valor

            Este es uno de los conceptos básicos de la cienca económica. Es la estimación que el hombre da a las cosas, por diversas razones: por motivos sentimentales, por la utilidad de ellas, por su poder para adquirir otras cosas, por la cantidad de trabajo que encierran, por el coste de su producción, por su escasez en el mercado, por su prestigio o por cualquier otra razón.

            Hay básicamente dos tipos de valor: el valor de uso y el valor de cambio. El primero está dado por la utilidad que una cosa o un servicio presta a quien lo necesita. Es su capacidad para satisfacer necesidades humanas. Las cosas inútiles carecen, por eso, de valor. Pero la utilidad es un concepto relativo. Una cosa puede ser útil para una persona y no para otra o puede ser útil hoy y no mañana. El concepto de utilidad no es universal y varía en el tiempo y en el espacio. Incluso se ha inferido la ley de la utilidad marginal en virtud de la cual a medida en que una persona adquiere unidades sucesivas de cada bien ve disminuir la intensidad de su deseo de una unidad adicional, hasta que alcanza el cero e incluso menos de cero. Esto demuestra lo relativo que es el concepto de utilidad referido al valor de las cosas.

            El valor de cambio, propio de las economías de mercado, está determinado por la cantidad de unidades de una mercancía que son necesarias para adquirir otra. Este valor depende de la “apetencia” que de un bien o un servicio tiene la gente y de la presión por adquirirlo que se da sobre el mercado. O sea que el valor de cambio descansa también y en último término sobre la utilidad y la escasez de un bien, puesto que si estos factores no concurrieran no se daría esa “apetencia” ni, por ende, la presión por adquirirlo. De modo que, como lo percibieron ya Adam Smith (1723-1790), David Ricardo (1772-1823) y John Stuart Mill (1806-1873)  —los tres más importantes exponentes de la escuela clásica de economía—,  el valor de uso es una condición para el valor de cambio. Por lo que no es tan tajante la distinción entre esos dos valores. Pero el asunto se complica porque las transacciones en el mercado se hacen con la intermediación del dinero, que no es un elemento neutro puesto que también sufre fluctuaciones en su poder adquisitivo. Si el dinero fuera una medida de valor invariable, como lo son los instrumentos de medición de la longitud o el peso de las cosas, la cuestión sería más sencilla. Pero las interferencias del dinero en el mercado, en razón de sus oscilaciones de valor, vuelven muy complejo el problema.

            No es lo mismo <precio que valor. El precio es la expresión monetaria del valor. El precio es una fórmula convencional y variable, que resulta de la relación de unas cosas con otras en el mercado, mientras que el valor  —el valor de uso—  es una condición intrínseca de ellas. El precio de un bien o de un servicio sólo existe desde el momento en que está en posición de intercambio, es decir, de venta en el mercado, mientras que su valor es independiente de esa circunstancia.

            En el <capitalismo, sin embargo, el precio coincide con el valor: el precio resulta de la ponderación del valor de uso y del valor de intercambio de las mercancías en el mercado. El coste de producción es una referencia para la fijación del precio, aunque las vicisitudes del mercado dicen la última palabra.

            En las economías primitivas de trueque las cosas no tenían precio sino paridad con otras con las que se canjeaban. Un saco de trigo equivalía a determinada cantidad de tejidos. Una pierna de cerdo se cambiaba por tantas unidades de tubérculos. Este era el trueque. El precio vino después, cuando se inventó el <dinero como medida del valor e instrumento de cambio, y desde entonces está ligado inseparablemente a la economía monetaria.

            A lo largo del tiempo todas las escuelas económicas se preocuparon de estudiar el tema del valor y desentrañar su esencia. Cada ideología política, dentro de la teoría económica que sustenta, tiene una concepción del valor. Para el <capitalismo el valor está dado por la confrontación entre la oferta y la demanda. Por tanto, el valor coincide siempre con el precio. Este es la expresión en dinero del valor de uso y del valor de cambio de una mercancía, o sea de la utilidad que ella tiene para satisfacer necesidades humanas y de su aptitud para intercambiarse con otras mercancías disponibles en el mercado.

            Para el <marxismo el único valor que existe está dado por la cantidad de trabajo humano que se ha invertido en producir una cosa. El trabajo es, por tanto, la sustancia del valor. El <precio es sólo su expresión monetaria.

