capacidad productiva, la cual rebasa holgadamente la capacidad de consumo de la población debido a las desigualdades de ingreso que limitan el poder adquisitivo popular”, condujo a finales del 2008 a una “crisis de sobreproducción” de escala mundial porque el sistema capitalista, cabalgando sobre los prodigios tecnológicos de la revolución digital, añadió capacidad productiva a las empresas sin ampliar, al propio tiempo, la capacidad de consumo de las masas pobres del mundo. Puntualizó que, “a mediados de la primera década del siglo XXI, entre un 40 y un 50 por ciento de los beneficios de las corporaciones estadounidenses procedían de sus operaciones y ventas en el extranjero, especialmente en China” —en clara referencia a los sistemas productivos transnacionales aplicados allí por las empresas de la metrópolis: el offshoring y el outsourcing— y concluyó que la globalización —al abrir acceso a la mano de obra barata en los países de economía subdesarrollada, ganar nuevos y amplios mercados en la periferia y generar nuevas fuentes de productos agrícolas y materias primas a bajos precios— “no ha sido, contrariamente a lo sostenido por muchos de sus apologetas y por muchos de sus críticos, una etapa superior del capitalismo, sino un esfuerzo a la desesperada para salir del pantano de la sobreproducción”.
Está en proceso de formación una cultura global —la world culture—, esparcida por los medios de comunicación de masas que con sus ondas cubren el planeta. De un extremo a otro se extienden de forma homologada y con una velocidad sin precedentes la información, las ideas, los estilos de vida, la manera de hacer las cosas. Todo tiende a volverse universal. En los más distantes lugares la gente ve las mismas películas, iguales programas de televisión, las mismas telenovelas, recibe igual información, escucha la misma música, tiene similar forma de vestir, imita las modas, usa la misma arquitectura. Hay un proceso de homogeneización de las formas de vida impulsado por las metrópolis que dominan económicamente al mundo, que impulsan la globalización —portadora de asimetrías nuevas y de opresiones específicas— y que difunden la <cultura —entendida en su más amplia acepción, es decir, en su sentido antropológico—, hacia toda la faz del planeta.
En cualquier caso, la globalización y las entidades encargadas de promover y administrar la economía global acusan un gran “déficit democrático”, ya porque las autoridades encargadas de instrumentarla no son elegidas ni rinden cuenta de sus actos a la comunidad y carecen por tanto de accountability —para utilizar un término inglés que no tiene una correspondencia exacta en el castellano—, ya porque la globalización se aplica a una población mundial heterogénea y mayoritariamente pobre, que es la que con su sacrificio costea en buena parte la prosperidad de los globalizadores.
Si, con las informaciones estadísticas del año 2001, redujéramos esa población a una “aldea” de 100 personas, como lo sugirió Peter Sutherland de la Comisión Trilateral, tendríamos lo siguiente: 57 de sus miembros serían asiáticos, 21 europeos, 14 americanos y 8 africanos, de los cuales 70 serían no blancos y 30 blancos, 70 serían no cristianos y 30 cristianos. El 50% del bienestar mundial estaría focalizado en sólo 6 personas y todas ellas serían norteamericanas. 70 no sabrían leer, 80 habitarían en viviendas precarias, 50 sufrirían mala nutrición. Solamente una tendría educación superior y solamente una poseería un computador. En esas condiciones, la globalización no puede más que producir efectos injustos a despecho del avance científico y tecnológico y del incremento cuantitativo de la producción.
La apertura de mercados y la invasión de productos extranjeros pone en dificultades a las empresas de los países pequeños, que por razones de escala y de tecnología tienen costes de producción más elevados. Ellas, para poder sobrevivir, lo primero que hacen es despedir trabajadores y reajustar salarios. Esta es la línea de menor resistencia puesto que los reajustes por el lado de las materias primas, los insumos, la tecnología, los costes financieros o las tarifas de servicios públicos son muy difíciles si no imposibles. Entonces no les queda más que acudir al flanco laboral. Para bajar sus costes y poder competir, recortan lo que les es más fácil: el empleo y los salarios. Y al final son los trabajadores los que pagan el precio de la apertura de la economía. Este es el sino trágico de la globalización. Como siempre, la cuerda se rompe por la parte más delgada. Si hay que hacer ajustes, los ajustes se hacen por el lado de los salarios, de las garantías y de las seguridades de los trabajadores.
De otro lado, los obreros del mundo subdesarrollado no pueden competir con los robots de los países industrializados. ¿Quién puede competir contra un robot que no descansa, no pide vacaciones, no se enferma, no hace huelgas? En el fondo este es el tipo de competencia que se da. Y por bajos que sean los salarios y por mucho que se compriman los beneficios laborales de los países periféricos, sus manufacturas difícilmente podrán competir con éxito frente a las del mundo industrializado.
Pero la globalización afecta también, aunque en menor medida, a los trabajadores de los países industriales, que se ven expulsados de sus empleos a causa de la enloquecida competencia entre las empresas. Las que despiden masivamente a sus trabajadores —y con ello bajan los costes de producción— mejoran inmediatamente la cotización de sus acciones en la bolsa. La combativa novelista y ensayista francesa Viviane Forrester, en su obra “Una extraña dictadura”, escrita en el año 2000, trae una serie de ejemplos de esto. Dice que la Sony anunció el despido de 17.000 trabajadores en 1996 y automáticamente la cotización de sus acciones aumentó ese día en 8,41 puntos. Lo propio ocurrió con Alcatel, Deutsche Telekom, Akai, France Télécom, Swissair y muchas otras empresas muy importantes en el mundo.
