violencia

            El hombre es un ser esencialmente agresivo. Lo ha demostrado a lo largo de la historia. Con excepción de ciertos roedores, ningún otro vertebrado suele destruir a miembros de su propia especie ni se complace en ejercer crueldad sobre sus semejantes.

            No conozco, en otra escala zoológica, seres que hayan implantado la tortura ni organizado campos de concentración para atormentar a sus semejantes. Las armas químicas, bacterianas y nucleares son inventos humanos. Los mayores logros de la ciencia se han dado en el campo de los instrumentos con que los hombres pretenden destruir a los hombres.

            A mediados de noviembre del 2009 se capturó en Lima a los miembros de la banda criminal Los Pishtacos del Huallaga que secuestró y descuartizó a cerca de doscientas personas en los departamentos andinos de Huánuco y Pasco en Perú para extraer la grasa de sus cuerpos y venderla a empresas europeas fabricantes de cosméticos. La banda decapitaba a sus víctimas y, en rudimentarios laboratorios, las descuartizaba, colgaba de un gancho metálico y con aplicaciones de calor extraía la grasa de sus cuerpos, que era después purificada para venderla al precio de quince mil dólares el litro. Juntamente con los peruanos formaban parte de la organización criminal dos italianos. Al momento de la detención de sus integrantes, la banda tenía 17 litros de grasa humana en “stock”, listos para ser exportados.

            A esos extremos llega la crueldad del hombre.

Sin embargo, nos damos el lujo de usar nombres de animales para insultar a los demás y solemos calificar como “brutal” o “bestial” un comportamiento humano extremadamente agresivo o cruel, sin percatarnos de que los animales inferiores en la escala zoológica tienen conductas mucho menos despiadadas. Sarcásticamente, los actos brutales o bestiales nacen de los hombres y no de los animales. El ser humano es, de todos los seres que pisan la tierra, el más bárbaro y desalmado en sus odios y venganzas, en sus emulaciones y rivalidades, en sus ansias de poder y de riqueza.

            Muchos creen que en el código genético del hombre está inscrita la violencia. Por eso ella está presente en casi todas las manifestaciones humanas. Volviendo la mirada hacia atrás, tanto como alcance nuestra vista, encontraremos violencia. Violencia que se manifiesta en la guerra, en la política, en las relaciones interpersonales, en el trato con los animales, en la vinculación con el medio ambiente. Pandit Jawaharlal Nehru (1889-1964), uno de los inspiradores del Movimiento de los Países no Alineados, en su libro autobiográfico afirma que a la violencia le correspondió un dilatado papel en la historia de la humanidad y que la paz fue sólo una tregua entre dos guerras. Ojalá  —pienso yo—  algún día se pueda decir lo mismo de la paz. Para que eso sea posible debemos declarar con Thomas Jefferson (1743-1826), el redactor de la Constitución norteamericana, hostilidad eterna a toda forma de tiranía que actúe sobre el cuerpo o el espíritu de los hombres.

            Algunos piensan que la política es necesariamente una relación de poder y de violencia. Para ellos la ética política es distinta de la ética individual porque es una ética que tiende a justificar la conquista, a veces violenta y despiadada, de metas consideradas como legítimas para el grupo.

            El líder y pensador hindú Mahatma Gandhi (1869-1948) rechazó todos los tipos de violencia y no solamente la violencia armada. Repudió cualquier forma intencional de violencia que inflija daño al ser humano: la muerte, el sufrimiento físico, el tormento moral o psíquico, ya sea por acción u omisión.

            Gandhi distinguió tres tipos de no violencia: la no violencia del fuerte, la no violencia del débil y la no violencia del cobarde.

            La no violencia del fuerte es la posición de quienes, teniendo posibilidades reales de ejercerla, se niegan a hacerlo por consideraciones morales, aun para defender causas justas. La no violencia del débil es la de aquellos que, en una situación conflictiva aguda, no pueden recurrir a los métodos violentos porque no disponen de los medios necesarios. Y la no violencia de los cobardes es la actitud de quienes, no por principios morales sino por pura pusilanimidad o egoísmo, huyen de la violencia. Gandhi repudió esta conducta y en una declaración sorprendente en él dijo alguna vez que “si la única opción posible fuera entre la cobardía y la violencia, yo aconsejaría la violencia”.

            Pero la violencia tuvo también muchos y célebres apologistas. Uno de ellos, el filósofo y físico francés Georges Sorel (1847-1922), dedicó un libro a exaltarla. En su “Reflexiones sobre la violencia”, publicado en 1908, formuló la diferencia entre la fuerza y la violencia. Afirmó que “la fuerza tiene por objeto imponer la organización de un cierto orden social en el que una minoría gobierna, mientras que la violencia tiende a la destrucción de este orden”. Y agregó: “La burguesía ha empleado la fuerza desde el comienzo de los tiempos modernos, mientras que el proletariado reacciona ahora contra ella y contra el Estado por la violencia”.

            Por tanto, sostuvo que la violencia proletaria tiene una moralidad. Es benéfica y moralizadora incluso para la burguesía contra la cual va dirigida porque al verse obligada a defenderse del proletariado fuerte y decidido tendrá que desarrollar sus propias potencialidades, con lo cual la sociedad capitalista alcanzará su perfección histórica. Escribió también que la violencia proletaria salvará a Europa que está “embrutecida por el humanitarismo, el pacifismo y el espíritu democrático”.

            Sorel escarneció la democracia parlamentaria. Predicó contra los “socialistas parlamentarios”, los “reformistas”, los “pacificadores de todo pelaje”, los “solidaristas” y los “católicos sociales”. Contra todos ellos lanzó el sindicalismo revolucionario y la violencia proletaria llamada a concretarse en la huelga general. Fue Sorel quien elaboró la teoría de la huelga general como arma de lucha política de los trabajadores para colapsar en pocos días el <capitalismo industrial y producir la transformación revolucionaria de la sociedad.

