Esta palabra, como muchas de las que se usan en política, tiene dos significaciones:
1) posición de los partidos y los políticos franceses que defendieron los derechos al trono de Napoleón, durante su cautiverio en la isla de Elba, y posteriormente los de la familia Bonaparte; y
2) gobierno autoritario en que el parlamento queda sometido a la función ejecutiva del Estado.
La primera significación es la de partidario de Napoleón Bonaparte y del imperio y dinastía que él fundó. El bonapartismo, en este sentido, es la defensa de los derechos políticos de la familia Bonaparte. Alcanzó su máximo esplendor durante los reinados de Carlos X y de Luis Felipe de Orleans y logró llevar al poder como emperador a Luis Napoleón Bonaparte —Napoleón III, sobrino de Napoleón I—, pero se eclipcó más tarde con la derrota de las armas francesas ante las alemanas en 1870, la muerte de Eugenio Napoleón —hijo único de Luis Napoleón y Eugenia de Montijo—, el fracaso en el propósito de llevar al príncipe Jerónimo —miembro de la dinastía bonapartista— al poder de Francia, el derrumbe del imperio y la proclamación de la tercera república francesa.
La segunda significación tiene como referencia la obra de Carlos Marx titulada “El XVIII Brumario de Luis Bonaparte” y como antecedente histórico el >golpe de Estado promovido por él en Francia el 2 de diciembre de 1851, para restablecer el Imperio y asumir el poder imperial. Napoleón le petit, como le llamó despectivamente Víctor Hugo, protagonizó desde el poder un golpe de Estado y disolvió la Asamblea Nacional, detuvo a los jefes de los partidos de oposición, luego convocó un plebiscito para “legitimar” su coup d’Etat, dio a Francia una nueva Constitución, restableció el Imperio hereditario y se proclamó emperador de los franceses con el nombre de Napoleón III.
Marx hizo el relato y la interpretación del asalto bonapartista al poder, que fue ejecutado, según él, “por el hombre más insignificante del mundo, acompañado de soldados descontentos”.
Desde entonces, se llama bonapartismo al régimen autoritario que surge en circunstancias de desorden social y de pugna de poderes entre el parlamento y el ejecutivo y en que aquél finalmente queda subordinado a éste, cuyo jefe asume facultades extraordinarias para imponer el orden y promueve después la “legitimación” de todo lo actuado a través de alguna forma de participación popular, como hizo Luis Napoleón con su plebiscito del 20 y 21 de diciembre de 1851.