El valor del producto final de la industria, en fábrica, se compone del coste de los materiales utilizados más el valor añadido. El gran esfuerzo de los países pobres en las décadas pasadas fue incorporar a sus productos la mayor cantidad posible de >valor agregado para generar mayor riqueza interna que se quedara en forma de tecnología, sueldos, salarios, alquileres, intereses, utilidades empresariales y demás gastos demandados por el proceso manufacturero. Hoy, en cambio, al volver a la exportación de bienes primarios, se renuncia a esta riqueza y se impulsa un sistema que optimiza el valor agregado de los países industriales. Por eso he dicho que la globalización deja ganadores y perdedores. Ha mejorado el comercio, la tecnología y las rentas de los países ricos mientras ha bajado el consumo popular, los ingresos, el gasto social, la infraestructura de salud y educación y se han desmantelado los servicios sociales de los demás países.
Los promotores de la sociedad de consumo y los propios consumidores de alto nivel, que ven copadas sus caprichosas aspiraciones de compra, constituyen una suerte de >grupo de presión para defender el sistema. Y es un grupo de presión muy poderoso dada su influencia sobre la economía y sobre los mandos del Estado.
La globalización de la economía mundial se inició con el formidable avance y ampliación de las comunicaciones y los transportes, que alcanzaron escala planetaria, y fue seguida por la creciente internacionalización de la producción, el comercio, las finanzas, los servicios y el consumo. En este marco y como respuesta a las nuevas condiciones del mundo se fortalecieron las <corporaciones transnacionales que representaron una nueva forma de organización de la producción y de la gestión empresarial y que dieron un enorme impulso a la internacionalización de la economía. En el mundo moderno prácticamente todas las actividades humanas están internacionalizadas. Lo están hasta las enfermedades. Hay un creciente proceso de integración cultural transnacional que estandariza y afina las ideas, las costumbres, los estilos de vida y los gustos de la gente por encima de las fronteras nacionales.
La actividad industrial va a la cabeza de este proceso. La mayor parte de las manufacturas es, en realidad, producto multinacional. Los aviones norteamericanos llevan motores ingleses, computadoras japonesas y llantas francesas. Los automores alemanes tienen piezas fabricadas en muchos países. Todos los vehículos europeos son multinacionales. Los televisores japoneses se originan en Corea del Sur. Buena parte de las computadoras norteamericanas se fabrica en Taiwán o en México. Las cámaras fotográficas que se venden en Estados Unidos son hechas en los países asiáticos. Es el mundo de la internacionalización. Es el mundo postindustrial en que los países desarrollados exportan tecnología y capitales e importan y comercializan manufacturas que les es más barato producir en otros lugares.
Un factor que en nuestros días impulsa con gran fuerza la globalización es el prodigioso desarrollo de la >informática y, especialmente, de una de sus más sofisticadas expresiones de vanguardia: la >internet. Esta gigantesca red de computadoras interconectadas por las líneas telefónicas que cubre el planeta —que en el año 2000 comunicaba entre sí a más del 10% de la población de la Tierra— abre horizontes inimaginables al desarrollo científico, al crecimiento económico, a los negocios, a la promoción internacional de empresas, al intercambio de información, a las comunicaciones y en general a las actividades humanas en los más diversos campos. Se ha constituido en el símbolo de la >sociedad del conocimiento. Cada vez se le encuentran nuevos usos y utilidades. Ya no es solamente la posibilidad de acceso remoto a las fuentes de datos, archivos, laboratorios y bibliotecas sino también la posibilidad de mantener “foros” de “conversación electrónica” sobre los más diversos temas con “contertulios” situados en lejanos países. Son decenas de millones de seres humanos de todas las latitudes que intercambian ideas a través de sus computadoras y se transmiten conocimientos, datos e informaciones sin barreras. Los avances que esto significa para la cultura, la ciencia, la tecnología, la preparación profesional, la economía, el comercio, los negocios, el entretenimiento son impredecibles. Quienes se dedican a los negocios han podido cuantificar ya el gigantesco crecimiento de las transacciones que ha producido internet. Ella ha hecho posible también el <correo electrónico a través del cual personas separadas por enormes distancias pueden mantener correspondencia escrita por medio de sus ordenadores. Son muchas las posibilidades en todos los campos que ofrece esta gigantesca red interconectada de computadoras. Los usos más conocidos son, aparte del correo electrónico (e-mail) y de los “foros” de conversación (newsgroups), los denominados network news, finding files, finding someone, tunneling through the Internet: gopher, searching indexed databases: wais y the world wide web.
Los avances de la electrónica han “empequeñecido” el planeta y han impulsado la globalización.
A comienzos del año 2000 se empezó a hablar de la sucesora de >internet: denominada la “malla”, fundada en una nueva tecnología millones de veces más poderosa y capaz de conectar entre sí las computadoras del mundo. En el proyecto trabajan los científicos norteamericanos Ian Foster, de la Universidad de Chicago, y Carl Kesselman, de la Universidad de Southern California, con el apoyo financiero del gobierno de Estados Unidos. La “malla” será una red global de alta velocidad que enlazará supercomputadoras, bases de datos, procesadores especializados y ordenadores personales para proporcionar a los usuarios cualquier género de información desde cualquier lugar del planeta, sin el engorroso proceso de buscarla en internet.
