xenofobia

            La palabra se compone de dos voces griegas que significan extranjero y espantarse. De allí que ella denota no sólo una aversión enconada al extranjero sino además el temor obsesionante de su presencia. Ella implica odio y miedo juntos. Sentimientos que hunden sus raíces ancestrales en las épocas tribales de la humanidad y que están generalmente inspirados en el temor obsesivo e irracional de los miembros de una comunidad étnica y cultural hacia quienes no pertenecen a ella.

            La xenofobia conduce a excesos lamentables de hostilidad contra los extranjeros. Hace poco parecía ya una superada aberración del primitivismo tribal de la humanidad. Sin embargo, hay un peligroso renacimiento de los sentimientos xenófobos en Europa y Estados Unidos de América a causa de la creciente presión de los emigrantes asiáticos, africanos y latinoamericanos por asentarse en los países desarrollados. Esta inmigración es considerada como una amenaza para la cohesión social y para la identidad cultural de ellos por la formación de enclaves étnicos en el seno de sus sociedades. A lo cual hay que añadir el celo de las poblaciones locales por defender sus puestos de trabajo frente a la competencia de la mano de obra barata que viene de fuera.

            La xenofobia representa una flagrante contradicción con las ideas de la <globalización que vuelan por el planeta porque, mientras ellas impulsan el libre flujo de los capitales, la tecnología, el conocimiento, la información, el turismo y los transportes, los países desarrollados imponen inflexibles limitaciones al movimiento de los trabajadores extranjeros, es decir, a la mano de obra, que es uno de los factores de la producción.

            Pero la xenofobia se ha agudizado también en ciertos países del tercer mundo. El integrismo árabe es una clara expresión de xenofobia. Para lograr este fin los fundamentalistas se proponen doblegar a los impíos a través de la guerra santa (la yihad), en la seguridad de que “la muerte por la gloria de Alá es nuestra mayor ambición”, según repitió Hassan al Bana, el fundador de la Hermandad Musulmana.

            Una de las más fanáticas expresiones del fundamentalismo fue el régimen del ayatolá Ruhollah Jomeini en Irán, a partir de la toma del poder en 1979 tras destronar al autócrata sha Pahlevi, que impuso las más fanáticas y primitivas normas y jueces religiosos especiales para aplicarlas y castigar con penas muy severas  —cárcel, flagelación o muerte—  los actos impíos, tales como la extravagancia, el derroche, la hipocresía, el juego, el adulterio, la occidentalización de las costumbres, la compasión por los ateos y la traición a sus añejos principios.

            El fundamentalismo islámico se ha exacerbado en los últimos años tanto porque sus líderes han sabido aprovechar para su causa la insatisfacción popular ante la creciente pobreza de las masas, regidas por sistemas políticos y económicos reñidos con la modernidad, como por la reacción violenta que en los pueblos musulmanes han producido los nacionalismos que tienden a dar mayor importancia a la watan que a la umma y la globalización con sus efectos occidentalizadores que amenazan la identidad, la concepción del mundo, la religión y las costumbres islámicas.

            Hay una “occidentalización” de la cultura universal que se manifiesta no sólo en las altas y sofisticadas expresiones de la tecnología sino también en la forma de organizar la sociedad, en su economía, en la renovada escala de valores éticos y estéticos, en las costumbres, en las pautas de consumo, en los modos de vestir y en muchos otros elementos de la vida cotidiana. Están en camino de eclipsarse los valores de las viejas culturas de Oriente a pesar de sus hondas raíces en el pasado y se está formando un mundo homogeneizado por la fuerza avasalladora del capitalismo occidental que ha extendido por todas partes el poder de sus conocimientos científicos y tecnológicos y que ha modelado una forma de sociedad que tiende a volverse universal.

            No obstante, el profesor norteamericano Samuel Huntington (1927-2008) maneja una tesis diferente. Sostiene que “la creencia de Occidente en la universalidad de la cultura occidental padece de tres problemas: es falsa, es inmoral y es peligrosa”. Falsa, porque otras civilizaciones siguen normas y principios diferentes; inmoral, porque “el imperialismo es la consecuencia lógica y necesaria de la universalidad”; y peligrosa, porque puede causar un conflicto de grandes proporciones entre las civilizaciones.

            Me parece que el controversial catedrático de Harvard suplanta sus deseos a las realidades puesto que resulta evidente que la exportación de conocimientos científicos y la transferencia tecnológica de las potencias occidentales hacia el resto del mundo constituyen vehículos de penetración cultural que socavan las bases de las viejas civilizaciones. No hay más que ver los grados crecientes de “occidentalización” de los pueblos orientales, que han adoptado formas de vida, pautas de consumo, costumbres, modos de vestir que no son los suyos. La globalización de las comunicaciones por satélite  —que hace posible que los mismos programas televisuales se vean igual en un departamento de Manhattan que en una carpa de beduinos o en una choza del altiplano andino—  tiene una irresistible fuerza de transmisión de valores culturales. Es cuestión de tiempo. La corriente de <aculturación seguirá su curso a menos que las sociedades orientales y los pueblos de las otras culturas se aislen, extirpen la televisión satelital, supriman el turismo y renuncien a los avances tecnológicos, como pretenden los fundamentalistas islámicos. O hagan lo que los soldados talibanes afganos en julio de 1998: incursionar en las tiendas de artefactos electrónicos de Kabul y destruir todos los televisores y magnetófonos porque “las películas y la música llevan a la corrupción moral”, según afirmó el Ministerio de la Promoción de la Virtud y de la lucha contra el Vicio. Operación acompañada de la prohibición de poseer televisores y de la acción pública de denuncia contra este delito sancionado por la inquisición islámica de principios del siglo XXI, así como de la prohibición de que las mujeres trabajen o estudien y de que los hombres se corten la barba o usen ropa occidental.

            La penetración cultural de Occidente puede ser todo lo inmoral y peligrosa que quiera el controvertido profesor Huntington, y además alienante, pero es una realidad. Él mismo reconoce en su libro que las alineaciones definidas por la ideología han sido sustituidas por las fronteras culturales. Y es fácil ver que en la nueva diagramación del planeta el intercambio cultural entre Occidente y los pueblos no occidentales es absolutamente asimétrico, dado que es inmensamente mayor el volumen de conocimientos y de información que sale de Occidente que el que éste recibe de Oriente. Casi han llegado a ser sinónimas las palabras “modernización” y “occidentalización”. Hoy más que ayer el conocimiento científico y tecnológico es el factor de dominación internacional e intercultural más importante.

            Para hablar en términos del escritor estadounidense Alvin Toffler (1928-2016), la civilización de la “tercera ola”, o sea la civilización de las altas tecnologías del conocimiento y la informática, se impondrá irremediablemente a la civilización de la “primera ola”, representada por los países agrarios del mundo oriental.

 
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