El estado de barbarie era fundamentalmente, entre los clásicos, una noción de extranjería y de incomprensión del habla de los extranjeros, aunque el término adquirió progresivamente connotaciones de atraso y rusticidad de costumbres, cosa que los griegos y romanos adjudicaban a los demás pueblos. No les entendían lo que hablaban y por tanto les creían inferiores y sentían un profundo menosprecio por ellos. Paradójicamente, cuando Grecia fue reducida a provincia romana en el año 146 a. C., bajo el nombre de Achaie, el pueblo heleno fue incluido entre los “bárbaros” por los invasores romanos. Lo cual ciertamente que resultaba irónico porque los griegos fueron vencidos por las armas pero conquistaron culturalmente a sus invasores. Lo cual demuestra la relatividad de la noción de barbarie. Ya lo dijo Montaigne: llamamos barbarie a aquello que no forma parte de nuestros usos. De modo que con esta palabra —derivada del latín barbaria— se designaba en la Antigüedad a toda la gente de fuera de Grecia y de Roma.
Pero la palabra barbarie, aparte de la significación de “extranjería”, señalaba también la carencia de la civilización y el refinamiento propios de los pueblos avanzados de su tiempo, la tosquedad de las costumbres y los usos y la incipiencia e insipiencia de las ideas.
El filósofo e historiador italiano Giambattista Vico (1668-1743) denominó barbarie al estado rudimentario y feroz en que vivieron los grupos humanos primitivos. Dio al término una connotación de rudeza y brusquedad.
Los atributos específicos de la barbarie, entendida en contraposición con la civilización, son el atraso e irracionalidad en la organización social, la no participación en la vida política, dependencia, sojuzgamiento, crueldad, falta de refinamiento, estratificación social, despotismo y superstición.
La palabra ha tenido distintas aplicaciones en el tiempo y en el espacio. En la Antigüedad, como hemos visto, el término “bárbaro” fue utilizado por los griegos y los romanos para designar al extranjero. En épocas recientes generalmente se lo usa en contraposición a civilización, esto es, como una etapa en el desarrollo de la sociedad humana. La barbarie precedió a la civilización. Fue, por así decirlo, la “infancia” del género humano. El sociólogo y etnógrafo norteamericano Lewis Morgan (1818-1881), después de haber investigado profundamente la vida de varias tribus primitivas, con algunas de las cuales incluso vivió, dividió a la historia de la humanidad en tres grandes etapas, según su grado de desarrollo: salvajismo, barbarie y civilización. A cada una de las dos primeras la subdividió en tres estadios: inferior, medio y superior. Para eso tomó como punto de referencia la “habilidad en la producción de los medios de existencia” que, según él, era lo más adecuado para establecer el grado de superioridad y de dominio sobre la naturaleza conseguido por el hombre. Observó que “todas las grandes épocas del progreso de la humanidad coinciden, de una manera más o menos directa, con las épocas en que se extienden los medios de alimentarse”.
En este sentido la barbarie fue una etapa intermedia en el desarrollo de la especie humana. Así utilizó el término también Federico Engels, para quien el momento característico de la barbarie fue la domesticación y cría de animales y el cultivo de los cereales.
Pero la palabra ha recibido muchas y muy variadas interpretaciones. Se la emplea también para designar el estado de esclavitud y desorden político de una sociedad, en la que han zozobrado los más elementales derechos humanos, aun cuando en sus demás componentes ella esté dentro de los linderos de la civilización. En este sentido se habla, por ejemplo, de la “barbarie nazi” o de la “barbarie de Somalia” o de la “babarie de Siria”.