Los países industrializados han pugnado por el establecimiento de amplias áreas de libre intercambio. Tanto el último viraje de la Unión Europea a partir del tratado de Maastricht de febrero de 1992, que sentó las bases de su futura integración política, como la admisión de nuevos socios en su comunidad responden a ese interés. Y lo mismo puede decirse de las extensas zonas de libre comercio que se han creado en los últimos años. Ellas obedecen a las conveniencias de los países industriales de ampliar sus mercados. El Tratado de Libre Comercio (TLC) integrado por Estados Unidos, Canadá y México es eso. El Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), compuesto por Estados Unidos, Canadá, México, Chile, Japón, Corea del Sur, China, Taiwán, Tailandia, Malasia, Filipinas, Brunéi, Indonesia, Papúa-Nueva Guinea, Australia y Nueva Zelandia, será en el año 2020 la segunda región de intercambio libre más grande del planeta, después del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), si llegara a implantarse.
Todos estos movimientos de integración forman parte de un proceso de globalización de la economía mundial dentro del cual los hechos económicos de cualquier parte del planeta, por inconexos que parezcan, tienen inmediata resonancia en lugares remotos, en el marco de un mundo económico que tiende a ser único.
La globalización no es un fenómeno nuevo. Ciertamente que la actual es la más amplia y profunda que se haya hecho en el curso de la historia y que tiene características inéditas, puesto que se ha servido de instrumentos absolutamente nuevos —como la integración económica, las empresas transnacionales, la informática, internet, el dinero electrónico, la modernización de los transportes, las organizaciones no gubernamentales, la “planetarización” de los medios de comunicación y otros—, pero en el pasado cada imperio impuso también su propia “globalización” de la economía. Lo hizo el Imperio Babilónico dieciocho siglos antes de nuestra era, lo hizo el Imperio Romano, lo hicieron el Imperio Bizantino, el Imperio Otomano, el Imperio Británico, el Imperio Español, el Imperio de los Zares. Lo hicieron todos los imperios. Ellos ordenaron los mercados bajo su jurisdicción y crearon, a su imagen y semejanza, su propio sistema de comercialización internacional. Por tanto, la globalización de hoy no es más que la consecuencia del orden que vivimos y responde a los intereses hegemónicos del imperio triunfador de la >guerra fría, que se expresan principalmente en la “apertura de mercados” y en el “comercio libre”.
La guerra fría fue, en el fondo, la lucha entre las dos superpotencias por imponer al mundo sus propios proyectos de globalización. Por eso, inmediatamente después de terminada la confrontación le fue posible a la potencia vencedora comenzar los trabajos para implantar su proyecto.
Es cierto que antes de la caída del >muro de Berlín y de la terminación de la guerra fría ya habían surgido en el mundo ciertos problemas de escala transnacional cuya solución demandaba una acción internacional concertada. Me refiero al control demográfico, a la protección del medio ambiente, al mantenimiento de la paz y seguridad en el mundo, al combate contra el tráfico de drogas, a la prevención de ciertas enfermedades y pandemias, a la lucha contra el terrorismo sin fronteras y a otros problemas de alcance planetario que exigen no solamente acciones concertadas sino la creación de instituciones públicas internacionales capaces de ejecutar programas globales.
Esta percepción me indujo a plantear, en el discurso que como Presidente de Ecuador y en representación de América Latina pronuncié en la sede del Sistema Económico Latinoamericano (SELA) en Caracas, en febrero de 1989, que ya se advertían algunos síntomas de la crisis del Estado como instrumento de regimentación y ordenación sociales. En la última década del siglo XX, e incluso antes, empezaron a acentuarse cada vez más las ineficiencias estatales para resolver una serie de problemas políticos, sociales, económicos y ecológicos surgidos en los últimos tiempos. Cada vez con mayor claridad se pudo ver que el Estado estaba insuficientemente dotado para hacer frente y satisfacer ciertas necesidades de su población. Lo cual parecía demostrar que esta forma de organización social, nacida en el Renacimiento, se acercaba ineluctablemente a su ocaso definitivo, para que sobre sus escombros surgiera en el futuro mediato alguna otra forma de regimentación social, probablemente de dimensiones metanacionales, que pudiera atender más eficazmente los problemas de la gente, algunos de los cuales tienen escalas regionales e incluso planetarias.
En la nueva ordenación económica internacional el capital ha encontrado su propia “soberanía”. Es libre de moverse internacionalmente. Elige el Estado en el que quiere trabajar, de acuerdo con sus conveniencias. Salta las fronteras nacionales con gran facilidad. En pocos segundos es capaz de transformar su denominación monetaria y emigrar. De este modo se trasladan grandes masas de dinero y actividades productivas hacia lugares con mayores posibilidades de ganancia. En caso de que un país no ofrezca condiciones “atractivas” para la inversión financiera, el capital puede “castigarlo” ya sea desinvirtiendo en él, ya caotizando sus mercados financiero y de cambios, ya abandonando su territorio. Y el Estado no puede evitarlo. Ha perdido control sobre buena parte de su economía frente al dominio globalizado del capital y, consecuentemente, su capacidad para diseñar políticas económicas o monetarias independientes se ha visto menoscabada por obra de la globalización.
