tercer mundo

            Esta expresión se debe al sociólogo francés Alfred Sauvy, quien la formuló en 1952 con la idea de asimilar a los países pobres de la actualidad con el “tercer estado” de la estratificación socio-política francesa anterior a la revolución de 1789, que era  la capa social más pobre y marginada. Después la prensa de Francia empezó a utilizar la locución “tiers monde” no para significar exactamente lo que hoy entendemos por “tercer mundo” sino para hablar del “mundo de más allá”, del “mundo extranjero”. En francés se dice “tiers personne” para referirse a un extranjero. Es presumible que, como traducción de esa expresión, se haya empezado a usar aquello de “tercer mundo” con que los países industrializados designaban a “los de más allá”.

            En todo caso, la denominación fue inmediatamente tomada por los círculos de economistas e investigadores de las Naciones Unidas, que empezaron a usar las expresiones “primer mundo”, “segundo mundo” y “tercer mundo” para referirse a los países en función de su grado de “desarrollo” y de su sistema político y económico.

            Era la época en que comenzaron a promoverse los intereses y los objetivos de los países pobres.

            En efecto, durante las últimas décadas se dio en agrupar a los Estados, según su nivel de desenvolvimiento económico y su orientación política, en tres grandes categorías: el primer mundo, integrado por los países avanzados; el segundo mundo, compuesto de los países marxistas industrializados de Europa del Este, que se han desintegrado o se han vuelto capitalistas; y el tercer mundo, que comprende a los países subdesarrollados de Asia, África y América Latina.

            Formaban parte del tercer mundo más de 140 países que, a pesar de sus profundas diferencias culturales, políticas y sociales entre sí, tienen en común bajos niveles de ingreso por habitante, altos índices de crecimiento demográfico, atraso científico y tecnológico, elevadas tasas de analfabetismo y un alto grado de <dependencia externa.

            Sin embargo, con los recientes acontecimientos mundiales esta diferenciación propia del período de la guerra fría ha perdido sentido, ya porque ha desaparecido el segundo mundo a raíz del colapso de los Estados de la órbita marxista, ya porque se han acentuado las diversidades entre los países del tercer mundo, ya porque ha emergido en los últimos años una constelación de países que están en proceso de alcanzar altos grados de desarrollo económico  —China, India, Hong Kong, Singapur, Taiwán, Corea del Sur, Australia y, en menor grado, Tailandia, Malasia, Indonesia, Filipinas, Brasil, México, Argentina, Sudáfrica y Brunéi—  a todos los cuales se ha dado en llamar “mercados emergentes” en la jerga de la globalización y a los que resulta forzado clasificar como tercermundistas.

            Después de la reordenación mundial a que dio lugar el colapso de los países del segundo mundo, sólo existen el primer mundo, que tiene al llamado grupo de los ocho (G-8) como núcleo central  —Alemania, Canadá, Italia, Japón, EE.UU., Inglaterra, Francia y Rusia—  y el tercer mundo que alinea, si bien con las imprecisiones que anotamos antes, a los países subdesarrollados de Asia, África y América Latina.

            La “asociación plutocrática” de los países capitalistas más ricos  —como la ha denominado el pensador catalán Federico Mayor—  estuvo primero constituida por seis países: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Inglaterra e Italia. Era el G-6, formado en 1973. Con la incorporación de Canadá en 1976 se constituyó el G-7. En 1997 se unió Rusia y fue el G-8. Más tarde, sin dejar de existir este último grupo, se creó el G-20 integrado por el G-8 más once Estados en proceso de industrialización  —Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, India, Indonesia, México, Corea del Sur, Sudáfrica y Turquía—  y la Unión Europea. Allí están los más grandes países capitalistas del mundo. Se unieron las economías desarrolladas con las denominadas economías emergentes para juntar las piezas fundamentales de la arquitectura financiera internacional.

            El G-20 se ha convertido en un foro de discusión de la economía mundial.

