Es, en su sentido más general, el juicio crítico que una persona hace sobre sus propios actos, consciente de sus capacidades y limitaciones.
Toda persona sensata evalúa su comportamiento y realiza autocrítica. Sólo los tontos no lo hacen. Ellos carecen de autocrítica. Y en la vida política hay una clase de tontos —tontos solemnes y expansivos— que consideran que “siempre están bien” y que no se plantean siquiera la posibilidad de haber errado.
Esos tontos autosuficientes causan destrozos y calamidades en la vida pública.
El político, mientras más inteligente y sensible —y no es fácil pedir sensibilidad a los políticos—, tanto más se vuelca sobre sí mismo y más exigente se torna en el juzgamiento de sus actos y posiciones. Acepta sus errores, indaga las causas que los generaron, busca los medios para corregirlos y toma las acciones preventivas para no repetirlos.
Este debería ser un proceso normal en el interior de las organizaciones políticas para desintoxicarlas con el autoanálisis.
Recuerdo que en los primeros tiempos de la vida del Partido Izquierda Democrática del Ecuador —que, con su ideología socialista democrática, fundé en los años 70 del siglo anterior— las reuniones de la dirigencia comenzaban siempre con un espacio de autocrítica, que nos ayudaba a detectar nuestros errores y a encontrar el rumbo.
La autocrítica es muy conveniente para los >partidos políticos a fin de oxigenarlos, promover un desarrollo saludable de ellos y profundizar el sentido democrático de su militancia.
Pero en los ámbitos partidistas del fascismo, nazismo y falangismo las cosas fueron diferentes. No hubo la menor autocrítica para sus crímenes. Y algo parecido ocurrió en el comunismo, a pesar de que Stalin afirmó, en “Principios de Leninismo”, que la autocrítica, como método de trabajo, posee virtudes pedagógicas y que “sólo así pueden formarse verdaderos cuadros y verdaderos dirigentes del Partido”, y que Mao Tse-Tung sostuvo que los comunistas tienen en sus manos “el arma marxista-leninista de la crítica y de la autocrítica” y que el reconocer públicamente los propios errores “es un rasgo fundamental que nos distingue de los demás partidos: la práctica consciente de la autocrítica”.
Pero todos estos principios se distorsionaron por la presión del autoritarismo vertical de las cúpulas dirigentes. Y se llamó autocrítica al sistema implantado por el >estalinismo en los partidos comunistas de la Unión Soviética y de los países de su órbita de influencia para purgar y eliminar a sus miembros que caían en desgracia. Fue un método para defender el “monolitismo” de los partidos. Quienes discrepaban de las verdades oficiales o por cualquier otra razón perdían la confianza del <aparato, eran procesados penalmente. Y en sus declaraciones indagatorias ellos solían aceptar toda clase de culpas y de errores. Abjuraban de sus ideas y se acusaban a sí mismos de los peores crímenes contra el Estado. Su actitud iba más allá de la autocrítica: era en realidad autoacusación, que servía de antecedente para su condena y punición.