Se da este nombre, tomándolo de la palabra inglesa accumulation acuñada por los economistas norteamericanos, al acopio de capital proveniente de las utilidades de la actividad productiva, sea con fines de ahorro, de inversión o de consumo.
La acumulación es un fenómeno que se da lo mismo en los sistemas capitalistas que en los socialistas, sólo que en los primeros los excedentes van a parar a manos privadas y en los segundos al patrimonio del Estado. Y, en este caso, hay diferencias, naturalmente. En el socialismo marxista, en que todos los medios de producción están bajo el control y la gestión estatales, la acumulación beneficia exclusivamente al Estado; pero en los sistemas mixtos de economía, propugnados por los otros tipos de socialismo, ella es compartida por el Estado y los particulares, dependiendo de cómo se distribuye la gestión de las distintas áreas de la economía.
El capitalismo es un sistema económico que se funda en la acumulación privada de los rendimientos de la actividad económica. Esa acumulación forma el capital. La acumulación es la razón de ser del sistema. Y las leyes promueven la optimación de los rendimientos de las actividades productivas, que conduce a la concentración piramidal de la riqueza y el ingreso en manos privadas.
La teoría económica ha ofrecido diversas explicaciones al fenómeno de la acumulación, en función de los puntos de vista ideológicos. Los economistas clásicos Adam Smith (1725-1790) y David Ricardo (1772-1823), a fines del siglo XVIII y principios del XIX, en el marco del incipiente capitalismo en que les tocó vivir, explicaron la acumulación como el resultado de la tendencia al ahorro de las clases ricas que posibilita el aumento de la producción en el futuro. Distinguieron, al efecto, la renta bruta, de la que dedujeron todos los gastos necesarios para el mantenimiento de la producción —o sea el desgaste del capital fijo, la reposición de materias primas y otros egresos de operación— de la renta neta, a la que consideraron como el excedente de recursos utilizables para el ahorro, la ampliación de la producción o el consumo. Los economistas clásicos y sus seguidores consideraron que el incremento de los >salarios disminuía las posibilidades de acumulación y por tanto frenaba el progreso productivo.
El >marxismo difundió este concepto como parte de la ley general de la acumulación capitalista formulada y desarrollada por Carlos Marx en su obra fundamental: “El Capital”.
Marx sostiene que el capitalista no puede, aunque quiera y por más derrochador que sea, gastarse toda la plusvalía en satisfacer sus necesidades y caprichos, de modo que es inevitable que buena parte de ella se transforme en capital y concurra al constante proceso de su acumulación. La >plusvalía es, en términos marxistas, la ganancia del dueño del medio de producción que consiste en la diferencia entre el cúmulo de riqueza creada por el trabajador en un período determinado y el monto del salario que recibe. El trabajador sólo necesita una parte de su jornada para crear la riqueza equivalente a su remuneración. El resto de ella trabaja gratuitamente para su empleador y representa un beneficio neto de éste. Para decirlo con palabras de Marx: la plusvalía surge porque las mercancías que produce el trabajador “encierran más trabajo del que paga el que se las apropia”. Esa diferencia, que es la parte de trabajo no pagada al proletario, se lleva el capitalista y con ella forma sus utilidades, que luego son capitalizadas. Así se produce una retroalimentación: la plusvalía brota del capital pero, a su vez, genera más capital. De modo que a mayor plusvalía corresponde mayor acumulación de capital y a mayor acumulación de capital mayor plusvalía, en un proceso ascendente y continuo.
Marx distinguía, en el desarrollo de la acumulación, el capital constante y el capital variable. El primero estaba destinado a adquirir los instrumentos de producción —maquinarias y bienes de capital— mientras que el segundo financiaba los salarios de la fuerza de trabajo. A partir de esa distinción Marx descubrió que el capital constante tendía a crecer mucho más rápidamente que el capital variable. Peor aun: que el crecimiento del primero era a costa del segundo, de modo que la acumulación capitalista significaba una continua disminución relativa del capital destinado al pago de la fuerza de trabajo. Lo cual se traducía, según lo observó Marx, en un empobrecimiento creciente de los trabajadores sea por la compresión de sus salarios, sea por el ahorro de mano de obra causado por los progresos de la tecnología. “Esta ley, según la cual el capital constante tiende a aumentar en relación con el variable, es confirmada a cada paso”, escribió Marx. Todo lo cual le llevó a vaticinar que la concentración de la riqueza en el un polo social y de la miseria en el otro terminaría por producir la revolución proletaria impulsada por el gran ejército de hambrientos, que nada tienen que perder más que sus cadenas, contra la ínfima minoría de opulentos que detenta el poder.
