trabajo

            Es uno de los factores de la producción, juntamente con el <capital y la <tecnología. Consiste en el despliegue de la energía mental, emocional y física del ser humano en las diversas tareas de la producción. El trabajo es una descarga creativa de energía intelectual o muscular del hombre. Según predomine la una o la otra potencia se habla de trabajo intelectual o de trabajo manual.

            Las palabras labor o trabajo tuvieron originalmente, en todas las culturas, la connotación negativa de “castigo”, “penalidad”, “obligación” o “sufrimiento”. En la lengua hebrea, cuatro mil años antes de nuestra era, el trabajo humano  —llamado abodah—  estaba identificado con las tareas fatigosas de los esclavos. En la antigua India el trabajo no era considerado una actividad para los hombres libres. Entre los viejos griegos trabajar era una faena servil. Por eso Homero, en su Ilíada, expresó que el trabajo “nos lo impuso Zeus desde nuestro nacimiento como el infortunio más pesado”. Platón, al defender las faenas intelectuales, dijo que “la vulgar artesanía y los trabajos manuales avergüenzan”. Los romanos despreciaron la artesanía y el comercio, que los dejaron en manos de los extranjeros y de los esclavos. Sin embargo, Catón consideró que la agricultura representaba un exercitium moralmente valioso. El <cristianismo original tuvo el mérito de haber reivindicado el valor del trabajo, como mandamiento divino, a partir de la maldición impuesta a Adán: “maldita será la tierra por tu causa: con grandes fatigas sacarás de ella el alimento” y “mediante el sudor de tu rostro comerás el pan”. La ética cristiana no sólo bendijo el trabajo sino que no hizo diferencias entre el trabajo intelectual y el manual. San Agustín afirmó que todo trabajo era un “oficio honroso”. La palabra labor provino del latín orbho, que significaba “situación angustiosa”, “pobreza”, “castigo” o “fatiga”. Y de ella derivaron las palabras labor, en español; lavoro, en italiano; labour en inglés, cuyas antiguas significaciones estuvieron vinculadas a la esclavitud, a los prisioneros de guerra y a las penas, es decir, a los infortunios inevitables que usualmente eran soportados por los pobres.

            En la Edad Media se otorgaba mayor valor a las tareas intelectuales y espirituales que a las físicas. Pero posteriormente la <reforma protestante postuló que no hay trabajo ni oficio que sea moralmente superior a otro. Martín Lutero (1483-1546) afirmó que hacer bien la diaria labor es mejor que toda la santidad de los monjes porque es servir al prójimo y Juan Calvino (1509-1564) definió al trabajo como un servicio a dios y como ejercicio de abnegación. Lo cual motivó siglos más tarde al sociólogo y economista alemán Max Weber (1864-1920) para afirmar que el calvinismo fue la raíz más fuerte del capitalismo.

            En la época moderna se consideró al trabajo como uno de los factores de la producción. Los fisiócratas franceses, con Francisco Quesnay (1694-1774) a la cabeza, consideraron que las tareas agrícolas eran moral y económicamente superiores porque eran las únicas capaces de generar excedentes mientras que los otros tipos de trabajo eran “estériles”. Los mercantilistas, en cambio, afirmaron que el comercio era la fuente de la riqueza de los Estados.

            En la generación de los economistas clásicos  —Adam Smith, Jean-Baptiste Say, James Mill y otros—,  fue el economista británico David Ricardo (1772-1823) quien formuló la teoría de que el trabajo es la sustancia del valor económico, que fue tomada y desarrollada posteriormente por Carlos Marx (1818-1883) cuando afirmó que las cosas valen en proporción a la cantidad de trabajo humano que tienen incorporado. Las otras versiones socialistas  —la socialdemocracia, el socialismo democrático, el laborismo—  comparten este criterio, mientras que el <capitalismo moderno sostiene que la sustancia del valor está en el dinero, los papeles bursátiles, los recursos naturales y el conocimiento científico y tecnológico antes que en el trabajo humano.

            David Ricardo, uno de los grandes pensadores de la escuela clásica, formuló la teoría del valor-trabajo, según la cual el valor de los bienes debe estar en relación con el trabajo empleado en producirlos.

            Los marxistas llamaron “fuerza de trabajo” a esa energía humana que el trabajador vende a la empresa en el proceso de la producción. Para ellos, como para todas las variantes del <socialismo, el trabajo es el factor primario de la producción y la sustancia del valor. Las cosas deben valer en proporción a la cantidad de trabajo humano que contienen. Los bienes producidos por el hombre no son más que “trabajo coagulado”. Esta es la teoría del valor-trabajo desarrollada por Marx sobre las bases establecidas años antes por David Ricardo.

