unipartidismo

            Mientras el bipartidismo nace de la contradicción más o menos simétrica y total de dos puntos de vista sobre los temas centrales de la vida estatal y el multipartidismo emerge de la contradicción parcial y asimétrica de visiones y perspectivas que se proyectan desde distintos ángulos, el sistema de partido único surge de la eliminación compulsiva de todo motivo de oposición parcial o total a los puntos de vista oficiales de quienes ostentan el poder. De allí que este sistema, en su forma más pura, sólo puede darse bajo regímenes dictatoriales que acallen implacablemente las voces discrepantes, como aconteció en los gobiernos comunistas y fascistas de la primera parte del siglo XX. La única excepción que conozco es la de México durante el largo período de indisputada y electoral hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a lo largo de siete décadas en el curso del siglo XX.

            El sistema de partido único es relativamente reciente. Nació con las dictaduras comunistas y fascistas de las primeras décadas del siglo pasado, con la finalidad de dar una sólida sustentación a sus regímenes de fuerza. Apareció entonces una nueva modalidad dictatorial: la que se apoya en un poderoso partido político. Desde entonces una nueva técnica se puso al servicio del autoritarismo.

            Sin embargo, la práctica de este sistema precedió a su teoría. Solamente después de que ella hubo de alcanzar realidad empírica fue elaborada la teoría del partido único e incorporada a la doctrina general de los movimientos comunistas y fascistas. Recién en la Constitución de 1936, después de casi veinte años de ejercicio del poder, se consagró oficialmente el “monopolio” de la acción política a favor del Partido Comunista. Lo mismo ocurrió con los movimientos fascistas, que no sólo que no elaboraron prontamente la justificación de su unipartidismo sino que, en general, tardaron mucho en integrar su sistema básico de ideas tutelares del ejercicio del poder.

            Cada una de las monocracias comunistas y fascistas elaboró su propia teoría del partido único. Los comunistas dijeron que todo partido es la expresión política de una clase social y que como la Unión Soviética era una sociedad sin clases no podía haber en ella más que un partido político. El Art. 126 de la Constitución Soviética de 5 de diciembre de 1936 declaró que “los ciudadanos más activos y más conscientes del seno de la clase obrera y de las otras capas de trabajadores se agrupan en el Partido Comunista de la URSS, que constituye el destacamento de vanguardia de los trabajadores en su lucha por el afianzamiento y desarrollo del régimen socialista, y que representa el núcleo dirigente de todas las organizaciones de trabajadores, tanto sociales como del Estado”.

            Los fascistas justificaron la imposición de la ortopedia deformante del partido único por la necesidad de formar una sólida estructura de gobierno destinada a difundir las ideas oficiales y a modelar, organizar y dirigir la opinión pública.

            Pese a las claras diferencias de objetivos tácticos y estratégicos entre los partidos comunistas y los fascistas, puesto que los primeros se consideran instrumentos del proletariado para abatir la autoridad de la burguesía mientras que los segundos son los instrumentos de la clase burguesa para conservar su poder e impedir que caiga en manos del proletariado, ellos obedecen a un mismo esquema de organización de carácter totalitario. Los partidos comunistas tanto como los fascistas fueron instrumentos de opresión al servicio de gobiernos autoritarios y cumplieron las mismas funciones de vigilancia y delación. Su estructura piramidal, agudamente centralizada, con predominio de enlaces verticales, les dio una armazón apta para el cumplimiento de sus funciones.

            En los regímenes de partido único, la estructura del partido se confunde con la del Estado, de modo que cada uno de los planos de la organización estatal corresponde a uno del partido. Las escalas jerárquicas del Estado y del partido coinciden en todos sus niveles. El jefe del gobierno es al mismo tiempo jefe del partido. De esta manera, el primer ministro de los países marxistas fue también secretario general del respectivo partido comunista como el duce o el führer fue la máxima autoridad de los partidos fascistas. Esto permite al partido controlar los actos del Estado y convertirse realmente en el sujeto del poder político. La omnipresencia del partido en los órdenes de la vida pública, y aun privada, queda de este modo asegurada en los regímenes dictatoriales de partido. Los órganos partidistas pueden interferir en todas las instancias de la vida del Estado, incluso en la función judicial, y la libertad de los ciudadanos queda sometida a su voluntad omnímoda. Los representantes del partido están en todas partes, desde la administración pública hasta los sindicatos, desde las cooperativas a las entidades culturales y artísticas, vigilando el cumplimiento de la ortodoxia.

