Dado que los partidos políticos son la proyección de la forma de pensar y de los intereses económicos de las personas dentro de una sociedad, la polarización de puntos de vista más o menos simétricos y de intereses económicos contrapuestos suele producir en ella el sistema bipartidista. Las personas se alinean en torno a dos posiciones políticas prevalecientes y, como resultado de esta dualidad, aparece el sistema en que dos partidos hegemónicos se convierten en los principales protagonistas de la acción pública y con frecuencia alternan en el ejercicio del poder.
El bipartidismo, o sea la existencia de dos partidos políticos de predominio indisputado en un país, es el resultado de la contraposición simétrica de dos puntos de vista dominantes sobre los temas de mayor importancia en la vida social. De la contraposición entre el >monarquismo y el >republicanismo, como formas de organización y ejercicio del poder, nació en el pasado el bipartidismo monárquico-republicano. El concepto de la propiedad privada enfrentó a los partidos liberales con los socialistas. La concepción confesional del Estado dio lugar los partidos laicos y a los partidos clericales. En general, la oposición simétrica y total de dos puntos de vista tiende a producir el fenómeno bipartidista. Pero las cosas se complican si los motivos de discrepancia se diversifican y combinan entre sí. En ese caso desaparece la contraposición total y simétrica para dar paso a la parcial y asimétrica, de la que tiende a surgir el >multipartidismo, del mismo modo como el silenciamiento de los motivos de discrepancia, por la imposición autoritaria, genera los regímenes de >partido único, monopolizadores de la acción política y del ejercicio del poder, como ocurrió con el >marxismo y el >fascismo.
El bipartidismo no implica necesariamente que dos partidos sean los únicos que intervengan en la actividad política de un Estado, pero sí que sean los más fuertes y en cuyo torno se realice la mayor parte de la actividad cívica de los ciudadanos. Su preponderancia política no se ve amenazada por la acción de otros partidos pequeños que pululan sin mayor trascendencia en la vida política.
Los >sistemas electorales ejercen cierta influencia sobre los regímenes de partidos en cada país. Al contabilizar los votos de los ciudadanos en las elecciones universales, para convertirlos en escaños, producen ciertos sesgos en la correlación de fuerzas entre los partidos. Pueden canalizar los votos hacia las candidaturas más fuertes y concentrar en ellas los escaños disponibles o favorecer a los partidos menores. Los métodos de mayoría tienden a favorecer a los partidos grandes y los de >representación proporcional a los pequeños.
Esto ha dado lugar a las llamadas “leyes de Duverger” y “leyes de Sartori” en virtud de las cuales el sistema de mayoría tiende a conducir al dualismo partidista mientras que el de representación proporcional favorece el pluripartidismo.
En efecto, Maurice Duverger a comienzos de los años 50 del siglo anterior sostuvo que el método de la mayoría relativa tendía a producir el sistema de dos grandes partidos al paso que el de representación proporcional llevaba al multipartidismo. Sin embargo, hay demasiados casos que contradicen el planteamiento del tratadista francés como para aceptarlo como ley. En varios Estados existen regímenes pluripartidistas con métodos de mayoría relativa y en otros los bipartidismos se combinan con la representación proporcional. De modo que las leyes de Duverger parecen no tener mucha consistencia.
El se fundó en dos consideraciones para sostener su tesis: en el efecto “mecánico” o funcional que disminuye la presencia de los partidos perdedores, y luego en el efecto psicológico que mueve a los electores a no “desperdiciar” sus votos. Sostuvo que el primer método electoral desalentaba a los políticos en cualquier intento de formar terceros partidos, sin verdadera opción de poder, y que los votantes, por su parte, no estaban dispuestos a esterilizar sus votos en apoyo a partidos sin capacidad de obtener representantes en el parlamento.
El politólogo italiano Giovanni Sartori reformuló en 1985 los principios enunciados por Duverger y los concretó en cuatro leyes “tendenciales” que llevan su nombre. La primera de ellas sostiene que los sistemas electorales de mayoría relativa facilitan la formación del bipartidismo en los países que cuentan con partidos sólidamente constituidos. La segunda establece que los sistemas de mayoría relativa presionan por la eliminación de los partidos situados debajo de los grandes. La tercera afirma que mientras mayor es la “impureza” del sistema de representación proporcional más acusado es su efecto reductor sobre la fuerza y por tanto sobre el número de los partidos políticos, a menos que éstos sean lo suficientemente vigorosos para resistir el embate del sistema. Y la cuarta sostiene que el método proporcional “puro”, esto es, el que impone el menor número posible de barreras y trata de proyectar con la mayor fidelidad la voluntad de los electores, fomenta la existencia de tantos partidos como tendencias de opinión popular los respalden.