            Para el socialismo los otros factores de la producción son subalternos.  El capital, en cualquiera de sus formas, y la naturaleza carecen de valor si no tienen incorporado trabajo humano. “Quítese a un pan  —decía Marx—  el trabajo que en él se ha puesto, el trabajo del panadero, del molinero, del labrador, etc., y ¿qué queda? Algunos granos de hierbas salvajes impropios para cualquier uso humano “.

            A partir de la teoría del valor, el <marxismo formuló la teoría de la plusvalía, que explica el origen de los beneficios o ganancias de los dueños del capital. Sostiene que el trabajador, en el sistema capitalista, se ve obligado a vender su fuerza de trabajo y, a cambio de ella, recibe una determinada remuneración. Durante su jornada de labor el trabajador crea un cúmulo de riqueza que entrega al dueño del instrumento de producción. Como lo que recibe por salario es menor a lo que crea con su esfuerzo, el empresario se beneficia con la diferencia. El beneficio del empresario es el trabajo no pagado. Esto se podría explicar así: un trabajador que labore una jornada de ocho horas genera durante las cuatro o cinco primeras horas un valor equivalente a lo que recibe como salario.  El  tiempo  restante  hasta  completar  la  jornada  —tres o cuatro horas o lo que fuera—  trabaja gratuitamente en beneficio del empresario. Esta es la plusvalía, o sea trabajo no pagado, que es, según el marxismo, la fuente de los excedentes del capitalista y, al propio tiempo, de la explotación al trabajador.

            Los ideólogos marxistas han imputado siempre al sistema capitalista el convertir la fuerza de trabajo en una mercancía. Lo cual es cierto. Esa mercancía se compra y se vende en el mercado laboral todos los días. En último término, el hombre que ocupa su vida en trabajar no es más que una mercancía. Para evitar esto, la oferta de Marx fue una sociedad en la cual cada persona trabajara de acuerdo con sus capacidades y recibiera los beneficios según sus necesidades. En una sociedad así desaparecería la “explotación del hombre por el hombre” y se borrarían las diferencias entre el trabajo intelectual y el manual y entre el trabajo de la ciudad y el del campo. A Vladimir Ilich Lenin le correspondió el desafío de aplicar las fórmulas marxistas. Fue el primer gobernante encargado de materializar en el gobierno de su país las teorías. Y las cosas no le fueron fáciles. A cada paso la realidad negaba obediencia a las lucubraciones abstractas. Lenin hubo de hacer una serie de adaptaciones de la teoría a la realidad y para ello le resultó inevitable revisar muchos de los planteamientos de Marx, que sin duda fueron más eficientes para analizar los desvaríos del capitalismo que para construir el socialismo. El resultado de esta ardua operación fue el <marxismo-leninismo, que es la doctrina marxista revisada por Lenin para adecuarla a las condiciones de un país agrícola y subdesarrollado como fue la Rusia de su tiempo.

            En el curso de su gobierno no pudo resolver la reducción de la jornada laboral (dado que ya no había la <plusvalía, es decir, el tiempo de trabajo del que se apropiaba el capitalista), ni el desarrollo de la conciencia de responsabilidad de la clase obrera frente a sus obligaciones, ni la emergencia de una <nueva clase dominante en función del manejo de los instrumentos de producción. Tampoco pudo hacerlo Stalin no obstante su largo período gubernativo de casi tres décadas. Como no hubo una reacción muy clara de la “moral proletaria” ni de la “disciplina voluntaria del trabajo”, Stalin se vio precisado a expedir rigurosas normas laborales para establecer la obligación del trabajo y para ejercer el control de los trabajadores. Y ciertamente tuvo que apelar a todos los poderes que le confería la dictadura del proletariado para dar eficacia a sus decisiones.

            Las distancias entre la teoría marxista y la práctica soviética pueden apreciarse a partir de la afirmación que Stalin hizo en su obra  —quiero decir: en la obra que se le atribuye—  titulada “Problemas Económicos del Socialismo en la URSS” (1953) de que “es necesario tirar por la borda algunos conceptos tomados de El Capital, de Marx”.

