La discriminación de la mujer data de los más remotos tiempos de las primitivas sociedades de cazadores, en las cuales el hombre impuso su autoridad gracias a la destreza en el manejo de las rudimentaria armas. Esto comenzó mucho antes de que en los pueblos del Oriente Medio se inventara la agricultura en el noveno milenio antes de la era cristiana. Más tarde las religiones monoteístas proclamaron de diversas maneras y en distintos tonos la superioridad del hombre sobre la mujer, el derecho inmanente de éste a mandar y el deber de ella de obedecer. Impusieron a la mujer la subordinación absoluta al hombre. Ocho siglos antes de nuestra era el brahmanismo en la India enseñaba que “para la mujer no hay otro Dios en la Tierra que su marido”. Zoroastro, entre los siglos VIII y VII a. C., sentenció que “la mujer que no obedece a su marido cuatro veces es digna del infierno”. La antigua religión de los hebreos mandaba que “la mujer debe obedecer a su marido, evitar la cólera, las pendencias y permanecerle fiel”. Los textos católicos no se quedaron atrás en materia de postergación de la mujer. La epístola primera del apóstol san Pedro (III, 1) ordenaba que “las mujeres sean obedientes a sus maridos” y san Pablo se dirigió a los efesios (V, 22, 23 y 24) para disponer que “las casadas estén sujetas a sus maridos, como al Señor, por cuanto el hombre es cabeza de la mujer así como Cristo es cabeza de la Iglesia. De donde así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo”. El mismo san Pablo, dirigiéndose a Timoteo (II, 12 y 13), manifestó: “No permito a la mujer el hacer de doctora en la Iglesia, ni tomar autoridad sobre el marido; mas estése callada en su presencia, ya que Adán fue formado él primero y después Eva como inferior”. En el Levítico se manda que “si la hija de un sacerdote fuere cogida en pecado, deshonrando así el nombre de su padre, será quemada viva” (XXI, 9); y en el Deuteronomio se dispone que si una joven se casare sin ser virgen, “la echarán fuera de la casa de su padre y morirá apedreada por los vecinos, por haber hecho tan detestable cosa, pecando o prostituyéndose en casa de su mismo padre” (XXII, 20 y 21).
En concordancia con estos principios, santo Tomás de Aquino sostuvo que sexus masculinus est nobilior quam femininus (Summa, 3, 31, 4 ad primun).
En pleno siglo XXI, como respuesta a la ordenación sacerdotal de mujeres ocurrida en Suiza, Canadá, Estados Unidos, Austria y Alemania en años anteriores, la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe del Vaticano, mediante un decreto general sobre “el delito de ordenación sagrada de una mujer” publicado el 30 de mayo del 2008 en “L’Osservatore Romano”, estableció la excomunión automática de la sacerdotisa católica y la de quien hubiese dispuesto su ordenación. El decreto manda que “tanto quien confiere el Orden Sagrado a una mujer, como la mujer que lo recibe, incurren en excomunión latae sententiae, reservada a la Sede Apostólica”.
El profesor italiano Umberto Eco, en su libro “¿En qué creen los que no creen?” (1997), que recoge su polémica con el cardenal Carlo María Martino sobre asuntos teológicos, afirma que, “cuando me encuentro tan perdido en cuestiones de doctrina recurro a la única persona de la que me fío, que es santo Tomás de Aquino” y, al tocar el tema de la discriminación teológica contra las mujeres, sostiene que “ni siquiera Santo Tomás sabía decir con exactitud por qué el sacerdocio debe ser una prerrogativa masculina, a menos que se acepte (como él hacía, y no podía dejar de hacerlo, según las ideas de su tiempo) que los hombres son superiores por inteligencia y dignidad”.
Con base en estas postulaciones teológicas se consolidó la prepotencia de los varones, que reclamaron explícita o implícitamente su condición de superioridad sobre las mujeres. Y con el tiempo esa discriminación se tornó en una cuestión idiosincrásica, es decir, en una cultura, en una manera de ser, en una conducta social.
El papa Francisco I —elegido para el pontificado el 13 de marzo del 2013 por renuncia de su antecesor Benedicto XVI, quien cayó abrumado por los grandes escándalos en la Santa Sede: enconadas rivalidades y luchas internas, pederastia, fuga de información confidencial, corrupción, lavado de dinero y turbios manejos en el Banco Vaticano— declaró públicamente que tratará de “reparar los viejos errores, prejuicios e injusticias que la Iglesia Católica, desde su fundación, ha tenido para con las mujeres”.
Los filósofos de la Grecia clásica profesaban un profundo menosprecio por las mujeres. Sócrates las ignoraba completamente, Platón les negaba todo espacio, para Eurípides eran “el peor de los males” y Aristóteles sostenía que ellas “poseen una naturaleza defectuosa e incompleta”. Los antiguos pensadores romanos compartían estos conceptos. En cambio Cristo, contradiciendo los prejuicios de la cultura talmúdica —y esa es una de las razones por las cuales se considera al Cristo histórico un revolucionario— rechazó la supuesta inferioridad de la mujer, le concedió la misma dignidad que el hombre, se dejó acompañar de ella en sus viajes de predicación y con frecuencia defendió incluso a mujeres adúlteras y a prostitutas.
En la legislación romana —base de la legislación occidental— el marido y la mujer constituían una sola unidad, puesto que ella era una “posesión” del marido. La mujer casada no tenía el control legal sobre su persona, hijos, tierras ni bienes. La potestad marital, que era el derecho y autoridad que adquiría el marido sobre la mujer y sus bienes desde el día del matrimonio, entrañaba una subordinación absoluta de la mujer.
En la Edad Media, bajo la legislación feudal, las tierras se heredaban por línea masculina e implicaban poder político en favor de los hombres. Las cosas no fueron mejores en la modernidad. El régimen de la monarquía absoluta impuso severas discriminaciones a la mujer. Por aquellos tiempos se llegó incluso a discutir en los ámbitos académicos europeos acerca de la utilidad de que las mujeres ingresaran a los claustros universitarios.
El feminismo es la ideología y el movimiento en favor de la igualdad de oportunidades de la mujer con relación al hombre, así en la vida privada como en la pública. Probablemente fue Alejandro Dumas (hijo) el primero en usar en 1872 la palabra feminismo con la significación de movimiento reivindicador de los derechos de la mujer.
Sin embargo, los antecedentes del feminismo datan de mucho antes. En la baja Edad Media y en el Renacimiento valientes escritoras se atrevieron a condenar el ambiente misógino que generaron las ideas de la contrarreforma católica y se preocuparon del tema de la identidad social de la mujer y de su papel en la vida política. Ese fue el caso de Christine de Pisan con su obra “El libro de la ciudad de las mujeres” (1405).
