tercera vía

            Se denominó así a la propuesta presentada por el primer ministro inglés Anthony Blair en un encuentro celebrado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Nueva York el 21 de septiembre de 1998  —con la presencia del presidente de Estados Unidos Bill Clinton, del primer ministro italiano Romano Prodi, del premier búlgaro Petar Stolano y de varias personalidades del mundo académico y con la ausencia de dos de los invitados: el presidente Fernando Henrique Cardoso del Brasil y el primer ministro Göran Persson de Suecia—  para buscar la “tercera vía” equidistante entre el laissez-faire y el estatismo y tratar de reconciliar hacia el siglo XXI, como lo dijo Blair, puntos de vista que erróneamente en el pasado fueron considerados como antagónicos por la “vieja izquierda”  —tales como el patriotismo y el internacionalismo, derechos y deberes, promoción de la empresa y lucha contra la pobreza y la discriminación—  a fin de alcanzar el crecimiento económico y el desarrollo en el marco de una sociedad abierta, justa y próspera.

            En su manifiesto de veinte páginas, publicado por la Fabian Society de Inglaterra y después por la Fundación Alternativas de España, Blair explicó, aunque sin muchas precisiones, que “la tercera vía representa el camino hacia la renovación y el éxito de la socialdemocracia moderna. No se trata simplemente de un compromiso entre la derecha y la izquierda sino de una política que se libera de los vínculos de ideologías superadas y se propone recoger los valores fundamentales del centro y del centroizquierda para aplicarlos al mundo moderno que atraviesa por importantes cambios sociales y económicos”.

            Para ello “la sociedad reclama una dirigencia política con capacidad de guía  —agregó—  que sepa decir cómo adaptarse y prosperar, cómo construir la estabilidad y la seguridad en un mundo de continuos cambios. La gente reclama los valores tradicionales del centroizquierda: solidaridad, justicia social, responsabilidad e iguales oportunidades”, que deben armonizarse con los valores rescatables de lo que él llama “centro” pero que en realidad es la derecha neoliberal.

            La propuesta fue formulada en nombre del “nuevo Laborismo” británico. O sea del Laborismo que con su presencia se ha “pragmatizado” y que, enfrentado a la globalización, busca lo que el primer ministro inglés denomina “una nueva alianza entre el progreso y la justicia” a fin de formar “sociedades demócrata-sociales dinámicas para el siglo XXI”, no obstante lo cual aclara que “no existe un programa único para la tercera vía”.

           En ese encuentro y ante los planteamientos de Blair  —que sin duda apuntaban hacia una futura concertación internacional para enfrentar los retos de la economía global—  Bill Clinton, en nombre de los nuevos demócratas norteamericanos, contestó que tales ideas empezaron a surgir en Inglaterra y en otros países en los años 90 y que hay que hacer esfuerzos a fin de que ellas respondan a las exigencias del ciudadano común, para lo cual deben asumirse responsabilidades dentro y fuera de los propios confines nacionales y modificar la estructura de los organismos financieros internacionales. 

            Sin duda, Blair dio un paso atrás y Clinton uno adelante para tratar de encontrarse a mitad del camino.

            En abril de 1999, para dar continuidad a la idea, se celebró un debate público en Washington sobre la política de la tercera vía, en el que participaron Bill Clinton, Tony Blair, Gerhard Schröder, Wim Kok  —en ese momento primer ministro de Holanda—  y Massimo d’Alema, primer ministro italiano, en el que hubo un franco acuerdo sobre el tema.

            Poco tiempo después de la reunión, Blair y Schröder publicaron un manifiesto conjunto titulado Europe: the third way-die neue mitte (1999), en el que, tratando de alejarse de la perspectiva socialdemócrata, sostuvieron que las prestaciones sociales del Estado con frecuencia debilitaron el espíritu emprendedor de la gente y privilegiaron los derechos por encima de las responsabilidades. Afirmaron también que “la función esencial de los mercados debe complementarse y mejorarse, pero no obstaculizarse con la acción política”.