            Lo cierto es que el sistema político y económico de un país se define por la importancia que se asigna a los diversos factores de la producción. Para el <capitalismo la sustancia del valor es el dinero, los papeles bursátiles, los recursos naturales (tierras, minas, aguas, bosques, vientos, rayos solares) y los bienes de capital (o sea los equipos y maquinarias que sirven para producir los bienes de consumo). Las doctrinas socialistas sostienen que la esencia del valor está dada por el factor trabajo. En la sociedad informatizada de hoy ha cobrado gran importancia el conocimiento tecnológico  —que es una forma especialmente sofisticada de trabajo humano—  como componente del valor. Y este hecho ha tenido que ser reconocido tanto por el capitalismo como por los socialismos modernos.

            Las máquinas no se mueven solas por más elevada que sea la tecnología que las rija y necesitan del trabajo intelectual y físico del hombre. Es la fuerza de trabajo humana la que les torna productivas. Sin ellas serían cuerpos inertes.

            Es la ergonomía la que estudia las relaciones biológicas y tecnológicas entre el hombre y la máquina y sus mutuas adaptaciones.

            En el mágico mundo de los ordenadores personales y de la informática móvil se ha forjado el concepto del teletrabajo, que fuera acuñado tiempo atrás  —en 1973—  por el físico norteamericano Jack Nilles. Se trata de un trabajo a distancia, que el funcionario o empleado puede desarrollar desde su hogar. Esta es una posibilidad que brinda la <informática en la moderna sociedad del conocimiento. Las redes de ordenadores permiten la descentralización de los lugares de trabajo, de modo que ya no sea necesario que el trabajador se mueva de su casa. Está presente en la oficina a través del ordenador. Y el ordenador hace de su casa una oficina virtual. Se trata, por supuesto, de una descentralización física combinada con una centralización lógica de ciertas tareas laborales. Todo lo cual está llamado a modificar la estructura del trabajo, la organización de las empresas y los hábitos de los trabajadores. En la medida en que se implante esta modalidad laboral se ahorrará el tiempo que hoy se gasta en el traslado hacia y desde las oficinas  —que son cuatro desplazamientos diarios en los países que no han adoptado la jornada única—  y será innecesaria la vigilancia personal para asegurar la productividad del trabajador, aunque algunos de los sistemas hasta aquí empleados activan una luz en las oficinas de los jefes como signo de que sus empleados están trabajando. Por supuesto que este sistema sólo es aplicable a ciertas áreas del trabajo. No puede ser general. Todo lo que dependa de las instalaciones fabriles o de los laboratorios tendrá que seguir centralizado. En los Estados Unidos ya hay alrededor de 20 millones de teletrabajadores y en Europa cerca de dos millones. Empresas como la Rank Xerox, la IBM o la British Telecom han empezado a promover el trabajo a distancia de algunos de sus operadores.

            El teletrabajo en el mundo desarrollado ha empezado incluso a organizarse internacionalmente. Ciertas empresas han localizado algunas de sus oficinas en los países del tercer mundo para disminuir sus presupuestos de personal y sus gastos generales. Tal es el caso de la compañía de aviación Swissair que en 1991 trasladó a Bombay 120 puestos de billetaje, dado que los salarios indios representan la tercera parte de los suizos. La empresa norteamericana Motorola ha desplazado su trabajo de diseño de equipos y programación a China, India, Singapur, Hong Kong y Taiwán, con grandes ahorros en gastos de personal.

            Las implicaciones sindicales del teletrabajo son importantes porque se fragmenta y se descentraliza la masa laboral al tiempo que se acentúan las relaciones individuales de los trabajadores con su empresa. Ya no hay la presencia física y masiva de ellos en el lugar de trabajo. Muchos de los lugares de trabajo desaparecerán con el nuevo sistema y las empresas obtendrán importantes ahorros en la compra o arrendamiento de inmuebles. Cada uno de los trabajadores está separado por grandes distancias de los demás. Ya no hay el “contagio” emocional frente a los problemas laborales, las asociaciones de trabajadores pierden mucho de su organización y la articulación de las reivindicaciones es más difícil para los líderes sindicales. Mover a una huelga en el ciberespacio ciertamente que les es más complicado que impulsar una tradicional. Este proceso se acentuará en los futuros años en los países desarrollados y será seguido por los demás. Los analistas prevén, por ejemplo, que en los Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo XXI el 80% de la fuerza laboral trabajará fuera de los tradicionales centros de trabajo. Lo cual significará un cambio fundamental en los modos de producción y en las relaciones laborales.