            Carlos Marx, por su parte, dijo que la violencia era la partera con ayuda de la cual una sociedad vieja da a luz una nueva sociedad. La violencia, para Marx, tuvo un carácter instrumental. En su mente estaban sin duda los recuerdos de las revoluciones que dieron fin al feudalismo e implantaron el orden burgués. Todas ellas fueron movimientos violentos. Sin la revolución inglesa de 1688, la revolución americana de 1776, la revolución francesa de 1789 y las guerras napoleónicas que se extendieron hasta 1815 no pudiera concebirse el salto de la sociedad feudal a la sociedad burguesa, que representó un gran avance en la historia. Este gran salto fue posible por la acción de la violencia revolucionaria, dijo Marx. La propia <dictadura del proletariado, en cuanto forma de gobierno para reducir la resistencia de la burguesía, está impregnada de violencia. De modo que la violencia es, desde el punto de vista marxista, un ingrediente fundamental para cambiar el curso de la historia.

            La violencia tiene muchos rostros. Hay una violencia de arriba, institucionalizada por leyes y sistemas inicuos, y una violencia de abajo que se expresa como reacción contestataria contra la primera. La violencia implantada por leyes y sistemas inicuos deja una secuela de pobreza y opresión, y recibe como respuesta la violencia contestataria que combate la violencia con más violencia. Lo cual genera una violencia multiplicada: violencia de las formas de organización social imperantes y violencia como réplica de quienes sufren la injusticia de ellas: violencia reactiva, que llama el psicoanalista austriaco Erich Fromm.

            Dilatadamente vivió la humanidad bajo la cultura de la guerra, según la precisa expresión que escuché a Federico Mayor, director general de la UNESCO. Nuestra civilización, por desgracia, se ha basado por siglos en la violencia: desde la violencia lúdica que se expresa en las competencias deportivas  —que en el fondo tiene también inconscientes motivaciones agresivas—  hasta la violencia necrófila de ciertos psicópatas que han alcanzado posiciones de mando político, militar o religioso a lo largo de la historia y que han convulsionado sus propios países y han ensangrentado los linderos del mundo. La historia de la humanidad hasta nuestros días se ha elaborado en buena parte por obra de las acciones bélicas. La histora del hombre ha sido una historia de violencia constante.

            Sin embargo, en los últimos tiempos y en razón de diversos factores la violencia contestataria se ha dirigido principalmente por el atajo de la criminalidad. Ya no produce, como antaño, grandes hechos políticos sino que se desfoga en la violación cotidiana de la paz y de la seguridad de las personas. Por ejemplo, según informaciones que trajeron en 1996 la revista norteamericana “Latin Trade” y la inglesa “The Economist”, en el mundo se registraron 6.500 secuestros durante 1995 de los cuales el 80% se produjo en América Latina y de ese porcentaje el 90% fue inspirado en ánimo de lucro y no en motivaciones políticas. Lo cual demuestra que la violencia ha tomado otra dirección. Sus motivaciones por lo general no son políticas, en el sentido estricto de la palabra, aunque sus raíces se encuentren en las disparidades e injusticias de los regímenes políticos. En general, la violencia se presenta como un “lenguaje” en la comunicación de los pobres con el resto de la sociedad. Lenguaje que surge por la presión constante de la explotación y el abuso de que ellos son víctimas.

            El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) informó en septiembre del 2011 que Latinoamérica era la región más violenta del mundo, con un promedio de 23 asesinatos anuales por cada 100.000 habitantes. El director regional del organismo internacional precisó que aunque Latinoamérica tiene el 9% de la población mundial suma el 27 por ciento de los homicidios a escala global. Y, dentro de la región, El Salvador y Guatemala eran los países más violentos con 71 y 52 homicidios por cada 100.000 personas, respectivamente.

            El Observatorio Venezolano de Violencia (OVV), en su informe de diciembre del 2012, afirmó que Venezuela  —bajo el gobierno del teniente coronel Hugo Chávez—  fue el país más violento e inseguro de América Latina y el Caribe durante ese año, en que se produjeron 21.692 homicidios, lo cual significó un índice de 73 por cada cien mil habitantes. Y el distrito federal de Caracas, con 122 asesinatos por cada cien mil pobladores, fue el más violento de Venezuela, seguido por los estados de Miranda con 100 homicidios, Aragua 92, Vargas 83 y Carabobo 66. Pero a la muerte de Chávez en el 2013 y el advenimiento del gobierno de su sucesor Nicolás Maduro la violencia no sólo que siguió sino que se agravó como un martirio para el pueblo venezolano.

            El Institute for Economics and Peace (IEP), con sede en Sydney y en Nueva York, en colaboración con el Centre for Peace and Conflict Studies de la Universidad de Sydney y con la Economist Intelligence Unit, elabora anualmente el Índice Global de Paz (IGP)  —Global Peace Index—,  que mide el grado de tranquilidad, armonía y concordia social que existe en los países. Lo hace en función de varios elementos referenciales de naturaleza cuantitativa y cualitativa, entre ellos: procesos económicos, número de pobres, homicidios por cada cien mil habitantes, nivel de estabilidad política y tolerancia social, grado de corrupción, relaciones con los países vecinos, guerras internas y externas, nivel de respeto a los derechos humanos, número de personas encarceladas, gastos en armamento y equipo militar, volumen de las fuerzas militares y policiales y otros indicadores.  

