utilitarismo

            Esta palabra proviene del término inglés utilitarianism acuñado por John Stuart Mill (1806-1873), economista y filósofo británico, en relación con la sociedad que, según él, se había propuesto fundar: la utilitarian society. Sin embargo, investigadores del pensamiento del economista inglés Jeremías Bentham (1748-1832), fundador del utilitarismo, sostienen que fue él quien primero usó la expresión utilitarian en un texto escrito en 1780 y publicado después de su muerte. De cualquier manera, el utilitarismo es la teoría filosófica que proclama como valor supremo la utilidad y que funda en ella la moral. Entiende el concepto de utilidad como la promoción de la felicidad humana individual y colectiva. La felicidad, a su vez, es para ella la aproximación al placer y el alejamiento del dolor. La utilidad, el placer y la moralidad son conceptos que se implican mutuamente. Por consiguiente, son acciones éticas las que optiman la utilidad y, por tanto, conducen a la felicidad, así en la dimensión personal como en la pública. Lo que significa que el principio de la utilidad coincide con el de la felicidad y ésta es la misma cosa que el placer y que el bien.

            El utilitarismo, como concepción filosófica, es de una superficialidad clamorosa. Sostiene, en definitiva, que la felicidad de cada individuo no es más que la diferencia entre “suma total” de sus placeres menos el cúmulo de sus dolores, y que el bienestar de la colectividad es el agregado de los bienestares de los individuos que la constituyen.

            Bentham afirmaba que, puesto que “la Naturaleza nos ha colocado bajo el dominio de dos maestros soberanos: el placer y el dolor”, debemos rehuir éste y optar por aquél. Este es nuestro deber ético. Para elegir lo que es bueno, desde el punto de vista moral, es menester hacer una selección entre los placeres y los dolores. Y para juzgarlos debemos acudir a los criterios de intensidad, duración, certidumbre, proximidad, alcance y número de personas afectadas.

            Pero J. S. Mill tuvo buen cuidado en aclarar que la noción de utilidad debía ser vista desde una perspectiva cualitativa y no sólo cuantitativa. Afirmó que algunas clases de placer son más deseables y valiosas que otras. Proclamó la superioridad de los placeres del intelecto, la imaginación, los sentimientos morales, y fue contrario a todo malentendido que supusiese que el utilitarismo es simplemente la búsqueda de goces sensoriales y subalternos.

            El utilitarismo inglés tiene como antecedente el pensamiento del filósofo francés de origen alemán, Claude-Adrien Helvetius (1715-1771), quien consideró que la vida del ser humano estaba dominada por dos grandes impulsos: el deseo de felicidad y la voluntad de evitar el dolor. Por lo que, a la hora de organizar la sociedad, hay que disponer las cosas de modo de no contrariar esos impulsos primarios.

            En el ámbito político, el utilitarismo sostiene que las conductas, las decisiones y las leyes de la autoridad pública deben juzgarse por sus resultados y que, para tener calidad ética, ellas han de conducir hacia la felicidad: hacia la mayor felicidad para el mayor número, como decía Bentham.

            En este análisis, es la utilidad la única medida del acierto de las acciones humanas.

            La teoría está vinculada al pensamiento filosófico de Jeremías Bentham, James Mill (1773-1836), John Stuart Mill, Henry Sidgwick (1838-1900) y otros filósofos del utilitarismo.

            Pero la palabra tiene también una significación menos conspicua. Se la usa para denotar el exagerado pragmatismo de algunos políticos que pasan por alto sus principios con tal de conseguir sus objetivos personales. El filósofo español José Ortega y Gasset (1883-1955) les acusaba de que todo lo ven en forma de “asa”, o sea desde la perspectiva de la utilidad. Y hay ciertamente una tendencia de algunos políticos a concebir todo a través de la utilidad.

 
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