            Algunos observadores suponen que Blair y sus consejeros, al hacer esta propuesta, se han inspirado en las ideas del profesor Anthony Giddens de la London School of Economics, referentes a la renovación de la socialdemocracia y a una posible simbiosis entre ella y el neoliberalismo. Giddens publicó su libro “La Tercera Vía” (The Third Way) en 1998 y dos años después “La tercera vía y sus críticos” (The Third Way and its Critics), y en el primero de ellos sustentó una serie de ideas en torno a la redefinición de la socialdemocracia europea. Afirmó que ella ”puede no sólo sobrevivir, sino prosperar, tanto a nivel ideológico como práctico si los socialdemócratas están dispuestos a revisar opiniones anteriores más concienzudamente de lo que la mayoría ha hecho hasta ahora”.

            El profesor y sociólogo inglés, que es uno de los más destacados intelectuales vinculados al nuevo laborismo, puntualiza los linderos de su propuesta: “Daré por hecho que la tercera vía se refiere a un marco de pensamiento y política práctica que busca adaptar la socialdemocracia a un mundo que ha cambiado esencialmente a lo largo de las dos o tres últimas décadas. Es una tercera vía en cuanto que es un intento por trascender tanto la socialdemocracia a la antigua como el neoliberalismo”. Sin embargo, al tratar de la <solidaridad como un componente de la socialdemocracia, insiste en “el papel del Estado para generar solidaridad e igualdad” y al afrontar el tema del <individualismo censura la que él llama “la sociedad del yo primero”, que destruye los valores de la convivencia social.

            La propuesta de la tercera vía de Blair, hecha en un momento en que trece de los quince gobiernos de la Unión Europea eran socialistas o socialdemócratas, implicaba una alianza internacional de centroizquierda destinada a abrir para la humanidad una nueva senda hacia el siglo XXI y a dejar atrás la era del >thatcherismo y la <reaganomics.

            No obstante, ella tuvo un sesgo derechizante puesto que en el fondo la equidistancia planteada no era realmente entre la vieja izquierda y el neoliberalismo sino entre éste y la socialdemocracia, sugiriendo una suerte de simbiosis entre las dos posiciones ideológicas. Lo cual inclinaba hacia la derecha la síntesis. De ahí que el controvertido sociólogo francés Pierre Bourdieu comentó por esos días que “las terceras vías son muy ambiguas” y que “las que se proponen en Europa son de hecho neoliberalismos soft”.

            El socialista primer ministro francés Lionel Jospin, en un artículo publicado en "El País Digital" de España el 22 de noviembre de 1999, hizo reflexiones muy importantes acerca de la propuesta de Blair. Calificó de “inútil” a la tercera vía porque si ella se encuentra entre el capitalismo y el comunismo, entonces sólo es un nombre diferente para el socialismo democrático típico de los británicos, y si “implica encontrar una posición intermedia entre la socialdemocracia y el neoliberalismo, ése no es mi camino” porque “no existe espacio alguno para semejante política de interposición”. Y el líder socialdemócrata alemán Oskar Lafontaine, en su libro “El corazón late a la izquierda” (2000), sostiene que la tercera vía no va a parte alguna.

            No obstante, el sociólogo inglés Anthony Giddens, director de la London School of Economics, en el libro que escribió en el 2000 para refutar los comentarios negativos que recibió su propuesta “tercerista” ("La tercera vía y sus críticos"), provenientes especialmente de la izquierda, trató de aclarar que “la política de la tercera vía, tal como yo la entiendo, no es un intento de ocupar el terreno intermedio entre el socialismo estatalista y la filosofía de libre mercado” sino que “se refiere a la reestructuración de las doctrinas socialdemócratas para que sean capaces de responder a las revoluciones paralelas de la globalización y la economía de la información”. Ambas revoluciones  —agregó  el profesor Giddens—  “ofrecen muchos beneficios potenciales y los socialdemócratas deberían tomar una actitud positiva en lugar de defensiva hacia ellas”.

            Alain Touraine dijo con corrosiva ironía que aquello de la tercera vía es un “acierto terminológico” o una mágica fórmula verbal que legitima a los partidos de centro-izquierda para hacer políticas de centro-derecha.