            En su versión correspondiente al año 2014, tras estudiar 162 países del mundo, estableció el orden de ellos en función de la paz. Los primeros quince fueron: Islandia con 1.189 puntos, Dinamarca con 1.193, Austria 1.200, Nueva Zelandia 1.236, Suiza 1.258, Finlandia 1.297, Canadá 1.306, Japón 1.316, Bélgica 1.354, Noruega 1.371, República Checa 1.381, Suecia 1.381, Irlanda 1.384, Eslovenia 1.398 y Australia 1.414. Europa occidental volvió ser la región más pacífica del mundo con nueve países entre los quince primeros. Señaló que los quince más violentos eran, en orden descendente: Siria, Afganistán, Sudán del Sur, Irak, Somalia, Sudán, República Centroafricana, República Democrática del Congo, Pakistán, Corea del Norte, Rusia, Nigeria, Colombia, Israel y Zimbabue.

            Según este índice, en América Latina y el Caribe los países más pacíficos eran: Uruguay, Chile, Costa Rica, Argentina, Panamá, Nicaragua,  Bolivia, Paraguay, Cuba y Guyana. Y los más violentos: Colombia, México, Venezuela, Perú, Honduras, El Salvador, Guatemala, Jamaica, Haití y República Dominicana.

            El IEP sostuvo que el potencial beneficio económico de un mundo totalmente pacífico sería de 9 trillones de dólares anuales y que una baja anual del 25% en los niveles de violencia política y terrorismo mundiales sumaría al menos 2,25 trillones de dólares. Estos podrían ser los dividendos anuales de la paz.  

            El Oriente Medio y África del Norte son regiones terriblemente violentas. En ellas la inspiración de su violencia es principalmente de índole cultural y religiosa. En febrero del 2006 las calles de los países musulmanes  —desde el norte de África hasta el golfo Pérsico, incluidos Siria, Jordania, Líbano, Irán, Afganistán, Irak, Pakistán, Indonesia, Mauritania y Malí—  fueron el escenario de grandes e iracundas movilizaciones de masas en protesta por la publicación de unas caricaturas de Mahoma en el periódico danés "Jyllands-Posten" y en la revista noruega "Magazinet", reproducidas después por los diarios "France Soir" y "Le Monde" de París. El odio de los musulmanes se disparó principalmente contra Dinamarca, Noruega y Francia. Se quemaron banderas europeas y estadounidense. En Damasco la muchedumbre prendió fuego a las sedes diplomáticas de Dinamarca y Noruega. Bajo el rugido de "muerte a Europa" fue atacada con bombas molotov la embajada danesa en Teherán. En Beirut, al grito de "¡no hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta!", turbas enloquecidas incendiaron el consulado danés y destrozaron iglesias y locales comerciales en el barrio cristiano de Achrafiyé. Un coche-bomba estalló frente a la embajada danesa en Islamabad y mató a ocho personas e hirió a 27. El mulá talibán Dadullah ofreció cinco kilogramos de oro por cada cabeza de soldado noruego acantonado en Afganistán. Y, desde la vertiente oriental, el expresidente iraní Hashemi Rafsanyani consideró que la publicación de tales caricaturas "es un complot del mundo occidental contra el Islam".

            Cinco años después de esos acontecimientos, el Servicio de Seguridad e Inteligencia danés (PET) informó el 29 de diciembre del 2010 que detuvo a cuatro milicianos islámicos que habían planificado un ataque terrorista al diario "Jyllands-Posten" de Copenhague, que publicó las caricaturas del profeta Mahoma. Precisó Jakob Scharf, director del PET, que los detenidos fueron: un ciudadano tunecino de 44 años, un libanés de 29, un iraquí de 26  —que residía en Copenhague mientras solicitaba asilo—  y un residente sueco de 30, cuyo origen no se reveló.

            En el intento de matar al dibujante sueco Lars Vilks, que también publicó unas caricaturas de Mahoma en el diario "Nerikes Allehanda" en el 2007, el kamikaze islámico iraquí Taimour al-Abdaly  —de 29 años de edad, vinculado con al Qaeda, padre de dos hijos pequeños de 3 y 2 años, que estudió en una universidad inglesa—  se inmoló en la tarde del 11 de diciembre del 2010 en su intento fallido por producir una gigantesca matanza en un céntrico y concurrido sector comercial de Estocolmo. Su acción quedó frustrada porque no explosionó su coche-bomba. Como resultado de esa operación murió solamente el kamikaze y dos peatones quedaron heridos. La motivación: las "blasfemas" caricaturas de Mahoma, según pudo saberse por el mensaje electrónico enviado por el terrorista momentos antes de su acción.

            La quema de un ejemplar del Corán por el predicador cristiano estadounidense Terry Jones en una pequeña iglesia de Gainesville en La Florida el 20 de marzo del 2011, bajo la acusación de que el libro sagrado de los musulmanes era culpable del "asesinato, violación y tortura de personas por todo el mundo cuyo único crimen es no profesar la fe islámica", suscitó una nueva ola de indignación y violencia de los musulmanes. Manifestantes afganos, enfurecidos por la quema, invadieron el edificio de la ONU en Mazar i Charif, al norte de Afganistán, y mataron a siete de sus funcionarios. Y el grupo terrorista Hezbolá ofreció una recompensa de 2,4 millones de dólares por la cabeza del pastor fundamentalista norteamericano.