            Si en una comunidad de cazadores, por ejemplo, cuesta doble trabajo matar a un castor que a un ciervo, entonces el castor valdrá dos veces lo que vale el ciervo. Resulta lógico, en general, que valga el doble una cosa que es el fruto del trabajo de un mes sobre otra que sólo representa quince días de labor. Esto ya lo reconoció Adam Smith con relación a la sociedad primitiva. El trabajo socialmente necesario para producir una cosa, según el <marxismo, es la sustancia del valor. La naturaleza y sus bienes no tienen valor a menos que hayan incorporado trabajo humano. “Quítese a un pan el trabajo que en él se ha puesto  —escribía Carlos Marx—,  el trabajo del panadero, del molinero, del labrador, etc., y ¿qué queda? Algunos granos de hierbas salvajes impropios para cualquier uso humano”.

            La teoría del valor de Marx ha perdido consistencia en el mundo contemporáneo. Es claro que desde el punto de vista ético, desde el punto de vista deontológico, las cosas deberían valer en función del trabajo coagulado que contienen. Así debiera ser. Pero hay dos factores reales que no fueron debidamente apreciados por Marx: la utilidad y la disponibilidad de las cosas. Ambos factores concurren para darles valor. Por más trabajo humano que una cosa encierre, si no es útil para el hombre y si no es escasa, tendrá poco valor y poco precio. La utilidad es la aptitud de una cosa para satisfacer una necesidad humana, por sofisticada y hasta aberrante que ésta sea. Un diamante seguramente tiene utilidad para un enriquecido burgués pero no para un obrero. La utilidad es, por tanto, una cuestión subjetiva que varía en el tiempo y en el espacio. Cada <sociedad y, dentro de ella, cada <capa social tiene su propio concepto de la utilidad de las cosas. Una cosa puede tener distinta significación para una misma persona según las circunstancias. A medida que una persona adquiere unidades de un bien la intensidad de su “deseo” por ellas disminuye y puede llegar a desaparecer. Esta es una “ley” que ha establecido la teoría psicológica del valor. La “utilidad marginal” de una cosa declina con el aumento de la cantidad que de ella tiene ya una persona. Esto demuestra lo relativo que es el concepto de utilidad como fundamento del valor. De otro lado, no obstante todo el esfuerzo que los trabajadores hayan puesto en fabricar una cosa y los altos costes que ella haya demandado, si en el mercado hay una sobreoferta de ella, el precio bajará. Esto resulta inevitable. Todo lo cual contribuye a complicar la “paradoja del valor”, que dicen los economistas.

            En la <sociedad del conocimiento ha surgido un nuevo componente del valor: el saber científico y tecnológico, o sea el conocimiento. De modo que las cosas y los servicios valen en función del volumen y calidad de los conocimientos empleados en su elaboración. Este es el valor-conocimiento  —knowledge-value—  que se suma a los otros factores del valor: materias primas, diseño, manufacturación, distribución, etc. El conocimiento  —que es, en último término, trabajo acumulado—  es la sustancia del valor y comprende el saber científico y los procedimientos tecnológicos  —el know how—  necesarios para la producción de un bien o la prestación de un servicio en términos de eficiencia y costes.

            En tales condiciones, el valor tiende a volverse abstracto porque consiste en ideas que bullen en el cerebro de las personas y en la memoria y las operaciones de los ordenadores. Estas ideas se funden en fórmulas tecnológicas y se transmiten en bits. Se da una imbricación de la inteligencia del hombre, la información y los ordenadores, que ha dado lugar, en el marco de la economía digital, al florecimiento de las industrias de la información, de la telemática, del ciber-espacio, de la informática, de los procesos fotónicos, de las telecomunicaciones, de la robótica y de los software, que sustentan la producción y productividad de los países avanzados y que aportan porcentajes crecientes a la formación de su producto interno bruto.

            Esto ha modificado los parámetros de medición del grado de desarrollo de los países, que hoy son, entre otros, la cantidad de ordenadores personales per cápita, el número de usuarios de internet, el índice de “conectividad” con la red y el volumen del tráfico telefónico. En función de estos factores los países se dividen en “conectados” y “desconectados” con internet. Las estadísticas de comienzos del siglo XXI señalaban que solamente el 5% de los usuarios de internet estaban en los países subdesarrollados y que el 80% del tráfico telefónico mundial se concentraba en dos rutas: Norteamérica-Europa y Norteamérica-Asia sudoriental.

 
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