           En su estudio Global Trends 2015, científicos no gubernamentales norteamericanos contratados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y el National Intelligence Council para vislumbrar el futuro del mundo, aseguran que “por el tamaño de su población  —1.200 millones de habitantes en el año 2015—,  su impulso tecnológico y el crecimiento de su economía, la India está destinada a convertirse en un nuevo poder regional, a pesar de la brecha creciente entre pobres y ricos y de la naturaleza irritable de su lucha política interna. Sin embargo, es previsible que la emergencia de la India aumente sus tensiones con China, complique sus malas relaciones con Rusia y Japón y aumente su distanciamiento nuclear con Pakistán”.

            Los mismos científicos dicen de China que “se ha demostrado políticamente flexible, económicamente dinámica y crecientemente acertada en posicionarse para jugar un papel de liderazgo en Asia. Su programa militar de largo plazo, en particular, sugiere que Beijing quiere tener la capacidad de alcanzar sus objetivos territoriales, superando a sus vecinos, y contener el poder de los Estados Unidos en la región”. No obstante, afirman, “China continuará mirando a la paz como un elemento esencial para su crecimiento económico y estabilidad interna”.

            Sin embargo, hay quienes hablan también del cuarto mundo con referencia a los países más pobres del planeta, cuya situación económico-social es todavía peor que la de los países del tercer mundo. Esos países tienen ingresos per cápita inferiores a 200 dólares por año, economías de supervivencia en el sector rural, bajísimos niveles de industrialización, insuficiencias educativas, alimenticias y sanitarias, un ritmo de crecimiento muy bajo, estancado o negativo, y extremada pobreza entre una población que crece explosivamente.

            La expresión tercer mundo ha perdido sentido. Este lo era con respecto al primer mundo de los países industrializados de Occidente y al segundo mundo de los países desarrollados de la órbita marxista. Mas este mundo se ha extinguido. La Unión Soviética se desintegró en lo que fue la desaparición de uno de los grandes imperios de la historia. Ella y los países que giraban a su alrededor se han incorporado  —o tratan de incorporarse—  al primer mundo. Los que no puedan hacerlo se insertarán en el mundo del <subdesarrollo. Pero, de cualquier manera, el esquema va en camino de reducirse a sólo dos mundos contrapuestos: el de los países avanzados y dominantes del <norte y el de los países periféricos y atrasados del <sur, separados por la diferente dinámica del desarrollo político, económico y social.

            Los países del tercer mundo formaron en 1962, en el seno de las Naciones Unidas, el “grupo de los 75”, cuando ese era el número de los países subdesarrollados que pertenecían a la Organización Mundial. Dos años después, durante la primera conferencia de la UNCTAD (United Nations Conference on Trade and Development), ingresaron a las Naciones Unidas dos países subdesarrollados y la comunidad cambió su nombre por el de “grupo de los 77”. Y aunque posteriormente entraron nuevos países, se resolvió mantener ese nombre. El “grupo de los 77” reúne a los países atrasados que son miembros de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Pero no hay entre ellos una gran uniformidad de características económicas y sociales ni de sistemas políticos. Esas diferencias son las que han impedido al grupo alcanzar consensos y defender eficientemente sus intereses comunes. La acción conjunta, en consecuencia, ha sido muy ineficaz.

            Más de 3.500 millones de personas, o sea las cuatro quintas partes de la población mundial, viven en la zona subdesarrollada del planeta. Esta inmensa porción de la humanidad brega por un cambio en el orden económico internacional, que haga justicia a los países pobres, que distribuya con equidad el ingreso mundial y que les permita mayor participación en la decisión de los asuntos que comprometen el destino de la humanidad. Esta lucha no es fácil. Los nexos internacionales están determinados por la relación de fuerzas entre los países. Son, en realidad, relaciones de poder. Los Estados del Norte, que tienen como eje a los siete de mayor desarrollo industrial, se resisten a todo cambio que pueda disminuir su hegemonía. Actúan en un frente común de negociación a pesar de sus discrepancias internas. El problema de la <deuda externa lo puso en evidencia años atrás. Y la llamada “ronda Uruguay” del GATT también. Los países del Sur tienen mucho menos homogeneidad y su unidad se ve resquebrajada con frecuencia. En realidad, estos países son muy disímiles entre sí. Difieren en tamaño territorial, población, recursos naturales, grados de desarrollo económico, cultura y regímenes políticos, aunque todos comparten la marginación de los beneficios de la prosperidad y del progreso.

 
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