Las operaciones de fusión y de absorción de las grandes empresas del mundo desarrollado, obligadas a pensar en términos de escala mundial, son también signos de este proceso. Las escalas nacionales han sido superadas. El planeta es un solo y gran mercado abastecido por empresas cada vez más grandes, cuyas cifras de ventas anuales sobrepasan las del producto interno bruto de muchos países. En el ámbito petrolero, por ejemplo, la compañía Exxon, que compró la Mobil, mueve cada año recursos que sobrepasan el producto interno de toda África y que se acercan al de la India, y en el área de las telecomunicaciones el volumen de transacciones anuales de la empresa Deutsche Telecom supera al producto interno de Hungría, Marruecos o Nigeria. Las asignaciones para las tareas de investigación científica de estas compañías en las diversas líneas de la producción rebasan los presupuestos nacionales de muchos países. Lo cual demuestra que está en marcha un proceso de concentración empresarial de escala planetaria que terminará por someter a los Estados. No tengo dudas de que en el futuro próximo la soberanía y la potestad política ya no serán atributos de los Estados sino de las <corporaciones transnacionales que cubrirán el planeta con su poder. Los imperios del futuro no serán los Estados sino los gigantescos conglomerados empresariales y, por consiguiente, los imperialismos venideros no tendrán únicamente al Estado como su protagonista.
La era de las “megafusiones” en que vivimos involucra naturalmente a los medios de comunicación, que tienden a concentrarse en pocas pero gigantescas empresas que ejercen la función de informar y de comunicar. 1998 fue un año emblemático de compras y absorciones de empresas de comunicación en el mundo desarrollado. La SBC Communications Inc. se fundió con la Ameritech Corp., la AT&T con la Teleport, la AT&T con la Tele-Communication Inc., la SBC con The Pacific Telesis Group, la WorldCom adquirió la MCI y se unió con la Compu Serve y después absorbió a la Sprint Corporation, la Bell Atlantic absorbió a la AirTouch Communications Inc. Antes la Time Warner había asumido el control de la Turner Broadcasting System Inc., con lo cual engendró el grupo de medios de comunicación más grande del mundo.
Howard H. Frederick, un estudioso de la Universidad de California en Berkeley citado por Gonzalo Ortiz, prevé que unas pocas corporaciones transnacionales —no más de cinco a diez— dominarán en el siglo XXI las principales estaciones de radio y televisión, los más influyentes periódicos y revistas, la edición masiva de libros, la difusión de películas y el manejo de las redes de datos. De modo que ellas estarán en posibilidad de condicionar los pensamientos, sentimientos, imaginación, sueños, gustos y conductas de la población mundial.
En el campo de internet las fusiones de América Online Inc. con Netscape Communications Corp. o la de At Home Corp., que presta el servicio de acceso rápido a red, con Excite Inc., que ofrece un sistema de búsqueda, o la fusión de Yahoo con GeoCities Inc., demuestran que también en este campo de la información planetaria las cosas van hacia la concentración.
Y esta red mundial de la información, que se amplía en sus servicios cada vez más, tiende a producir hechos informativos de escala mundial, tal como ocurrió en 1991 con la guerra del golfo Pérsico, o en 1997 con el acto funeral de la princesa Diana de Gales, o con el Campeonato Mundial de Fútbol en 1998, o con los amoríos del presidente norteamericano Bill Clinton con la empleada de la Casa Blanca, o con los bombardeos a Belgrado por las fuerzas de la OTAN en el segundo trimestre de 1999, o con el atentado terrorista a las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York el 11 de septiembre del 2001, o con la guerra anglo-norteamericana contra Irak en marzo y abril del 2003, o con los actos funerales del papa Juan Pablo II en Roma el 8 de abril del 2005, o con el Campeonato Mundial de Fútbol en Alemania el 2006, o con la liberación de Ingrid Betancourt y 14 secuestrados por las FARC de Colombia el 2 de julio del 2008, o con los Juegos Olímpicos mundiales de Pekín en agosto del 2008, cuya deslumbrante ceremonia inaugural en el estadio nacional fue vista por 4.000 millones de televidentes en el mundo —según cifras de la China Network Communications y de Beijing Olympic Broadcasting—, o con el sepelio de Michael Jackson —apodado el “rey del pop”—, cuyos actos funerales en el Staples Center de Los Ángeles el 7 de julio del 2009 fueron seguidos por 2.500 millones de telespectadores; o con el Campeonato Mundial de Fútbol en Sudáfrica, cuyas escenas viajaron por el planeta en las ondas de la televisión satelital y cuyo encuentro final entre España y Holanda el 11 de julio del 2010 en el estadio de Johannesburgo fue visto por 909,6 millones de televidentes; o con el rescate el 14 de ocubre del 2010 de los 33 mineros chilenos que permanecieron atrapados durante sesenta y nueve días a 700 metros de profundidad en la mina San José, en Copiapó, al norte de Chile, que cautivó la atención mundial y fue visto por alrededor de mil millones de televidentes alrededor del planeta; o con la “bomba cibernética” que estalló el 28 de noviembre del 2010 cuando los hackers de WikiLeaks, tras interceptar, penetrar, codificar, copiar y robar 251.287 documentos oficiales cursados por internet en los seis años anteriores entre el Departamento de Estado —que es el ministerio de asuntos exteriores de Estados Unidos— y sus embajadores en varios países, filtraron textos de ellos —en lo que fue la mayor filtración de la historia— y los hicieron públicos en los periódicos “The New York Times” de Estados Unidos, “Der Spiegel” de Alemania, “Le Monde” de Francia, “The Guardian” de Inglaterra y “El País” de España; o el terremoto más violento de su historia en el Japón el 11 de marzo del 2011 —la peor tragedia desde los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki—, seguido de un terrible tsunami que arrasó todo lo que encontró a su paso, cuyas desgarradoras escenas fueron vistas por 3.500 millones de telespectadores en el mundo; o el espectáculo mediático del matrimonio celebrado en la Abadía de Westminster el 29 de abril del 2011 entre el príncipe Guillermo de Inglaterra y Catherine Middleton, que atrajo la atención televisual de 2.200 millones de personas; o la ceremonia de beatificación del papa Juan Pablo II el 1 mayo 2011 en la Basílica de San Pedro en Roma, presidida por Benedicto XVI, que fue vista por 1.181 millones de televidentes; o el anuncio de la muerte de Osama Bin Laden, líder de la banda terrorista internacional al Qaeda, el 3 de mayo del 2011, transmitida al mundo por miles de estaciones televisivas.
