La palabra proviene del latín absolutus, participio pasivo de absorvere, que significa “desligado”, “irrestricto”, “incondicionado”, “independiente”, “que es y vale por sí mismo”, “que no deriva su poder de fuente superior”, “que no sufre subordinación”. Se la empezó a utilizar en Francia —absolutisme— durante la Restauración para referirse a la monarquía absoluta, después pasó al inglés —absolutism— en las primeras décadas del siglo XIX y de allí al castellano.
El absolutismo fue una forma específica de organización del poder que se dio durante los siglos XVI, XVII y XVIII, a partir de la unificación de los Estados europeos —España, Inglaterra y Francia— bajo la monarquía absoluta y que rigió hasta la Revolución Francesa. Fue un poder no compartido. Las mismas personas ejercieron las facultades legislativas, ejecutivas y judiciales. Fue un poder centralizado y despótico fundado en la >legitimidad monárquica, exento de limitaciones jurídicas y de efectivación de responsabilidades, ejercido hereditaria y vitaliciamente en nombre de la divinidad, que incursionó en todos los ámbitos de la vida social. La frase “el Estado soy yo”, que se atribuye a Luis XIV de Francia, resume las características del poder absoluto de que disfrutaron los monarcas de su tiempo, quienes reunieron en sí todos los poderes del Estado —y por eso el nombre de absolutismo—, o sea el poder de hacer las leyes y el de abrogarlas, decretar la guerra o la paz, administrar el Estado, impartir justicia entre los súbditos e imponer tributos, facultades que posteriormente, a partir de la transformación de Francia y como una de las grandes conquistas de la Revolución, fueron encomendadas a distintas personas para desconcentrar el poder y precautelar la libertad de los gobernados.
Es cierto que había un ordenamiento jurídico —el ordenamiento monárquico— pero éste era producido por el monarca que siempre podía eximirse de la obligación de acatarlo. El monarca estaba situado por encima de la ley y era dueño de una voluntad omnímoda y de un poder absoluto.
En este régimen político, la >soberanía residía en la persona del monarca, llamado por antonomasia el soberano, quien ostentaba la totalidad del poder y determinaba los destinos nacionales.
Una de las características del absolutismo fue que el soberano reclamó un derecho divino de gobierno sobre la sociedad. Se consideró un enviado de dios para conducir a su pueblo. Fue el típico gobernante por la gracia de Dios. La monarquía absoluta fue, por tanto, sagrada. A los súbditos no les quedó, como dijo el prelado francés Jacques-Bénigne Bossuet (1627-1709) a fines del siglo XVII, más que obedecer aun en el caso de un príncipe injusto y opresor, puesto que “la impiedad declarada, y hasta la persecución, no eximen a los súbditos de este deber de obediencia ”.
En el absolutismo monárquico la actividad económica de la sociedad estaba totalmente reglamentada. Tarifas aduaneras rigurosas y reglamentaciones navieras obstaculizaban el comercio exterior. Todo el quehacer económico de la sociedad estaba estratificado. Eran los tiempos de la escuela económica mercantilista. Lo cual provocó la reacción del liberalismo económico con su conocida fórmula del >laissez faire, que se impuso más tarde cuando la burguesía triunfó con sus renovadoras ideas.
Aunque no constituyó un período histórico homogéneo, el absolutismo monárquico fue una fuerza decisiva en la historia europea desde la paz de Westfalia hasta la Revolución Francesa porque con su centralismo político contuvo las tendencias centrífugas de las principales familias nobles, deseosas de independencia, e impulsó el proceso de formación del Estado como nueva forma de organización social, dotada de un gobierno central, una burocracia al servicio del monarca, un ejército mercenario y un aparato tributario encargado de obtener los recursos monetarios para el mantenimiento de la administración pública y de la casa real. El absolutismo fue, en este sentido, el origen del >Estado moderno y respondió a una necesidad histórica.
Absolutismo y >totalitarismo son dos sistemas despóticos aunque enclavados en diferentes épocas: los siglos XVI, XVII y XVIII el primero y el siglo XX el segundo. Pero además de su distinción temporal tienen otras diferencias entre sí: el absolutismo fue hereditario, el totalitarismo no; el totalitarismo invadió todas las esferas de la actividad humana mientras que el absolutismo dejó en libertad ciertos espacios de la vida individual y social. Talvez fue cuestión de tecnología antes que de vocación. El totalitarismo advino cuando el poder opresivo y las policías de seguridad contaban ya con sistemas avanzados de espionaje y de control sobre la población, cosa que no existía en los tiempos del absolutismo.