universidad

            La palabra viene del latín universitas y, desde la Edad Media, significó la comunidad de maestros que enseñan y discípulos que aprenden las diversas ramas de las ciencias, las artes y las letras.

            Los antecedentes remotos de la institución universitaria deben encontrarse en la academia fundada por Platón en Atenas —instituto de estudios superiores cuya creación representó uno de los mayores acontecimientos en la historia de la cultura— y, más tarde, en los centros avanzados de estudios filosóficos y teológicos que se establecieron en el Oriente durante la Edad Antigua. En el año 70 a. C. se fundó la academia de Palestina y también la de Babilonia, donde se redactó el Talmud, y por esos años empezó a funcionar el instituto de estudios superiores de Nalanda, al norte de la India, en el que estudiantes hindúes y chinos aprendían el budismo. En la vieja China se formaron instituciones de estudios avanzados a partir del siglo VII. La universidad de Bayt al-Hikma se erigió en Bagdad a finales del siglo VIII. Posteriormente, la universidad egipcia de al-Azhar (fundada en El Cairo el año 970 por los fatimíes, o sea por los descendientes de Fátima, la única hija de Mahoma) enseñaba la religión islámica y pocos años antes se estableció la universidad de Qarawiyin de Fez en Marruecos. En el año 1233 apareció la universidad de al-Mustansiriya en Bagdad, en 1327 la universidad de Sankore en Malí y en 1453 la universidad de Estambul.

            La lista de las universidades más antiguas es larga: Universidad de Bayt al-Hikma en Bagdad fundada a finales del siglo VIII, Universidad de Qarawiyin año 859, Universidad de Hunan en Changsha (China) año 976, Universidad de al-Azhar en El Cairo 988, Universidad de Bolonia 1088, Universidad de Oxford 1096, Universidad de Damasco 1158, Universidad de Módena 1175, Universidad de Palencia 1208, Universidad de Cambridge 1209, Universidad de Salamanca 1218, Universidad de Montpellier 1220, Universidad de Padua 1222, Universidad de Nápoles 1224, Universidad de Toulouse 1229, Universidad de al-Mustansiriya en Bagdad 1233, Universidad de Siena 1240, Universidad de Valladolid 1241, Sorbona de París 1257, Universidad de Murcia 1272, Universidad de Coimbra 1290, Universidad Complutense de Madrid 1293, Universidad de Lérida 1300, Universidad de Roma 1303, Universidad de Florencia 1321, Universidad de Sankore en Malí 1327, Universidad de Pisa 1343, Universidad de Praga 1348, Universidad de Pavía 1361, Universidad Jaguelónica de Polonia 1364, Universidad de Viena 1365, Universidad de Pecs en Hungría 1367, Universidad de Heidelberg 1386, Universidad de Colonia 1388, Universidad de Ferrara 1391, Universidad Zadar en Croacia 1412, Universidad Würzburg 1402, Universidad de Leipzig 1409, Universidad de Escocia 1412, Universidad de Rostock 1419, Universidad Católica de Lovaina 1425, Universidad de Poitiers 1431, Universidad de Catania 1434, Universidad de Glasgow 1451, Universidad de Greifswald 1456, Universidad de Friburgo 1457, Universidad de Basilea 1460, Universidad de Uppsala 1477, Univeridad Tübingen 1477, Universidad de Copenhague 1479, Universidad de Aberdeen en Escocia 1494, Universidad de Santiago de Compostela 1495, Universidad de Valencia 1499.

            Las primeras universidades europeas surgieron muy avanzada la Edad Media, bajo el patrocinio de la Iglesia Católica. Fueron una de las creaciones más originales, fecundas y duraderas del Occidente medieval. En ellas impartieron enseñanzas los escolásticos  —y fue ése el origen del vocablo escolasticismo—,  o sea los maestros de las siete artes liberales: gramática, dialéctica y retórica, que formaban el trivium del plan escolar, y aritmética, geometría, música y astronomía, que constituían el quadrivium.