            En general, la reacción de las izquierdas europeas fue muy dura contra Blair. El socialdemócrata finlandés Erkki Tuomioja, el exministro de economía alemán Oskar Lafontaine, el socialista catalán Vincenç Navarro, profesor de la Universidad Pompeu Fabra, y muchos otros políticos e intelectuales escribieron textos sumamente críticos contra esa tercera vía.

            Las discrepancias entre Tony Blair, Lionel Jospin y Gerhard Schröder, tres jefes de gobierno por esos días, fueron inocultables. Y se pusieron en evidencia en el curso del XXI Congreso de la Internacional Socialista celebrado en París del 7 al 10 de noviembre de 1999. Discrepancias que, como anotó el primer ministro francés, no son simplemente entre el “estilo Blair”, el “estilo Schröder” y el “estilo Jospin” sino cuestiones conceptuales de fondo.

            Sin embargo, la propuesta de Blair contiene tres elementos importantes: el primero, la repelencia frontal al >thatcherismo y a la <reaganomics; el segundo, la tesis de que el Estado de bienestar no ha muerto y que le queda todavía mucho que dar de sí en favor de la sociedad; y el tercero, la declaración de que “la libertad de la mayoría requiere un gobierno fuerte”.

            En esta línea de pensamiento, Blair afirmó que el rol de los gobiernos es principalmente promover la estabilidad macroeconómica, desarrollar políticas de bienestar y empleo, retomar la seguridad social, mejorar la educación e impulsar la empresa, particularmente la empresa del futuro basada en el conocimiento.

            “En toda Europa  —dijo—  los gobiernos socialdemócratas son los pioneros en la reforma del Estado de bienestar, abordando el problema de la marginación social, comprometiendo a las empresas en nuevas formas de colaboración y creando una base económica estable para propiciar la inversión y la estabilidad a largo plazo”.

            Blair criticó a la “vieja izquierda”  —la del estatismo y la deficiencia—,  que ha dominado buena parte del siglo XX, y también a la “nueva derecha”  —la del “dejar hacer”, la del individualismo exacerbado—  que postula que el mercado libre y la privatización son la solución a los problemas de la economía global. La “tercera vía”, según él, está llamada a señalar “un nuevo comienzo para el centroizquierda”.

            Explicó que “el lastimoso error de la izquierda fundamentalista del siglo XX fue creer que el Estado podía remplazar a la sociedad civil y, en consecuencia, impulsar la libertad. La nueva derecha cae en el otro extremo, defendiendo el desmantelamiento total de la actividad fundamental del Estado en nombre de la libertad. La verdad es que la libertad de la mayoría requiere un gobierno fuerte”.

            Contra el fundamentalismo de la izquierda tradicional propuso el “revisionismo permanente” puesto que es necesario y conveniente, aparte de lógico, que las propuestas ideológicas, políticas y programáticas deban ser constantemente analizadas, repensadas, debatidas y revisadas. Consecuentemente los anatemas contra el revisionismo son o deben ser cosas del pasado dogmático.

            En realidad, aunque no exactamente en los mismos parámetros de Blair, esta vía ha venido buscándose desde hace mucho tiempo, particularmente por los partidos y pensadores socialdemócratas europeos y socialistas democráticos latinoamericanos, frente a la realidad de que ni la economía de libre mercado ni la economía centralmente planificada han sido eficientes: la una ha hecho agua por el flanco social y la otra por el flanco económico.

            En la segunda postguerra se planteó la denominada “economía social de mercado” que “se organizará y desenvolverá con la coexistencia y concurrencia de los sectores públicos y privados”. Fueron los economistas alemanes de la escuela de Friburgo  —Alfred Müller-Armack, Walter Eucken y Leonhard Miksch, entre otros—  quienes la plantearon al interpolar la palabra “social” a la expresión “economía de mercado” para establecer “el principio de la libertad de los mercados vinculado con la compensación social”, en el intento de encontrar una “tercera vía” entre la economía de libre mercado de factura liberal y la economía dirigida de corte marxista. Pero aunque sus propugnadores dijeron que la economía social de mercado no es una repetición del laissez faire, la verdad es que ella no deja de ser una economía de mercado, es decir, un sistema en el cual los agentes económicos privados planifican y deciden sus acciones en forma descentralizada.