Tres damas venecianas plantearon con mucha fuerza el problema femenino en la primera mitad del siglo XVII: fueron Lucrezia Marinelli, Moderata Fonte y Arcángela Tarabotti.
En 1723 se suscitó en la Accademia de Ricovrati de Padua la cuestión de si las mujeres debían ser admitidas en el estudio de las ciencias y de las artes. Se abrió una dura polémica al respecto. Los pensadores de la época se alinearon en favor o en contra de la “utilidad” de que las mujeres estudiasen.
Margaret Brent, una rica hacendada de Maryland, intentó en 1647 ocupar un lugar en el parlamento de esa colonia inglesa pero no tuvo éxito, mientras que en Massachusetts las mujeres propietarias pudieron votar desde 1691 hasta 1780.
En la época de la Ilustración se dieron pasos importantes en el desarrollo del feminismo. Abigail Adams, mujer del futuro presidente de Estados Unidos, John Adams, abogó en 1776 por los derechos femeninos en su país. En 1791 Olympia de Gouges, siguiendo las ideas de su tiempo, escribió en Francia su “Déclaration des droits de la femme et de la citoyenne”, en la que proclamaba que las mujeres poseen los mismos derechos civiles y políticos que los hombres. La Convención francesa, sin embargo, rechazó la propuesta de la igualdad política entre los dos sexos, a pesar de las alegaciones del marqués de Condorcet, Charles Fournier y el conde de Saint Simon en favor de la emancipación de la mujer. Mary Wollstonecraft, en Inglaterra, publicó en 1792 su “Vindication of the Right of the Women”. Las escritoras Germaine de Staël y George Stand se ocuparon de la teoría y práctica del feminismo. Las feministas británicas se reunieron por primera vez en 1855. John Stuart Mill, en su obra “The Subjection of Women” (1869) —probablemente inspirada en las conversaciones con su mujer Harriet Taylor Mill—, planteó un conjunto de reivindicaciones concretas a favor de las mujeres y atrajo la atención de la gente hacia la causa feminista. Después de la guerra civil de Estados Unidos, las sufragistas norteamericanas Lucretia Coffin Mott, Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony, Lucy Stone, Abby Kelley Foster y Ernestine Rose crearon un movimiento para luchar por los derechos civiles y políticos de la mujer.
La pensadora y escritora socialista Flora Tristán, nacida en Francia pero de familia peruana —”yo nací en Francia pero soy del país de mi padre”, dijo alguna vez—, desarrolló en los años 30 del siglo XIX una militante lucha en favor de la igualdad jurídica de las mujeres. Sus ideas revolucionarias están contenidas principalmente en sus libros “Peregrinations d’une paria” (1833), “Lettres de Bolívar” (1838) y “L’Emancipation de la femme ou le testament de la paria”, obra publicada en París en 1844, poco antes de su muerte.
Las obreras textiles de Nueva York realizaron una huelga el 8 de marzo de 1857 y se movilizaron por sus calles en demanda de garantías y condiciones de trabajo más humanas.
Durante el congreso de fundación de la Segunda Internacional, celebrado en París el 19 de julio de 1889, la alemana Clara Zetkin pronunció un encendido discurso de denuncia de los problemas y discriminación de las mujeres.
En 1899 se realizó en La Haya una conferencia de mujeres que inició el movimiento antibélico europeo.
Más de ciento treinta mujeres obreras fallecieron trágicamente el 8 de marzo de 1908 en Nueva York a causa del incendio de una fábrica textil donde ellas se habían encerrado para reclamar igualdad de derechos laborales que los hombres.
En medio de masivas movilizaciones de hombres y mujeres el 11 de marzo de 1911 se celebró por primera vez en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza el Día Internacional de la Mujer, en recuerdo de la fecha luctuosa de Nueva York tres años antes. Un año después esta celebración se extendió a Francia, Holanda y Suecia. En 1913 se conmemoró en San Petersburgo a pesar de la intimidación policial. A partir de 1914 la celebración se extendió por muchos otros países, vinculada con las proclamas de paz. Y en 1952 la Organización de las Naciones Unidas instituyó el 8 de marzo como el “día internacional de la mujer”.
En 1832 Mary Smith Stannore presentó a la Cámara de los Comunes de Inglaterra un documento en el que reclamaba el reconocimiento de los derechos políticos de las mujeres.
La causa feminista obtuvo un gran triunfo cuando el Primer Congreso Internacional de los Trabajadores, reunido en 1866, aprobó una declaración de respaldo al trabajo profesional de las mujeres.
Todos estos precursores del feminismo defendieron el derecho de ellas a una educación igual que la del hombre, a iguales oportunidades en el desempeño de funciones públicas y privadas y al derecho de elegir y ser elegidas en la vida política de la comunidad.
Estos fueron los antecedentes históricos del feminismo.
Sin embargo, como movimiento militante él solamente existe desde 1878, a partir del Congreso Feminista Internacional celebrado en París y de la conferencia reunida en Washington diez años más tarde, de la que nacieron el Consejo Internacional de las Mujeres, la Federación de Consejos Nacionales y las Uniones femeninas en varios países.
Los estatutos del Consejo Internacional fueron redactados en 1893 en la reunión de Chicago, en cuyo preámbulo se expresó: “Nosotras, mujeres de todos los países, creyendo sinceramente que el bienestar de la humanidad se realizará gracias a una mayor unidad de pensamiento, de sentimientos y de propósitos, y que la acción regularmente organizada de las mujeres será el medio más adecuado para asegurar la prosperidad de la familia y del Estado, declaramos que nos unimos en una federación de trabajadoras, que tiene por objeto penetrar en la sociedad, en las costumbres y en las leyes los principios de la regla de oro que dice: “haz a otro lo que quisieras que se hiciese contigo”.
Sin embargo, la lucha por la consecución de los derechos políticos y económicos de las mujeres fue dura. Inglaterra, sin duda, fue el país donde ella alcanzó mayor intensidad. Allí surgieron líderes feministas tan importantes como Emmeline y Christabel Pankhurst y organizaciones tan poderosas como la National Union of Women’s Suffrage Societies.
El movimiento feminista inició sus trabajos para conseguir el derecho al sufragio a fines del siglo XIX, aunque ya en 1848 se celebró en Seneca Falls, Nueva York, la primera convención sobre los derechos de la mujer, dirigida por Lucretia Mott y Elizabeth Cay Stanton, de donde surgió la exigencia de la igualdad de derechos, incluido el derecho de voto. En Estados Unidos fue donde primero se consagraron los derechos electorales femeninos. En el estado de Wyoming se los instituyó en 1869, en Colorado 1893, en Utah y en Idaho 1896, en Washington 1910, en California 1911, en Kansas, Oregon y Arizona 1912, en Nevada y Montana 1914, en Nueva York 1917. El movimiento sufragista norteamericano alcanzó una gran victoria en 1919: el Congreso federal aprobó la enmienda constitucional que prohibió en todos los estados de la Unión norteamericana limitar por motivo de sexo el derecho de voto de los ciudadanos. 1920 fue el año emblemático de los derechos políticos de las mujeres norteamericanas.