            El papa Benedicto XVI, en una conferencia que dictó en la universidad de Ratisbona el 11 de septiembre del 2006 durante su visita a Alemania, condenó la "guerra santa" de los islámicos  —la yihad—  y dijo que "la violencia contrasta con la naturaleza de Dios", al tiempo que citó las frases del emperador bizantino Manuel II pronunciadas a fines del siglo XIV: "Muéstrame algo nuevo que ha traído Mahoma y ahí sólo encontrarás cosas malas e inhumanas como su orden de difundir la fe usando la espada..." Esto levantó una otra de indignación, movilizaciones y protestas en el mundo islámico, desde Bangladesh hasta Marruecos, cuyos líderes religiosos acusaron al pontífice romano de iniciar una campaña de difamación contra el islam, e incluso lo amenazaron de muerte. La Organización de la Conferencia Islámica (OCI) levantó su voz de protesta. El parlamento pakistaní exigio que el papa retirara sus palabras. Los clérigos musulmanes de la India calificaron de "blasfemas" sus afirmaciones. Para el ayatolá Ahmad Jatamí, uno de los importantes clérigos chiitas de Irán, la declaración del papa "es una prueba de su ignorancia de la tolerante religión islámica". El ministro de asuntos exteriores de Egipto, Ahmed Abul Gheit, advirtió que las palabras del papa "pueden obstaculizar el acercamiento entre Oriente y Occidente". El primer ministro palestino Ismail Haniyeh afirmó que el pontífice "ha ofendido a todos los musulmanes" y promovió manifestaciones masivas de protesta en la franja de Gaza. La célula iraquí de al Qaeda prometió seguir con la yihad "hasta la derrota de Occidente". En un comunicado firmado por Ansar al Sunna y publicado en internet se afirmaba que "está cerca el día en que los ejércitos del Islam destruirán los muros de Roma".

            La guerra civil sudanesa, que se extendió por 40 de sus 54 años de vida independiente y que causó 300.000 víctimas y cuatro millones de desplazados, fue otro de los episodios de la violencia religiosa en el noreste del continente africano entre los grupos islámicos del norte y los grupos cristianos y multiétnicos del sur. Las milicias árabes trataron de exterminar a la población negra del oeste y del sur como parte de la limpieza étnica y religiosa que propugnaban los líderes islámicos del norte. Aldeas enteras de población negra fueron saqueadas y quemadas por las bandas armadas de janjawid. Sus habitantes fueron masacrados o tuvieron que fugar. Los campesinos se vieron forzados a abandonar sus pequeñas y pobres tierras. Sufrieron el saqueo de sus ganaderías. Fueron décadas de crímenes inenarrables. Y, como consecuencia de esos acontecimientos, amplios sectores de su población quedaron sumidos en la miseria, principalmente en la provincia occidental de Darfur.

            La milicia fundamentalista islámica Boko Haram, fundada en Nigeria  por Mohammed Yusuf el año 2002, lanzó en el 2012 una campaña de terror contra las instituciones educativas nigerianas y contra el "saber occidental". En abril de ese año, bajo el postulado de que "la educación occidental es un pecado", asaltó la universidad pública de Bayero en la ciudad de Kano y causó 16 muertos. En septiembre del mismo año expidió una declaración en la que amenazaba a diecinueve centros de educación superior con una oleada de atentados si no dejaban de impartir "educación occidental". Y, en cumplimiento de su amenaza, a comienzos de octubre atacó una residencia universitaria en el noreste de Nigeria y mató a veintiséis estudiantes. Todo por combatir la enseñanza de la ciencia "occidental" en los planteles de educación universitaria.

            El 5 de julio del 2013 terroristas del grupo Boko Haram asesinaron a cuarenta y dos estudiantes cristianos en la ciudad de Potiskum, al noreste de Nigeria, cuando asaltaron la escuela pública, la incendiaron con los alumnos y profesores dentro y dispararon contra quienes trataron de huir. Este grupo, en alianza con al Qaeda en el Magreb islámico y al Shabab en Somalia, luchaba por establecer un Estado islámico en el norte de Nigeria.

            El mismo grupo islámico secuestró el 14 de abril del 2014, en un colegio del pequeño poblado Chibok situado al noreste de Nigeria, 223 muchachas de entre 13 y 18 años de edad que estudiaban allí para venderlas como objetos sexuales. Todas ellas fueron sometidas a un brutal cautiverio sexual.

            El líder de la banda, Abubakar Shekau, declaró en la televisión que las había secuestrado "por orden de Alá" para sentar el precedente de que "la educación occidental debe cesar". Y proclamó: "Hermanos: deben cortar la cabeza de los infieles".

            Pocos días después  —el 5 de mayo—  miembros del mismo grupo terrorista, vestidos con uniformes militares y movilizados en vehículos blindados de transporte,  irrumpieron  en  la  pequeña  ciudad  de  Gamboru Ngala  al  norte  de  Nigeria  —que había sido usada como base de las tropas que buscaban a las niñas secuestradas—  y, al grito de "¡Dios es Grande!", dispararon indiscriminadamente granadas y bombas contra un mercado lleno de gente y prendieron fuego a los edificios para quemar vivos a quienes en ellos se refugiaron. La sangrienta operación arrojó 310 personas muertas. El ataque pareció ser una respuesta de la banda terrorista a la aceptación que el gobierno nigeriano diera a las propuestas de ayuda de Estados Unidos, Inglaterra, Francia y China para localizar a las niñas secuestradas veintiún días antes.

            La  banda  fue  responsable  el  domingo  1  de  junio  del  2014  de  otra  acción  terrorista:  la explosión de una bomba contra quienes veían por televisión un partido de fútbol en un concurrido bar de la ciudad nigeriana de Mubi  —al noreste del país—,  con el resultado de varias decenas de personas muertas. Cuatro días después al menos doscientas personas fallecieron en un nuevo ataque perpetrado por los terroristas. Vestidos con uniforme militar asaltaron las localidades de Attagara, Agapalawa y Aganjara en el Estado norteño de Borno, feudo político y operativo de la banda. Pidieron a la gente que se reuniera en la plaza central de esas localidades y luego abrieron fuego contra ella al grito de “¡Alá es Grande!”, según era su costumbre.