            Pronto se autorizó a las universidades expedir títulos a los estudiantes que habían completado sus estudios y rendido satisfactoriamente los exámenes correspondientes. Pero para que sus títulos tuviesen validez en el mundo cristiano, las universidades necesitaron el reconocimiento y la autorización del pontífice romano.

            Ellas estuvieron dirigidas por un rector y formaron comunidades organizadas de profesores y estudiantes: fueron las universitas magistrorum et scholarium.

            En la ciudad de Oxford en Inglaterra, que ya para finales del siglo XI era un importante centro docente en el que enseñaban maestros e intelectuales de varios lugares de Europa, se fundó la Universidad de Oxford  —año 1096—,  que es la más antigua institución de enseñanza superior de habla inglesa.

            La Universidad de Cambridge apareció en el año 1209 y en su torno varias comunidades religiosas, entre ellas la franciscana y la Orden de Predicadores, que establecieron residencias de estudiantes y escuelas asociadas. En el siglo XIII, alumnos procedentes de la Universidad de Oxford y de la Universidad de París fueron a estudiar a Cambridge. Y en 1318 el papa Juan XXII expidió una bula en la que reconoció a Cambridge como studium generale, es decir, como universidad.

            La Universidad de Salamanca  —cuyo nombre oficial era Universidad Literaria de Salamanca—  se fundó en 1218 por el rey Alfonso IX de León y fue reestructurada en 1254 por Alfonso X el Sabio, monarca de Castilla y León.

            La Sorbona de París, fundada en 1257 por Roberto de Sorbonne, nació como un pequeño colegio en el que siete sacerdotes enseñaban gratuitamente teología a jóvenes de escasos recursos económicos y más tarde se trasformó no sólo en un gran centro de estudios superiores sino en el símbolo de la universidad francesa.

            La Universidad de Lisboa fue instituida por el rey Dionisio el Liberal el 1 de marzo de 1290, con el nombre de Estudio General de Lisboa, y fue confirmada por bula del papa Nicolás IV. Desde 1308 hasta 1377 ella funcionó alternadamente en Lisboa y en Coimbra. Por eso las historias de la Universidad de Lisboa y de la Universidad de Coimbra se fundieron durante sus primeros años de existencia. Pero en 1384 el regente de Portugal decretó que la Universidad estuviese “perpetuamente en la ciudad de Lisboa”.

            En el año 1293 el rey de Castilla, Sancho IV, fundó a petición del arzobispo de Toledo y señor de la Villa de Alcalá los Estudios Generales, que se transformaron en la Universidad Complutense en 1499, gracias a la iniciativa del cardenal Francisco Jiménez de Cisneros, y más tarde, en la Universidad de Alcalá.

            El papa Bonifacio VIII fundó en 1303 la Universidad de Roma, que permaneció bajo la autoridad papal hasta 1870, en que el gobierno italiano asumió su control.

            En el año 1317 se organizó la Universidad de Bolonia, aunque ya en el siglo XI existía en la ciudad italiana de ese nombre una Facultad de Derecho. Y fueron profesores disidentes de esta institución quienes fundaron en 1222 la Universidad de Padua.

            La Universidad de Cracovia  —Uniwersytet Jagiellonski—  es la segunda más antigua de Europa central después de la Universidad Carolina de Praga. Fue fundada en 1364 por Casimiro III el Grande, rey de Polonia.

            Una de las más antiguas y prestigiosas universidades europeas es la de Viena, fundada en 1365 por Rodolfo I de Habsburgo, duque de Austria.

            Alfonso V el Magnánimo, rey de la Corona de Aragón, creó la Universidad de Barcelona en 1450.

            En 1472 el duque de Baviera fundó en la ciudad de Ingolstadt la Universidad de Munich, bajo el nombre de Ludwig-Maximilians-Universität München.

            La Universidad de Copenhague, fundada en 1479 por el rey Cristián I, fue restablecida como institución protestante en 1539.