La lucha por el sufragio fue especialmente intensa en Inglaterra, donde después de duros enfrentamientos en el parlamento y en las calles se otorgó en 1918 el derecho de voto a las mujeres cabeza de familia, esposas del cabeza de familia y graduadas universitarias de más de 30 años. En 1928 el parlamento amplió el ejercicio de este derecho a las mujeres mayores de 21 años y les concedió la igualdad política con los varones.
Los problemas creados en los países europeos por la Primera Guerra Mundial contribuyeron al logro de los objetivos feministas en la medida en que demostraron que las mujeres pudieron desempeñar con igual eficiencia que los hombres tareas hasta ese momento confiadas sólo a éstos. Las circunstancias de la guerra contribuyeron a probarlo. Los hombres tuvieron que marchar al frente de batalla y su lugar en las fábricas, en las oficinas y en las tareas del campo fueron ocupados por las mujeres. Esta fue, hasta ese momento, la demostración que faltaba para respaldar las aspiraciones del feminismo.
Los primeros Estados que concedieron el voto a la mujer fueron Nueva Zelandia (1893), Australia (1902), Finlandia (1906), Noruega (1913), Dinamarca (1915), Holanda y la Unión Soviética (1917), Canadá y Luxemburgo (1918), Austria, Checoeslovaquia, Alemania, Polonia y Suecia (1919), Bélgica parcialmente en 1919 y plenamente en 1948, Ecuador (1929), Sudáfrica (1930), España (1931), Brasil y Uruguay (1932), Turquía y Cuba (1934), Francia (1944), Italia y Japón (1946), China y Argentina (1947), Corea del Sur e Israel (1948), Chile, India e Indonesia (1949) y Suiza (1971).
Muy influidos por el >fundamentalismo islámico, los países musulmanes son los más atrasados en materia de conquistas femeninas y aún hoy niegan a las mujeres el derecho de votar. El Ministerio de la Promoción de la Virtud y de la lucha contra el Vicio de Afganistán prohibió en 1998 que las mujeres trabajaran o estudiaran y que los hombres se cortaran la barba o usaran ropa occidental. Esta prohibición estuvo acompañada de la orden para que los combatientes talibanes afganos, con su AK-47 en el hombro, incursionaran en los almacenes de Kabul y destruyeran todos los televisores y magnetófonos que encontraran porque “las películas y la música llevan a la corrupción moral”. Y bien entrado el siglo XXI en el Irán de la ultraderecha de Mahmud Ahmadinejad persistía la pena de lapidación para el adulterio.
El Corán proclama: “Di, oh profeta, a las mujeres creyentes que los hombres son sus superiores porque Dios mismo lo ha establecido”. Y la crueldad contra las mujeres en el mundo islámico no tiene límites. El 6 de julio del 2002, en una remota población pakistaní denominada Muzaffargarh, de la provincia de Punjab, un tribunal tribal compuesto por ancianos del lugar ordenó que cuatro hombres violaran a la joven Mukhtaran Mai, como castigo porque su hermano de 11 años había sido visto con una adolescente de una casta superior, falta moral castigada con la muerte en algunas zonas muy conservadoras de Pakistán. Más de doscientos muertos y dos mil heridos fue el saldo de los enfrentamientos entre musulmanes y cristianos en la ciudad argelina de Kaduna los días 20, 21 y 22 de noviembre del 2002, en una vorágine de violencia originada por el certamen de elección de miss mundo que había sido programado para el 7 de diciembre de ese año en Nigeria. El periódico “This Day” de Kaduna publicó un artículo escrito por Isioma Daniel —una periodista nigeriana de fe cristiana— en el que se decía que el profeta Mahoma estaría encantado de casarse con una de las bellas participantes del concurso. Bastó esto para que enardecidos musulmanes incendiaran las instalaciones del diario y promovieran las más brutales acciones de violencia contra la minoría cristiana. El 22 de marzo del 2002 el Tribunal Supremo de Justicia de Nigeria condenó a muerte por lapidación a Amina Lawal, bajo la acusación de adulterio de acuerdo con la ley islámica —la sharia—, sentencia cuya ejecución fue aplazada por varios meses para que la joven madre pudiera terminar de amamantar a su tierna hija. El caso conmovió a la opinión pública mundial. Organizaciones de derechos humanos se movilizaron en todo el mundo. Centenares de miles de personas de diversos puntos del planeta hicieron llegar sus invocaciones de clemencia al recientemente reelegido presidente nigeriano Olusegun Obasanjo. Al final, una corte de Nigeria revocó la condena en septiembre del 2003 y evitó que la mujer fuera enterrada viva hasta el cuello y muerta a pedradas, tal como manda la sharia o ley islámica. Cosa parecida ocurrió en Irán en el 2006: Sakineh Mohammadi Ashtiani, de 43 años de edad, fue condenada a lapidación por “adulterio”, al haber mantenido “relaciones sexuales ilícitas” después de la muerte de su marido, aunque cuatro años más tarde fue suspendida la ejecución por la presión internacional.
En lo que fue una “gran conquista” del siglo XXI, el rey Abdalá de Arabia Saudita anunció el 25 de septiembre del 2011 que había otorgado el derecho de voto a las mujeres por primera vez en el reino. Ellas podrán, hacia el futuro, votar y ser elegidas en las únicas elecciones que allí se celebran: las municipales. El monarca conservador del reino islámico hizo el anuncio en un discurso ante la Shura, que es una especie de parlamento, aunque sin poderes legislativos.
En la atrasada Arabia Saudita las mujeres no pueden viajar, trabajar o ser intervenidas quirúrgicamente sin el permiso de su “guardián” —padre, marido u otro varón de la familia que ejerza su custodia— y les está prohibido conducir vehículos automotores.
En la Iglesia Anglicana de Inglaterra, después de muchos años de posponer los conflictivos debate y votación sobre el sacerdocio femenino, tan anhelado por la mayoría de los fieles ingleses, se ratificó la ordenación de mujeres sacerdotes establecida veinte años antes pero no el derecho de ellas a alcanzar el obispado. El sínodo anglicano reunido en Londres el 20 de noviembre del 2012, después de un ardiente debate entre el sector conservador y el reformista del clero anglicano, que por momentos puso las cosas al borde del cisma, volvió a rechazar en una ajustada votación la ordenación de mujeres obispos, no obstante que había ya una veintena de ellas en pleno ejercicio del obispado en Australia, Nueva Zelandia, Suiza, Canadá y Estados Unidos. Para oponerse a las posiciones aperturistas los grupos tradicionalistas invocaron, como siempre, la tesis de que “Jesús eligió sólo a hombres entre sus apóstoles”.