            El profesor de política económica de la Universidad de Augsburgo en Alemania, Heinz Lampert, reconoce que las raíces filosóficas de la economía social de mercado, como modelo socioeconómico, se remiten a Adam Smith (1723-1790) y John Stuart Mill (1806-1873), que son juntamente con David Ricardo (1772-1823) los tres más importantes exponentes de la escuela clásica de economía.

            Los marxistas tuvieron fe ciega en las virtudes de su Estado megalómano y los economistas neoliberales, en las posibilidades ilimitadas del mercado. Creyeron los marxistas que el socialismo había advenido tan sólo y tan pronto como pasaron al control del Estado los instrumentos de producción y creen los neoliberales que en las economías abiertas hay una “mano invisible” que guía el proceso de la producción, que el libre juego de las decisiones individuales lleva al bienestar colectivo, que la ley de la oferta y la demanda mantiene los equilibrios entre productores y consumidores y que la ganancia finalmente premia los aciertos de los empresarios mientras que la quiebra sanciona sus equivocaciones.

            Es penoso tener que reconocer que el pensamiento económico se ha movido desde hace mucho tiempo por espasmos. Ha saltado de un extremo al otro sin paradas intermedias. Del intervencionismo estatal en la época del absolutismo monárquico, que llenó de reglamentaciones artesanales, comerciales, aduaneras y navieras la actividad productiva  —con el mercantilismo como su teoría económica—  pasó sin escalas, con el triunfo de las ideas liberales, a la total inhibición del Estado frente a la economía. Y de esta posición saltó después al otro extremo: a la estatificación completa de los medios de producción bajo los regímenes marxistas. Cuando esta posición hizo crisis porque el sistema disminuyó la cantidad y la calidad de la producción y colocó a sus países fuera de toda competencia en el mercado internacional, las ideas neoliberales, con un cierto dejo de rencor contra el Estado, llevaron las cosas hacia la privatización indiscriminada. En este zigzagueante itinerario se perdió de vista toda la riqueza de las gamas intermedias, donde parece estar la verdad económica que quiere rescatar el primer ministro británico.

            Pero la propuesta de una “parada intermedia” entre los extremos no es nueva. Eso es lo que hicieron los partidos socialdemócratas del norte de Europa que dieron a sus pueblos apreciables dosis de prosperidad económica, justicia social y libertad política. La planteó la Internacional Socialista en 1951. La propusieron los partidos de tendencia socialista democrática en América Latina desde hace varias décadas. Habló de la tercera vía el economista checo Ota Sik lo mismo que los socialdemócratas suecos años atrás. Pero la teoría de la third way asumió en Europa versiones diferentes. Las izquierdas no comunistas  —situadas a la izquierda de los partidos socialdemócratas, dentro o fuera de sus filas—  mantuvieron la tesis de que con socialismo se quería decir bastante más que la ejecución de políticas sociales dentro de las democracias formales.

            En su programa nacionalista y conservador, Charles De Gaulle habló de la tercera vía entre el socialismo y el capitalismo en 1947, cuando fundó su movimiento político Rassemblement du People Français. Varios los dirigentes políticos en distintos tiempos y lugares han mencionado la tercera vía, aunque sin mayores precisiones.

            Aunque sin mayores precisiones, el general Juan Domingo Perón en Argentina habló de la “tercera posición peronista”. Y en su postrer mensaje presidencial al congreso nacional el 1 de mayo de 1974 dijo que “la esencia de nuestra tercera posición consiste en anhelar una sociedad eminentemente creativa y justa, en la cual la conducción económica pertenezca al país como comunidad armónica y donde los logros económicos no atenten contra la libertad y la dignidad del hombre”. En la generalidad conceptual del líder justicialista no hubo mención alguna a las relaciones entre el Estado, la sociedad y el mercado. Hubo a lo sumo una referencia a que “el mundo se divide hoy en capitalistas y comunistas en pugna: nosotros no somos ni lo uno ni lo otro”. Y agregó que “tanto el capitalismo como el comunismo son sistemas superados por el tiempo”.