La impresión de libros lleva también esa dirección. En el primer semestre de 1998 el gigantesco conglomerado de comunicaciones Bertelsmann AG de Alemania, dueño del grupo editorial Bantam Doubleday Dell, compró la empresa editorial Random House, que ejercía un casi monopolio en el mercado de libros norteamericano, de modo que estos dos colosos de la industria editorial pasaron a formar una sola empresa. Lo cual, junto al hecho de que la mayoría de los libros en el mundo se publican en inglés o se traducen al inglés, ha dado lugar a los “best sellers globales”, como los de John Grisham, Michael Crichton, Danielle Steel, Mary Higgins Clark, Tom Clancy o Paulo Coelho, que se editan en decenas de millones de ejemplares y se venden en el mercado globalizado de la cultura y la información.
Y catorce años después —el 29 de octubre del 2012—, en respuesta al auge de los libros digitales, se produjo la fusión de las empresas editoriales Bertelsmann AG de Alemania y Penguin Group de Inglaterra —que formaban parte de las seis mayores editoriales en idioma inglés, junto con Hachette, HarperCollins, Macmillan y Simon&Schuster— para constituir la gigantesca Penguin Random House en el mundo de las publicaciones tradicionales y digitales.
En el 2006 el enorme grupo francés Lagardère compró la empresa editorial estadounidense Time Warner Books por el precio de 537,5 millones de dólares para crear la editorial Hachette Livre, que se convirtió en la tercera mayor casa editora del mundo.
La globalización ha suscitado en el mundo opiniones encontradas, algunas de las cuales se han centralizado en dos grandes foros internacionales: el Foro Económico Mundial que se reúne anualmente en el lujoso centro de esquiaje de Davos, en los Alpes suizos; y el Foro Social Mundial que se celebra principalmente en la ciudad de Porto Alegre, Brasil.
Son dos foros contrapuestos. Mientras el de Davos persigue dar sustentación a la globalización neoliberal y tiene como miembros a las 2.000 empresas más grandes del mundo, el foro alternativo de Porto Alegre está impulsado por movimientos sociales contestatarios que buscan abrir “un nuevo espacio internacional para la reflexión y la organización de todos los que se oponen a las políticas neoliberales”.
Aunque sus promotores afirman que el de Davos es un amplio foro pluralista, en el que tienen cabida todas las opiniones y del que sólo están excluidos los “violentos”, o sea los promotores de las manifestaciones hostiles contra la globalización, los líderes del foro de Porto Alegre le acusan de ser un centro elitista para fortalecer y difundir las ideas y prácticas del >neoliberalismo.
Los orígenes de la cumbre de Davos datan de enero de 1971, cuando el profesor de administración de empresas, Karl Schwab, fundó una entidad sin fines de lucro denominada Foro Gerencial Europeo, con sede en Ginebra, a fin de reunir informalmente a los líderes empresariales de Europa con el propósito de discutir las estrategias para afrontar los desafíos del mercado internacional. En 1987 esta entidad cambió su nombre por el de Foro Económico Mundial, que se convirtió con el tiempo en un gran centro de reflexión y análisis en el que jefes de Estado y de gobierno, líderes políticos, empresarios privados, banqueros, intelectuales, científicos, representantes de organizaciones no gubernamentales, líderes sindicales y periodistas procedentes de varios los lugares del mundo intercambian sus ideas en torno a la economía mundial. Si bien su lugar de reunión es Davos, el Foro ha organizado encuentros menores en México, los países del MERCOSUR, Asia, el mundo árabe e incluso África. La reunión anual del 2002 fue en Nueva York, del 31 de enero al 4 de febrero, ya que las manifestaciones de protesta contra la globalización, cada vez más violentas, le obligaron a abandonar los Alpes suizos. El Foro patrocina una serie de publicaciones, la más importante de las cuales es el Informe de Competitividad Global, que ha alcanzado una gran influencia en las decisiones de algunos gobiernos. Durante los últimos años sus discusiones se han centrado en el tema de la globalización.
