transición

            Es, en sentido amplio, el transcurrir de una etapa histórica hacia otra de características diferentes. La transición es un proceso de maduración de la historia y, como tal, forma parte esencial de ella, que, por su naturaleza, es móvil y se resuelve en un permanente e interminable discurrir de acontecimientos. Aquello del <“fin de la historia”, planteado por el cuasifilósofo nipón-estadunidense Francis Fukuyama al final de los años 80 del siglo anterior para explicar el triunfo del capitalismo liberal sobre el marxismo en la guerra fría, carece de todo sentido. La historia no tiene fin. La democracia liberal con su “mercado libre” no constituye “el punto final de la evolución ideológica de la humanidad” ni “la forma final de gobierno”, como dice Fukuyama, sino que es apenas un episodio en el curso de los tiempos.

            En sentido político  —que es un sentido restricto—  se entiende por transición el proceso de sustitución de un régimen autoritario, implantado y ejercido al margen de la ley, por uno democrático, en una secuencia carente de traumas y rupturas. Por eso se habló de la “transición a la democracia” cuando en los años 60 y 70 del siglo pasado cesaron las dictaduras en España, Argentina, Chile, Uruguay, Ecuador, Perú, Guatemala, Brasil y otros Estados y se establecieron en su lugar regímenes constitucionales. Sin embargo, debe quedar claro que no siempre la vuelta al constitucionalismo es la vuelta a la democracia, puesto que democracia y constitucionalismo no van necesariamente juntos. La democracia implica una forma específica de constitucionalismo: aquella en que la ley sirve al interés general. Cosa que no siempre ocurre puesto que con frecuencia la ley está hecha para uso particular de grupos privilegiados. De modo que una cosa es retornar a los cauces de la ley y otra a los de la democracia.

            En la vida política, la transición por antonomasia es un paso programado, paulatino, sin sobresaltos y conducido consensualmente de un régimen a otro. La transición, por tanto, excluye la ruptura. Si una dictadura es abatida de pronto por una insurrección popular violenta  —como ocurrió en Cuba en 1959, o en Nicaragua en 1979 o en Rumania en 1989—  allí no hay transición: hay ruptura, o sea transformación brusca de un régimen de facto en uno constitucional.

            Probablemente por esto los pensadores de todos los tiempos, sintiendo que “su sociedad” y “su época”, y acaso ellos mismos, cabalgaban sobre un proceso de inestabilidad y cambio, afirmaron siempre que atravesaban por un período de transición. Probablemente no hay época histórica en que no se haya dicho esto. En rigor, siempre estamos en transición, es decir, en proceso de evolución. Vistas las cosas consciente o inconscientemente bajo una perspectiva dialéctica, los hombres siempre vivieron “entre dos creencias”: la que estaba en el ocaso y la que se anunciaba con el amanecer, lo que les hizo pensar invariablemente que “su época” era de transición. Esto siempre será así porque los hombres estarán inevitablemente colocados en medio de procesos sociales y culturales de transición, en que las cosas son y dejan de ser, y por tanto siempre se sentirán a horcajadas de dos épocas.

            El estado natural de la sociedad es la transición. “Crisis” y “transición” son conceptos que casi siempre van juntos porque la crisis rompe la tranquila continuidad de un sistema y hace perceptible la transición. El líder y pensador socialista italiano Antonio Gramsci (1891-1937) decía que la crisis surge cuando lo que tiene que morir no muere y lo que tiene que nacer no nace, con lo que quiso dar a entender que ella es un desorden o una interrupción del curso normal de la vida social. En igual sentido, José Ortega y Gasset (1883-1955) describía a las crisis sociales como el caducar de un sistema de creencias básicas no remplazadas y afirmaba que un hombre, un grupo o una época está en crisis “mientras vive entre dos creencias, sin sentirse instalado en ninguna”.

