tupamaros

            El cacique mestizo peruano José Gabriel Condorcanqui, que pasó a la historia con el nombre de Túpac Amaru, promovió en 1780 una rebelión india contra los corregidores españoles para eliminar las mitas (palabra que viene del quechua mit’a, que significa “turno o semana de trabajo” y que fue, en los tiempos de la colonización española, la servidumbre de los indios sometidos a trabajos forzosos) y los obrajes, donde laboraban y morían los indios. Declaró la liberación de los esclavos y abolió los impuestos y los “repartimientos” de indios. Descendiente por línea materna del primer Túpac Amaru, soberano inca de Vilcabamba, ejecutado en 1572, Condorcanqui (1740-1781) fue el segundo en la dinastía y reclamó para sí el título de los emperadores incaicos. Inició el 4 de noviembre de 1780 la más importante sublevación india contra los abusos y extorsiones de los conquistadores españoles, que tuvo ecos por el norte hasta el virreinato de Nueva Granada y por el sur hasta el de Río de la Plata. Una enorme masa de indios formó parte de sus ejércitos y de sus guerrillas, pero fue vencido al año siguiente por una fuerza militar de 17.000 hombres y luego ejecutado de la manera más cruel, junto a su mujer y a sus hijos. El escritor uruguayo Eduardo Galeano (1940-2015), en su libro "Las venas abiertas de América Latina" (1971), describe este episodio de la siguiente manera: “Túpac fue sometido a suplicio, junto con su esposa, sus hijos y sus principales partidarios, en la plaza de Wacaypata, en el Cuzco. Le cortaron la lengua. Ataron sus brazos a cuatro caballos, para descuatizarlo, pero el cuerpo no se partió. Lo decapitaron al pie de la horca. Enviaron la cabeza a Tinta. Uno de sus brazos fue a Tungasuca y el otro a Carabaya. Mandaron una pierna a Santa Rosa y la otra a Livitaca. Le quemaron el torso y arrojaron las cenizas al río Watanay”.

            Fue éste, sin duda, uno de los episodios más degradantes de la conquista.

            Un pequeño grupo de elementos de las capas medias universitarias y jóvenes profesionales del Uruguay fundaron en 1965 el Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLNT), tomando el emblemático nombre del líder insurgente peruano. Entre sus fundadores estuvieron Raúl Sendic, Andrés Cultelli, Nora Castro, Eleuterio Fernández, Henry Engler, Jorge Manera, Julio Marenales, José Mujica, Mauricio Rosencof, Adolfo Wassen, Jorge Zabalza y varios otros, algunos de los cuales sufrieron después largo y penoso cautiverio en las cárceles y barracas militares del Uruguay durante el régimen dictatorial. A pesar de que el grupo originario era muy heterogéneo ideológicamente, puesto que había socialistas, anarquistas, maoístas y hasta exmiembros del Partido Blanco, estuvieron todos sus integrantes de acuerdo en que la lucha armada contra la burguesía uruguaya y su democracia restringida era el único camino hacia la liberación nacional y el socialismo.

            Entraron entonces a la clandestinidad y adoptaron la lucha armada en su modalidad de guerrilla urbana, durante la cual realizaron acciones espectaculares con técnicas muy sofisticadas: robos de bancos, asaltos a casinos, toma de radiodifusoras, secuestro de funcionarios del gobierno, liberación de prisioneros políticos, ejecución de oficiales de policía y militares y otras acciones de lucha en la ciudad.

            Se enfrentaron duramente a las Fuerzas Armadas.

            Poco tiempo después, en junio 27 de 1973, se produjo la ascensión al poder de Juan María Bordaberry a la cabeza de un Consejo de Seguridad Nacional formado por militares y civiles, que suspendió la vigencia de la Constitución, disolvió el parlamento y persiguió sin tregua a los líderes y partidos de izquierda y a las organizaciones de trabajadores.

            Durante el gobierno represivo de Bordaberry los jefes tupamaros tomaron el camino del exilio o fueron a la cárcel y el movimiento armado quedó prácticamente desmantelado. En 1974 se produjo una escisión interna entre los líderes exiliados a causa de sus diferencias de opinión acerca de las tácticas a seguirse. Fue una cuestión de memoria colectiva, o sea de los recuerdos que los miembros de la comunidad insurgente tenían de su propia historia y de las experiencias positivas y negativas vividas en el curso de ella. Se formaron dos facciones. La una, denominada de los “renunciantes”, sostenía que el movimiento no debía reasumir la lucha armada sino formar un partido de los trabajadores de tendencia marxista-leninista, mientras que la otra, llamada “tendencia proletaria”, creía que debía reactivarse la lucha armada. La disputa terminó con la separación de los líderes del primer grupo y la debilitación del movimiento.

            Entretanto, Bordaberry  —títere de los militares—  fue depuesto por ellos en 1976 y, después de un período de gobierno de Aparicio Méndez, con el título de “presidente”, las fuerzas armadas asumieron directamente el poder dictatorial bajo el mando del general Gregorio Álvarez. En la restauración constitucional, operada en 1984 con arreglo a las estipulaciones del llamado Acuerdo del Club Naval celebrado entre los dirigentes políticos y militares para retornar a la senda de la Constitución, triunfó electoralmente el líder del Partido Colorado Julio M. Sanguinetti y, al año siguiente, aunque algunos jefes tupamaros consideraron que ese acuerdo significaba una prolongación de la situación política anterior y rechazaron las elecciones por estar condicionadas por la dictadura, anunciaron oficialmente el abandono de la lucha armada y su reinserción en la vida democrática, sin renunciar a sus principios ideológicos ni dejar de lado su objetivo de vertebrar una sociedad socialista. Lo hicieron, entre otras razones, para salir de su aislamiento y abrir posibilidades de contacto con las masas populares de su país, de las que habían estado apartados durante todo el proceso de la lucha guerrillera. Esto significó obviamente la reordenación de sus metas y la sustitución de sus tácticas políticas. Al final el movimiento tupamaro no pudo adaptarse a la nueva situación y se disolvió paulatina e inexorablemente, hasta su completa desaparición. Y sus líderes no tuvieron tampoco éxito en la formación del gran partido de masas que se propusieron.

            Con el paso de los años el exlíder tupamaro José Mujica, de la coalición gobernante Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría (EP-FA-NM), quien sufrió reclusión y tortura por doce años bajo el régimen dictatorial, presidió el parlamento uruguayo durante la ceremonia de asunción del poder del presidente Tabaré Vásquez el 1 de marzo del 2005 mientras que la exguerrillera Nora Castro ocupó la presidencia de la Cámara de Diputados, ambos órganos parlamentarios dominados por la mayoría absoluta de centro-izquierda por primera vez en la historia republicana del Uruguay. El propio Mujica comentó que este fue un acontecimiento impensable, que parecía extraído de las páginas de García Márquez.

            Cuatro años más tarde, Mujica triunfó ampliamente en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, como candidato del Frente Amplio, y el 1 de marzo del 2010 asumió la presidencia de la República Oriental del Uruguay por el período 2010-2015. Después entregó nuevamente el poder a Tabaré Vásquez del Frente Amplio, triunfador de las elecciones presidenciales de ese año.

 
Correo
Nombre
Comentario