El libro de Sartori “Ingeniería Constitucional Comparada” (1994) echa mucha luz sobre el tema.
Por supuesto que las causas profundas y estructurales de los sistemas de partidos deben hallarse en el grado de homogeneidad social de un país y no en los sistemas electorales. Mientras menores son los motivos de confrontación interna mayor es la tendencia hacia el dualismo de partidos. La dispersión de éstos se origina en los factores de discrepancia cultural, política, económica, regional, étnica y religiosa que lleva en su seno una sociedad. Las leyes de Duverger y de Sartori sólo facilitan o dificultan la manifestación de las tendencias sociales endógenas, que son mucho más profundas que los sistemas electorales.
Tradicionalmente se ha considerado como tipo puro de bipartidismo el inglés, fundado sobre los viejos partidos conservador y liberal, primero, y sobre el dualismo conservador-laborista, después. Desde 1868 hasta 1924 los conservadores y los liberales ingleses se turnaron en el poder. Pero más tarde, en 1924, la insurgencia del Partido Laborista quebrantó el bipartidismo liberal-conservador y lo sustituyó por el conservador-laborista que, desde entonces, ha prevalecido en Inglaterra. Entre los dos períodos sólo hubo una corta etapa de transición tripartidista, en que el declinante Partido Liberal, con sus votos de minoría, ejerció una fuerza decisoria para instituir gobiernos a través de alianzas parlamentarias con los partidos fuertes. Sin embargo, después del dilatado período de gobiernos laboristas resurgió el tripartidismo en las elecciones parlamentarias del año 2010, en que triunfaron estrechamente los conservadores bajo el joven liderazgo de David Cameron sobre los laboristas del primer ministro Gordon Brown —que habían permanecido en el poder los trece años anteriores—, y tuvieron que formalizar un acuerdo político con el tercer partido: el Liberal Democrático a fin de reunir la mayoría parlamentaria necesaria para formar el nuevo gobierno.
La reunificación de Alemania y la crisis financiera global han cambiado muchas cosas. El tradicional bipartidismo alemán protagonizado por el Partido Socialdemócrata (SPD) y la Unión Demócrata Cristiana —Christlich Demokratische Union Deutschlands (CDU)—, que han alternado largamente en el poder, ha tenido que compartir espacios de gobierno con los nuevos partidos que, aunque de fuerza reducida, se han constituido con frecuencia en el fiel de la balanza de las decisiones parlamentarias federales y regionales y han entrado en ocasionales alianzas de gobierno con los dos partidos grandes.
Los principales partidos emergentes fueron:
1) el Partido Democrático Liberal —Freie Demokratische Partei (FDP)— formado en los años 40, después de la conflagración mundial, que más tarde acogió las tesis económicas neoliberales;
2) el partido Die Grünen, fundado el 13 de enero de 1980 en Karlsruhe al calor de la lucha ecologista, en cuyas filas se agruparon ecólogos, activistas del pacifismo y del feminismo, socialdemócratas desencantados, hombres y mujeres de la nueva izquierda y cristianos progresistas de diferentes iglesias, que ha postulado como sus principales elementos ideológicos el ambientalismo, el pacifismo, el antimilitarismo, el repudio a las armas nucleares, la oposición a las estrategias militares de la OTAN, la defensa de los derechos humanos, la condena de las restricciones migratorias, la defensa del aborto, la protección de los derechos de los gays y lesbianas y la crítica a ciertos elementos de la sociedad industrial; y
3) el partido de La Izquierda —Die Linke— formado en el 2007 por la fusión del Partido del Socialismo Democrático de la extinta RDA, liderado por Lothar Bisky, con disidentes socialdemócratas de Alemania Occidental conducidos por Oskar Lafontaine, expresidente del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), quien después de 39 años de militancia abandonó el partido a la cabeza de un grupo disidente —en medio de elogios al legendario líder socialdemócrata Willy Brandt y de críticas al gobierno socialdemócrata de Gerhard Schröder, al que acusaban de neoliberal— y formó su Alternativa Electoral por el Trabajo y la Justicia Social (WASG) que, con sus propuestas de regular el sector financiero, socializar la banca, gravar las transacciones internacionales, nacionalizar los sectores estratégicos de la economía y liberar a la política de la sumisión al sector financiero, se ubicó a "la izquierda de la socialdemocracia" en el espectro político alemán.