            El sistema de partido único se ha dado también en varios Estados africanos nacidos a la vida independiente en el curso del proceso de <descolonización de los años 60 auspiciado por las Naciones Unidas, en virtud de la resolución 1514 (XV), expedida el 14 de diciembre de 1960 por la Asamblea General, sobre la concesión de independencia a los pueblos coloniales. La exacerbación del “nacionalismo anticolonial” en esos pueblos en el curso de sus luchas de liberación llevó a algunos de ellos a formar movimientos dominantes que a partir de la independencia se constituyeron en sistemas de partido único en el gobierno para excluir toda posibilidad de <oposición, como ocurrió en Malawi con el Malawi Congress Party liderado por Hastings Kamuzu Banda (que en 1970 se declaró presidente vitalicio), en Tanganyika con la Tanganyica African National Union dirigida por Julius Kambarage Nyerere, en Ghana con el Partido de la Convención del Pueblo durante el corto gobierno autoritario de Kwame Nkrumah, en Zambia con el Partido Unido de la Independencia Nacional encabezado por Kenneth Davis Kaunda, en Keyna con la Unión Nacional Africana dirigida por Jomo Kenyatta, en Guinea Ecuatorial con el Partido Democrático de Guinea Ecuatorial durante el régimen tiránico de Teodoro Obiang Nguema que se inició en 1979, en la República de Guinea con el Partido Democrático bajo el gobierno marxista de Sékou Touré (1958-1984) y en Liberia  —Estado fundado en julio de 1847 por la Sociedad Norteamericana de Colonización, empeñada en repatriar hacia África a los esclavos norteamericanos liberados—  con el True Whig Party durante los 28 años del gobierno de William V. S. Tubman, que se inició en 1943.

            Bajo distintos signos políticos  —socialismos populistas o capitalismos primitivos—  estos partidos únicos reclamaron para sí no sólo la representación del Estado sino la encarnación de la propia identidad nacional. En algunos de los Estados africanos el unipartidismo estaba consagrado en la Constitución. Pero a partir de la terminación de la <guerra fría la mayor parte de esos regímenes de partido único llegaron a su ocaso y se abrieron posibilidades de pluralismo político.

            El único caso de unipartidismo dentro de un sistema democrático-electoral que conozco fue el de México durante el período 1929-1988 de la larga hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI). Fueron siete décadas de aplastante predominio electoral de un solo partido político: desde 1929, en que nació con el nombre de Partido Nacional Revolucionario (PNR), hasta las elecciones presidenciales realizadas en 1988 en que alcanzaron una apreciable votación el Frente Democrático Nacional (FDN), que fue una coalición de partidos y grupos de centro-izquierda, y el Partido Acción Nacional (PAN) de orientación centroderechista. La distancia entre el PRI y sus rivales, sin embargo, fue grande. El PRI obtuvo cerca del 51% de los votos, el FDN poco más del 31% y el PAN alrededor del 17%. Fue elegido Carlos Salinas de Gortari, candidato presidencial del PRI. Pero el hecho de que otro partido disputara al PRI su hegemonía, que hasta ese momento no tenía precedentes en la historia electoral de México, apuntó claramente hacia un tripartidismo en la siguiente elección presidencial de 1994  —que llevó al poder a Ernesto Zedillo—  con la emergencia del Partido Acción Nacional (PAN) como el contradictor del PRI y la presencia declinante del PRD. El predominio del PRI, sin embargo, fue todavía alto. En esas elecciones obtuvo el 49% de los votos frente al PAN que alcanzó el 28,4%.

            Las elecciones parlamentarias y seccionales celebradas el 6 de julio de 1997  —en las que el PRI obtuvo el 38,8% de los votos, el PAN el 26,9% y el PRD el 25,5%—  confirmaron claramente el escenario tripartidista en el que el PRI debió compartir el poder con dos opositores fuertes. Por primera vez en la historia moderna de México el PRI perdió la mayoría en la cámara de diputados ante la alianza táctica del PRD y del PAN. Y en las elecciones presidenciales del 2 de julio del 2000 por primera vez la era hegemónica indisputada del PRI terminó con el extraordinario triunfo de Vicente Fox, a la cabeza del PAN y en el marco de una alianza mayor, en lo que fue un punto de inflexión de la historia política mexicana.

            Sin embargo, doce años después el PRI retornó al poder con su amplio triunfo en las elecciones presidenciales del 1 de julio del 2012, bajo el lederazgo de su joven candidato Enrique Peña Nieto.

            El Partido Nacional Revolucionario  —antecesor del PRI—  nació en 1929, bajo la inspiración del presidente Plutarco Elías Calles, con el propósito de poner orden e institucionalizar la vida política mexicana, que desde el triunfo de la revolución había abierto un período de proliferación de organizaciones y grupos políticos nacionales y regionales que difícilmente podían llamarse partidos, todos ellos sometidos a la fuerte influencia personal de los caudillos revolucionarios. Ese período de desconcierto duró desde 1911 hasta 1929. La expedición de la Constitución revolucionaria de 1917 encontró a México sumergido en el <caudillismo, la dispersión política, la violencia, el fraude electoral, la lucha de facciones y las reyertas estériles entre los caudillos. Hasta que el primero de septiembre de 1928, cerca de finalizar su mandato, el presidente Calles planteó en su mensaje al Congreso Nacional la necesidad de institucionalizar la vida política mexicana, arrancándola de los caprichos puramente personales, y encaminarla por la senda del orden y la ley.

            Como respuesta a este planteamiento se reunió en la ciudad de Querétaro, el 1 de marzo de 1929, una convención nacional con la concurrencia de los representantes de numerosos partidos, agrupaciones y organizaciones políticas “de credo y tendencias revolucionarias”, que el día 4 de ese mes declaró constituido el Partido Nacional Revolucionario para defender y promover los principios de la Revolución Mexicana. Esta organización política cambió su nombre en 1938 por el de Partido de la Revolución Mexicana y por el de Partido Revolucionario Institucional en 1946. Esta es la historia del protagonista del unipartidismo mexicano, que terminó a mediados de la última década del siglo XX.

 
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