“tradición, familia y propiedad” (TFP)

            Es un movimiento político-religioso fundado en 1960 por el pensador católico brasileño Plinio Correa de Oliveira (1908-1995) bajo el nombre de Sociedade Brasileira de Defesa da Tradicao, Família e Propriedade (TFP), que ha tenido réplicas en 25 países de varios continentes.

            Plinio Correa de Oliveira  —a quien su biógrafo italiano Roberto de Mattei llamó il crociato del secolo XX—  es el inspirador e ideólogo de este movimiento de tendencias claramente teocráticas. Por obvios motivos las palabras <cruzada y cruzado son muy del gusto de los pensadores católicos. Los principios que podríamos llamar “ideológicos” de este movimiento están dados fundamentalmente en los libros de Correa: “Revolucao e Contra-Revolucao” (1959) y “Nobreza e elites tradicionais análogas nas alocucoes de Pio XII ao Patriciado e à Nobreza Romana”, publicado en  1993.

            Esta ultraderecha de signo católico se proclama abiertamente contrarrevolucionaria. Denuncia “la existencia de un proceso cinco veces secular que se llama revolución, impulsado por dos pasiones negativas: el orgullo y la sensualidad”. Afirma que el primero conduce al odio hacia toda superioridad y genera el igualitarismo, y que la segunda conduce a la abolición de todo freno moral y origina el liberalismo. Agrega que la igualdad absoluta y la libertad total son los anhelos anárquicos más profundos del hombre contemporáneo que están precipitando al mundo en el caos más completo. Por lo que se propone denunciar y combatir los errores metafísicos fundamentales de la revolución, en defensa de los valores superiores de la cristiandad.

            Correa de Oliveira afirma que “la revolución es desorden, la contrarrevolución es la restauración del orden. Y por orden entendemos la paz de Cristo en el reino de Cristo. O sea la civilización cristiana, austera y jerárquica, fundamentalmente sagrada, antiigualitaria y antiliberal”.

            En alusión a las tesis marxistas, sostiene que las grandes transformaciones históricas, al contrario de lo que pretenden tantos filósofos y sociólogos, resultan de las sucesivas actitudes del espíritu humano frente a la religión y a la filosofía y no de condicionamientos de orden económico o material. Las crisis de las culturas y de las civilizaciones nacen de las pasiones desordenadas. Así nacieron, en la declinación de la Edad Media, el <humanismo, el renacimiento, el <enciclopedismo y la <reforma protestante. La declinación de la Edad Media fue marcada por una explosión de orgullo y sensualidad que generó tendencias igualitarias y liberales hostiles contra lo sobrenatural, contra el magisterio de la Iglesia y contra la austeridad de las costumbres. El protestantismo, dice, proclamó el libre examen, el minimalismo con respecto a lo sobrenatural, el favorecimiento del divorcio, la abolición del estado religioso y de sus votos de pobreza, castidad y obediencia y la eliminación de la jerarquía eclesiástica.

            Según Correa de Oliveira este estado de cosas alimentó  —en el curso de lo que llamó la “crisis de Occidente”—  la Revolución Francesa, la Revolución Rusa, la revuelta estudiantil de la Sorbonne de París en 1968 y el socialismo autogestionario que para él no es más que una diferente fachada de la propia revolución soviética. Tales episodios, señaló Correa de Oliveira, a pesar de sus características polimorfas no constituyen sino etapas de la única revolución, de cuño agnóstico e igualitario, “que há cinco séculos vem desfigurando e demolindo a civilizacao cristá”.

            En su obsesión anticomunista explica que está en curso la IV revolución  —la revolucao nascent—,  que es la continuación de las anteriores y que está patrocinada en la era postestalinista y en la postguerra fría por los partidos comunistas, criptocomunistas y paracomunistas y por sus inocentes-úteis, para dominar Occidente. Según Correa de Oliveira y sus seguidores este proceso no es más que una metamorfosis del comunismo. Dicen ellos que el propio Gorbachov, en su libro "Perestroika", advirtió al mundo en 1986 que se trataba de un nuevo pensamiento destinado a garantizar la transición de un sistema excesivamente centralizado hacia otro basado en la combinación del <centralismo democrático y la autogestión, pero siempre en la dirección del socialismo.

            Esta afirmación de Correa, sin embargo, implica un total desconocimiento de todo el proceso de “occidentalización” y apertura capitalista del mundo a partir de la caída del muro de Berlín, de la implosión de la Unión Soviética y de la terminación de la guerra fría. Esos acontecimientos determinaron la emergencia de un poder mundial unipolar ejercido por la potencia sobreviviente de la confrontación Este-Oeste que ha impuesto en el mundo un sistema económico basado en el mercado y sus leyes y lo ha uniformado alrededor del planeta en lo que ha dado en llamarse la <globalización. Nada de lo que ha visto Correa corresponde a la realidad. Nunca han estado tan lejos las concepciones estructuralistas y las políticas autogestionarias. Nunca las ideas de izquierda se han batido en tal retirada. Decenas de partidos comunistas de Europa oriental han revisado su propuesta ideológica y se han convertido en partidos socialdemócratas. Lo que hay es el imperio agobiante del <neoliberalismo y todo lo que éste implica: la apoteosis de las leyes del mercado, el <darwinismo económico, la desigualdad como signo de la vida social, el afán de lucro sin limitaciones y el desmantelamiento del Estado.