Pero el 14 de julio del 2014, después de encendidos debates, el Sínodo General de los anglicanos aprobó —con 152 votos favorables, 45 en contra y 5 abstenciones— la ordenación de mujeres en el obispado. Esa histórica decisión, que superó siglos de controversia, causó preocupación a los tradicionalistas de la iglesia pero fue alegremente celebrada por los renovadores que han luchado largamente para que la mujer accediera a la dignidad obispal.
Y en China las cosas no han sido muy diferentes, aunque no por razones religiosas sino culturales y políticas que vienen de viejos tiempos. En pleno siglo XXI la postergación civil y política de las mujeres resulta sorprendente. En el XVIII Congreso del Partido Comunista reunido en Pekín del 8 al 14 de noviembre del 2012, sólo el 23% de sus 2.270 delegados fueron mujeres. El Comité Central que de allí salió, compuesto por 205 miembros, tuvo apenas el 5% de integración femenina, cuyo papel, por lo demás, se limitaba a ratificar las decisiones tomadas por los círculos dirigentes, esencialmente masculinos. En el Buró Político del Comité Central —el denominado politburó— apenas dos de sus 25 miembros eran mujeres —Liu Yandong y Sun Chunlan—; y no había rastro femenino en el Comité Permanente del Buró Político —integrado por siete personas y presidido por el secretario general del partido—, que era la más alta instancia partidista y política.
Durante el régimen maoísta la esposa de Mao Tse-tung y la esposa de Lin Bao, el número dos del gobierno, ocuparon asientos en el Buró Político. Pero desde la muerte del líder chino en 1976 este órgano colegiado no ha admitido mujeres en su seno por casi cuatro décadas.
Todo esto responde a una cuestión cultural que viene desde remotos tiempos: considerar que el mejor papel de las mujeres es quedarse en casa.
El feminismo ha sido y sigue siendo un fenómeno complejo. Hoy es fundamentalmente un movimiento de exaltación de la mujer en todas las situaciones de la vida pública y privada, en el seno de una sociedad cuyos mecanismos de conducción han sido tradicionalmente dominados por los hombres. Las mujeres fueron discriminadas de muchas maneras frente a la vida social y aún siguen siéndolo.
Sin embargo, muchos factores han determinado un cambio de mentalidad. La lucha de las mujeres por sus derechos, a través de los movimientos de liberación femenina, y libros que alcanzaron una enorme difusión, especialmente en los Estados Unidos de América, como “The Feminine Mystique”, “The Second Sex” y “Sisterhood is Powerful”, con sus millones de ejemplares vendidos, contribuyeron mucho a cambiar la actitud de la gente frente a los derechos de las mujeres y a crear conciencia de que deben recibir un tratamiento igualitario en la vida social.
La pensadora francesa Simone de Beauvoir escribió en 1949 su célebre libro “El segundo sexo” (The second sex) en el que denunció la injusta situación de sometimiento en que las mujeres permanecían bajo la autoridad de los hombres. La escritora Betty Friedan, a quien suele considerarse como una de las madres del movimiento feminista moderno, autora del libro “The Feminine Mystique” (1963), fundó en los Estados Unidos en 1969 la Organización Nacional de Mujeres (NOW), que promovió una huelga para exigir igualdad de oportunidades en el empleo y la educación, el aborto libre y guarderías infantiles abiertas las 24 horas del día.
La literatura feminista es abundante. Kate Millet escribió en 1969 su obra “Política Sexual”, Germaine Greer “La mujer eunuco” (1970), Adrienne Rich “Nacida de Mujer” (1976), Mary Daly “Ginecología” (1979), Naom Wolf “El mito de la belleza” (1990) y Susan Faludi “Reacción: la guerra no declarada contra la mujer moderna” (1991).
Con ocasión del Día Internacional de la Mujer, en 1971 se realizó en Londres la mayor manifestación feminista del siglo XX para respaldar la petición de igualdad en materia educativa, laboral y salarial, de gratuidad de las guarderías, de libre uso de anticonceptivos y del reconocimiento del derecho al aborto.
La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en 1979 la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, a la que se adhirieron muchos Estados de la comunidad internacional.
En julio de 1981 se efectuó en Bogotá el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe, en el que se proclamó la no violencia contra la mujer y se honró la memoria de las tres hermanas Mirabal, asesinadas el 25 de noviembre de 1960 por la dictadura trujillista en la República Dominicana.
A partir de 1975, en que se juntó en México la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer, bajo el patrocinio de las Naciones Unidas se han realizado periódicamente estas conferencias en diversas ciudades del mundo.
Al amparo de la comunidad internacional y de las comunidades regionales de Estados se han aprobado numerosas declaraciones y convenciones en defensa de los derechos civiles, políticos y sociales de las mujeres.
Los avances hechos en materia de control de la natalidad, en la medida en que pusieron en manos de las mujeres la decisión de cuántos hijos quieren y cuándo los desean tener, les permitieron dedicarse a sus tareas de preparación profesional antes de que vengan los hijos. Esto mejoró notablemente el nivel de la capacitación femenina.
De otro lado, el aumento incesante del costo de la vida obligó a las parejas a buscar un segundo ingreso con el trabajo de la mujer para mantener sus condiciones de subsistencia. Esto amplió la aceptación social del trabajo femenino y demostró que las mujeres pueden desempeñar con igual eficiencia los trabajos que generalmente se habían reservado a los hombres. Uno de los campos en que se ha experimentado un gran cambio es el de la educación. Las universidades fueron hasta hace no mucho tiempo lugares en donde sólo ingresaban los hombres. Hoy las cosas han cambiado. Un número creciente de mujeres busca allí una carrera profesional. Permítaseme una anécdota personal: a comienzos de la década de los 60, cuando yo era estudiante de Jurisprudencia en la Universidad Central de Quito, había en mi curso una sola mujer que hacía estos estudios; poco tiempo después volví como profesor: cerca de la mitad de mis estudiantes eran mujeres. Se había dado un gran paso en materia de igualdad de oportunidades en un lapso muy corto.
Con el cambio en la educación vino el cambio en el trabajo. El porcentaje de las mujeres en la fuerza laboral ha crecido rápidamente. Lo cual ha tenido incidencia en la vida familiar, no solamente porque se han postergado los matrimonios hasta que la mujer concluya sus estudios universitarios sino también porque los hijos vienen hoy más tarde. La tradicional figura de la mujer en la casa y el hombre en el trabajo ha cambiado. Es muy alto el porcentaje de mujeres casadas que trabajan fuera del hogar.