Un ejemplo muy claro del sistema de dos partidos es el que ha regido largamente en los Estados Unidos de América con el Partido Republicano y el Demócrata. La política norteamericana se ha circunscrito casi por completo a los manejos y relación de fuerzas entre sus dos partidos principales. Y como éstos han sido fundamentalmente maquinarias electorales destinadas a la conquista de votos, esa relación de fuerzas se ha expresado siempre en forma electoral. Todo intento de formar nuevos partidos ha fracasado irremisiblemente. Ninguno de los proyectos de las nuevas agrupaciones políticas que se han ensayado a lo largo del tiempo —el partido laborista, el socialista, el prohibicionista, el progresista, el comunista, el partido de los campesinos y varios otros— ha logrado amenazar la solidez de los dos grandes partidos. La explicación probablemente es que la sociedad norteamericana, salvos la cuestión racial y el problema de las minorías, no tiene luchas religiosas, ni clases sociales rígidas, ni conflictos nacionalistas ni grandes disensiones que pudieran justificar la existencia de otros partidos.
A lo largo de la historia de Estados Unidos se formaron muchos “terceros” partidos —third parties, como se dice en la jerga política de ese país—, pero ninguno de ellos tuvo éxito. Podemos recordar al Partido Antimasónico (1832), al partido del Suelo Libre (1848), Whing (1856), Demócrata Sureño (1860), Unión Constitucional (1860), Populista (1892), Progresista (1912), Socialista (1912), Progresista (1924), Partido de los Derechos de los Estados (1948), Progresista (1948), Independiente Americano (1968) e incluso el intento fallido de Ross Perot en 1995 de formar el Partido Independiente.
Sin embargo, en las elecciones legislativas generales del 2 de noviembre del 2010 para renovar los 435 escaños de la Cámara de Representantes y 37 de los 100 escaños senatoriales, ocurrió un hecho inédito: el pequeño movimiento político ultraconservador denominado Tea Party, que surgió en el 2009 con el inconfesado propósito de romper el bipartidismo republicano-demócrata, alcanzó una influencia determinante en el proceso electoral al apoyar militantemente a los candidatos republicanos triunfantes. Este movimiento, aunque formalmente era parte del Partido Republicano —fue en realidad un desprendimiento de sus sectores más reaccionarios—, aspiraba constituirse en la tercera posición del esquema político estadounidense. Financiado por el multimillonario petrolero David H. Koch y el emperador mediático Rupert Murdoch, dueño de varios canales de televisión y de un centenar de medios escritos —entre ellos "The Wall Street Journal", "The Sun", "Times"—, intervino militante y activamente en aquellas elecciones legislativas y combatió duramente al presidente Obama y a su programa gubernativo, a los que acusó de tener ciertas tendencias socialdemócratas europeas, incompatibles —desde su punto de vista— con los característicos elementos de la tradicional cultura política norteamericana: faith, family and freedom.
El curioso nombre del movimiento político fue tomado de un episodio de la época de la independencia de los Estados Unidos, a fines del siglo XVIII, cuando los colonos norteamericanos se amotinaron en el denominado Boston tea party —”motín del té”— y cometieron varios actos de violencia en la ciudad de Boston el 16 de diciembre de 1773 en protesta por los gravámenes fiscales que el poder colonial inglés había impuesto a la importación del té.
