sur-sur

            Uno de los arbitrios que deben adoptar los países pobres de África, Asia y América Latina para promover su desarrollo es la llamada “cooperación Sur-Sur”, es decir, el intercambio comercial y la complementación económica entre ellos. A pesar de haber sido uno de los objetivos de su política económica por más de cuatro décadas, esta cooperación horizontal no ha alcanzado hasta el momento el dinamismo que debe tener para impulsar el progreso endógeno y sostenido de los países de incipiente desarrollo en el tercer mundo.

            Ellos se organizaron en el llamado Grupo de los 77, formado en 1964, y trabajaron arduamente por medio de la UNCTAD en favor de un <nuevo orden económico internacional que modificara el sistema internacional financiero, monetario y comercial de la postguerra.

            La Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó en 1970, a instancias de los países pobres, el programa de acción para el establecimiento del nuevo orden económico internacional, que reconoció por primera vez que la injusticia económica entre los Estados es una seria amenaza contra seguridad mundial, y, en 1974, la Carta de los Derechos y Deberes Económicos de los Estados que fue formulada por el Presidente de México Luis Echeverría.

            Este documento reafirmó la igualdad jurídica de los Estados, reconoció a cada uno de ellos el derecho de disponer de sus recursos naturales y de adoptar libremente los regímenes políticos y económicos que crea más convenientes, prohibió a las <corporaciones transnacionales inmiscuirse en los asuntos internos de los países, previó acuerdos que garanticen precios justos y estables para los productos básicos, abogó por la concesión de créditos no atados y con bajas tasas de interés, propugnó la transferencia de tecnología a favor de los países del sur y estableció una serie de normas de justicia económica internacional.

            En 1974 se inició el llamado diálogo norte-sur con el propósito de negociar cambios en el sistema internacional de postguerra. Las conversaciones no avanzaron mucho. Los países industriales hicieron maniobras dilatorias y de dispersión. Y el diálogo terminó por interrumpirse.

            Posteriormente, la cumbre de los veintidós jefes de Estado y de gobierno que se reunió en Cancún, México, en 1981, fracasó en su intento de encontrar apoyo político para la reanudación del diálogo norte-sur e igual suerte corrió la UNCTAD VI celebrada en Belgrado en 1983.

            El objetivo central de ese diálogo, visto desde los países del sur, fue obtener una reforma sustancial en la conformación, funcionamiento y propósitos de las instituciones financieras, monetarias y comerciales de la postguerra: principalmente del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF)  —llamado también Banco Mundial—  y el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT). Las dos primeras empezaron a operar en 1945, como resultado de los acuerdos de la Conferencia Monetaria y Financiera celebrada por las Naciones Unidas en Bretton Woods, New Hampshire, Estados Unidos de América, en julio de 1944, y la tercera en 1948.

            Los países del sur siempre consideraron injustos los sistemas de votación y de toma de decisiones imperantes en esas entidades. Hoy hay nuevos motivos de discrepancia. Con los cambios operados en el orden internacional, ellas deben revisar sus prioridades y sus procedimientos para que puedan afrontar los nuevos desafíos de la hora presente, que son principalmente la justicia económica internacional y el <desarrollo humano.

            Bajo el estimulante ejemplo de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), que demostró en 1973 que el tercer mundo podía defender exitosamente sus intereses frente a los Estados industriales, se crearon varios organismos de complementación económica horizontal y se alentaron grandes esperanzas con relación a la cooperación sur-sur. Cuatro organizaciones subregionales se crearon en África: la Comunidad Económica de África Oriental, la Unión del Río Mano, la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental y la Comunidad Económica de los Estados del África Central. En Asia se suscribió el Acuerdo de Bangkok. En la región árabe se creó el Consejo de Cooperación del Golfo. Y en América Latina se formó el Sistema Económico Latinoamericano (SELA). Todos estos organismos tenían por objetivo impulsar la cooperación entre los países del sur como instrumento de su desarrollo económico y de atenuación de su <dependencia respecto de los países desarrollados.

            Posteriormente se formuló el Programa de Acción de Caracas, que fue aprobado por el Grupo de los 77 en 1981.

            La <integración económica subregional de los países del tercer mundo es una forma de cooperación sur-sur. Es, con seguridad, la forma que más ha avanzado en esa cooperación. Ella abrirá importantes posibilidades al intercambio comercial entre los países subdesarrollados e impulsará su desenvolvimiento. Pero de todas maneras la cooperación está muy atrasada y la retórica no se ha plasmado en acciones concretas. La falta de visión de los líderes, la ausencia de voluntad política en los gobiernos, el subdesarrollo administrativo, la insuficiente infraestructura económica, la deficiencia de las comunicaciones, la carencia de empuje de los agentes económicos privados y otros factores han conspirado contra la complementación económica regional, subregional y bilateral de los países meridionales. Y los resultados concretos han sido escasos. La crisis económica internacional de los años 80 del siglo pasado, que golpeó con especial dureza a los países pobres, contribuyó a agravar las cosas porque, al disminuir el ritmo de su crecimiento económico, les restó capacidad de compra.

            La cuestión de la <deuda externa, que hizo crisis en la década de los 80, pudo y debió servir para aglutinar a los países deudores del sur en un solo frente de negociación. Era de común interés forzar a los países acreedores para buscar conjuntamente una solución no tradicional al problema. Pero no se lo hizo por la miopía o el <entreguismo de algunos líderes políticos del tercer mundo que se apresuraron a realizar negociaciones bilaterales, con los resultados que todos conocemos. Se perdió entonces una gran oportunidad para consolidar un solo haz de voluntades en los países deudores.