            En 1499, bajo el nombre de L’Estudi General, se fundó en España la Universidad de Valencia, que recibió la autorización pontificia de Alejandro VI el 23 de enero de 1501. En esos tiempos, para ser reconocidas por el mundo de la cristiandad y para disponer de los privilegios corporativos propios de la época, las universidades requerían la autorización apostólica, que usualmente les era otorgaba por el papa mediante una bula. En conmemoración de los quinientos años de la expedición de la Bula Pontificia del papa Alejandro VI, la Universidad de Valencia celebró un solemne acto académico en su paraninfo el 26 de enero del 2001, en el que me fue especialmente honroso pronunciar el discurso de orden.

            La Universidad Complutense de Madrid se constituyó por medio de una bula pontificia expedida en 1499 y fue inaugurada en 1508 por Francisco Jiménez de Cisneros en Alcalá de Henares.

            El papa Pío V estableció la Universidad de Santiago de Compostela mediante bula de 1566.

            La más antigua universidad de Rusia fue la Universidad Lomonosov, erigida en 1755 con sede en Moscú por el científico Mijail Vasilievich.

            La primera de las universidades americanas fue la de Santo Domingo en la República Dominicana, fundada en 1538. Después vinieron la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima, erigida el 12 de mayo de 1551 por privilegio real del emperador Carlos V y reorganizada mediante bula papal de Pío V en 1571; y la Real y Pontificia Universidad de México, creada el 21 de septiembre de 1551 por el príncipe Felipe  —más tarde Felipe II de España—  y aprobada por una bula papal como Universidad Real y Pontificia en 1595. La Universidad de San Marcos permaneció cerrada durante el proceso de emancipación y abrió de nuevo sus aulas en 1861.

            En 1586 se fundó en Quito la Universidad de San Fulgencio, que se denominó de San Gregorio Magno a partir de 1622, de santo Tomás de Aquino en 1786 y que actualmente se llama Universidad Central del Ecuador.

            En Bogotá se erigió la Universidad Santo Tomás por bula papal de 1580, en Santiago la Universidad Santo Tomás de Aquino en 1619, en 1621 las universidades de Córdoba en Argentina, de San Ignacio de Loyola en el Cuzco, la Universidad de San Miguel en Chile y la Universidad San Francisco Javier en Bogotá.

            La Universidad de La Habana se estableció mediante una bula papal del año 1721 y fue secularizada y ampliada en 1842.

            Después, en los siglos XVI, XVII y XVIII, se crearon varias otras universidades en Ecuador, México, Bolivia, Colombia, Guatemala, Perú, Cuba, Venezuela, Chile y México.

            En los Estados Unidos de América la primera universidad en fundarse fue la de Harvard, situada en Cambridge, Massachusetts, que nació como un colegio universitario en 1636. Y fue en 1639 que recibió su nombre actual en honor al clérigo inglés John Harvard, primer benefactor del centro.

            La Universidad de Yale, que es la segunda más antigua de Estados Unidos, fue fundada en 1701 y en 1703 otorgó la primera licenciatura en Humanidades. El nombre lo debe a su benefactor, el comerciante inglés Elihu Yale.

            Bajo la denominación de College of New Jersey, la actual Universidad de Princeton se erigió en 1746 y es la tercera más antigua de Estados Unidos.

            Establecida en 1754 con el nombre de King’s College, mediante una carta de constitución del rey Jorge II de Gran Bretaña e Irlanda, la Universidad de Columbia fue inaugurada con el nombre de Columbia College tras la guerra de la Independencia estadounidense y localizada en la zona inferior de Manhattan.

            La Universidad de Georgetown en Washington, que es el más antiguo centro universitario jesuita de Estados Unidos, fue fundada por el prelado estadounidense John Carroll en 1789 con el nombre de Academia de Georgetown.

            La existencia y la operación de las universidades, en las diversas épocas, fueron reconocidas por la autoridad eclesiástica o política, o por ambas autoridades a la vez, según las normas o las usanzas del lugar.

