“zippies”

            Fueron los portadores de una curiosa y contradictoria subcultura en la Inglaterra de los años 80 del siglo anterior, cuando ese país era el segundo en el mundo en cuanto al número de personas “conectadas” a <internet, después de Estados Unidos de Norteamérica. Los zippies, según algunos observadores, fueron la versión informática y digital de los hippies de los años 60. Por eso se los llamó también cyberhippies. Mark Dery afirmó que ellos eran “una combinación de los niños de las flores de los 60 y los tecnólogos de los 90”. Herederos directos de la contracultura hippie de los años 60 y denominados, por eso, “neo-hippies”, los zippies solían utilizar lo que sus antecesores menospreciaron en su momento: la tecnología de última generación; y se alejaban, por tanto, de la “tecnofobia” de los <hippies y de sus otros predecesores.

            El pensamiento zippy trata de combinar la cultura científica ultramoderna  —informática, robótica, algoritmos, la física cuántica de Max Planck, fractales—  con el <deísmo, la búsqueda del nirvana, la emancipación de los sentidos, el hedonismo y un romántico anarquismo. Cosas que, en la cultura convencional inglesa, aparecen como incompatibles. Ellos son una demostración de que el ser humano, por inteligente que sea, difícilmente puede liberarse de sus factores emocionales y romper su adhesión emotiva a alguna divinidad.

            La palabra zippie se formó con las siglas de “Zen-inspired professional pagans” (profesionales paganos inspirados en Zen). En su pensamiento se da una extraña mezcla de tecnología y misticismo religioso oriental. Zen es una variante del budismo hindú desarrollada en China y Japón, que a través de la meditación y la contemplación trata de ver el mundo tal como es. Pagano, por definición, es idólatra y politeísta. Y los zippies lo son no sólo de las deidades zen sino también de los “dioses tecnológicos” que reinan en el ciberespacio. Cultivan la idolatría de los íconos cibernéticos, surgida al amparo de la revolución digital de nuestros días y fruto del impacto de la tecnología electrónica en la sociedad y en la cultura.

            Son jóvenes urbanos de entre quince y veinticinco años, desenvueltos y seguros de sí mismos, cargados de ambiciones y aspiraciones, que caminan con briosos pasos en la búsqueda de desafíos y riesgos. Miran hacia adelante. Anhelan ganar dinero y, cuando lo tienen, lo gastan sin sentimientos de culpa.

            Este movimiento cultural, social y político tiene sus “héroes”  —Timothy Leary, Terence McKenna, Alexander Shulgin, John Lilly—  y sus pensadores  —Rupert Sheldrake, Richard Dawkins, Benoit Mandelbrot, Werner Heisenberg, Douglas Hofstadter—,  que han contribuido a dar forma a la subcultura zippy, que es una subcultura en las entrañas de la sociedad digital englobante de todos los aspectos y manifestaciones de la vida individual y social.

            El fenómeno de los zippies, que es una simbiosis de los sentimientos comunitarios de los viejos hippies con las posibilidades creadas por las tecnologías electrónicas de la revolución digital, se extendió desde Inglaterra hacia otros lugares del mundo desarrollado. Los zippies son los hippies de la sociedad digital con su lema actualizado a las condiciones de la vida social con el cambio del milenio: love, peace, and cyberspace. Tienen, sin duda, un cierto parentesco con otros ciber-rebeldes, como los hackers, los crackers, los script bunnies, los insiders y otros protagonistas de la piratería informática que, dominando la alta tecnología, transgreden deliberadamente el <ciberespacio y sus reglas. Mantienen una actitud crítica de protesta y rechazo contra los dueños de la información electrónica y buscan democratizarla. Son portadores de una subcultura cibernética. Hablan de la “nueva ética” y profesan una diferente filosofía de la vida individual y social.

            Los zippies nacieron en el corazón de la sociedad mundial de la información y se sienten muy vinculados a la comunidad de internet, que es el grupo humano unido por encima de las fronteras nacionales en función de algo que sus miembros tienen en común: el intercambio de información. Pero hay más: en la comunidad de la red, los internautas conversan, se escriben, abren foros, discuten, conspiran, se divierten, hacen negocios, comercian, se prestan servicios, difunden propaganda y contrapropaganda políticas, hacen pornografía, dan vía libre a sus fantasías sexuales, copulan (virtualmente), visitan museos, consultan libros digitales, asisten a exhibiciones artísticas e, incluso, consuman fraudes y estafas por la vía electrónica.

            Fue el escocés Fraser Clark, editor de la revista independiente londinense Encyclopaedia Psychedelica  —creada en 1986—,  el “chamán” de los zippies y tuvo la iniciativa de utilizar la fuerza de las nuevas tecnologías para potenciar los lazos de cohesión comunitaria.

            La cibercultura, es decir, la cultura de la revolución informática, tiene esquemas mentales, comportamientos, actitudes, modos de producción, estratificación social, valores, formas de relación e identificación social muy peculiares, contra los que han insurgido los zippies, que luchan por la libertad en el ciberespacio y plantean que la información debe ser libre, que el acceso a los ordenadores y a la red debe ser irrestricto, que hay que descentralizar la información, que el ciberespacio no debe ser controlado por grandes empresas transnacionales, que la prestación de los servicios informáticos no debe ser tan excluyente ni tan onerosa. Puesto que Buda, el filósofo fundador del budismo, sostuvo que la fuente del sufrimiento es el deseo de poseer, los zippies no ponen mucho énfasis en el derecho de propiedad privada, que es uno de los pilares fundamentales de la cultura imperante.

 
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