            Con frecuencia Correa se quejó muy dolidamente de la “infiltración comunista” en la Iglesia y criticó con dureza a los “obispos silenciosos” que la toleran. Condenó a los nuevos misioneros que exaltan la comunidad de bienes, que postulan la inexistencia del lucro, del capital y de los salarios, que hablan de “opresores” y “oprimidos”, de “privilegiados” y “marginados” y que aprovechan toda ocasión para denostar a la propiedad privada en vigencia en las naciones civilizadas de Occidente. Atacó ferozmente a la llamada <teología de la liberación. Sostuvo que las <comunidades eclesiales de base (CEB) son instrumentos de la izquierda católica para transformar el descontento popular en agitación y, a través de ella, imponer a los poderes públicos la triple reforma: agraria, urbana y empresarial. Dijo del Concilio Vaticano II que era una de las mayores calamidades, si no la mayor, de la historia de la Iglesia y que uno de los éxitos alcanzados por el comunismo postestalinista fue “o silencio enigmático, desconcertante e espantoso, apocalipticamente trágico, do Concilio Vaticano II a respeito do comunismo”.

            Proclamándose un “tomista convicto” e invocando la Summa Theologica, Plinio Correa de Oliveira sostuvo que las diferencias sociales son una condición necesaria para el perfeccionamiento del orden creado y “em conseqüencia as desigualdades de poder, ciencia, categoría social e fortuna sao intrinsecamente legítimas e indispensáveis”. Agregó que el orden social que postula la igualdad de todo cuanto es desigual es ontológicamente malo. Por eso criticó a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano  —carta magna de la Revolución Francesa y de la era histórica por ella inaugurada—  que en su “eclosión de orgullo y sensualidad” tuvo la osadía de proclamar que los hombres nacen libres e iguales en derechos.

            El movimiento sostiene que la propiedad es sagrada, según la doctrina católica. Sustenta su opinión, entre otros documentos eclesiásticos, en la encíclica Graves de Communi de León XIII, en la que el pontífice afirma que la cuestión social es principalmente moral y religiosa  —y no económica, como sostiene la opinión vulgarizada—  y por este motivo debe ser resuelta en conformidad con las leyes de la moral y de la religión. En su intransigente defensa de la propiedad privada, TFP sostiene que, a la luz de la doctrina católica, no es lícito usar la tributación como elemento de confiscación de la propiedad, sea ésta productiva o no. El movimiento es enemigo declarado de la <reforma agraria a la que considera una medida “socialista” y “confiscatoria” que viola dos mandamientos de la ley de dios: el VII no robarás y el X no codiciarás las cosas ajenas.

            El “ideólogo” del movimiento, Correa de Oliveira, sostiene que la reforma agraria importa una grave cuestión de conciencia. Este es precisamente el título de uno de sus libros: “Reforma Agrária: Questao de Consciencia” (1960), en el que afirma que la función social del derecho de propiedad no legitima la reforma agraria y que la especulación con tierras, como con cualquier otra especie de bienes, nada tiene de censurable.

            El movimiento se compone de socios, cooperadores, benefactores y grandes benefactores. Está dirigido por un consejo. Con su simbología extraída de los usos de la caballería cristiana del medievo  —capas rojas, una cruz gótica en el pecho y pendones con un león rampante sobre fondo de gules como emblema—  esta gente parece equivocada de siglo. Es la ultraderecha más rabiosa y anacrónica. En plena época de ebullición de la cuestión social y de cambio plantea la defensa intransigente de la tradición, la desigualdad, las jerarquías económicas, los privilegios históricos y los abusos de la propiedad privada. Condena toda limitación impuesta a ella por consideraciones de orden social. Proclama el imperio más absoluto del egoísmo económico. Defiende a ultranza la intangibilidad de la propiedad privada, la familia monogámica y el matrimonio indisoluble. Odia todo lo que significa <relativismo, <laicismo o <evolucionismo. Dice que ellos “corrompen” la fe que, por su naturaleza, requiere certezas incompatibles con el estado de duda inherente a esas posiciones filosóficas.

            Correa de Oliveira acentúa en el segundo de los libros antes mencionados el importante papel de las elites en los diversos campos de la actividad social y recalca el valor religioso y cultural de las tradiciones de que son portadoras.

            El movimiento TFP recuerda siempre que su finalidad primordial es el cumplimiento de los principios eternos de la verdad revelada enseñados por la Iglesia Católica y la restauración en todo su esplendor del orden temporal ceñido a ellos. Su principal devoción es a la antigua Nossa Senhora de Boulogne, mejor conocida como virgen de Fátima, cuyas cuatro réplicas de la imagen original suele sacar en pereginación por todo el mundo para sus fines politicos. Recuerdo que lo hicieron en 1984 cuando intervine como candidato a la presidencia de Ecuador a fin de evitar mi triunfo electoral. Tenían por “comunistas” mis convicciones socialistas democráticas. La imagen recorrió todo el país en medio de procesiones y los gerreiros da virgem repartieron estampas de ella con textos políticos. La TFP ecuatoriana hizo una grosera utilización de los símbolos religiosos con fines electorales.

            A mediados de diciembre del 2001 estalló un gran escándalo en Brasil por las investigaciones policiales que se hicieron en torno del desvío de grandes sumas de dinero procedente de las contribuciones de sus fieles por parte de los dirigente de la TFP brasileña, según revelaciones públicas que hizo Milton Kunio Kamikoga, quien durante 30 años fue el responsable de llevar los libros contables de la cofradía. El dinero se recaudaba con cualquier pretexto: procesiones públicas, letanías, campañas de adoctrinamiento, rogativas, etc. Importantes cantidades de dinero en donaciones recogieron sus corifeos con ocasión de la cadena de oración que organizaron contra el terrorista islámico Ossama Bin Laden, a propósito del sangriento atentado del 11 de septiembre del 2001 contra las torres gemelas de Nueva York y contra el Pentágono de Washington.

 
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