            Surgida en la Edad Media por iniciativa de la Iglesia Católica para realizar estudios teológicos y filosóficos, la institución universitaria sufrió un largo proceso de transformación en el curso del tiempo y amplió progresivamente su radio de acción.

            La <reforma protestante dejó una huella muy profunda en la vida de las universidades. El repudio a la autoridad pontificia y episcopal sustrajo buena parte de los centros educativos de la influencia de la Iglesia Católica pero, al mismo tiempo, provocó en muchos otros la exacerbación de su <confesionalismo, principalmente bajo la hábil conducción de los jesuitas, que impusieron su dominio en la educación pública europea.

            Vino la Revolución Francesa y desmanteló el sistema universitario medieval que prevalecía en Europa. Cortó la influencia clerical. Un decreto de la Convención de 1793 suprimió todas las universidades y colegios de Francia. Napoleón modificó por su base el sistema universitario y lo sometió a la intervención y dirección del Estado, bajo los principios del <laicismo. Se crearon nuevas universidades con programas de estudios modernos, escuelas normales superiores, institutos politécnicos, academias, colegios, liceos, escuelas comunales y demás planteles educacionales, directamente dependientes del ministerio de educación de Francia.

            De este modo se forjó la universidad napoleónica, cuya característica principal fue la enseñanza magistral del profesor con la ninguna o muy poca participación del estudiante. Su sistema se extendió por el mundo, como parte de los valores de la revolución de Francia. Y, como ellos, hizo crisis a principios del siglo XX, cuando no pudo responder a las nuevas condiciones sociales.

            En lo que fue uno de los momentos estelares del proceso de búsqueda latinoamericana de su identidad cultural, advino el movimiento conocido con el nombre de <reforma universitaria de Córdoba en 1918.

            Ella nació en los claustros universitarios de la ciudad de Córdoba en Argentina y desde allí se extendió a las universidades de toda América Latina. Produjo una transformación cultural profunda y trajo nuevas concepciones de la vida. Asumió una actitud científica y antidogmática. Democratizó la universidad. La insertó en el pueblo y la condujo a sintonizar sus problemas y sus anhelos.

            Los principales postulados de la reforma fueron la autonomía universitaria, el cogobierno, la libertad de cátedra, la educación gratuita, el libre ingreso estudiantil y la designación de profesores por mérito.

            En lo que a América Latina toca, se requiere una nueva reforma de carácter científico y tecnológico. Es necesario crear la universidad para el siglo XXI, que arrostre los nuevos retos de la sociedad latinoamericana.

            El papel de la universidad de nuestros días debe ser fundamentalmente el de desentrañar los misterios de la ciencia y de la <tecnología y ponerlos al servicio del <desarrollo de los pueblos. Cosa que no podrá hacer sin investigación científica. Debe contribuir a crear ciencias sociales latinoamericanas y no europeas o norteamericanas. Las ciencias sociales no son intemporales: están ancladas en una determinada realidad. Pertenecen a una situación espacio-temporal concreta.

            En América Latina y, en general, en el tercer mundo la universidad está llamada a liderar un profundo proceso de reforma educativa para rescatar a la educación, en todos sus niveles, del atraso, la rutina y la ineficiencia en que se debate, especialmente en el campo de la ciencia y la tecnología. Su misión primordial es proporcionar los recursos humanos bien preparados que las sociedades necesitan para su desarrollo y, con tal objetivo, promover la triple alianza entre el Estado, la universidad y las empresas productivas para trabajar mancomunadamente.