            Su cruel y despiadado líder, Abubakar Shekau, nacido en un poblado de agricultores y ganaderos en el noreste del país, estudió teología islámica en Maiduguri. Allí conoció al predicador Mohammed Yusuf, fundador del Boko Haram. Su objetivo central era hacer de Nigeria, por la fuerza de las armas, un Estado islámico. Para ello, utilizando la religión como instrumento, seducía y reclutaba a los jóvenes en su ejército de fanáticos islamistas. Y proclamaba: "me gusta matar a quien sea que Dios me pida matar". El propio nombre de la banda terrorista  —Boko Haram—  significa en su idioma original: "la educación occidental es un pecado".

            Este grupo fundamentalista  —en ataques contra escuelas, iglesias, mezquitas, mercados, entidades policiales y otros lugares públicos—  ha dado muerte a miles de personas desde el día de su insurrección contra Occidente.

            La milicia fundamentalista Estado Islámico (EI)   Islamic State of Iraq and Syria (ISIS), en su denominación en inglés—,  de tendencia sunita, es otra de las versiones de la violencia en nombre de dios. Sembró el terror en el norte de Irak a mediados del 2014 y en los años siguientes. Estaba conducida por Abu Bakr al-Baghdadi, quien pretendía establecer un califato regido por el Corán que abarcara Irak, Siria, Líbano y Jordania, en una primera fase, por encima de las fronteras estatales, y reclamaba la obediencia absoluta del mundo musulmán. Sus yihadistas, bajo la acusación de "adoradores del demonio", masacraron a los pobladores de toda la región y suscitaron una terrible crisis humanitaria. Decenas de miles de cristianos y yazidíes kurdos tuvieron que huir y emigrar tras las matanzas y crueldades de los yihadistas, que torturaban, decapitaban y enterraban vivos a quienes no se convertían al islam.

            Alrededor de 200.000 yazidíes y cristianos se vieron forzados a huir y refugiarse en las montañas de Sinyar, donde morían de hambre, de sed y de calor, bajo temperaturas superiores a los 40 grados centígrados.

            El gobierno iraquí pedía entonces ayuda internacional ya que sus tropas no tenían la capacidad para detener a los insurgentes islámicos.

            El 7 de agosto del 2014 el presidente Barack Obama decidió responder positivamente a los clamores del gobierno iraquí y ordenó a las fuerzas aéreas norteamericanas bombardear los cuarteles y posiciones de avanzada de los yihadistas, que habían tomado las ciudades de Mosul, Tikrit, Sinjar, Qaragosh, Sharqat, Kirkuk, Khanaquin, Bukamal, Al Qaim, Rutba, Jalawla y que se acercaban a Bagdad para someterla por la fuerza y asumir el poder total.

            Obama tomó la decisión de no enviar tropas terrestres sino bombardear las posiciones insurgentes mediante la aviación regular y los drones, en un movimiento militar que, según afirmó el presidente, era una operación "limitada en su alcance y duración" para evitar la toma de Erbil, capital del Kurdistán iraquí, por los yihadistas alzados en armas.

            A partir de ese momento, aviones estadounidenses e iraquíes asumieron también la misión de lanzar desde el aire alimentos, bebidas y elementos de ayuda humanitaria hacia las montañas de Sinyar para tratar de salvar la vida de los refugiados.

            En marzo del 2015, a causa del bombardeo de las fuerzas aliadas occidentales sobre la ciudad de Al Baaj, al noroeste de Irak, quedó gravemente herido Al Baghdadi, líder grupo terrorista Estado Islámico (EI), y murió pocos días después.  Inmediatamente  fue  sustituido  por  Abu Alaa al Afri  —también conocido como Abu Hasan, cuyo verdadero nombre es Abdelrahman Moustafa  al Qurdashi—,  quien asumió la jefatura suprema del grupo.

            Durante las acciones de violencia promovidas en el norte de Irak por Estado Islámico (EI) se produjo un hecho aterrador: el periodista norteamericano James Foley, secuestrado en Siria en noviembre del 2012 mientras cumplía sus actividades informativas para el GlobalPost, la Agence France-Presse (AFP) y otras agencias de comunicación sobre las revueltas contra el gobierno de Bashar al-Assad, fue brutalmente decapitado por Estado Islámico (EI) el martes 20 de agosto del 2014 en algún lugar del desierto iraquí.

            El degollamiento fue visto alrededor del mundo en un vídeo grabado por los terroristas y proyectado en internet a través de Youtube y otras redes, en el que se mostró con diáfana claridad cómo un encapuchado vestido de negro cortó el cuello de su víctima con un cuchillo.

            El vídeo de cinco minutos de duración tenía tres partes. Primero se insertó un discurso del presidente Barack Obama en el que anunciaba su decisión de bombardear a los milicianos de la banda yihadista Estado Islámico (EI) en el norte de Irak para defender a la población kurda; luego apareció Foley arrodillado sobre la arena junto a su verdugo, con sus manos atadas hacia atrás, y dirigió un mensaje en el que pedía a su familia y amigos que se levantasen contra el gobierno de Estados Unidos en protesta por los bombardeos en Irak; y finalmente se vio y escuchó al verdugo encapuchado, quien blandiendo un cuchillo afirmaba: "cualquier intento tuyo, Obama, de negar a los musulmanes su derecho a vivir en seguridad bajo el califato resultará en el derramamiento de sangre de tu pueblo", después de lo cual degolló a Foley, cuyo cuerpo inerte y la cabeza decapitada, echados sobre la arena, cerraban el vídeo.

            El cuadro fue espeluznante.

            Foley era un joven pero experimentado corresponsal de prensa, que después de cubrir la guerra en Libia y de haber sido apresado allí durante varias semanas por el régimen de Muammar Gadaffi, viajó a Siria para reportar la crudelísima guerra civil que se desarrollaba en sus campos y ciudades.