El Tea Party impugnó duramente la política económica del presidente demócrata Barack Obama. El leit motiv de su campaña electoral fue la condena de la deuda y el gasto públicos, la no creación de impuestos, la formulación de presupuestos balanceados, el orden en el gasto estatal, la crítica a la inmigración ilegal y a los simpapeles, la postulación del limitado rol del Estado en la economía y otros temas de la más pura raigambre neoliberal. La creciente deuda pública norteamericana, que fue uno de los elementos importantes de la crisis financiera y económica que estalló en Wall Street dos años antes, fue uno de los temas predilectos de los candidatos del Tea Party en la campaña. Dijo su elegido senador de Kentucky, Rand Paul: “Estamos preocupados de dejar de herencia la deuda para nuestros hijos y nuestros nietos”. Y añadió: “Los republicanos duplicamos la deuda cuando estábamos en el poder y ahora los demócratas la están triplicando”.
El Tea Party se atribuyó el éxito de las elecciones —que tuvieron, sin duda, cierta significación plebiscitaria respecto a la administración Obama—, en las que los republicanos alcanzaron mayoría en la Cámara de Representantes — 240 de los 435 escaños, frente a 192 de los demócratas— mientras los demócratas retuvieron su mayoría en el Senado, aunque con un margen más estrecho: 51 demócratas, 47 republicanos y 2 independientes.
En el ámbito latinoamericano, por largo tiempo hubo un bipartidismo muy definido en Uruguay con el Partido Nacional y el Partido Colorado, en Colombia con los partidos Liberal y Conservador, en Chile con el Partido Socialista y el Partido Demócrata Cristiano y en Costa Rica con el Partido Liberación Nacional y el Partido Unidad Social Cristiana.
Desde su fundación en 1951, el Partido Liberación Nacional ha sido por más de sesenta años la primera fuerza política costarricense. Puso en el poder a su fundador, José Figueres (1953-1958), Francisco Orlich (1962-1966), José Figueres (1970-1974), Daniel Oduber (1974-1978), Luis Alberto Monge (1982-1986), Óscar Arias (1986-1990), José María Figueres Olsen (1994-1998), Óscar Arias (2006-2010), Laura Chinchilla (2010-2014). En los intervalos triunfaron las coaliciones de derecha, de inspiración demócrata-cristiana, con: Mario Echandi (1958-1962), Joaquín Trejos (1966-1970), Rodrigo Carazo (1978-1982), Miguel Ángel Calderón Fournier (1990-1994), Miguel Ángel Rodríguez (1998-2002), Abel Pacheco (2002-2006), Laura Chinchilla (2006-2010).
En las elecciones presidenciales del 7 de febrero del 2010 advino un tripartidismo con el Partido Liberación Nacional, el Partido Acción Ciudadana y el Movimiento Libertario. Triunfó la liberacionista Laura Chinchilla con el 46,9% de la votación, seguida de Ottón Ortiz (25,06%) de Acción Ciudadana y de Otto Guevara (20,09%) del Movimiento Libertario.
En el proceso electoral costarricense del 2014 la segunda ronda del balotaje se celebró entre el candidato de Liberación Nacional Johnny Araya y el politólogo Luis Guillermo Solís del Partido Acción Ciudadana, quien triunfó ampliamente con el 77,99% de los votos.
Al bipartidismo chileno socialista-democristiano —que en virtud de la Concertación de Partidos por la Democracia ejerció el poder en forma alternada, por veinte años, desde 1990— le surgió en el 2010 una competidora: la derechista Coalición por el Cambio, que triunfó en las elecciones presidenciales del 17 de enero de ese año con su candidato Sebastián Piñera, quien obtuvo el 51,61% de la votación sobre su contendor demócrata-cristiano Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
El primer presidente de la Concertación fue Patricio Aylwin, militante del Partido Demócrata Cristiano, quien asumió el poder en 1990. Le siguió Eduardo Frei del mismo partido para el período 1994-2000. Después fue elegido el centroizquierdista Ricardo Lagos —líder del Partido por la Democracia—, quien compitió en las elecciones nacionales del 12 de diciembre de 1999 contra el conservador Joaquín Lavín, candidato de la coalición de fuerzas de derecha, ganó por un ínfimo margen la primera vuelta electoral y se impuso en la segunda, celebrada el 16 de enero del 2000, con el 51,31% sobre el 48,56% de su contrincante. Lagos ejerció el gobierno desde el 2000 al 2006. La cuarta candidata triunfadora de la Concertación fue Michelle Bachelet —militante del Partido Socialista—, quien gobernó Chile desde el 2006 hasta el 2012. Y Bachelet fue también la quinta candidata de la mencionada alianza de partidos. Volvió a ganar los comicios nacionales y asumió el poder para su segundo período gubernativo 2014-2018.