Es probable que haya influido en estos cambios la creciente aceptación de que la mujer, y no solamente el hombre, puede tener relaciones sexuales prematrimoniales —la revolución sexual, que llaman algunos—, lo cual ha fortalecido la actitud de independencia femenina en la vida familiar y social.
Sin embargo, como lo demuestran los estudios hechos por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), ningún país del mundo trata a las mujeres igual que a los hombres. Hay todavía disparidad de oportunidades entre los sexos. En los países industrializados, que se supone que han avanzado mucho en el camino de la igualdad, la discriminación se manifiesta especialmente en el empleo y en los salarios. En el Japón, por ejemplo, las mujeres percibieron sólo el 51% de las remuneraciones de los hombres en 1993. En los países del >tercer mundo las desigualdades son aun mayores. La participación de las mujeres en el empleo en Asia meridional es del 29% y en los países árabes apenas del 16%. En el campo de la educación los desniveles no son menores. En África subsahariana las matrículas en la educación superior de las mujeres son menos de la tercera parte que las de los hombres.
Por lo general, se entregan a las mujeres las tareas mal pagadas y de exigua productividad. A ello hay que agregar las largas jornadas de trabajo en sus hogares. Según un estudio de las Naciones Unidas realizado en 1990, si el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres se computara en las cuentas nacionales, el producto mundial aumentaría entre un 20% y un 30%.
En el >sindicalismo la discriminación contra las mujeres trabajadoras es evidente. Los sindicatos han sido tradicionalmente “cotos” masculinos. En la mayor organización sindical mundial —la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres— sólo el 34% de los afiliados son mujeres, a pesar de que ellas representan más del 50% de la fuerza laboral. En los cuadros de la dirigencia sindical el desequilibrio es mucho mayor. Solamente el 3% de los funcionarios sindicales son mujeres en América Latina.
Resulta sorprendente saber que en el congreso de la Primera Internacional, que reunió en Ginebra en 1866 a los más importantes líderes marxistas y sindicalistas de Europa, los seguidores de las ideas de Pierre-Joseph Proudhon, el célebre líder anarco-sindicalista francés, plantearon que se prohibiese el trabajo de las mujeres, cuyo sitio estaba en el hogar, donde debían cumplir funciones más importantes que en los talleres y las fábricas. Se discutió apasionadamente el tema. Y finalmente se aprobó una resolución de compromiso: que era preferible que las mujeres no trabajaran pero que, si lo hacían, sus tareas no debían ser excesivas.
Ahora veamos qué ha pasado en la política. El PNUD, en su informe sobre <desarrollo humano de 1993, afirma que en algunos países sigue sin concederse el voto a las mujeres y en casi todas partes ellas están “subrepresentadas” en el gobierno. No obstante, Golda Meir fue Primera Ministra de Israel entre 1969 y 1974. Lidia Gueiler Tejada ejerció la presidencia interina de Bolivia entre 1979 y 1980. En 1990 Ertha Pascal-Trouillot asumió el cargo de presidenta interina de Haití. Corazón Aquino —viuda del político liberal Benigno Aquino, asesinado por agentes del gobierno de Ferdinand Marcos en 1983—, después de haber asumido el liderazgo de la oposición, fue elegida presidenta de Filipinas en 1986. La “dama de hierro”, Margaret Thatcher, fue Primera Ministra inglesa desde 1979 hasta 1990. Sirimavo Bandaranaike, lideresa del Freedom Party, fue Primera Ministra de Sri Lanka en tres períodos: 1960-1965, 1970-1977 y 1994-2000. En 1995 diez países tenían gobiernos encabezados por mujeres: Begun Khaleda Zia, Primera Ministra de Bangladesh; María Eugenia Charles, Primera Ministra de Dominica; Mary Robinson, presidenta de Irlanda; Vigdis Finnbogadottir, presidenta de Islandia; Violeta Chamorro, presidenta de Nicaragua (terminó su período a fines de 1996); Gro Harlem Brundtland, Primera Ministra de Noruega; Mohtarma Benazir Bhutto, Primera Ministra de Pakistán (fue destituida el 5 de noviembre de 1996 por el presidente Faruq Leghari y condenada en abril de 1999 a cinco años de cárcel por corrupción); Tansu Ciller, Primera Ministra de Turquía; y Speciosa Wandira Kazibwe, vicepresidenta de Uganda. Sheikh Hasina Wazed —hija de Sheikh Mujibur Rahman, el principal impulsor de la separación de su país de Pakistán en 1971— asumió las funciones de Primera Ministra de Bangladesh en 1996. En Indonesia, Megawati Sukarnoputri, hija mayor del expresidente Achmed Sukarno, triunfó en las elecciones presidenciales de 1999. Un caso emblemático fue el de la exsirvienta y vendedora ambulante Benedita da Silva, quien asumió en abril de 2002 la función de gobernadora del Estado de Río de Janeiro después de la renuncia de Anthony Garotinho y se convirtió en la primera gobernadora negra en la historia brasileña. El premio Nobel de la Paz recayó en el 2003 en la jurista iraní Shirín Ebadí. El parlamento ucraniano confió a inicios de febrero del 2005 la jefatura del gobierno a Yulia Timoshenko. En ese año hubo otras cinco mujeres que ocupaban la presidencia de sus respectivos Estados: Chandrika Kumaratunga en Sri Lanka, Vaira Vike Freiberga en Letonia, Gloria Macapagal Arroyo en Filipinas, Mary McAleese en Irlanda y Tarja Kaarina Halonen en Finlandia. El 8 de noviembre del 2005 Ellen Johnson-Sirleaf fue elegida presidenta de Liberia en las primeras elecciones convocadas después de la guerra civil. En los comicios presidenciales de Chile, celebrados el 15 de enero del 2005, triunfó amplia y brillantemente la candidata socialista Michelle Bachelet —pediatra, agnóstica, separada de su marido, madre de tres hijos—, quien asumió el poder el 11 de marzo de ese año a la cabeza de un gabinete ministerial compuesto, en su mitad, por mujeres. Ella volvió a triunfar en las elecciones presidenciales del 15 de diciembre del 2013 y asumió el poder, en su segundo período, el 11 de marzo del 2014. La profesional médica china Margaret Chang fue nombrada el 9 de noviembre del 2006 directora general de la Organización Mundial de la Salud (OMS). En el año 2007 fue Primera Ministra de Nueva Zelandia Helen Clark, ministra de asuntos exteriores de Israel Tzipora Livni, Dora Bakoyannis desempeñaba el Ministerio de Asuntos Exteriores de Grecia, Portia Simpson Miller era la Primera Ministra de Jamaica, Primera Ministra de Mozambique era Luisa Diogo, Ellen Johnson-Sirleaf ejercía la presidencia de Liberia, Sheikha Lubna Al Qasimi era la ministra de economía de los Emiratos Árabes Unidos, la ingeniera Wu Yi ejercía las funciones