            Llamó la atención el acento británico del degollador, respecto de quien el gobierno de Londres afirmó que seguramente era uno de los ciudadanos ingleses convertidos al Islam e incorporados a la yihad de Irak y Siria. Por esos años los servicios de inteligencia habían registrado que alrededor de quinientos combatientes de la banda Estado Islámico (EI) eran de origen inglés y que había otros procedentes de Francia, Bélgica, Alemania, Suecia, Finlandia y otros países. Esos yihadistas europeos enrolados en las luchas del Oriente Medio pertenecían a la segunda o tercera generación de inmigrantes musulmanes en Europa y eran fanáticos seguidores del Islam.

            El servicio de inteligencia inglés identificó al sanguinario degollador: era un joven ciudadano británico de origen kuwaití llamado Mohammed Emwazi, que en el 2012 viajó a Siria y se incorporó a la banda yihadista Estado Islámico (EI), liderada por Abu Bakr al-Baghdadi.

            Resultó impresionante la gallardía y serenidad con que Foley arrostró su decapitación. No hubo una queja, un pedido de clemencia, ni siquiera un gesto. Y fueron muy claras sus reflexiones en torno a todas las vidas que se han llevado los bombardeos ordenados por su presidente. Dirigiéndose a sus padres y a los miembros de su familia, pidió que tomaran su muerte con dignidad y que no aceptaran "ningún tipo de compensación económica" de parte de quienes "pusieron el último clavo en mi ataúd", refiriéndose una vez más al gobierno estadounidense.

            Al final del vídeo apareció la imagen de otro periodista norteamericano: Steven Sotloff  —quien había sido secuestrado en Siria a mediados del 2013—,  con la leyenda escrita en árabe: "La vida de Steven Joel Sotloff depende de la próxima movida de Obama". Sotloff era un periodista de Miami, colaborador de la revista "TIME", del "Christian Science Monitor" y de otras publicaciones.

            Trece días después se repitió el episodio: el joven periodista Steven Sotloff fue degollado por el mismo verdugo y de la misma manera. El vídeo del crimen  —denominado segundo llamado para Estados Unidos—  fue también exhibido en internet. Y el verdugo enmascarado volvió a amenazar con su acento británico: "He vuelto, Obama. Y he vuelto debido a tu arrogante política exterior hacia el Estado Islámico". Al final del acto apareció el anuncio de que la próxima víctima será un rehén británico.

            Y la amenaza se cumplió. El sábado 13 de septiembre fue degollado por el cuchillo del mismo verdugo el ciudadano inglés David Haines (44 años) —quien había sido secuestrado en Siria en marzo del 2013 mientras trabajaba en una agencia humanitaria internacional— pocas horas después de que su familia pidiera públicamente clemencia al grupo fundamentalista. El primer ministro británico David Cameron calificó como "un acto inmundo" el degollamiento de su inocente coterráneo. Y, como siempre, al final del vídeo difundido en internet se reveló el nombre de la siguiente víctima: el ciudadano británico Alan Henning.

            Pero fue el turista francés Hervé Gourdel (55 años), secuestrado tres días antes en Argelia, el cuarto decapitado por la banda Estado Islámico (EI) en la mañana del 24 de septiembre. Su secuestro y degollamiento corrió a cargo del grupo argelino Yund al Jilafa, aliado de Estado Islámico (EI). En el correspondiente vídeo difundido a través de las redes sociales instantes después de la decapitación se pudo ver a un yihadista con la cabeza de su víctima en sus manos y el cuerpo degollado en el suelo. El presidente de Francia, François Hollande, declaró en Nueva York  —donde asistía a las sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas—  que su país no cedería ante el chantaje ni la amenaza de los grupos terroristas. Y Francia continuó con los bombardeos de su fuerza aérea, iniciados cinco días antes, contra las bases de Estado Islámico (EI) en territorios iraquí y sirio.

            La respuesta a esos actos brutales fue una amplia alianza antiterrorista impulsada por Estados Unidos y formada por cincuenta Estados de Europa, América, Asia y Oceanía  —incluidos varios Estados árabes: Arabia Saudita, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Jordania, Líbano, Irak, Catar, Omán, Bahréin, Kuwait—  que emprendió una operación militar de bombardeos en el norte de Irak para destruir el Estado Islámico (EI), que entrañaba una amenaza global.

            Los actos criminales extendieron por Francia, Dinamarca y los países de Europa occidental su fobia anti-islámica y su temor compulsivo. En lo que fue la mayor movilización de masas en las calles de París, una gigantesca marcha de protesta contra el crimen a la que concurrieron 1,6 millones de personas desbordó las calles parisinas. Nunca se había visto allí nada parecido. Estuvo encabezada por el presidente francés François Hollande, acompañado de jefes de Estado y de gobierno, ministros y líderes políticos de cerca de cincuenta países del mundo, entre los cuales estaban los gobernantes de Alemania, Inglaterra, España e Israel. No dejó de llamar la atención la presencia allí del presidente de Palestina, Mahmud Abbás.

            Pero las decapitaciones continuaron. El británico Alan Henning (47 años), quien fue secuestrado por los terroristas en diciembre del 2013 cuando laboraba como taxista voluntario de la organización no gubernamental Aid 4 Syria al servicio de los niños sirios, fue la quinta víctima occidental. Su degollamiento se difundió también en YouTube a través de un vídeo el 3 de octubre, en el que se escucharon sus últimas palabras. Y allí se advirtió que el norteamericano Peter Kassig será la siguiente víctima occidental, junto con decenas de kurdos y sirios. Esas decapitaciones se dieron en noviembre del 2014.

            La milicia terrorista, que tenía en su poder dos rehenes japoneses, formuló un ultimátum al gobierno de Tokio: si no pagaba 200 millones de dólares de rescate en el término de 72 horas, ellos serían degollados. El gobierno japonés se negó a pagar para no contribuir a crear una nueva forma de extorsión. Y el domingo 25 de enero del 2015, en un programa transmitido por Internet, un portavoz de la milicia informó que habían decapitado a Haruna Yukawa, uno de los dos rehenes, "tras expirar el plazo establecido a Japón". El otro rehén  —Kenji Goto, periodista japonés—  fue ejecutado seis días después.