Con el triunfo en el 2010 de las fuerzas de la oposición derechista, encabezadas por Sebastián Piñera, advino en Chile un tripartidismo, que se manifestó en esos años, aunque el bipartidismo volvió a instaurarse cuando la candidata socialista Michelle Bachelet de la Concertación de Partidos por la Democracia, ganó las elecciones nacionales y asumió la presidencia en su segundo período de gobierno 2014-2018.
El clásico bipartidismo uruguayo protagonizado desde el siglo XIX por el Partido Nacional, llamado también Partido Blanco (conservador), y el Partido Colorado (progresista), que han conservado sus antiguos nombres desde la guerra civil de 1835, se convirtió en tripartidismo a partir de las elecciones celebradas el 27 de noviembre de 1994 por la insurgencia de la coalición de partidos de izquierda denominada Encuentro Progresista, que posteriormente triunfó en la primera ronda de las elecciones del 30 de octubre de 1999, en la que el líder de la coalición Tabaré Vásquez venció a Jorge Batlle del Partido Colorado y al expresidente Luis Alberto Lacalle del Partido Nacional, aunque perdió por estrecho margen en la segunda, celebrada el 28 de noviembre, frente al candidato colorado.
El tripartidismo uruguayo fue confirmado en las elecciones del 31 de octubre del 2004 con la victoria del líder socialista Tabaré Vásquez, a la cabeza de la coalición Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría (EP-FA-NM), con el 50,69% de los votos en la primera ronda electoral. Venció ampliamente a sus dos principales contendores: Jorge Larrañaga (34,06%) del Partido Blanco y Guillermo Stirling (10,32%) del Partido Colorado. Los restantes partidos apenas obtuvieron, en conjunto, el 2,53% de los votos. El hecho se repitió en las elecciones presidenciales del 2009, en las que José Mujica, candidato del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría, triunfó con el 47,96% en la primera vuelta electoral sobre sus contendores: Luis Alberto Lacalle (29,07%) del Partido Nacional y Pedro Bordaberry (17,02%) del Partido Colorado, y volvió a triunfar sobre el candidato del Partido Nacional en la segunda vuelta electoral.
En las elecciones presidenciales del 2014 —la primera vuelta el 26 de octubre y el balotaje del 30 de noviembre— Uruguay volvió al bipartidismo del Frente Amplio, con su candidato triunfador Tabaré Vásquez; y el Partido Nacional, con el joven postulante Luis Alberto Lacalle Pou. En el cómputo final el Frente Amplio obtuvo el 47,81% de la votación y el Partido Nacional el 30,88%.
En cambio, en Colombia el viejo enfrentamiento liberal-conservador, que produjo la alternación en el poder de los dos partidos clásicos durante mucho tiempo —con la sola y transitoria amenaza de un tercer partido en las elecciones presidenciales de 1970: la denominada Alianza Nacional Popular (ANAPO), liderada por el exdictador Gustavo Rojas Pinilla—, llegó a su ocaso en los comicios del 26 de mayo del 2002, en que Álvaro Uribe —disidente liberal, que se presentó como candidato independiente— triunfó en la primera vuelta electoral con el 52,8% de los votos sobre el candidato oficial del liberalismo, Horacio Serpa, quien obtuvo el 31,8%. El colapso del bipartidismo se reconfirmó el 28 de mayo del 2006, en que el presidente Álvaro Uribe alcanzó su reelección con el 62 por ciento de los votos frente a Carlos Gaviria, candidato del Polo Democrático —una alianza de fuerzas autodefinidas como de izquierda democrática—, quien obtuvo el 22 por ciento, y al candidato liberal Horacio Serpa, el 11 por ciento. Este orden de cosas persistió en las siguientes elecciones presidenciales con el triunfo del candidato oficialista Juan Manuel Santos —exministro de Álvaro Uribe— sobre el postulante Antanas Mockus del Partido Verde.