Sin el incremento creciente de la plusvalía y la consiguiente acumulación de capital, dice Marx, la máquina capitalista dejaría de funcionar. De allí que los conceptos de plusvalía y acumulación son esenciales al sistema.
Marx habla en el libro primero, sección séptima, capítulo XXIV, de su obra de la acumulación originaria, es decir de “una acumulación que no es resultado sino punto de partida del régimen capitalista de producción”, en contraste con la acumulación posterior que, sobre esa base, sigue adelante con el proceso concentrador. La acumulación originaria no nace de la plusvalía puesto que es anterior a ella. “Tal acumulación originaria —dice Marx con su fina ironía— viene a desempeñar en economía política el mismo papel que desempeña en teología el pecado original”. Y se burla de la explicación que los economistas clásicos dan al fenómeno en el sentido de que en remotos tiempos había una minoría trabajadora, inteligente y ahorrativa, que sacaba buen provecho de su trabajo y acumulaba sus utilidades, en contraste con el tropel de descamisados haraganes que derrochaban cuanto poseían y que por ello nada tenían que vender más que su pelleja. Los economistas clásicos explican que de este “pecado original” arranca la pobreza de la gran mayoría y la riqueza de una minoría, “riqueza que no cesa de crecer —según dice Marx— aunque haga ya muchísimo tiempo que sus propietarios han dejado de trabajar”.
El >marxismo hizo una dura crítica al sistema de acumulación capitalista. A partir de su concepto del valor, formuló la teoría de la plusvalía para explicar el origen de los beneficios o ganancias de los dueños del capital. El trabajador, en el sistema capitalista, se ve obligado a vender su >fuerza de trabajo y, a cambio de ella, recibe una determinada remuneración. Durante su jornada de labor crea un cúmulo de riqueza que entrega al dueño del instrumento de producción, pero como lo que recibe por salario es menor a lo que genera con su fuerza de trabajo, el empresario se beneficia con la diferencia. Esta es la plusvalía, o sea el trabajo no pagado, que es, según el marxismo, la fuente de la acumulación del capitalista.
Esta plusvalía —que el empresario siempre trata de optimarla, sea disminuyendo el salario, sea aumentando la jornada suplementaria— se reparte entre el dueño del instrumento productor de los bienes, el comerciante que los pone en circulación, el proveedor de la materia prima, el banquero que presta el dinero para las operaciones industriales y mercantiles, el dueño de la tierra y otros capitalistas que participan en el proceso.
La plusvalía, así distribuida, concurre a engrosar el capital de sus receptores. Los capitalistas transforman la plusvalía que perciben en capital. Este es el proceso al que los marxistas llaman acumulación de capital, cuyas leyes señalan que a mayor plusvalía hay mayor acumulación de capital y, recíprocamente, a mayor acumulación, mayor plusvalía. Este es el círculo virtuoso de la concentración de la riqueza en cada vez menor número de manos.
De este modo Marx, partiendo de los conceptos de los economistas clásicos, formuló la ley de la acumulación capitalista, cuyo planteamiento central es que el modo de producción caracterizado por la propiedad privada de los instrumentos generadores de la riqueza acentuará progresivamente la diferencia económica entre los dueños del capital, cada vez en menor número, y la creciente masa de proletarios empobrecidos, hasta que fatalmente se producirá la explosión revolucionaria que llevará al poder a la clase obrera.
Este hecho, para los teóricos marxistas, fue simplemente inevitable en los países altamente industrializados, puesto que la lucha de clases librada entre una minoría de capitalistas opulentos y la inmensa mayoría de proletarios desafortunados no podría terminar sino en el triunfo definitivo de estos últimos. Esta es la lógica de la acumulación capitalista. A empresarios cada vez más opulentos, situados en el un polo de la organización social, corresponden más obreros asalariados, cada vez más pobres, en el otro.