            Ciertos sectores marxistas  —como aquellos que promovieron el alzamiento de Budapest en 1956 o la denominada <primavera de Praga en 1968, por ejemplo—  creyeron posible democratizar el socialismo de Estado y darle un “rostro humano” de modo que fuera una solución superior a la del Estado de bienestar social de Occidente. Este pudo ser el fallido intento de Mijail Gorbachov a finales de los años 80 del siglo pasado, antes de que la Unión Soviética se desintegrara y de que Rusia, bajo el mando de Boris Yeltsin, se perdiera en los laberintos del seudocapitalismo, el desgobierno, la corrupción y las mafias.

            El líder aprista peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, después de sus conversaciones con el estadista hindú Pandit Jawaharlal Nehru a comienzos de los años 60, declaró en Nueva Delhi que creía en la posibilidad de unir a los pueblos de economía subdesarrollada para que levantaran la “tercera voz” en la confrontación Este-Oeste.

            Los países no alineados, en su planteamiento original  —que después fue desvirtuado—,  hablaron también de la “tercera posición” o la “tercera fuerza” frente a la polarización en la <guerra fría entre las dos superpotencias: los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. La <no alineación se entendió, por esos tiempos, como el activo rechazo a enrolarse en la disputa entre las superpotencias y en las alianzas militares  —la OTAN y el Pacto de Varsovia—  que ellas formaron en torno de sí. Nehru, en un discurso ante el Partido del Congreso en 1946, definió la posición de no alineación en los siguientes términos: “nosotros proponemos mantenernos tan lejos como sea posible de las potencias bloquistas o de los grupos alineados unos contra otros, que en el pasado condujeron a las grandes guerras mundiales y que podrían desembocar otra vez en el desastre”. Bajo la inspiración del primer ministro de la India Pandit Jawaharlal Nehru (1889-1964), del gobernante de Yugoeslavia Josip Brozovitch  —mejor conocido como Tito (1892-1980)—,  del presidente Gamal Abdel Nasser (1918-1970) de Egipto, del presidente Ahmed Sukarno (1901-1970) de Indonesia y del presidente Kwame Nkrumah (1909-1972) de Ghana, se fundó en Belgrado en 1961 el Movimiento de los Países No Alineados con la presencia de representantes de treinta y cinco Estados  —después fueron ciento catorce—,  que alcanzó una importante influencia en la política mundial durante las décadas de los años 60 y 70 del siglo XX.

            Años después, en los círculos socialdemócratas de Alemania se habló de la neue mitte —el nuevo centro—, como una variante europea continental de la tercera vía.

            En Estados Unidos de América la filosofía de la third way fue concebida por los “think-tanks” de la corriente renovadora del Partido Demócrata  the new democrats—  en los años 90 del siglo pasado y se expresó en documentos como "The Third Way: A Political Philosofy for the Information Age", expedido en julio de 1996 por el Democratic Leadership Council, o en el trabajo de  Michael J. Mandel  titulado "Blueprint: Ideas for a New Century" (1999), en los cuales se esbozaron los fundamentos filosóficos de la tercera vía desde la perspectiva norteamericana.

            Sin embargo, las concepciones europea y norteamericana de la nueva posición estuvieron separadas no sólo por los diversos rangos de crecimiento económico, tasas de inflación, niveles de empleo y avances científicos y tecnológicos entre Estados Unidos y Europa, superiores en aquél, sino por las diferencias ideológicas de los partidos políticos que las sustentaban. El Partido Demócrata norteamericano en modo alguno puede ser considerado en Europa como un partido de izquierda  —en el sentido europeo de la palabra—  porque no nació de la <lucha de clases del siglo XIX  —de la que también surgieron, en la orilla contraria, los partidos conservadores—  ni se identifica con esa tradición ideológica, como ocurre con los partidos socialdemócratas y socialistas europeos, cuya razón de ser fue la defensa de los intereses de los trabajadores dentro del proceso de confrontación social.

            Algunos sociólogos norteamericanos consideran que la tercera vía es un verdadero modelo político y económico, que se inscribe dentro de lo que Roberto P. Korzeniewicz y William C. Smith llaman “nuevo régimen internacional de política”  —new international policy regime (IPR)—,  entendido como una convergencia político-institucional y macroeconómica destinada a lograr un “nuevo sistema global de bienestar” —global welfare system (GWS)— que pudiera extenderse y aplicarse en diversos lugares del mundo y, por supuesto, en América Latina.