En realidad, en Colombia persistió el bipartidismo pero cambiaron sus protagonistas. En las elecciones presidenciales del 20 de junio del 2010 —segunda ronda del balotaje—, el Partido Social de Unidad Nacional (mejor conocido como el Partido de la “U”), fundado en el 2005, con su candidato Juan Manuel Santos, venció al opositor Partido Verde, fundado en el 2009, cuyo candidato fue Antanas Mockus, exalcalde de Bogotá. El candidato triunfador obtuvo el 69,2% de los votos frente al 27,4 % de su adversario. El Partido Liberal apenas alcanzó el 4,38% en la primera vuelta y el Partido Conservador el 6,15%, de modo que no pudieron pasar al balotaje. El bipartidismo liberal-conservador fue sustituido por el de los dos nuevos partidos. Persistió el bipartidismo pero cambiaron sus protagonistas.
Pero en las elecciones presidenciales del 2014 el bipartidismo colombiano fue sustituido por un desordenado multipartidismo. En la primera vuelta electoral del 25 de mayo se presentaron cinco candidatos: Juan Manuel Santos —presidente en ejercicio—, apoyado por la coalición Unidad Nacional (formada por el pequeño Partido Liberal, el Partido Social de Unidad Nacional y Cambio Radical), que obtuvo el 25,67% de los votos; Óscar Iván Zuluaga por el Centro Democrático (acaudillado por el expresidente Álvaro Uribe), 29,26%; Martha Lucía Ramírez por el Partido Conservador, 15,52%; Clara López por los izquierdistas Polo Democrático Alternativo y Unión Patriótica, 15,23%; y Enrique Peñalosa por la Alianza Verde de centro-izquierda, 8,28%.
En la segunda vuelta electoral, celebrada el 15 de junio de ese año, fue reelegido Santos —para el período presidencial 2014-2018— con el 50,95% de los votos sobre Zuluaga, que alcanzó el 45%.
El bipartidismo clásico de Colombia se originó a finales del siglo XIX y se mantuvo durante casi todo el siglo XX. El Partido Conservador gobernó desde 1888 hasta 1930. Fueron 42 años de régimen teocrático, en que el arzobispo Bernardo Herrera de Bogotá, dueño de vidas y haciendas, aprobaba la línea política del partido, designaba sus candidatos presidenciales y mantenía la disciplina y la unidad partidistas. Después de su muerte los conservadores se presentaron divididos a las elecciones presidenciales de 1930: unos apoyaron al general Vásquez Cobo y otros al profesor Guillermo Valencia. En tales circunstancias, el candidato liberal Enrique Olaya Herrera les arrebató el poder y abrió un período de 16 años de hegemonía liberal en el cual se dieron los primeros pasos para sacar a Colombia del régimen feudal en que se encontraba sumergida. Pero el Partido Conservador recuperó el mando político en las elecciones de 1946 con Mariano Ospina Pérez a causa de la escisión liberal entre los candidatos presidenciales Gabriel Turbay y Jorge Eliécer Gaitán.
Gaitán fue un líder formalmente liberal pero de convicciones socialistas, que insurgió con gran fuerza contra lo que él llamaba la “oligarquía conservadora” y la “oligarquía liberal”, que en su opinión representaban los mismos intereses socioeconómicos. Su ideología se llamó en Colombia >gaitanismo. Fue asesinado el 9 de abril de 1948 en las calles de Bogotá. El crimen produjo una gigantesca y violenta ola de protesta popular, denominada “el bogotazo". Las masas enfurecidas y delirantes salieron a incendiar los edificios emblemáticos del poder conservador: el Ministerio de Gobierno, el Ministerio de Educación, el Ministerio de Relaciones Exteriores, la Gobernación de Cundinamarca, la Procuraduría de la República, el Palacio Arzobispal, la Nunciatura Apostólica, el colegio de los hermanos cristianos, el diario “El Siglo” de propiedad del líder conservador Laureano Gómez y otros edificios públicos o privados que de alguna manera simbolizaban la política conservadora.
A partir de ese momento, conservadores y liberales se envolvieron en una lucha a muerte a lo largo de una década en las ciudades y campos de Colombia. En tales circunstancias, los expresidentes Laureano Gómez, conservador, y Alberto Lleras Camargo, liberal, se reunieron en 1957 en la pequeña ciudad costanera de Sitges en Cataluña —durante la dictadura militar del teniente general Gustavo Rojas Pinilla— y acordaron formar el llamado Frente Nacional para conjurar la violencia que tan dolorosamente estremecía a su país, afirmar el sistema democrático sobre bases más firmes, instituir el bipartidismo liberal-conservador por 16 años y asegurar la gobernabilidad de Colombia.