Como respuesta al Foro de Davos, los opositores a la globalización organizaron en la ciudad de Porto Alegre en Brasil el Foro Social Mundial, que se reunió por primera vez en la última semana de enero del 2001 —al mismo tiempo que la cumbre de Davos— con la asistencia de miles de líderes políticos y sociales, intelectuales, campesinos, representantes de comunidades indias, grupos feministas, redes de ciudadanos y organizaciones no gubernamentales de América Latina, Europa, Asia y África que cuestionaban el pensamiento hegemónico neoliberal y acusaban a la globalización de haber profundizado la pobreza en el planeta.
Después vinieron nuevas reuniones anuales, cada vez más amplias, como expresión de la globalización de “abajo”, es decir, de los grupos marginados.
Esta fue una respuesta a las acciones de los “dueños del mundo” y a los grandes “gurús” del neoliberalismo, de la <globalización y del >pensamiento único. La iniciativa fue brasileña, recogida inmediatamente por Bernard Cassen, director de “Le Monde Diplomatique”; promovida luego por la Asociación Brasileña de Organizaciones No Gubernamentales (ABONG), la Acción por la Tributación de las Transacciones Financieras en Apoyo a los Ciudadanos (ATTAC), la Comisión Brasileña Justicia y Paz (CBJP), la Asociación Brasileña de Empresarios por la Ciudadanía, la Central Única de los Trabajadores (CUT), el Instituto Brasileño de Análisis Socio Económicos (IBASE), el Centro de Justicia Global (CJG) y el Movimiento de los Sin Tierra (MST); y patrocinada por Droits et Démocratie, la Fundação Ford, la Fundação H. Boll, Le Monde Diplomatique, Oxfam Rede de Informações para o Terceiro Setor (RITS), Nord-Sud XXI, el Governo do Estado de Rio Grande do Sul, la Alcaldía de Belén y la Prefeitura de Porto Alegre.
Este es, sin duda, el mayor movimiento contestatario contra el neoliberalismo, la globalización y el >pensamiento único.
En su Declaracion de Principios formulada en São Paulo el 9 de abril del 2001, el Foro Social Mundial se definió como un “espacio abierto de encuentro para la profundización de la reflexión, el debate democrático de ideas, la formulación de propuestas, el libre intercambio de experiencias y la articulación para acciones eficaces, de entidades y movimientos de la sociedad civil que se oponen al neoliberalismo y al dominio del mundo por el capital y por cualquier forma de imperialismo, y están empeñadas en la construcción de una sociedad planetaria centrada en el ser humano”. Se declaró contrario al “proceso de globalización capitalista comandado por las grandes corporaciones multinacionales y por los gobiernos e instituciones internacionales al servicio de sus intereses” y se propuso conseguir, como una nueva etapa de la historia del mundo, “una globalización solidaria que respete los derechos humanos universales”. Precisó que “el Foro Social Mundial es un espacio plural y diversificado, no confesional, no gubernamental y no partidista que articula en forma descentralizada, en red, a entidades y movimientos comprometidos en acciones concretas, del nivel local o internacional, con la construcción de un mundo diferente”.
A finales de enero del 2002 se volvieron a reunir ambos foros: “el de los ricos” en el hotel Waldorf Astoria de Nueva York y “el de los pobres” en Porto Alegre. El primero juntó a 3.000 personas y el segundo a 40.000. En las deliberaciones de ambos se afrontaron más o menos los mismos temas pero desde puntos de vista diametralmente opuestos. La agenda del Foro de Porto Alegre incluyó cuatro asuntos principales: la producción de riquezas; el acceso a las riquezas y el desarrollo sostenido; la sociedad civil y los espacios públicos; y el poder político y la ética en la nueva sociedad. Para poderlos tratar en medio de tan gigantesca masa de participantes, el foro se descompuso en 28 grandes conferencias y 700 talleres de trabajo. El presidente del Banco Mundial, James Wolfensohn, pidió ser escuchado como expositor en la tribuna de este foro, pero sus organizadores le respondieron que podía participar sólo como oyente. Al final, entre otras resoluciones, los activistas antiglobalización se pronunciaron por una mundialización de la economía que haga justicia a los países del mundo subdesarrollado, contra los excesos del capitalismo neoliberal y contra la Asociación de Libre Comercio de las Américas (ALCA).
Los promotores de este foro alternativo han insertado en internet una página titulada The Public Eye in Davos desde donde combaten las ideas, resoluciones y tesis del Foro Económico, que para ellos es el símbolo y la inspiración del dogmatismo neoliberal, que proclama el achicamiento del Estado, las privatizaciones, la apertura de los mercados, la liberalización del capital, la rebaja de los impuestos para los más ricos y el recorte de los gastos sociales.
Especial interés tiene la globalización tecnológica instrumentada en China, India, Taiwán, Corea del Sur, Malasia y otros países asiáticos. China es el tercer país territorialmente más grande del globo y el más populoso. En términos cuantitativos, su economía ocupó en el año 2006 el cuarto lugar en el escalafón mundial, tras Estados Unidos, Japón y Alemania, con una participación del 13% en el producto interno bruto global. En ese año el banco de inversiones norteamericano Goldman Sachs sostuvo que China pasará a ocupar el primer lugar económico hacia el año 2045. El gigantesco país socialista se ha convertido en los últimos años, paradógicamente, en una gran potencia capitalista, pero con una peculiaridad: su proceso económico ha sido controlado por el Estado, de modo que no se ha desnaturalizado el modelo político. Los dirigentes chinos consideran que el mercado es una necesidad histórica objetiva pero que nada impide que él sea gobernado por el Estado. Así nació la economía socialista de mercado, uno de cuyos elementos fundamentales son las zonas económicas especiales abiertas al capital, los conocimientos, la tecnología y la mano de obra calificada del exterior para la producción industrial en gran escala dirigida hacia la exportación. El pragmatismo chino permitió concebir la política de “un país, dos sistemas” —según la imaginativa fórmula propuesta por Deng Xiaoping en 1984— y aplicarla en las zonas económicas especiales y en los enclaves occidentales de Hong Kong y Macao, vueltos a su control, para viabilizar el desarrollo industrial de corte capitalista-occidental dentro del régimen político comunista, sin mayores tensiones.
