“treinta monedas”

            Esta locución bíblica suele utilizarse con frecuencia en la confrontación política para señalar la traición, el transfugio o la inconsecuencia con los principios ideológicos, las causas políticas, las tesis programáticas o las líneas partidistas, en que puede incurrir un actor político a cambio de dinero o de bienes o servicios que lo representen.

            Los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan del Nuevo Testamento afirman que Judas Iscariote  —uno de los doce originarios apóstoles de Jesús—  traicionó a su maestro y lo vendió a los soldados romanos por “treinta monedas”.

            Esto han sostenido por dos mil años las sagradas escrituras y han creado en torno de Judas la figura del traidor por antonomasia. Sin embargo, esta visión secular fue desmentida en 1978 cuando se encontró un papiro en el desierto egipcio de Al Minya que reveló que Judas Iscariote no traicionó a Cristo ni lo vendió a sus captores por treinta monedas, como han sostenido los textos pos-testamentarios a lo largo de los siglos, sino que, de común acuerdo, cumplió con denunciarlo ante los romanos para que pudiesen cumplirse los planes cristianos de redención de la humanidad. Ese manuscrito de 66 páginas, traducido del griego y escrito en copto  —que era el dialecto hablado por los cristianos egipcios antiguos—,  contiene una copia del Evangelio de Judas que demuestra que Cristo eligió a este apóstol para que, mediante su denuncia a las autoridades romanas, le ayudase a cumplir su misión.

            El documento estuvo oculto por mil setecientos años, aunque se presumía su existencia por una referencia del obispo Irineo de Lyon  —que entonces formaba parte de la Galia Romana—,  en su tratado “Contra la Herejía”, escrito en el año 180 de la era cristiana, en que rechazó por “apócrifos” varios de los evangelios escritos durante los primeros tiempos del cristianismo, entre ellos el Evangelio de Judas.

            La revista "National Geographic", en su edición del 6 de abril del 2006, dio a conocer los resultados de los análisis que hizo un grupo de científicos al documento, que fue sometido a cinco pruebas diferentes: carbono 14, análisis de tinta, imagen espectral, evidencias contextuales y análisis paleográfico. El estudio tomó varios años. Ferry García, miembro de la National Geographic Society, explicó que “con base en los mejores métodos disponibles para la autentificación, estamos seguros de que esto es genuino, de que esto es una obra de la antigua literatura apócrifa cristiana”.

            Por encargo de la Maecenas Foundation for Ancient Art de Suiza, un equipo dirigido por el profesor suizo Rodolphe Kasser, renombrado conocedor del lenguaje copto, empezó su traducción en el año 2001. El documento  —que comienza con “el relato secreto de la revelación que Jesús hizo en conversaciones con Judas Iscariote durante una semana antes de que celebrasen la Pascua”—  describe a Judas como “el único discípulo que conoce la identidad verdadera de Jesús”, según afirmó George Wurst, profesor de la Universidad de Augsburg en Alemania, y deshace la afirmación de “traidor” sostenida por la Iglesia Católica a lo largo de dos milenios. Obviamente no se sabe quién lo escribió, cosa que igual ocurre con los evangelios del Nuevo Testamento.

            Los personeros de la Iglesia no pudieron ocultar su preocupación por el descubrimiento de este evangelio perdido que contradecía frontalmente los evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que habían hecho de Judas la figura del traidor paradigmático. La presencia de un evangelio que desmentía a los cuatro canónicos del Nuevo Testamento resultaba especialmente perturbadora. El papa Benedicto XVI reaccionó dogmáticamente y dijo que Judas Iscariote “personifica al hombre inmundo para quien el dinero, el poder y el éxito son más importantes que el amor”. Y, durante la misa de la última cena celebrada en la basílica de San Juan de Letrán a pocos días de la revelación del documento, afirmó que "la traición de Judas fue totalmente libre, un rechazo neto al amor de Dios". Pero el nuevo evangelio revela las relaciones inéditas que mantuvieron Jesús y Judas. Afirma que lejos de ser un traidor, Judas fue el más querido y admirado discípulo por Jesús, hasta el punto de haberle confiado secretamente la misión de delatarlo ante los soldados romanos para poder cumplir sus designios.

 
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