Esa concertación se conoció también con el nombre de Pacto de Sitges, por el lugar donde fue suscrita, y en virtud de ella los dos partidos se comprometieron a turnarse en el poder por cuatro períodos presidenciales, con gabinetes ministeriales compartidos y paridad en la administración pública, compromiso que se consagró y oficializó en una enmienda constitucional aprobada por >referéndum el 1º de diciembre de 1957.
El proceso de concertación de Colombia tuvo como antecedentes el Manifiesto de Benidorm en 1956 por el que se creó el Frente Nacional, el Pacto de Marzo en 1957 para oponerse a la continuación del régimen militar del teniente general Gustavo Rojas Pinilla y el Pacto de Bogotá en el mismo año, que sentó las bases de la alianza entre ambos partidos.
De acuerdo con lo estipulado, con el apoyo electoral de ellos fue elegido presidente en 1958, con el 80% de los votos, el doctor Alberto Lleras Camargo, líder liberal, quien en 1962 fue sustituido por el conservador Guillermo León Valencia, que al final de su mandato entregó el poder al liberal Carlos Lleras Restrepo, y éste al conservador Misael Pastrana Borrero, con cuyo ejercicio presidencial terminó en 1974 la concertada alternación y se abrió el libre juego político de los partidos.
Pero el bipartidismo liberal-conservador prosiguió al ritmo de las elecciones presidenciales: se turnaron en el poder, por la vía electoral: el liberal Alfonso López Michelsen (1974-1978), el liberal Julio César Turbay Ayala (1978-1982), el conservador Belisario Betancur (1982-1986), el liberal Virgilio Barco (1986-1990), el liberal César Gaviria (1990-1994), el liberal Ernesto Samper (1994-1998) y el conservador Andrés Pastrana (1998-2002).
Su colapso vino, como ya lo hemos dicho, a partir del año 2002, con la elección de Uribe, su reelección cuatro años después y los triunfos electorales de Santos en el 2010 y en el 2014, en que se presentó un desordenado y cambiante multipartidismo.
México abandonó el sistema de partido único, sustentado en la fuerza electoral del Partido Revolucionario Institucional (PRI), y ha ido hacia el tripartidismo del Partido de Acción Nacional (PAN), el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y el PRI, como lo han demostrado las cifras de la elección presidencial del 2 de julio del 2000, en que triunfó el líder del PAN, Vicente Fox; las de la elección del 2 de julio del 2006, que llevó al poder a Felipe Calderón; y las que dieron el triunfo a Enrique Peña Nieto, candidato del PRI. el 1 de julio del 2012.
En la España de la restauración democrática se implantó el dualismo del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y el Partido Popular (PP), con una muy baja participación de la Izquierda Unida.
El último bipartidismo entró en proceso de rompimiento durante la segunda década de este siglo con la irrupción de nuevos partidos en la vida política española: Unidos Podemos (UP) y Ciudadanos (C's).
Estos nuevos partidos germinaron en el marco de la profunda crisis social, política, económica y moral de España bajo el régimen del conservador Partido Popular (PP), liderado en ese momento por Mariano Rajoy, quien además desempeñaba la Presidencia del Gobierno.
Fue en aquellas condiciones que un grupo de jóvenes profesores universitarios de izquierda —Pablo Iglesias, Ïñigo Errejón, Juan Carlos Monedero y otros— fundó en enero del 2014 el partido político denominado Unidos Podemos (UP) para acabar con lo que ellos llamaban la "casta política" imperante, terminar con el “turnismo” —término con que se referían a la alternación en el poder de los dos partidos clásicos— y establecer una "verdadera democracia" en España.
Así nació también el partido Ciudadanos (C's) —fundado en la plataforma política Ciutadans de Catalunya creada el 7 de junio del 2005 en Barcelona por un grupo de intelectuales, profesores y profesionales— con base en alianzas con otros movimientos políticos regionales y con la incorporación —no exenta de polémicas— de políticos de otras agrupaciones, que inició sus acciones en el 2014, bajo el joven liderazgo de Albert River, con participación en las elecciones seccionales y nacionales de España. C's se autoubicó ideológicamente en el centroizquierda.