En el crecimiento económico de China y de la India y en su inserción internacional han sido determinantes dos operaciones claves de la globalización: el outsourcing y el offshoring. La primera consiste en la subcontratación de cualquier servicio susceptible de digitalizarse para que China o la India, como suministradores más baratos, rápidos y eficientes, asuman la tarea de prestarlo. Y la segunda, en el traslado de las instalaciones de la empresa de un país desarrollado hacia China, India u otro país de reciente industrialización —donde hay menores salarios, impuestos más bajos, inferiores aportes al seguro social, energía subvencionada, etc.— para fabricar allí sus productos en términos más competitivos y, además, disminuir su carga medioambiental.
El outsourcing con los países asiáticos permite a una empresa occidental trabajar sin interrupción las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana, todas las semanas del mes y todos los meses del año. Este es uno de los secretos de su productividad. ¿Cómo funciona? Los profesionales contables de China o de India o de cualquier otro país del hemisferio oriental asumen la contabilidad o la gestión de determinados servicios de empresas de Occidente. Hacen el trabajo en el curso del día, que en los países occidentales es la noche. Los resultados, enviados en formato digital por vía electrónica, son recibidos muy temprano por las compañías que los subcontrataron. Lo cual les permite producir las veinticuatro horas del día y a costes de producción notablemente menores que en Occidente.
Lo anterior contradice las enseñanzas de los manuales tradicionales de economía, que afirmaban que los bienes se fabrican en un lugar y se venden en otro pero que, en cambio, los servicios siempre se producen y se consumen en el mismo lugar.
Pero el offshoring no está exento de riesgos industriales y comerciales. A veces el control de calidad de la producción en los países de Asia no ha tenido los niveles de eficiencia metropolitanos. Fue célebre el escándalo protagonizado en el 2007 por los fabricantes chinos de juguetes por encargo de la corporación transnacional norteamericana Mattel Inc., en ese momento era la más grande productora de juguetes del mundo. A comienzos de agosto de ese año la corporación estadounidense se vio obligada a retirar del mercado y de las manos particulares más de 18 millones de juguetes fabricados en China y vendidos en los países occidentales durante los últimos cuatro años, que llevaban la acreditada marca Fisher-Price, porque contenían pinturas tóxicas elaboradas con plomo y otros defectos de fábrica. Coetánemente, la empresa Nokia Corporation de Finlandia, fabricante de teléfonos móviles, pidió a sus usuarios la devolución voluntaria de 46 millones de baterías BL-5C defectuosas fabricadas en China entre diciembre del 2005 y noviembre del 2006 mediante el sistema de tercerización industrial denominado offshoring, con arreglo al cual las empresas metropolitanas producen unidades industriales o piezas fuera de sus fronteras —especialmente en algunos países asiáticos—, donde los costes de producción son mucho menores. Antes se habían detectado neumáticos defectuosos para automotores y cremas dentales, salsas enlatadas y alimentos caninos tóxicos, fabricados por empresas chinas y vendidos en los países occidentales, que fueron masivamente retirados de los mercados en defensa de los intereses de los consumidores.
Dos tercios de los DVD, televisores, teléfonos celulares, hornos microondas, refrigeradoras, copiadoras y otros aparatos electrónicos que se venden en el mercado internacional son producidos en China. La tercera parte de las exportaciones de este país está constituida por equipos electrónicos. Sus bajos costes de producción le han dado una muy alta <competitividad en el mercado internacional y han sido un aliciente para atraer inversión extranjera y para que las corporaciones industriales de Occidente abrieran sus fábricas en China.
En un informe elaborado a finales del 2005 por las academias norteamericanas de ciencias, ingeniería y medicina se afirmaba que en China e India juntas se graduaban en ese momento 950.000 ingenieros cada año mientras en Estados Unidos solamente 70.000; y que por el sueldo de un químico o un ingeniero norteamericano una empresa podría contratar cinco químicos en China u once ingenieros en la India. Los asiáticos son profesionales mucho más baratos, según los estándares occidentales.
En el presente siglo China podrá convertirse en una de las grandes potencias regionales y los países del primer y tercer mundos tendrán que aprender a convivir con ella.
El periodista y escritor norteamericano Thomas Friedman, en su libro “La Tierra es Plana” (2006), alerta que “hoy países como la India tienen capacidad para competir por el conocimiento global como nunca en la historia”, lo cual supone un desafío para Estados Unidos, pero agrega que “ese desafío será bueno para los americanos porque nosotros siempre rendimos más cuando se nos desafía”.