Sin embargo, por diversas razones que no es del caso analizar aquí, las previsiones marxistas no se han cumplido en toda su magnitud y la evolución del capitalismo ha tomado un camino diferente.
El concepto de acumulación ha llegado a ser común a todas las escuelas económicas. Todas ellas han elaborado sus propias teorías de la acumulación, aunque en el fondo el concepto es el mismo: el empresario destina buena parte de los beneficios que devenga su actividad productiva a la formación de capital para la ulterior inversión. Esto aumentará en el futuro, en los sistemas económicos de libre mercado, los beneficios del capitalista y, por tanto, también la acumulación.
En una suerte de alegato en favor de la acumulación Adam Smith sostuvo que “los grandes capitales crecen con más rapidez que los capitales pequeños”. Dentro de esta lógica los empresarios tienden a marginarse la mayor porción posible de las utilidades de la empresa, para lo cual bajan al máximo los costes de producción y comprimen hasta donde les es posible los salarios y beneficios de los trabajadores.
En los países de economía de mercado son los empresarios privados, acicateados por la perspectiva de obtener beneficios más elevados en el futuro, los dueños de la iniciativa de acumular sus utilidades y destinarlas a la inversión. Las leyes, con la exoneración de impuestos o con impuestos más bajos a la parte de las utilidades destinada a la reinversión, suelen favorecer este proceso acumulativo.
En los sistemas de economía mixta, en que el Estado y los agentes económicos privados comparten tareas y responsabilidades en el desarrollo económico y social, parte de la acumulación de capital va a parar al sector público, cuyo destino es financiar los nuevos planes de inversión de las empresas que están a su cargo.
El capital es uno de los factores de la producción, juntamente con el trabajo y la tecnología. En cualquier sistema la acumulación tiene relación directa con el desarrollo en la medida en que posibilita la inversión. A mayor acumulación corresponde mayor inversión. Eso explica el diferente ritmo de crecimiento económico de los países industrializados, que tienen altas tasas de acumulación, en relación con los subdesarrollados, cuyos índices de ahorro son muy exiguos, aparte de que en los primeros el uso del capital es más provechoso por el mejoramiento constante de la tecnología. En ellos el capital es más productivo. Hay una relación constante entre tecnología y productividad. A mejor tecnología corresponde mayor productividad y, por consiguiente, mejores rendimientos y mayor acumulación.
Venciendo la propensión natural hacia el consumo, los agentes económicos privados dirigen sus ingresos o parte de ellos hacia el ahorro, la formación de capital y la inversión. El ahorro es la diferencia entre la renta neta y el consumo. La inversión representa un aumento real de capital en forma de maquinarias, equipos, herramientas, inmuebles y tecnología para la producción de bienes o servicios. Todo sistema económico produce un determinado cúmulo de bienes de capital para emplearlos en la producción de otros bienes. Los bienes de capital generalmente son de larga vida. El consumo y el ahorro son incompatibles entre sí puesto que cada unidad monetaria destinada al consumo representa una sustracción a los fines del ahorro y, por consiguiente, de la inversión.
La acumulación puede también ser vista desde la perspectiva internacional, esto es, con referencia a la forma como se distribuye el producto mundial entre la población de los diferentes países. Todos los datos apuntan a señalar una creciente polarización entre los países ricos y los pobres. El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) ofreció informaciones alarmantes respecto del tema en su documento sobre desarrollo humano de 1996. En él afirmó que en los últimos treinta años la participación en el ingreso mundial del 20% de la población más pobre del planeta se redujo del 2,3% al 1,4%, mientras que la del 20% más rico aumentó del 70% al 85%. Y concluyó con una denuncia impresionante: “hay en el mundo 358 personas cuyos activos se estiman en más de mil millones de dólares cada una, con lo cual superan el ingreso anual combinado de países donde vive el 45% de la población mundial”. Esto significa que está en marcha un proceso muy agudo de acumulación a escala internacional.
De modo que la ley de la acumulación capitalista rige también en el orden internacional: los países industriales invierten parte de sus excedentes en los países subdesarrollados y en sus colonias para maximizar los ingresos y capitalizarlos. Este es, según Marx, el origen del >colonialismo y del >imperialismo. La acumulación internacional de capital obedece a los mismos principios que la acumulación interna y ha concentrado el ingreso y la riqueza mundiales en pocos países frente a la pobreza en los demás.