de viceprimera ministra del gobierno chino, Ángela Merkel era la jefa del gobierno alemán y Cristina Fernández de Kirchner —esposa del presidente en ejercicio Néstor Kirchner— asumió por elección popular la presidencia de Argentina el 10 de diciembre de ese año. De las filas del oficialista Partido del Congreso, Pratibha Patil fue elegida el 21 de julio del 2007 presidenta de la India y se convirtió en la primera mujer en alcanzar la jefatura del Estado. El Senado de Haití eligió como Primera Ministra a la economista Michele Pierre-Louis el 31 de julio del 2008; Jadranka Kosor fue elegida el 6 de julio del 2009 Primera Ministra de Croacia; Johanna Sigurdardottir, política socialdemócrata y lesbiana confesa, fue la primera mujer en asumir la función de jefa del gobierno de Islandia el 1 de febrero del 2009, y antes había sido ministra de asuntos sociales entre 1987-1994 y ministra de seguridad social en el 2007. Dalia Grybauskaité fue elegida presidenta de Lituania por amplia mayoría en las elecciones del 17 de mayo del 2009. La democristiana suiza Doris Leuthard fue elegida presidenta de la Confederación Helvética el 2 de diciembre del 2009. Laura Chinchilla, del Partido Liberación Nacional, salió elegida presidenta de Costa Rica en las elecciones del 7 de febrero del 2010 —la primera presidenta en la historia de ese país y la octava en América Latina hasta ese momento—. Tras ganar las elecciones parlamentarias del 24 de mayo del 2010, Kamla Persad-Bissessar asumió las funciones de Primera Ministra de Trinidad y Tobago. El 20 de junio del mismo año Mari Kiviniemi, del Partido del Centro, tomó posesión del cargo de Primera Ministra de Finlandia. En Australia, por vez primera en su historia, una mujer —Julia Guillard, del Partido Laborista— fue designada para la jefatura del gobierno el 23 de junio del 2010. Dilma Rousseff, candidata del Partido de los Trabajadores, triunfó el 31 de octubre de ese año en las elecciones presidenciales de Brasil y se convirtió en la primera mujer en ejercer la presidencia de aquel país. Después de ganar las elecciones legislativas del 16 de septiembre del 2011, la socialdemócrata Helle Thorning-Schmidt asumió la jefatura del gobierno en Dinamarca. Joyce Banda fue presidenta de Malawi desde abril del 2012. Y Park Geun-hye —hija del asesinado dictador Park Chung-hee, que gobernó desde 1961 hasta 1979— fue la primera mujer en llegar a la presidencia de Corea del Sur en las elecciones del 19 de diciembre del 2012. Por vez primera en la historia de la gran ciudad una mujer fue Alcaldesa de Roma tras triunfar en las elecciones municipales del 19 de junio del 2016 por el 67% de los votos. Me refiero a Virginia Raggi —abogada, 37 años de edad— del Movimiento 5 Estrellas (M5S), fundado en el 2009 por el actor cómico italiano Giuseppe Piero Grillo —mejor conocido como Beppe Grillo— para terminar, como dijo, con el dominio de los partidos políticos tradicionales y desplazar del gobierno a la “casta política”. Con un agresivo discurso contra las anteriores administraciones municipales, proclamando “la pasión y la rabia de ver mi espléndida ciudad reducida a una condición indecorosa”, Raggi venció a su contrincante Giachetti del Partido Democrático. Cosa parecida ocurrió en Turín en la misma fecha: Chiara Appendino del M5S fue elegida Alcaldesa en las elecciones municipales. El 13 de julio del 2016 la lideresa conservadora inglesa Theresa May (59 años de edad) fue designada Primera Ministra de Inglaterra tras la renuncia de David Cameron a raíz del referéndum que aprobó la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Fue la segunda mujer en asumir esas funciones puesto que, como vimos antes, Margaret Thatcher las desempeñó entre 1979 y 1990.
En agosto del 2007 la revista “Forbes” formuló el escalafón de las cien mujeres política y económicamente más poderosas del mundo, encabezado por Ángela Merkel, canciller de Alemania, y seguida de Wu Yi, viceprimera ministra de China; Ho Ching jefa ejecutiva de Temasek Holdings de Singapur; Condoleeza Rice, secretaria de Estado norteamericana; Indra Nooyi, jefa ejecutiva de la empresa PepsiCo de Estados Unidos; Sonia Gandhi, presidenta del Partido del Congreso de la India; Cynthia Carroll, jefa ejecutiva de Anglo American de Inglaterra; Patricia Woertz, jefa ejecutiva de Archer Daniels Midiand; Irene Rosenfeld, jefa ejecutiva de Kraft Foods; Patricia Russo, jefa ejecutiva de Alcatel-Lucent de Estados Unidos; Michèle Alliot-Marie, ministra francesa del interior y de los territorios de ultramar; Christine Lagarde, ministra de economía y de finanzas de Francia; Anne Mulcahy, presidenta ejecutiva de la compañía norteamericana Xerox; Anne Lauvergeon, presidenta de la empresa francesa Areva; Mary Sammons, jefa ejecutiva y presidenta de Rite Aid Corp.; Ángela Braly, jefa ejecutiva y presidenta de WellPoint; Marjorie Scardino, jefa ejecutiva de la compañía inglesa Pearson PLC; Wu Xiaoling, gobernadora del People’s Bank de China; Brenda Barnes, presidenta y jefa ejecutiva de Sara Lee Corp.; y Ruth Bader Ginsburg, magistrada de la Suprema Corte de Justicia de Estados Unidos; más otras ochenta mujeres importantes del mundo, en el campo público y en el privado, entre las que estaban Hillary Rodham Clinton, senadora por Nueva York; Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos; Julia Louise Gerberding, directora del Center for Disease Control and Prevention norteamericano; la reina Rania de Jordania; y Sima Samar, presidenta de la Comisión Independiente de los Derechos Humanos de Afganistán.
La economista norteamericana doctora Elinor Ostrom, profesora de la Universidad de Indiana, fue en el año 2009 la primera mujer en recibir el premio Nobel de Economía por “su análisis del régimen económico, especialmente de los bienes comunes”, que fue considerado un trabajo muy importante y fructífero. En el mismo año la Academia Sueca otorgó el premio de literatura a la rumano-alemana Hertha Müller por la “concentración de poesía y la franqueza de su prosa, en la descripción del paisaje de los desposeídos”; a las estadounidenses Elizabeth H. Blackburn y Carol Greider el de Medicina, en atención a sus investigaciones sobre el envejecimiento de las células y su relación con el cáncer; a la israelí Ada E. Yonath en química por mostrar cómo el ribosoma traduce el código genético del ADN en proteínas que hacen el trabajo dentro de las células; y a la australiana Elizabeth Blackburn en medicina por haber revelado la existencia y naturaleza de la telomerasa, que es una enzima que ayuda a prevenir la degradación de los cromosomas involucrados en el proceso de envejecimiento y el cáncer.