            En esta región hay una larga trayectoria de partidos de corte socialdemócrata  —que en realidad son socialistas democráticos porque la socialdemocracia es un fenómeno propio de la Europa nórdica—  que se han afanado en armonizar el Estado con el mercado y la justicia social con la libertad política. El gran esfuerzo de estos partidos ha sido conciliar  —y en algunos casos reconciliar—  la libertad de las personas con su seguridad económica, bajo la convicción de que no resultan apetecibles la equidad conseguida al precio de la pérdida de la libertad o la libertad meramente retórica que, ejercida entre desiguales, conduce a la injusticia.

            Actualmente o en cualquier tiempo anterior, con el mismo nombre o con otro, las propuestas de la tercera vía siempre respondieron, en una suerte de confrontación hegeliana, a la necesidad de dar cabida en las nuevas formulaciones a ciertas tesis de libertad económica y de iniciativa privada, propugnadas por las corrientes liberales, y a algunas de las antítesis interpuestas por el marxismo en su intento de demoler el sistema económico del mercado. Quedaron netamente planteados los dos extremos entre los que ha oscilado el péndulo de la historia económica en los últimos doscientos años: el de la absoluta inhibición del Estado en los quehaceres de la economía y el de la propiedad y el control totales de los instrumentos de producción por el Estado. Las “terceras vías” o las “terceras posiciones” pretendieron siempre rescatar lo viable de los planteamientos extremos y proponer sistemas económicos mixtos con un sector privado atento a las leyes del mercado pero supervisado por el Estado y un sector público que asume el control de las áreas consideradas como estratégicas de la economía y que se reserva el deber de defender y beneficiar a los más débiles.

            Por iniciativa de Jorge G. Castañeda y Roberto Mangabeira Unger, durante 1996 y 1997 un importante grupo de políticos latinoamericanos  —que se identificaron como de “centro” y de centroizquierda—  tuvo cuatro reuniones de discusión en México, Chile y Costa Rica “en busca del paradigma perdido”, bajo la convicción de que “tanto el fundamentalismo de mercado imperante como el desarrollismo protegido y populista de antaño resultan inoperantes”, por lo que es menester diseñar una opción alternativa latinoamericana que sea capaz de alcanzar “la democratización de la economía de mercado”. Para ello propusieron superar “las políticas neoliberales que han extraído al mercado de su condición de instrumento para elevarlo al status de una religión” lo mismo que las prácticas estatificantes que han estancado la economía. Postularon, en consecuencia, la sustitución de la alianza entre el “centro” y la derecha por la alianza entre el “centro” y el centroizquierda.

            En el aspecto filosófico, la tercera vía es la posición ecléctica entre dos corrientes de pensamiento. En este sentido, el escritor francés Alain Peyrefitte, al dedicar su libro “El mal latino” (1976) a la memoria del sabio humanista holandés Erasmo de Rotterdam (1466-1536)  —uno de los principales intérpretes de la corriente intelectual del Renacimiento en el norte de Europa—,  le calificó de “explorador infatigable de la eterna tercera vía”, por lo que era considerado “güelfo para los gibelinos y gibelino para los güelfos” en la atmósfera de incomprensiones de su tiempo.

            En el debate que sobre su tesis de la tercera vía sostuve con el sociólogo y profesor inglés Anthony Giddens en Ciudad de Guatemala a mediados de julio del 2001, afirmé que el primero en plantear esta nueva posición ideológica fue el líder político peruano Víctor Raúl Haya de la Torre, en los años 60 del siglo XX. Argumenté que la tesis del pensador peruano  —que la denominó la "tercera voz"—  apuntaba ideológicamente hacia el centro-izquierda puesto que surgía de la equidistancia entre el conservadorismo clásico, en el un extremo, y el marxismo, en el otro; mientras que la tercera vía de Giddens tenía un sesgo centro-derechista ya que, siendo la equidistancia entre el neoliberalismo y la socialdemocracia europea, señalaba "geométricamente" una inequívoca dirección de centro-derecha.

 
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