            El Estado Islámico (EI) difundió por internet el 3 de febrero del 2015 un vídeo de 22 minutos de duración que mostraba a un hombre que era quemado vivo dentro de una jaula de hierro. Se trataba del piloto jordano Muaz Kasasbeh, capturado tras el estrellamiento de su avión F-16 en Siria el 24 de diciembre anterior durante un ataque contra las posiciones del grupo yihadista. Su espeluznante incineración se produjo el 3 de enero.

            La rama libia del Estado Islámico (EI) dio a conocer por TV el domingo 15 de febrero de ese año un vídeo que mostraba la decapitación de 21 cristianos coptos egipcios arrodillados en una playa, que habían sido secuestrados en Libia por la organización islamista.

            El presidente de Egipto, Abdelfatá al Sisi, manifestó por medio de la televisión estatal que “Egipto se reserva el derecho a responder de la manera adecuada” al asesinato.

            Pero Estado Islámico (EI) siguió adelante con sus acciones terroristas. El viernes 13 de noviembre del 2015 a las 10 de la noche  —en lo que fue hasta ese momento la acción terrorista más cruel y violenta después de la voladura de las torres gemelas de Nueva York—  un comando suyo de cuatro yihadistas penetró en la sala de conciertos Le Bataclan situada en el boulevard Voltaire en París, en donde se habían congregado unas mil quinientas personas para escuchar el concierto de la banda californiana Eagles of Death Metal, y, al grito de “¡Alá es grande!”, abrió fuego con sus metralletas y lanzó bombas explosivas contra el público, dando muerte a 89 espectadores y causando centenares heridos. 

            Fue una horrible carnicería. Los cadáveres yacían sobre las butacas y en el piso. Los gritos de dolor de los heridos estremecían el ambiente. Cuando los agentes de policía irrumpieron en el edificio, tres de los atacantes activaron sus cinturones explosivos y se suicidaron y el cuarto fue abatido por un elemento policial.

            Esa acción formó parte de seis ataques coordinados en diversos lugares de París, que dejaron 129 muertos y 352 heridos. Además de la tragedia en Le Bataclan los yihadistas abatieron a dieciocho personas en el boulevard de Charonne, cinco en el café Bonne Bière de calle Fontaine-au-roi, catorce en la calle Alibert cerca del restaurante Le Carillon y una en el boulevard Voltaire.

            Dos de las explosiones resonaron cerca del estadio durante el partido de fútbol que jugaban las selecciones de Francia y Alemania. Causaron cinco muertos. Los espectadores tuvieron que abandonar el estadio por las puertas de emergencia Lo hicieron en orden y con tranquilidad, mientras otra parte de los asistentes invadió la cancha. El presidente Hollande fue rescatado del lugar en un helicóptero.

            En un comunicado difundido por internet, el Estado Islámico reivindicó los ataques perpetrados por “ocho hermanos con cinturones explosivos y rifles de asalto contra lugares cuidadosamente escogidos en el corazón de París. Que Francia y aquellos que siguen su rumbo sepan que serán los blancos principales del Estado Islámico”, advirtió la organización terrorista, que contaba en sus filas con miles de extranjeros, incluidos centenares de franceses.

            El terror cundió en Francia y Europa. Y conmovió al mundo entero. El presidente Francois Hollande calificó a los atentados como “actos de guerra”, pero el Estado Islámico (EI) respondió que “Francia seguirá oliendo el olor de la muerte”.

            Los grupos palestinos Hamas, en el poder en la Franja de Gaza, y la Yihad Islámica condenaron los atentados de París.

            Tras  esos  ataques,  Anonymous  —la  mayor  red  de  hackers  del  mundo—  declaró la guerra cibernética contra el grupo terrorista Estado Islámico. A través de un vídeo difundido en internet, su enmascarado portavoz manifestó: "Esperen ciberataques masivos, se ha declarado la guerra. Estén preparados", ya que los ataques perpetrados en París "no pueden quedar impunes". Y advirtió que los miembros de Anonymous en todo el mundo emprenderán una cacería. "Sepan que los encontraremos  —dijo—  y que no los dejaremos ir".

            Con su guerra electrónica Anonymous se propuso erradicar toda la propaganda del grupo terrorista en la red. "Los franceses son más fuertes que ustedes y saldrán adelante de esta atrocidad, incluso más fortalecidos", reivindicó el enmascarado.

            Pero internet servía también a los grupos armados terroristas alrededor del mundo, que estaban en posibilidad no solamente de robar información para cumplir con mayor precisión y eficacia su acciones de violencia sino también de reclutar a través de su red a nuevos simpatizantes y activistas que operaran bajo sus consignas secretas en cualquier lugar de la geografía terrestre.

            La propia banda terrorista Estado Islámico (EI) se valió de internet a partir del año 2015 para sumar a sus filas alrededor de 25 mil jóvenes de un centenar de países.

            Las investigaciones llevaron a concluir que Bruselas fue el centro focal de la conspiración islámica contra París. En la capital belga nació y cursó sus estudios el joven Abdel-hamid Abaaoud, hijo de inmigrantes marroquíes, autor intelectual de los atentados.

            ¿Por qué Francia?, se preguntaba la gente. Pues por ser el país que más defiende los valores de la Ilustración del siglo XVIII, especialmente el laicismo, tan odiado por el radicalismo islámico.

            La coalición militar internacional liderada por Estados Unidos reforzó sus bombardeos contra los reductos yihadistas en Siria e Irak, mientras que Rusia inició los suyos contra las posiciones del EI en Siria, aunque los observadores occidentales sostenían que las acciones rusas afectaban más a los grupos de oposición al gobierno de Bashar al-Assad.