La estadounidense Kathryn Bigelow fue la primera mujer en alcanzar el premio Oscar para la mejor dirección cinematográfica, que otorga anualmente la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood. Fue en el año 2010 por su película “The Hurt Locker”.
Pero, según indagaciones del Foro Económico Mundial de Davos en 2005, ningún país ha conquistado la igualdad total de condiciones socioeconómicas entre hombres y mujeres. Sin embargo, las mujeres suecas, noruegas, findandesas, islandesas y danesas y son las que más se han aproximado a la igualdad de representación política, oportunidades económicas y acceso a la educación, salud y bienestar mientras que las egipcias son las que están más lejos de ella. Las mujeres nigerianas son víctimas todavía de la condena a muerte por lapidación, de acuerdo con la ley islámica, por actos de infidelidad conyugal o por tener un hijo en soltería. La pena consiste en ser enterrada hasta el cuello y luego apedreada hasta la muerte. Las normas penales determinan que las piedras a utilizarse no sean tan grandes que puedan matar de uno o dos golpes ni tan pequeñas que no alcancen su objetivo final. El propósito es someter a la pecadora al mayor sufrimiento posible antes de su muerte.
Sin embargo, ocasionalmente se han producido casos de “discriminación positiva”, es decir, de diferenciación a favor de la mujer. Eso ocurrió, por ejemplo, con una ley del land de Bremen en Alemania, expedida en 1990, que dispuso que en caso de equivalencia de méritos debía darse prioridad a la mujer sobre el hombre en la consecución de un empleo si en el respectivo sector laboral ella no estuviera suficientemente representada. En otras palabras, esa ley estableció una “cuota” igualitaria de participación de hombres y mujeres en la ocupación de funciones públicas. Si la cuota femenina estuviera incompleta, debía preferirse a la mujer en igualdad de méritos para desempeñar un cargo. Este es un ejemplo de discriminación positiva, es decir, desigualdad en favor de la mujer. Sin embargo, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea, con sede en Luxemburgo, consideró que la ley de Bremen era incompatible con las normas comunitarias que establecen la igualdad de oportunidades entre los dos sexos y el 17 de octubre de 1995 dictó una sentencia en que la declaró inaplicable.
Un eslabón importante en la lucha feminista fue la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer reunida en Pekín bajo el patrocinio de las Naciones Unidas, a comienzos de septiembre de 1995, de la cual surgieron claras orientaciones en cuanto a la participación plena de la mujer en la vida civil, política, laboral, económica, social y cultural de la comunidad, pero también encendidas controversias sobre los temas relativos a los derechos y educación sexuales de las mujeres. Las delegadas de algunos países de América Latina y de los pueblos islámicos, muy imbuidas por sus dogmas religiosos, se opusieron tenazmente a la legalización del aborto, a las políticas sobre planificación familiar, al control de la fecundidad y a otros temas conexos.
Como una expresión de liberación femenina y, al mismo tiempo, afirmación étnica y anticolonial, las cumbres continentales de mujeres indígenas suelen llamar Abya Yala a la América Latina, tomando la expresión del nombre dado a estas tierras por el pueblo indígena de Kuna, asentado antes de la llegada de Cristóbal Colón en el noreste de lo que hoy es Panamá y oeste de la actual Colombia. Lo hicieron con un sentimiento de afirmación femenina y etnocéntrica continental, anticolonialismo, resistencia a la influencia extranjera —especialmente norteamericana y europea—, reconocimiento de los Estados plurinacionales y sentimiento de unidad y pertenencia de los pueblos originarios de Latinoamérica.
La primera Cumbre Continental de Mujeres Indígenas se reunió en la ciudad de Puno, Perú, en mayo del 2009, con la asistencia de centenares de delegadas de veintidós países latinoamericanos con el propósito de “generar un espacio de encuentro de las mujeres indígenas” y de fortalecer “la lucha de los pueblos y la construcción del poder para el buen vivir”. La II Cumbre Continental de Mujeres Indígenas del Abya tuvo lugar en el poblado de Piendamó, Colombia, durante el 11 y 12 de noviembre del 2013. A ella concurrieron mil mujeres indias provenientes de Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Guatemala, México, Panamá, Perú y Venezuela para “analizar y evaluar los modelos de desarrollo que se están implementando en Abya Yala para trazar estrategias de resistencia coordinada por la defensa de los derechos humanos y colectivos de las mujeres indígenas del continente” y hacer frente a “la expansión del extractivismo y saqueo de nuestros territorios” ya que “la invasión que empezó hace más de quinientos años en Abya Yala aún no ha terminado”.
La verdad es que tradicionalmente la mujer ha soportado el mayor peso del atraso y la injusticia sociales, especialmente en los países del mundo subdesarrollado. Atender las demandas del hogar y al mismo tiempo trabajar han sido una tarea particularmente pesada para ella. En los años 80 del siglo pasado sufrió las consecuencias más duras de las medidas de ajuste implantadas en los países deudores del tercer mundo. Si no se suprime la discriminación a la mujer ninguna estrategia de desarrollo podrá ir muy lejos puesto que se trata de una marginación de la mitad de la población. Venciendo viejos prejuicios y superando mentalidades atrasadas, los planes de desarrollo deben reservar un lugar importante a la mujer, si quieren ser eficaces.
El PNUD, a partir de su Informe sobre Desarrollo Humano 1998, ha formulado dos indicadores específicos para medir el progreso social y económico de las mujeres. El primero es el índice de desarrollo relativo al género que califica y cuantifica los logros del sector femenino en comparación con el masculino en los términos de las variables del >índice de desarrollo humano (IDH); y el segundo es el índice de potenciación de género que revela el grado de participación que alcanzan las mujeres en la vida política y económica de la sociedad, para lo cual examina el porcentaje de ellas en los parlamentos y en el conjunto de las opciones ejecutivas, administrativas, profesionales y técnicas en la vida social, así como la parte del ingreso que ellas perciben en relación al de los hombres.
A través de estos indicadores compuestos es posible establecer, en cada sociedad, el grado de discriminación que sufren las mujeres.