            La transformación de la universidad es tarea impostergable, especialmente en América Latina. Si su importancia fue muy grande en todo tiempo, hoy es aun mayor en la era de la revolución electrónica. En la universidad deben estar los investigadores de la informática, la robótica, la multimedia, internet, realidad virtual, ciberespacio y los nuevos software de la sociedad digital de nuestros días en que el valor se ha trasladado de la máquina industrial a los equipos electrónicos y al conocimiento especializado. De la universidad han salir los recursos humanos para el desarrollo tecnológico moderno. Ella debe prepararse para las nuevas metodologías de la educación a través de los medios informáticos  —la teleducación—,  en las cuales las redes de ordenadores suplantarán a las aulas, la exploración individual a la colectiva, los modelos de simulación a la enseñanza pasiva, el hiperespacio al “papelógrafo” y el profesor consejero al omnisciente.

            A finales del siglo XX se inició en Europa un proceso de reforma universitaria implementada desde la perspectiva del desarrollo económico en la era digital. Con la intención de forjar una universidad europea de calidad, que pudiera ser más competitiva en la era de la sociedad del conocimiento, de la nueva economía y de la globalización, veintinueve ministros de educación de Europa se reunieron en Bolonia el 19 de junio 1999 para trazar las líneas maestras del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), destinado a instrumentar una profunda reforma universitaria, con nuevas metodologías docentes y la diversificación del financiamiento institucional, que condujera  —según deseaban sus inspiradores—  a convertir a la economía europea “en la economía, basada en el conocimiento, más competitiva de mundo”.

            Los propósitos de la reunión quedaron recogidos en su declaración final. Y de ella salió el compromiso intergubernamental europeo de poner la universidad al servicio de las economías nacionales para tornarlas más competitivas.

            Este fue el denominado Proceso de Bolonia  —que entrañaba una visión europea de la universidad: la universidad para Europa—,  al que se incorporaron después 46 países europeos y al que siguió la Estrategia de Lisboa, aprobada en la reunión del Consejo Europeo en la capital portuguesa el 23 y 24 de marzo del 2000, donde los jefes de Estado y de gobierno fijaron una serie de objetivos a cumplirse en la década para “llegar a ser la economía basada en el conocimiento más competitiva y dinámica del mundo, capaz de alcanzar un crecimiento sostenible con más y mejores empleos y mayor cohesión social”.

            En este orden de ideas, la universidad, sacada de su aislamiento, está llamada a ser el centro de la dinámica del desarrollo económico de los países europeos.

            En las reuniones de Bolonia y de Lisboa se identificaron nuevas fuentes de financiamiento para las universidades, mediante los aportes de las empresas privadas, el aumento de las tasas de los estudiantes y otras fuentes no convencionales de recursos, que disminuyeran la carga del Estado en la educación superior.

            El Espacio Europeo de Educación Superior (EEES) pretende la convergencia de los sistemas educativos superiores, muy distintos entre sí, para facilitar la movilidad de estudiantes y profesores en el ámbito europeo y conceder validez a los títulos universitarios en todos los países de la región. Con ese fin se propone unificar las titulaciones universitarias  —dentro de un sistema basado en tres ciclos: grado, máster y doctorado—  de modo que los profesionales que las ostenten puedan trabajar indistintamente en cualquiera de los países europeos. Y esa alta movilidad comprende no solamente estudiantes sino también profesores, investigadores, académicos, profesionales y personal de administración y servicios universitarios.

            En un ejercicio de pragmatismo, los gobiernos europeos han buscado la productividad del conocimiento  —en desmedro de las disciplinas humanísticas—,  lo cual supone, sin duda, la supresión o condensación de las disciplinas “no rentables” y la orientación de la universidad hacia la nueva economía —la economía del conocimiento—, que ha surgido de la conjunción de los modernos software de la informática con el avance tecnológico de las telecomunicaciones y la aplicación de la robótica en la producción industrial. En esta nueva economía  —economía digital—,  fundada en bites almacenados en la memoria de los ordenadores, con capacidad para movilizarse por la red a la velocidad de la luz, el conocimiento es un insumo que representa un altísimo componente del producto interno bruto de los países.

            El denominado e-learning, que es el uso de las nuevas tecnologías multimedia e internet para mejorar la calidad del aprendizaje, forma parte de la nueva economía.

