testaferro

            Se llama así a la persona que presta su nombre para encubrir a los promotores de un negocio, generalmente sucio o indebido. Ella es la que aparece como dueña sin serlo. Se trata de una palabra usual en los ámbitos económico, comercial y político. Cuando el verdadero dueño no quiere aparecer busca testaferros para que “den la cara” por su negocio. Lo propio suele ocurrir en la vida política. Con frecuencia, los inspiradores y beneficiarios de una operación política poco clara se esconden detrás de “prestanombres” para evitar ser identificados. Acuden a los testaferros políticos para <sacar las castañas del fuego o encubrir la paternidad de acciones políticas indebidas, en operaciones que carecen totalmente de >transparencia.

            Proveniente del italiano testa-ferro, que significa “cabeza de hierro”, esta palabra designa a quien presta su nombre en un contrato, pretensión o negocio de otra persona.

            La historia política está plagada de testaferros que han servido de pantalla a quienes en realidad han gobernado o que han prestado su nombre para negocios públicos oscuros. Un antiguo caso fue el de Corea cuando los militares, encabezados por el general Ch’oe Ch’ung-hon, se rebelaron en el año 1170 contra las familias de la aristocracia y los sacerdotes budistas que ejercían el poder, y utilizaron al monarca como testaferro de la sedición. En América Latina un caso emblemático fue el de la familia Somoza que ejerció el poder en Nicaragua por 43 años y puso ocasionalmente como presidentes interinos a sus testaferros Lorenzo Guerrero, René Schick y Leonardo Argüello, aunque este último, que sucedió a Anastasio (Tacho) Somoza en 1947, duró apenas 25 días en el cargo por haber lucido una cierta independencia respecto de la familia Somoza. La Guardia Nacional lo derrocó y lo sustituyó con un testaferro más confiable: Benjamín Lacayo Sacasa de 1947 a 1951.

            En licitaciones y negocios con el Estado es frecuente el uso de testaferros que, con el empleo de información privilegiada, la utilización de datos confidenciales y el tráfico de influencias, ganan contratos y sirven con ellos los intereses de presidentes, ministros o funcionarios corruptos que permanecen en la sombra.

 
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