En el año 2008 se fundó en Kiev, Ucrania, un nuevo y original grupo feminista denominado Femen, de muy especiales características, para “desarrollar el liderazgo y las cualidades intelectuales y morales de la mujeres jóvenes de Ucrania” e intensificar la lucha por la liberación femenina. Inna Shevchenko, su fundadora y lideresa, explicó que el grupo surgió para llamar la atención sobre los problemas de la mujer, pero de una “forma distinta”. “La mujer tiene derecho a emplear todas las armas a su alcance —dijo—, incluida la fuerza de su atractivo, y por eso en nuestras acciones tratamos conscientemente de desencadenar erecciones”. Y agregó: “Nos desnudamos cuando queremos y nos acostamos con quien queremos. Deseamos que así sea para todas las mujeres y que ninguna sea vea obligada a hacerlo por dinero o bajo coacción”.
Las activistas de Femen consumaron su primer golpe espectacular en el curso de las elecciones presidenciales de Ucrania el año 2010, cuando cuatro jóvenes militantes irrumpieron y se desvistieron en el recinto electoral donde votaba Viktor Yanukovich, candidato triunfador a la presidencia de Ucrania en aquellos comicios.
La nueva organización feminista alcanzó fama internacional por sus “protestas de pechos desnudos” —topless protests— contra determinadas instituciones, costumbres religiosas y prácticas políticas que, en su concepto, vulneraban los derechos de la mujer. Atrajo la atención pública cuando, ante la indignación de los sectores religiosos de la población, su lideresa Inna Shevchenko derrumbó una cruz católica erigida en Kiev como monumento de homenaje y recordación a los millones de católicos que sufrieron la persecución soviética. Lo hizo como expresión de apoyo al grupo feminista moscovita Pussy Riot, tres de cuyas integrantes habían sido condenadas a prisión por haber cantado, en un concierto improvisado en la catedral ortodoxa rusa de Cristo Salvador en Moscú el 21 de febrero del 2012, una oración punk contra la reelección presidencial de Vladimir Putin. Amnistía Internacional calificó la condena como “un amargo golpe contra la libertad de expresión” y Human Rights Watch abogó por la inmediata liberación de las detenidas. Y otra de sus dirigentes feministas, Yana Zhdanova, en solidaridad con las componentes de Pussy Riot encarceladas en Rusia, se abalanzó en topless sobre Kiril, el Patriarca de la Iglesia Ortodoxa rusa, durante una visita que éste efectuó a la capital ucraniana en julio de 2012.
Dicho sea de paso, el Pussy Riot era un grupo alineado en la contracultura de los punks, surgida en los Estados Unidos de América, Inglaterra y Australia en los años 70 del siglo anterior y extendida por el mundo en los años posteriores —con sus bandas bulliciosas, sus temas musicales, su lenguaje típico, sus códigos de comportamiento y sus vestimentas, que transgredían con buscada insolencia la estética tradicional, los vigentes estilos musicales, las modas imperantes, los usos sociales, e <establishment, los estilos de vida aceptados, los dogmas y las parafernalias religiosas—, que expresaba un malestar de la juventud —de una parte de la juventud— con relación al rumbo de la sociedad en el mundo desarrollado. Los punks —junto con los beats, beatniks, los yippies, los hippies, los zippies y otros grupos de extravagantes comportamientos— aparecieron como expresión de protesta —o de evasión— contra la >sociedad de consumo, el adocenamiento de los seres humanos y los atosigantes convencionalismos sociales. El loco anhelo de libertad —que tomó forma en sus creaciones artísticas, su música, sus costumbres, sus modos de vestir, sus diversiones y estilos de vida— chocó contra los imperantes “valores” de la sociedad burguesa: el amor al dinero, el hedonismo, el consumismo, la inequidad, la dilapidación, el culto a la desigualdad y el egoísmo económico.
En otra de sus peculiares manifestaciones, realizada en marzo del 2012 en el curso de las elecciones presidenciales de Rusia, varias activistas de Femen se desvistieron en el recinto electoral donde acababa de depositar su voto el candidato a la reelección presidencial Vladimir Putin, como protesta por su ambición reeleccionista.
En Kiev, durante los Juegos Olímpicos de Londres en el 2012, el Femen realizó otra protesta de pechos desnudos y leyendas pintadas en los cuerpos contra el apoyo que, según sus dirigentes, ofrecía el Comité Olímpico Internacional a los “regímenes islamistas sanguinarios”.
El Femen fue colocado fuera de la ley en Ucrania y entonces sus dirigentes, expulsadas de su patria, establecieron en París la sede mundial de su organización feminista internacional, en donde funcionó el centro de formación para las nuevas militantes.
El 9 de octubre del 2013 tres activistas de esta organización —la española Lara Alcázar, la ucraniana Inna Shevchenko y la francesa Pauline Hillier— irrumpieron en el Congreso de los Diputados en Madrid e interrumpieron la sesión para defender el aborto. Las tres militantes fueron detenidas pero liberadas horas más tarde. Y, tres días después, diez militantes de Femen celebraron el Día Nacional de España por las calles céntricas de Madrid bajo los gritos de “¡vamos a conquistar España!” y “¡acabar con el patriarcado!”.
Filiales de Femen se establecieron en Varsovia, Zürich, Roma, Tel Aviv, París, Madrid, Río de Janeiro, Hamburgo, Berlín, Quebec y otras ciudades para bregar por la reivindicación de los derechos de las mujeres y combatir el patriarcado y los “tres enemigos mayores” que lo constituyen: la explotación sexual, las instituciones religiosas y los regímenes totalitarios.
El Femen ha llevado sus acciones de protesta al Vaticano, a la catedral de Notre Dame en París, a Santa Sofía en Estambul, a las sedes de diversas cumbres y encuentros internacionales y, con todos los riesgos que eso entraña, a algunos de los países musulmanes.
El 6 de marzo del 2014, presidido por la activista ucraniana Inna Shevchenko, el Femen volvió a sus protestas. Esta vez fue en las calles de Nueva York como rechazo y condena contra Vladimir Putin por su presión militar sobre Ucrania para alcanzar la secesión de la península de Crimea, a raíz de las movilizaciones populares que se produjeron en Kiev contra la decisión del gobierno ucraniano, presidido por Viktor Yanukovich, de formar parte de la Unión Aduanera de Rusia, Bielorrusia y Kazajistán y no de la Unión Europea, que condujeron al parlamento ucraniano a destituir al presidente Yanukovich el 22 de febrero de ese año y su huída hacia Moscú en busca de asilo político.
Como expresión de protesta contra la sentencia a muerte dictada por un tribunal egipcio contra 683 miembros de la organización política Hermanos Musulmanes, de oposición al gobierno, varias militantes de Femen —encabezadas por la tunecina Amina Sboui— se manifestaron el 30 de abril del 2014 frente a la embajada de Egipto en París con la frase “¡no a la pena de muerte!” pintada en sus pechos desnudos