            Los temas tratados en el Proceso de Bolonia y en la Estrategia de Lisboa  —y en reuniones posteriores de los mismos actores—  abrieron encendidas discusiones dentro y fuera de los círculos académicos. A partir del 2008 hubo movimientos estudiantiles de protesta contra el EEES en algunos países europeos. Sus detractores sostenían que se pretendía “mercantlizar” y “privatizar” la universidad y supeditarla a los intereses del mercado. Afirmaban que había carencia de democracia y sometimiento de la educación superior a los intereses y demandas de las empresas privadas, futuras empleadoras de los titulados universitarios.

            Algunos de los ataques contra el proceso de Bolonia se hicieron bajo la sospecha de que éste había recogido los planteamientos formulados en la European Round Table of Industrialists (ERT), celebrada en 1995, por los ejecutivos de las grandes empresas transnacionales  —Nestlé, British Telecom, Total, Renault, Siemens y otras—  que se juntaron para “presentar la visión de los empresarios respecto a cómo ellos creen que los procesos de educación y aprendizaje en su conjunto pueden adaptarse para responder de una manera más efectiva a los retos económicos y sociales del momento”.

            Estuvo también en consideración la influencia que pudieron ejercer sobre el Proceso de Bolonia las ideas del viejo profesor austriaco de Harvard, Peter F. Drucker (1909-2005)  —a quien se suele asignar la autoría de los conceptos privatization, outsourcing, management theory, knowledge workers y knowledge economy—,  en torno de las cuales se creó la escuela de pensamiento empresarial denominada druckerism, que tuvo muchos seguidores en el mundo capitalista.

            La UNESCO, por su parte, convocó dos conferencias mundiales para tratar el tema de la educación superior y sus cambios para afrontar las nuevas realidades del siglo XXI: la primera en 1998 en París, del 5 al 9 de octubre de 1998; y la segunda, en la misma ciudad, del 5 al 8 de julio del 2009, con la asistencia de más de mil delegados de ciento cincuenta países. En la primera de ellas se señaló que “se ha agudizado aun más la disparidad, que ya era enorme, entre los países industrialmente desarrollados, los países en desarrollo y en particular los países menos adelantados en lo que respecta al acceso a la educación superior y la investigación y los recursos de que disponen”. En la segunda conferencia, se consideró que “la educación superior es un bien público y un imperativo estratégico para todos los niveles de educación y la base para la investigación, la innovación y la creatividad” y que, como evidenciaba la década que acababa de concluir, “la educación superior y la investigación contribuyen a erradicar la pobreza, al desarrollo sostenible y al progreso hacia los objetivos de desarrollo acordados internacionalmente”. Pero, al mismo tiempo, los delegados de los numerosos países manifestaron su preocupación por la política de inmigración de Europa y, concretamente, por la vigencia de la denominada “tarjeta azul”, aprobada por la Unión Europea el 25 de mayo del 2009 en Bruselas para atraer a los inmigrantes extracomunitarios altamente calificados hacia sus países en función de las demandas de su mercado laboral.

            Se consideran inmigrantes altamente calificados quienes acreditan al menos tres años de estudios superiores o experiencia profesional demostrable por un mínimo de cinco años. La tarjeta azul ofrece ventajas jurídicas, económicas y sociales a los extranjeros capacitados, cuya presencia se estima positiva para el desarrollo de los países que los acogen. Sus titulares gozan del derecho de circular libremente por el territorio comunitario y de trabajar en cualquier país europeo al cabo de dos años de permanencia en el Estado receptor.

            Pero esta decisión europea entraña el peligro de desmantelar a los países periféricos  —los de América Latina, entre ellos—  de elementos humanos bien calificados para su desarrollo. La UNESCO, en una de sus conferencias generales, manifestó que “sería preciso poner freno a la fuga de cerebros ya que sigue privando a los países en desarrollo y a los países en transición, de profesionales de alto nivel necesarios para acelerar su progreso socioeconómico”.