Desde 1951, en que el primer ministro Jawaharlal Nehru fundó los siete primeros institutos de alta tecnología en la ciudad de Kharagpur, la India no ha cesado de impulsar vigorosamente la educación tecnológica y de producir talentosos y bien formados científicos en diversas ramas, ingenieros de sistemas, programadores informáticos, expertos en tecnologías de la información, administradores de empresas, contables y, en general, expertos de la mejor preparación en las tecnologías de última generación. La ciudad de Bangalore, situada al sur del subcontinente indio, se ha constituido en un importante centro de investigación científica y tecnológica, al que algunos denominan el “Silicon Valley oriental”. Y los Estados Unidos son los principales compradores de los recursos humanos indios. Desde 1953 hasta 2006 más de veinticinco mil profesionales hindúes se establecieron en su territorio al servicio de las más importantes empresas norteamericanas.
Estos son los milagros de la globalización.
Pero ella o los instrumentos de ella han favorecido también la “globalización del terrorismo”, compuesta por cadenas de suministros de bienes y servicios implantadas por los grupos terroristas a escala global para tornar más eficientes y ubicuas sus acciones destructivas. Los mismos elementos instrumentales de la globalización económica y comercial sirven también las causas terroristas: los avances de la informática, la televisión por satélite, internet, las cadenas mundiales de suministros —supply-chaining— para proveer herramientas a sus agentes, el offshoring para establecer bases de acción y enlaces en diversos lugares del planeta y el outsourcing para subcontratar servicios logísticos más allá de las fronteras nacionales.
En el caso del 11-S fue Bin Laden, el jefe de la banda terrorista al Qaeda, quien preparó prolijamente los atentados de Nueva York y Washington. Encargó la financiación de su presupuesto, estimado en alrededor de cuatrocientos mil dólares, a Ali Abdul Asis Ali, quien ofició de director financiero de la operación. Escogió los mejores pilotos suicidas para los aviones. Subcontrató con el pakistaní Jalid Sheij Mohamed —el principal “arquitecto” de los atentados— el diseño general y los planos del 11-S. Y él asumió directamente la inspiración ideológica y la dirección general de ellos. Fue una operación transnacional, cuya planificación y ejecución fueron posibles gracias a la ayuda de la más moderna tecnología de la información.
Internet es enormemente útil a las organizaciones terroristas, no sólo porque sirve de vínculo entre ellas a lo largo y ancho del planeta, sino también porque les permite reclutar adeptos, recaudar fondos, difundir <desinformación, aterrorizar al mundo con sus imágenes de crueldad —como, por ejemplo, la decapitación de rehenes antes las cámaras—, lanzar amenazas, promover campañas de intimidación y obtener información útil en la world wide web sobre centrales nucleares, plantas de energía eléctrica, instalaciones de agua potable, servicios de transportes, aeropuertos, puertos, estructuras industriales, edificios públicos y privados, sedes de gobierno y otros objetivos potenciales de sus acciones. En los discos duros de las computadoras capturadas a al Qaeda se encontraron pruebas de que sus técnicos habían navegado por sitios web que contenían informaciones sobre redes de energía, comunicaciones, agua y transportes.
También forman parte de la globalización, como fenómeno totalizador, las pandemias, es decir, las enfermedades y dolencias que se extienden por el mundo. Por supuesto que ellas no son un fenómeno nuevo. Una epidemia de viruela mató a centenares de miles de personas entre los años 165 y 180 de nuestra era en el Imperio Romano, la gripe española produjo la muerte de cuarenta millones de personas entre 1918 y 1919, la gripe asiática mató a cuatro millones entre 1957 y 1958, la gripe de Hong Kong a dos millones en 1968-69 y en noviembre del 2002 el síndrome respiratorio agudo causó la muerte de alrededor de ochocientas personas en varios países. De modo que pandemias hubo siempre, pero ellas se han magnificado con el gigantesco crecimiento de los transportes, las migraciones, el turismo y el intercambio comercial que caracterizan a la globalización. Fue ese el caso del síndrome de inmuno-deficiencia adquirida (VIH/SIDA), descubierto por el Center for Disease Control and Prevention de Estados Unidos en 1981 al estudiar unos casos peculiares de neumonía en homosexuales activos en la ciudad de Los Ángeles, cuyas muestras de sangre indicaban un déficit de células sanguíneas TCD+. La enfermedad se expandió peligrosamente por el mundo. Desde su descubrimiento y hasta finales del siglo XX había matado veinte millones de personas y se preveía que, por causa de ella, morirían setenta millones en los siguientes veinte años. Peter Piot, del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA), afirmó en el 2008 que era “una epidemia sin precedentes en la historia de la humanidad” y que, “de un problema médico puro, se ha convertido en un asunto de desarrollo económico y social, e incluso de seguridad”.
Cosa parecida ocurrió con la gripe aviaria —enfermedad infecciosa vírica transmitida por las aves a los seres humanos y a otros mamíferos—, causada por el virus H5N1 tipo A, que apareció en Hong Kong en 1997 y que ha producido una alta tasa de mortalidad; y con la gripe porcina, ocasionada por el virus AH1N1, transmitida presumiblemente por los cerdos al hombre y contagiada después entre los seres humanos por encima de las fronteras nacionales. Fue detectada en México en abril del 2009 y condujo a la Organización Mundial de la Salud (OMS) a declararla “pandemia global” a comienzos de junio de ese año —cuando había 28.774 infectados en 74 países y 144 fallecimientos— y a decretar la máxima alerta porque el virus había empezado a circular por el mundo y amenazaba producir una peligrosa pandemia.