            Las eras históricas son cada vez más cortas por el vértigo que el progreso científico y tecnológico imprime a los acontecimientos humanos. La prehistoria duró millones de años. La Antigüedad  —que se extendió desde la invención de la escritura hasta el comienzo de la Edad Media—  duró aproximadamente 6.000 años, la Edad Media diez siglos, la Edad Moderna 297 años, la Edad Contemporánea 156 años, la Edad Atómica 44 años y no sabemos cuánto durará la Era Electrónica en que vivimos, pero no será mucho. Hoy la humanidad cambia en una década más de lo que antes cambiaba en siglos. La duplicación del volumen de conocimientos tomó desde los tiempos de Cristo hasta mediados del siglo XVIII, después los conocimientos se duplicaron en los siguientes 150 años y hoy se duplican cada 4 o 5 años. La capacidad de cálculo de los ordenadores se dobla cada 18 meses y su rendimiento mejoró 25.000 veces en sus primeros 25 años de vida. Cada diez años se multiplica por mil la potencia de los supercomputadores. Los cambios sociales alcanzan velocidad de vértigo. Por eso es que tenemos, hoy más que siempre, la impresión de que vivimos un período de transición.

            En la última década del siglo XX la historia dio un salto cualitativo con el colapso de la Unión Soviética, la caída del Muro de Berlín y la terminación de la guerra fría: espectaculares acontecimientos que ocurrieron en el plazo absurdamente corto de cinco meses y que cambiaron el rostro del mundo. El 24 de agosto de 1989 un hombre del Sindicato Solidaridad, Tadeusz Mazowiecki, se convirtió en jefe del gobierno de Polonia tras elecciones parlamentarias libres y formó el primer gabinete no comunista de Europa oriental. En ese mismo mes decenas de miles de alemanes orientales que habían ido a Hungría de vacaciones destruyeron las alambradas de púas que separaban Alemania Popular de Austria y por allí pasaron a Alemania occidental. En noviembre sumaban doscientos mil. Inmensas manifestaciones en Leipzig y Berlín forzaron la renuncia de Erich Honecker, el gobernante de Alemania comunista. El 9 de noviembre grupos de jóvenes derribaron con picos y palas el <muro de Berlín, en una emotiva jornada libertaria. Concomitantemente el pueblo de Checoeslovaquia salió a las calles a protestar contra su gobierno y los comunistas se vieron forzados a abandonar el poder. Un golpe palaciego derrocó en Bulgaria a Todor Jivkov, jefe del Estado y del partido. Después de sangrientos enfrentamientos en Timisoara y Bucarest el dictador rumano Nicolae Ceaucescu y su mujer Helena, al intentar huir, fueron detenidos, juzgados sumariamente y ejecutados.

            El imperio soviético se derrumbó y surgió un nuevo orden político y económico internacional.

            La historia volvió a dar otro salto con los sangrientos atentados islámicos del 11 de septiembre de 2001 contra los símbolos del poder económico y militar de Estados Unidos. A partir de ese hecho muchas cosas cambiaron. Se inauguró la era del terrorismo global y una nueva doctrina de la seguridad nacional surgió para regir los destinos del mundo. Pero todos estos cambios se inscriben en el proceso ininterrumpido de transición en que se mueve el universo.

            Cuando nos acercábamos al cambio de siglo y de milenio, envueltos en presagios apocalípticos y supersticiones de toda clase, se agudizaron las percepciones de transición. El escritor español Ignacio Ramonet decía en su libro “Un Mundo sin Rumbo” (1997) que estábamos “en un tiempo-encrucijada” y que transitábamos por “uno de esos puntos de bifurcación en que las reglas culturales fundamentales, que dan ritmo a la vida y al pensamiento de los hombres, cambian, se modifican. Todo se ha trastornado. Necesitamos cuestionar certezas, revisar las prácticas, comprender los nuevos parámetros de los tiempos actuales.”

            Insisto: los pensadores de todas las épocas tuvieron la misma percepción. Sintieron que su generación estaba situada en un punto de inflexión histórica. Percepción que siempre fue determinada por la dinamia de los acontecimientos científicos y sociales.

            La transición de nuestro tiempo es la que va del orden industrial tradicional al orden postindustrial, en el marco de la <sociedad del conocimiento en la que el principal insumo con que trabajan los instrumentos de la producción es la información. Experimentamos el tránsito entre la sociedad industrial y la sociedad de los servicios digitales fundada en el conocimiento informático, que implica una nueva racionalidad. En el curso de esta transición se da una progresiva desintegración de una serie de tradiciones, instituciones y normas que rigen la organización social y económica  —relaciones de propiedad y de trabajo, operación de las empresas, condiciones de la contratación laboral, distribución de los beneficios, regímenes tributarios, sistemas de “management” empresarial, contratos colectivos de trabajo, jornadas de labor, papel de los sindicatos, seguridad social, jubilación, etc.—  para dar nacimiento a nuevas fórmulas de estructuración social.

 
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