La palabra proviene del ruso kreml, que designa la parte alta y fortificada de una ciudad. El kreml era el recinto amurallado de las antiguas ciudades rusas y de allí derivó la palabra kremlin para designar, por antonomasia, la fortaleza o el alcázar donde residían en Moscú los zares de Rusia.
El Kremlin soviético es el equivalente al <capitolio en el mundo occidental, o sea la fortaleza de la ciudad, ubicada en un lugar cimero de ella, donde opera su centro político.
El Kremlin fue en sus orígenes una ciudad medieval amurallada, emplazada sobre una colina a la orilla del río. En su torno se formó y creció posteriormente, más allá de las murallas, la ciudad de Moscú, que a finales del siglo XV, liberada de la dominación tártara-mongol, se convirtió en la capital de todas las tierras conquistadas por el expansionismo ruso bajo el liderazgo del Gran Príncipe Iván III, quien en 1495 se otorgó a sí mismo el título de “Soberano de todas las Rusias”. Iván III reconstruyó el Kremlin, dio forma a su maravillosa arquitectura de torres, palacios, museos, murallas, puertas, catedrales e iglesias, y lo convirtió en su esplendorosa residencia y en la sede de su gobierno. Fue el majestuoso escenario de las grandes ceremonias y recepciones oficiales, conmemoraciones históricas, festivales artísticos, ritos religiosos y procesiones cortesanas. Hombre de Estado y diplomático de talento, Iván III hizo del Kremlin un centro cultural y artístico de primer orden en el mundo de su tiempo, al que concurrieron los más destacados intelectuales, escritores, filósofos, arquitectos, pintores y músicos de Occidente. Allí estuvieron los maestros del Renacimiento italiano que entre 1475 y 1495 dejaron su impronta en la opulenta arquitectura de las murallas, las torres y las iglesias. Uno de sus grandes constructores fue el eminente arquitecto italiano Aristotele Fioravanti —autor de la muralla fortificada de Bolonia, del castillo del duque de Milán, de un puente sobre el Danubio en Hungría y de muchas otras obras notables de su tiempo—, que por invitación de Iván III llegó a Moscú en 1475.
El Kremlin, convertido desde esos remotos tiempos en el mayor monumento arquitectónico de Rusia, está asociado a las más dramáticas páginas de la historia rusa. Allí se escenificaron encarnizadas batallas contra los invasores, rebeliones populares, la coronación de los zares, ceremonias políticas y grandes fiestas para celebrar los triunfos militares. El Kremlin fue el lugar de residencia de los zares y, después del triunfo de la revolución de octubre, la sede del gobierno comunista soviético. Por mucho tiempo fue el centro de las decisiones políticas y el símbolo del poder comunista internacional.
En el orden semiológico, el Kremlin fue al mundo comunista lo que la Casa Blanca al capitalista. Durante la <guerra fría, en la terrible dinámica de la confrontación nuclear entre las dos superpotencias, las “decisiones de Washington” tuvieron su contrapartida en las “decisiones del Kremlin”.
El Kremlin está rodeado de una gigantesca muralla de ladrillo, coronada por 19 torres, entre las que está la hermosa torre Spasski con el reloj. Su edificio más importante es el Gran Palacio, construido de 1838 a 1849 por un grupo de arquitectos rusos para el emperador Nicolás I en el mismo lugar en donde estuvo el antiguo palacio de los zares, que fue incendiado en 1812, cuando invadieron Moscú las tropas napoleónicas. En su interior se levantan la Torre de la Trinidad, la Catedral de los Doce Apóstoles, la Catedral de la Asunción y los edificios administrativos del gobierno.
Junto al Kremlin está la Plaza Roja —llamada así por el color de su ladrillo y no por alguna referencia ideológica—, donde en los tiempos de los zares se levantó el cadalso de ejecuciones de sus adversarios políticos y bajo el régimen marxista fue el gigantesco escenario de los actos de masas y de los desfiles militares conmemorativos de la gran revolución socialista de octubre y del día internacional del trabajo. La Plaza Roja está escoltada por la muralla del Kremlin y en ella se encuentran emplazados el mausoleo de Lenin y la hermosa catedral de San Basilio.
En 1987 una noticia dio la vuelta al mundo: un joven aventurero alemán llamado Mathias Rust, burlando todos los radares y controles aéreos, aterrizó en la Plaza Roja con un pequeño avión monomotor.