Hay que recordar, por su vinculación al tema, el inédito episodio de masas que ocurrió en España el 15 de mayo del 2011: miles de jóvenes de diferente procedencia política y económica se concentraron en la plaza Puerta del Sol de Madrid para expresar su desencanto con la crisis económica, el desempleo, la falta de oportunidades —España tenía en ese momento el índice más alto de desocupación juvenil: 43%—, la corrupción de los políticos, la voracidad de los empresarios, los abusos de los bancos y una serie de otras realidades negativas.
Los jóvenes —que se autodefinieron como "un grupo de ciudadanos de diferentes edades y extractos sociales" cabreados por "las traiciones que se llevan a cabo con el nombre de democracia"— demandaron "¡democracia real, ya!".
El malestar social que sacudía España era profundo.
A su movilización —que no fue violenta y tuvo desbordes de alegría— la denominaron rebelión de los indignados, bajo la inspiración, sin duda, del opúsculo "Indignez-Vous!" que había publicado poco tiempo antes el diplomático y escritor judío-francés Stéphane Hessel —excombatiente de la resistencia gala, torturado por la GESTAPO, cautivo en los campos de concentración nazis durante la Segunda Guerra Mundial y uno de los redactores de la Declaración Universal de los Derechos Humanos—, en el que, a sus 93 años de edad, exhortaba a la juventud a abandonar la indiferencia e indignarse porque "el mundo va mal, gobernado por unos poderes financieros que acaparan todo".
Del pequeño opúsculo de Hessel —32 páginas— se vendieron alrededor de cuatro millones de ejemplares en el mundo. Su autor murió en París dos años después, el 26 de febrero del 2013.
La rebelión de los indignados —que en sus orígenes fue un acto de descontento generacional— amplió después la composición y el contenido de su protesta cuando la Puerta del Sol volvió a coparse de gente que compartía esas y otras preocupaciones. Y entonces se proclamó el derecho a la resistencia y la desobediencia civil y se agregaron nuevas reivindicaciones a la causa original: la separación de la religión y el Estado, la educación pública laica, el cierre de las centrales nucleares, la sostenibilidad ecológica, la reducción del gasto militar y el repudio a los políticos, a los partidos políticos y a los sistemas electorales que les "perpetúan en el poder".
Las movilizaciones de los indignados despertaron simpatía dentro y fuera de España y tuvieron ecos inmediatos en otras ciudades europeas, asiáticas, norteamericanas y latinoamericanas: Nueva York, Washington, Atlanta, Los Ángeles, Buenos Aires, Ciudad de México, Guatemala, Montevideo, Roma, Lisboa, Bruselas, Hong Kong, Taipei, Atenas, Tokio, Berlín, Londres y otras más —donde se clamó por "cambio" global" y "democracia real" y se gritó contra los políticos, los banqueros, los grupos de poder económico, las corporaciones transnacionales y los empresarios de Wall Street.
Fue en este marco que surgieron en España los nuevos partidos Unidos Podemos y Ciudadanos, que rompieron el bipartidismo tradicional en las elecciones del 26 de junio del 2016, en que los españoles acudieron a las urnas para elegir diputados con el propósito de instituir el próximo gobierno de su país. Triunfó en ellas el Partido Popular (PP) con el 33% de los votos y obtuvo 137 de los 350 escaños del Congreso de los Diputados, seguido por el PSOE, bajo el joven liderazgo de Pedro Sánchez, con el 22,7% de la votación y 85 escaños, Unidos Podemos 21,1% y 71 diputados, y Ciudadanos 13,% y 32 diputados. Los restantes escaños se distribuyeron entre los partidos pequeños.
En el sistema gubernativo español, que es una monarquía parlamentaria, los ciudadanos votan por sus representantes en el Congreso de los Diputados y en el Senado, quienes a su vez eligen al Presidente del Gobierno.
En los países escandinavos se ha mantenido el bipartidismo entre socialdemócratas y conservadores.
En todo caso, el bipartidismo es el predominio político y electoral de dos partidos en un país, que se expresa generalmente como alternación de ellos en el ejercicio del poder.