            Estos serán mucho más flexibles. Cambiarán los conceptos de “estabilidad” laboral y de jornada de trabajo. Las relaciones entre el empleador y el trabajador serán diferentes. El concepto de “puesto de trabajo” tenderá a desaparecer puesto que el trabajador podrá laborar desde su casa. Se pondrá énfasis en la capacidad de los trabajadores para autoprogramarse y para conducirse responsablemente. La responsabilidad individual sustituirá a la responsabilidad colectiva. Aumentará el número de trabajadores por cuenta propia, a tiempo parcial y a distancia.

            Comentan los escritores norteamericanos Alvin y Heidi Toffler, en su libro “La revolución de la riqueza” (2006), que “en el 2000, unos ciento diecinueve millones de estadounidenses malgastaron aproximadamente venticuatro mil millones de horas yendo y viniendo por causa de su trabajo”, mientras que en la actualidad grandes cantidades de personas han dejado de trabajar en el centro de las ciudades.

            Sostienen que con el advenimiento de la “tercera ola”, o sea con la civilización del conocimiento, en el siglo XXI tiende a producirse en el mundo desarrollado y, en mucho menor medida, en el mundo subdesarrollado, una descentralización de las fábricas, oficinas y lugares de trabajo, con lo cual grandes grupos humanos dejan de laborar en el centro de las ciudades y la producción en masa da paso a una producción crecientemente individual y personalizada, fundada en el conocimiento. Afirman los esposos Toffler que “los horarios de trabajo pasan de ser fijos a en cualquier momento y lugar, incluido el propio hogar, lo que altera una vez más la manera de usar el tiempo y el espacio”.

            Las relaciones de trabajo, cualquiera que sea su modalidad, están regimentadas en cada país por el Derecho Laboral  —que es una de las ramas del Derecho Social—  compuesto por una serie de preceptos que tutelan los intereses del trabajador, considerado la parte más débil de esas relaciones. El Derecho del Trabajo fue fruto de las profundas transformaciones sociales que se produjeron en Europa a raíz de la <revolución industrial y del <maquinismo. Esta disciplina jurídica sustituyó los principios de la “libre contratación” y de la “autonomía de la voluntad”, que rigieron en el Derecho tradicional, de corte individualista, por el criterio de la tutela estatal de los derechos de los trabajadores. Partió de la idea de que, en las relaciones entre los trabajadores y los dadores de trabajo, el Estado no puede cruzarse de brazos sino que debe tomar a su cargo decididamente la defensa de los intereses laborales, por medio de un Derecho protector del elemento económicamente más débil de esas relaciones. Esta es una de las características comunes a todas las ramas del Derecho Social.

            Pero la legislación laboral ha tendido a internacionalizarse para tratar de establecer una serie de principios de validez universal, que sean aceptados y aplicados de una manera uniforme en todos los países. Ya Roberto Owen (1771-1858), uno de los socialistas utópicos, enunció hace más de ciento cincuenta años la idea de una reglamentación internacional del trabajo. Entre los años 1890 y 1945 se celebraron varias conferencias internacionales en torno al tema. Un paso decisivo fue la suscripción del Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919, al término de la Primera Guerra Mundial, en cuyo título XIII se creo la Organización Internacional del Trabajo (OIT), bajo la dirección de la Sociedad de las Naciones, con la misión de proteger a los trabajadores del mundo, cualquiera que sea su raza o nacionalidad. En el preámbulo de la "Carta Internacional del Trabajo" se estableció como principio que “el trabajo no debe ser considerado simplemente como una mercancía o un artículo de comercio” y se proclamó una serie de normas, de valor universal, sobre jornadas de labor, salarios, descanso obligatorio y derecho de los trabajadores a organizarse. Estos postulados fueron complementados por la Declaración de Filadelfia de 1944, incorporada a la carta constitutiva de la OIT. Con la creación de las Naciones Unidas el 26 de junio de 1945 en San Francisco de California, la Organización Internacional del Trabajo pasó a ser uno de sus organismos especializados. Finalmente, en la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, se estableció que toda persona tiene derecho al trabajo en condiciones equitativas, a la protección contra el desempleo, a igual salario por trabajo igual, a una remuneración que le asegure, junto con su familia, una existencia conforme a la dignidad humana, al descanso obligatorio, a vacaciones remuneradas, a la limitación de la jornada de labor y a fundar <sindicatos para la defensa de sus intereses laborales.

 
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