            El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas  —después de condenar en los términos más duros los ataques terroristas en Susa, Ankara, el derribo de un avión comercial ruso sobre el Sinaí, los ataques en París y todos los demás atentados terroristas de aquella época—  aprobó por unanimidad el 20 de noviembre del 2015 la Resolución 2249, en la que pidió a los gobiernos del mundo "redoblar esfuerzos y coordinar sus iniciativas para prevenir y frenar los actos terroristas" cometidos especialmente por el Estado Islámico, al-Qaeda y otros grupos islamistas y para detener el flujo de combatientes extranjeros hacia el Oriente Medio, puesto que un reporte del Congreso de los Estados Unidos rebeló a fines de aquel año que unos 4.500 jóvenes de los países occidentales habían abrazado la causa de la yihad islámica a partir del 2011.

            El 2 de diciembre del 2015 una pareja de desconocidos, que llevaba dos metralletas y dos pistolas automáticas calibre 9 milímetros, abrió fuego contra un centro se servicios sociales para discapacitados en la ciudad de San Bernardino, California, mientras sus miembros disfrutaban de una celebración de Navidad, y mató a diesciséis personas e hirió a veintiuna.

            Los jóvenes asesinos fueron prontamente alcanzados por la policía y murieron en el tiroteo.

            Cuatro días después, en una emisora radial de Al-Bayan, la milicia terrorista Estado Islámico (EI)  —Islamic State of Iraq and Syria (ISIS), en su denominación en inglés—  elogió el ataque y declaró que fue obra de sus jóvenes partidarios musulmanes Syed Rizwan Farook  —quien trabajaba como inspector de alimentos en el Departamento de Salud del condado de San Bernardino—  y su esposa Tashfeen Malik  —de ascendencia paquistaní—,  radicados en California.

            El FBI encontró en casa de los asesinos gran cantidad de explosivos y municiones  —más de 2.500 proyectiles de metralleta y 2.000 de pistola—  y otras evidencias de culpabilidad.

            Desde la oficina oval de la Casa Blanca, en la noche del domingo 6 diciembre, el presidente Obama expresó en un mensaje televisual que el ataque de San Bernardino fue un acto terrorista, que "el ISIS es una amenaza para todos" y prometió destruirlo. Llamó a la población a mantenerse alerta y vigilante. Por su parte, a través de un vídeo propagandístico que tenía en su poder la cadena de televisión Fox News, los yihadistas de la banda terrorista pronosticaron que "la Casa Blanca se volverá negra" con sus ataques.

            Como parte de la cadena de atentados islámicos, poco antes de las 8 de la mañana del 22 de marzo del 2016 fueron atacados con dos  explosiones  suicidas  el  aeropuerto  de  Zaventem  en  Bruselas  —uno de los más concurridos de Europa—  y, hora y media más tarde, con una tercera explosión, la céntrica estación Maelbeek del metro. Estos actos criminales, que causaron 35 muertos y 316 heridos, fueron reivindicados por el Estado Islámico (EI).

            De los cinco autores de los ataques, cuatro fueron identificados dos días después por la policía belga: Ibrahim El Bakraoui, Najim Laachcharou, Khalid El Bakraoui y Mohamed Abrin  —jóvenes islámicos de entre 31 y 24 años de edad—  de quienes los tres primeros murieron en los atentados suicidas.

            La policía de Bélgica estableció que estos terroristas islámicos estuvieron vinculados también a los actos de París.

            Cuatro días antes de los atentados fue capturado en el barrio de Molenbeek de Bruselas el terrorista más buscado de Europa en ese momento: Salah Abdeslam, vinculado a la masacre de París, que era el único de los atacantes que seguía vivo.

               Y otro acto terrorista se produjo en ese mismo día de marzo. Esa vez fue en Irak. Un joven kamikaze del Estado Islámico (EI) hizo estallar la carga explosiva que llevaba amarrada a su cuerpo y dio muerte a 40 personas e hirió a más de 80, la mayoría de ellas adolescentes que habían cometido el "pecado capital" de ir al estadio a ver un partido de fútbol occidental. La explosión se produjo en el preciso momento en que la gente se congregó en torno al alcalde Ahmed Shaker, quien entregaba los trofeos a los ganadores. Y entre los muertos estuvo el propio alcalde y los miembros de su equipo de seguridad.

            La ola de violencia por motivaciones religiosas y culturales recorre el mundo y se junta a la violencia política, económica y social. El espíritu irascible del ser humano aún no ha podido ser vencido por los avances de la ciencia y de la tecnología. 

            Pero si hay algo cierto en medio de las incertidumbres de nuestros días es el anhelo de paz de los pueblos  —no siempre compartido por los líderes religiosos y políticos y otros actores de la vida pública—,  de una paz y concordia social que se conviertan en una forma de vida habitual de la gente. Paz fundada en el respeto a las minorías étnicas, culturales y religiosas. Paz entendida no solamente como el silencio de los fusiles sino también como justicia social, equidad, bienestar. En suma, como el respeto al derecho ajeno que proclamó Benito Juárez, en la más lúcida definición de la paz.

            Y paz en el ámbito internacional para que nunca más los pueblos vuelvan a vivir los horrores de la guerra ni a sufrir las angustias de la amenaza nuclear.

            Un dato curioso respecto a los índices de criminalidad en el mundo es que, mientras en la mayoría de países las penitenciarías y las cárceles han colapsado por el creciente número de delincuentes detenidos, que ha rebasado sus capacidades logísticas, en Suecia la disminución del número de penados a partir del año 2012 llevó al gobierno de Estocolmo a clausurar cuatro de sus centros de prisión y uno de rehabilitación, que resultaban innecesarios. En aquellos años el 36% de los presos en Suecia eran por causa de robo, el 25% por narcotráfico y el 12% por delitos violentos.

 
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