            Según David F. Linowes, citado por Carl Dahlman en su obra “La Tercera Revolución Industrial: rumbos e implicaciones para los países en desarrollo” (1994), la duplicación del conocimiento tomó desde los tiempos de Cristo hasta mediados del siglo XVIII. Se volvió a duplicar en los siguientes 150 años. Actualmente el conocimiento se duplica en 4 o 5 años. En las últimas tres décadas se ha producido más información nueva que en los 5.000 años anteriores.

            Lo malo está en que, dentro de la terrible dinamia que caracteriza a la sociedad del conocimiento, hay una incoercible tendencia hacia la concentración del saber en pocas mentes  —similar a la concentración del ingreso en pocas manos—  que agudizará cada vez más la mala distribución de la renta y de la riqueza. El monopolio del conocimiento en pequeños grupos va a causar una injusta distribución del ingreso como antes lo hizo la concentración de la riqueza. Porque en la economía del conocimiento el acceso a las nuevas tecnologías no podrá ser privilegio de muchos. Pensemos en que actualmente para comprar un computador personal un habitante medio de Bangladesh necesitaría invertir los ingresos de varios años de trabajo. Y, en cuanto a los países, dado que el mundo marchará a dos velocidades cada vez más distantes, se agudizará el proceso de acumulación del atraso en el tercer mundo.

            Si hubo siempre una relación directa entre el nivel de educación y la distribución del ingreso y entre los conocimientos y el lugar que ocupa en el escalafón social quien los posee, en la sociedad del conocimiento esa relación va camino de ser más dramática: la línea divisoria entre los que saben y los que no saben  —lo mismo dentro de los países que entre ellos—  tiende a volverse inexorable.

            Esta podría ser una posibilidad cierta en el futuro si el desfase entre los avances de la ciencia y los progresos de la moralidad sigue creciendo, como hasta ahora, según lo anticipó Arnold Toynbee hace más de tres décadas. De ahí que el gran reto de la universidad del siglo XXI será reconciliar la ciencia con la ética. El pensamiento y la voz tutelares de la universidad deben hacer presencia en medio del desconcierto general, la degradación de los valores morales y el galope de la injusticia social, para contribuir a la construcción de una sociedad más justa e igualitaria.

            A fines de agosto del 2006 la revista "Newsweek" formuló un escalafón de las mejores universidades del mundo, en función de su excelencia académica y el avance de sus investigaciones. De las cincuenta mejores universidades, treinta eran norteamericanas, siete británicas, cinco suizas, tres canadienses, dos japonesas, dos australianas y una de Singapur. La lista estaba encabezada por la Universidad de Harvard (fundada en 1636), la Universidad de Stanford (fundada en 1885), la Universidad de Yale (1701), el Instituto Tecnológico de California (1891), la Universidad de California en Berkeley (1868), la Universidad de Cambridge (1209), el Instituto Tecnológico de Massachusetts (1861), la Universidad de Oxford (1096), la Universidad de California en San Francisco (1873) y la Universidad de Columbia (1754).

            En agosto del 2007 la Universidad Jiaotong de Shanghai, después de evaluar más de dos mil universidades de todo el mundo, publicó un nuevo ranking de las mejores. Entre las primeras cien, 54 eran de Estados Unidos  —con Harvard a la cabeza—, 31 de Europa y 9 de la región Asia-Pacífico. 

            Dos años después, en el escalafón de facultades universitarias de gerencia y administración de negocios elaborado por el periódico "Financial Times" de Londres en el 2009  —Global MBA Rankings—,  se estableció que, de las cien mejores facultades de estudios de gestión empresarial, 55 eran norteamericanas, 20 inglesas, 5 canadienses, 4 españolas, 3 francesas, 3 de Singapur, 2 holandesas, 2 australianas, 2 chinas, 1 suiza, 1 alemana, 1 belga y 1 irlandesa. La selección se hizo bajo veinte parámetros de medición, tres de los cuales tenían que ver con las opciones de empleo de sus estudiantes después de graduados y el salario que percibían. Aunque el ranking mostraba el ascenso de las escuelas europeas frente a las estadounidenses, éstas eran las grandes dominadoras de la clasificación.

