Este término, de uso político y económico relativamente reciente, probablemente viene de la traducción de la expresión inglesa “growthmanship” que fue muy utilizada por el presidente Richard Nixon de Estados Unidos para referirse al crecimiento económico con exclusión de otros objetivos sociales. En castellano tiene dos acepciones. La primera se refiere a la corriente de pensamiento que ha hecho del desarrollo económico la principal preocupación de sus reflexiones políticas. La segunda, que es más específica, señala la tendencia a privilegiar el crecimiento económico sobre la equidad y sobre cualquier otra consideración de orden social. Es el crecimiento con olvido de lo social. Bajo este sistema, en las decisiones de gobierno pesan más los costos económicos que los sociales.
En el diseño de una política económica se puede dar énfasis al crecimiento o a la equidad. Esta es una disyuntiva que debe afrontar el planificador. Si opta por la primera posibilidad desembocará en el desarrollismo, es decir, en la colocación del <crecimiento como el objetivo absoluto de la actividad económica, a costa de todas las demás consideraciones. Si prefiere la segunda opción —la de la equidad—, irá hacia el >desarrollo, o sea hacia la expansión productiva acompañada de la justa distribución de los excedentes.
Siempre hay una ética en las ideologías políticas y en las teorías económicas y también en las decisiones que, en nombre de ellas, se adoptan. Esa ética está vinculada al “para quién se gobierna” o en “favor de quién se hacen las propuestas políticas o económicas”. ¿Entrañan ellas solidaridad social, llevan a la justicia, precautelan la libertad, defienden la dignidad humana? Allí radica la ética de las ideologías y de las teorías de la economía.
Para la política económica desarrollista el crecimiento constituye el objetivo principal de los esfuerzos productivos de un país, con abstracción de las preocupaciones de orden social. Pero el crecimiento es un fenómeno meramente cuantitativo que se desentiende de la distribución de sus beneficios entre la masa social. En cambio, el >desarrollo es al mismo tiempo un concepto cuantitativo —mayor producción y productividad— y cualitativo —justicia en el reparto y mejor calidad de vida para la población—.
El crecimiento económico es normalmente el resultado de la acción espontánea de las personas, espoleadas por su egoísmo y su afán de lucro individual. Sin planificación previa ni concierto, ellas concurren al proceso productivo en búsqueda de su individual beneficio y la suma de esas acciones puede producir un crecimiento de la economía. Pero no hay preocupación alguna por la distribución ni la equidad. Lo cual conduce hacia la concentración del ingreso y de la riqueza. El crecimiento y la acumulación son las prioridades de la acción gubernativa, en detrimento de la repartición del ingreso y del >desarrollo humano. El desarrollo, en cambio, no es un hecho espontáneo sino el resultado de la acción deliberada de la autoridad pública que presiona a los agentes económicos privados en dirección de la distribución de los excedentes del proceso productivo. En él se conjugan los propósitos de expansión económica con los de la justicia social. Y si para alcanzar estas metas es preciso instrumentar cambios estructurales, pues hay que hacerlo. Esta es la diferencia entre el desarrollismo y el desarrollo.
Con frecuencia las políticas desarrollistas suelen extraer modelos de crecimiento de los países capitalistas avanzados y aplicarlos en los países atrasados, en una suerte de transferencia mecánica de ellos a una realidad totalmente diferente. Esos modelos, como es lógico, resultan inadecuados y producen distorsiones graves en la economía.