            Pero todo indica que, al menos en lo que a América Latina y a Asia se refiere, se han creado nuevos mecanismos de integración regional y subregional y se han reactivado los que ya existían. Se fundaron la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI) en 1980, el llamado Grupo de Río en 1987, el Grupo de los Tres en 1990, el MERCOSUR en 1991 y en 1992 el Tratado de Libre Comercio (TLC)  —llamado en inglés North American Free Trade Agreement (NAFTA)—  entre Estados Unidos, Canadá y México, y al que ingresó después Chile. Esto en América Latina. Nuevo impulso ha cobrado el CARICOM en el área del Caribe. En la zona asiática se han constituido la ASEAN y la Asociación de Asia Meridional para la Cooperación Regional (SAARC). En África se creó también el Consejo Árabe de Cooperación en 1988.

            Todo apunta en la dirección de intensificar la colaboración entre los países del sur para dinamizar sus economías. Con el desarrollo industrial de ellos, que en algunos casos ha alcanzado altos índices de calidad tecnológica y competitividad, hay muchas cosas que pueden intercambiar. Deben desaparecer los prejuicios tradicionales contra los productos manufacturados del sur. La era de los compartimientos estancos debe terminar. La cooperación sur-sur se impone como una opción ineludible de los países de incipiente desarrollo.

            Operan diversas instituciones financieras regionales y subregionales para el desarrollo, llamadas a desempeñar un papel importante en la cooperación de los países del sur. Hay tres grandes bancos regionales: el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), el Banco Africano de Desarrollo (BAfD) y el Banco Asiático de Desarrollo (BAsD). Existen también algunas entidades financieras de alcance subregional, como el Banco de Desarrollo de África Oriental y el Banco de Desarrollo del Caribe.

            Para financiar el comercio regional y subregional, por medio de préstamos a corto y mediano plazos, existen además el Banco Latinoamericano de Exportación (BLADEX), que es una institución multilateral privada; la Corporación Andina de Fomento (CAF), el Banco Islámico de Desarrollo, el Fondo Monetario Árabe y el Fondo Árabe de Desarrollo Económico y Social, entre las principales entidades financieras.

            No menciono a las instituciones multilaterales de crédito: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, porque ellas no han estado abiertas a impulsar la cooperación horizontal de los países pobres.

            La cooperación entre los países subdesarrollados, sin embargo, no debe conducir a olvidar el hecho de que el progreso del sur está íntimamente ligado al destino del norte, esto es, que los países subdesarrollados necesitan los mercados de los países desarrollados para colocar sus productos, que de allá les vienen maquinarias, equipos y manufacturas esenciales para su desarrollo, que las fuentes tecnológicas están en los países industriales, en suma, que la idea no es cortar sus vínculos con los países del norte sino transformarlos en términos de equidad.

            La cooperación entre los países del sur, que debe incrementarse, no es incompatible con el fortalecimiento de las relaciones con los países industrializados, porque éstos necesitan también del sur por insoslayables razones económicas. Los países de Asia, África y América Latina representan un porcentaje equivalente al de la Comunidad Europea en el producto bruto mundial. Constituyen, por tanto, importantes mercados. Según el Informe de la Comisión del Sur presidida por Julios K. Nerere de Tanzania, que fue formulado en 1990, el mercado de los países del tercer mundo absorbía, antes de la crisis de los años 80, más de la cuarta parte de las exportaciones totales de los países desarrollados. Por consiguiente, la prosperidad de los países del sur beneficia también a los del norte y se presenta como una condición para la expansión de la economía mundial.

            La promoción de un desarrollo duradero y sostenido del sur es importante también desde otro punto de vista: desde el interés ecológico de la humanidad. La pobreza es uno de los factores principales de contaminación y degradación del medio ambiente del planeta.

            Todo esto plantea un esquema de <interdependencia en el mundo contemporáneo.

            Del 10 al 14 de abril del 2000 se reunió en La Habana la Cumbre del Sur con la presencia de medio centenar de jefes de Estado y de gobierno de los países pertenecientes al Grupo de los 77 y de representantes de 80 organizaciones internacionales para tratar cuatro temas de vital importancia para el mundo subdesarrollado: la globalización, la relación norte-sur, la cooperación sur-sur y la sociedad del conocimiento.

            Como era lógico, los líderes del tercer mundo produjeron allí durísimas críticas contra la globalización, tenida como una estrategia de dominación política y de conquista de mercados de los países ricos, fundada en la triple alianza de la informática, las telecomunicaciones y los transportes. Y aunque quedó claro que la globalización no se iba a detener por un acto de voluntad de los perdedores o los perjudicados por ella, fue un importante y significativo pronunciamiento del tercer mundo sobre el tema.

            Los asuntos de la deuda externa, de la dependencia tecnológica, de la penuria de recursos financieros y de la reforma de los organismos de Bretton Woods resultaron ineludibles en el curso de las discusiones.

            Salvo Fidel Castro, como anfitrión, y el presidente Hugo Chávez de Venezuela, fue vergonzosa la ausencia de los gobernantes de América Latina, quienes volvieron a cometer el error suicida de la década de los 80 de rehuir la responsabilidad de aglutinar a los países deudores en un solo frente de negociación a fin de forzar a los acreedores para que encuentren una solución no convencional al problema de la deuda, según lo aconsejaba el más elemental instinto de conservación. La repetida actitud entreguista de los gobernantes latinoamericanos malogró esta nueva oportunidad de hacer frente corporativamente a los abusos y asimetrías de la globalización y de consolidar en un solo haz de voluntades a los países deudores.

 
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