Fue el título que, copiando al caudillo italiano Giuseppe Garibaldi del siglo XIX y al poeta, político y militar Gabriele D’Annunzio más tarde —quienes en sus trajines políticos y militares usaron la palabra duce para autodesignarse—, adoptó Benito Mussolini a partir de noviembre de 1921, en que inició sus tareas de fundar el movimiento fascista italiano.
A lo largo de su vida pública el líder fascista se hizo llamar con el título oficial de il Duce, dentro del peculiar sintagma con que rodeó a su movimiento político.
La palabra duce probablemente viene del latín clásico dux, que en el rango militar designaba al general o al jefe castrense que guiaba las operaciones desde adelante.
El término duce, así como las locuciones camisas negras y fasci di combattimento fueron sagradas para Mussolini y sus seguidores.
Y el formato de la Italia fascista fue copiado por otros regímenes autocráticos de Europa. En la Alemania nazi la palabra führer era la expresión suprema y apoteósica del liderazgo político de Hitler. Todo se rendía ante su sola enunciación. Y los falangistas españoles durante más de cuatro décadas hicieron de la palabra caudillo un elemento retórico cargado de tono emotivo. “Caudillo de España por la gracia de Dios” era una de sus fórmulas sacramentales para enaltecer al “Generalísimo Francisco Franco Bahamonde, Jefe de la Cruzada”.
Benito Mussolini nació en Dovia di Predappio, provincia de Forlì, el 29 de julio de 1883. Fue hijo de un herrero socialista, quien lo bautizó con el extravagante nombre de Benito Juárez Amilcare Andrea Mussolini (en honor al líder revolucionario mexicano Benito Juárez, al anarquista italiano Amílcar Cipriani y a Andrea Costa, uno de los fundadores del Partito Socialista Rivoluzionario Italiano).
A pesar de su anticlericalismo violento, su padre lo internó a los nueve años de edad en la escuela salesiana de Faenza para tratar de dominar su rebelde temperamento.
Se graduó de maestro de escuela en 1901. En 1902 huyó a Suiza para evadir el servicio militar. De regreso en 1904 se dedicó a la enseñanza durante cinco años y después trabajó como periodista en Trento, donde terminó por dirigir el semanario “L’avvenire del Lavoratore”. Su carrera magisterial fue corta porque sus desordenados amoríos, bulliciosas borracheras y sediciosos discursos políticos la cortaron prematuramente.
Mussolini fue un profesor primario de ideas poco claras. Fluctuaba entre una cierta inclinación hacia el marxismo y su admiración por Friedrich Nietzsche (1844-1900), Georges Sorel (1847-1922), Gabriele D’Annunzio (1863-1938), Charles Maurras (1868-1952) y Vilfredo Pareto (1848-1923).
Probablemente por influencia de su padre, en su juventud militó en el Partido Socialista Italiano, en el que dirigió la federación socialista provincial de Forlì y el semanario partidista local “La Lotta di Classe”. En 1911 sufrió cinco meses de cárcel bajo la acusación de haber encabezado en la región de Emilia-Romaña una violenta protesta contra la guerra Ítalo-turca por la posesión de Libia. En esos tiempos formó parte del ala revolucionaria socialista y en 1912 fue nombrado director de “Avanti”, el diario oficial del PSI en Milán.
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial tuvo que hacer complicadas acrobacias mentales porque al principio denunció que se trataba de una confrontación “imperialista” y después dio su apoyo a los aliados. Fue expulsado del Partido Socialista por su defensa de la intervención de Italia en la guerra y fundó entonces su propio periódico en Milán: “Il Popolo d’Italia”, desde el cual defendió su postura respecto al conflicto mundial. En mayo de 1915, cuando Italia entró a la contienda del lado de los aliados y contra las potencias centrales —Austria-Hungría, Alemania y Bulgaria—, Mussolini se alistó como voluntario en septiembre de ese año pero fue herido por la explosión accidental de un mortero.
Después se tornó un rabioso antisocialista y antidemócrata y abrazó las ideas más reaccionarias.
En 1919, en plena crisis de postguerra, Mussolini fundó su movimiento político —de carácter populista, nacionalista, antiliberal y antisocialista— y consiguió el apoyo de amplias capas empresariales de la ciudad y del campo, asustadas por la agitación laboral de las izquierdas, pero también obtuvo el respaldo de ciertos sectores obreros desorientados.
Formó grupos paramilitares —los fascios di combattimento— para aterrorizar a sus adversarios políticos. Con los fascios organizó las squadre d’azione (comandos de acción) que sembraron la violencia y el terror en las calles de Italia en los años 20.
Elocuente orador de masas —chovinista, pomposo, demagógico, gesticulante, patéfico, contradictorio, sinuoso—, recordando a su pueblo las viejas glorias de la Roma imperial, Mussolini le ofrecía toda clase de beneficios: eliminar la pobreza, crear puestos de trabajo, suprimir el desempleo, alzar los salarios, implantar la seguridad social, establecer la jornada de ocho horas de labor, fortalecer la organización sindical y muchas otras ofertas de todo orden.
Pero nada de eso cumplió cuando asumió el poder absoluto sobre Italia en 1922. Hizo todo lo contrario. Favoreció a los sectores empresariales —especialmente a los industriales del norte, principales financiadores del Partido Fascista y ardientes luchadores por la perpetuación del régimen que tanto les favorecía—, quienes alcanzaron muy altos índices de prosperidad económica mientras que los trabajadores sufrían la merma de sus salarios, la supresión de sus derechos laborales, la agudización de la pobreza y la entrega de los sindicatos obreros al control del Partido Fascista Italiano.