            Según QS World University Rankings 2013, seis universidades norteamericanas y cuatro inglesas compartían los diez primeros lugares en el escalafón de eficiencia académica en el mundo: Massachusetts Institute of Technology (MIT), Harvard University, University of Cambridge, UCL (University College London), University of Oxford, Stanford University, Yale University, University of Chicago, California Institute of Technology y Princeton University.

            En The World University Rankings del año 2013, que ordenaba en función de su solvencia académica a doscientas universidades del mundo, los doce primeros lugares estaban ocupados por: California Institute of Technology con 95,5 puntos, University of Oxford 93,7 puntos, Stanford University 93,7, Harvard University 93,6, Massachusetts Instiitute of Technology (MIT) 93,1, Princeton University 92,7, University of Cambridge 92,6, Imperial College London 90,6, University of California, Berkeley 90,5, University of Chicago 90,4, Yale University 89,2 y ETH Zürich-Swiss Federal Institute of Technology Zürich 87,8.

            En la lista total de universidades, 76 pertenecían a Estados Unidos, 31 a Inglaterra, 11 a Holanda, 9 a Alemania, 7 a Francia, 7 a Suiza, 7 a China (de las cuales 5 estaban en Hong Kong), 6 a Canadá, 6 a Australia, 5 a Japón, 5 a Suecia, 3 a Israel, 3 a Corea del Sur. La única universidad latinoamericana era la de Sao Paulo, en el puesto 158 de la tabla.

            Según QS World University Rankings 2013, seis universidades norteamericanas y cuatro inglesas compartían los diez primeros lugares en el escalafón de eficiencia académica en el mundo: Massachusetts Institute of Technology (MIT), Harvard University, University of Cambridge, UCL (University College London), University of Oxford, Stanford University, Yale University, University of Chicago, California Institute of Technology y Princeton University.

            En The World University Rankings del año 2013, que ordenaba en función de su solvencia académica a doscientas universidades del mundo, los doce primeros lugares estaban ocupados por: California Institute of Technology con 95,5 puntos, University of Oxford 93,7 puntos, Stanford University 93,7, Harvard University 93,6, Massachusetts Instiitute of Technology (MIT) 93,1, Princeton University 92,7, University of Cambridge 92,6, Imperial College London 90,6, University of California, Berkeley 90,5, University of Chicago 90,4, Yale University 89,2 y ETH Zürich-Swiss Federal Institute of Technology Zürich 87,8.

            En la lista total de universidades, 76 pertenecían a Estados Unidos, 31 a Inglaterra, 11 a Holanda, 9 a Alemania, 7 a Francia, 7 a Suiza, 7 a China (de las cuales 5 estaban en Hong Kong), 6 a Canadá, 6 a Australia, 5 a Japón, 5 a Suecia, 3 a Israel, 3 a Corea del Sur. La única universidad latinoamericana era la de Sao Paulo, en el puesto 158 de la tabla.

            Times Higher Education dio a conocer a finales del año 2016, en The World University Rankings, su clasificación de las mejores universidades del mundo. Las diez primeras eran: University of Oxford de Inglaterra, California Institute of Technology de Estados Unidos, Stanford University Estados Unidos, University of Cambridge de Inglaterra, Massachusetts Institute of Technology (MIT) Estados Unidos, Harvard University Estados Unidos, Princeton University Estados Unidos, Imperial College London de Inglaterra, ETH Zurich-Swiss Federal Institute of Technology Zurich de  Suiza y el décimo lugar compartían University of California y University of Chicago.

           La mejor universidad latinoamericana ocupaba el lugar 251: era la Universidad de Sao Paulo de Brasil. Y en la lista de 980 centros universitarios le seguían otras universidades brasileñas y universidades de Chile, México, Colombia, Costa Rica, Perú y varios países.

 
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