subdesarrollo

            Los políticos y los intelectuales gazmoños sienten con frecuencia falsos pudores al pronunciar esta palabra. En su reemplazo han inventado varios eufemismos: países “en vías de desarrollo”, “de menor desarrollo”, “menos desarrollados”, “menos adelantados”  —least developed—,  “meridionales”, “infradesarrollados”, ”periféricos”, “tercermundistas”, “desconectados” y otros de este estilo. La fórmula más usada es la de países “en vías de desarrollo”, que resulta de la traducción del francés “en voie de développement” y del inglés “developing countries”. Pero cualquiera que sea el nombre que se utilice la realidad resulta ineludible: es la condición de atraso político, económico, social y cultural de un pueblo. Esto es: la subgobernación, la subadministración, la subeducación, el subconsumo, la pobreza y otras carencias en su vida social.

            Es mejor llamar a las cosas por sus nombres.

            El subdesarrollo es un concepto global y no sólo económico. Comprende todos los elementos de la vida del Estado. El subsedarrollo económico no es más que parte de un atraso mucho más amplio. Los países subdesarrollados se caracterizan por una endeble institucionalización, esto es, por la acusada debilidad de las instituciones tutelares de la sociedad: leyes, órganos del poder, administración de justicia, partidos políticos, movimiento sindical, universidades, fuerza pública y todas las demás instituciones de la convivencia social. Carecen de una plena <institucionalización del poder, signo de madurez de la sociedad política. Tienen una estructura social dualista.

            Los indicadores principales del subdesarrollo son los siguientes: arcaicas estructuras sociales, bajas tasas de ahorro e inversión, reducida productividad de las tareas económicas, retardo científico y tecnológico, carencia de investigación científica, uso de tecnologías atrasadas, bajos índices de industrialización, atraso en el área de servicios modernos, alto porcentaje de la población dedicada a las actividades económicas primarias, escasez de capitales, explosivas tasas de natalidad y mortalidad, reducida esperanza de vida, elevados índices de morbilidad, altos niveles de subempleo y de <economía informal, bajos índices de la población económicamente activa con relación a la población inactiva, <marginación social, elevados niveles de analfabetismo, desnutrición, insalubridad, cinturones de vivienda precaria en torno a las ciudades, bajo <producto interno bruto, salarios reducidos, menguadas rentas per cápita, subconsumo de la población, exigua participación nacional en el producto mundial, economía exportadora de materias primas, poca influencia en la toma de decisiones internacionales.

            Por supuesto que dos de los indicadores más dramáticos del subdesarrollo son la pobreza y la desnutrición. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de las Naciones Unidas y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) afirmaron en septiembre del 2009 que se habían producido en ese año las cifras más altas de la historia en desnutrición, con alrededor de mil veinte millones de personas afectadas por la escasez de alimentos, de las cuales mil dos millones vivían en el mundo subdesarrollado y 15 millones en los países desarrollados.

            El 65% de quienes padecían hambre vivía en siete países: India, China, República Democrática del Congo, Bangladesh, Indonesia, Pakistán y Etiopía.

            La falta de alimentos afectaba en ese año a 642 millones de personas en Asia y el Pacífico, 265 millones en África subsahariana, 53 millones en América Latina y el Caribe, 42 millones en el Oriente Medio y África del norte y 15 millones en los países del mundo desarrollado.

            Tres años después  —año 2012—  la FAO informó que la cifra de la desnutrición crónica mundial había bajado a 868 millones de personas, que representaban cerca del 12,5% de la población mundial: 304 millones en Asia meridional, 234 millones en África subsahariana, 167 millones en Asia oriental, 65 millones en Asia sudoriental, 49 millones en América Latina y el Caribe, 25 millones en Asia occidental y África del norte.

            De la cifra total, el 16% correspondía a los países desarrollados. De modo que la geografía del hambre estaba ubicada en las regiones subdesarrolladas del planeta.

            El Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias y las organizaciones no gubernamentales Welthungerhilfe de Alemania y Concern Worldwide de Irlanda, conjuntamente, realizan la medición del hambre en el mundo y, ponderando tres indicadores combinados: desnutrición, bajo peso infantil y mortalidad infantil, formulan anualmente el Índice Global del Hambre  —Global Hunger Index (GHI)—  y clasifican a los países en función de sus realidades alimentarias.

            Entienden por hambre las “molestias asociadas con la falta de alimento” y concuerdan con la FAO en que “el consumo de 1.800 kilocalorías por día es el mínimo requerido para vivir una vida saludable y productiva”. La kilocaloría es la unidad de energía térmica de mil calorías.

            En el marco de una escala de cien puntos, en la que cero representa la mejor calificación, las mencionadas corporaciones de investigación formularon en el 2012 un escalafón de los países en la geografía del hambre. Burundi ocupó el primer lugar en desnutrición, con el índice de 37,1 puntos, seguido de Eritrea con 34,4 puntos, Haití 30,8, Etiopía 28,7, Chad 28,3, Timor Oriental 27,3 y República Centroafricana 27,3. Salvo Haití y Timor Oriental, todos estos son países africanos.

            En América Latina y el Caribe los diez países con niveles de hambre “alarmantes” fueron: Haití 30,8 puntos, Guatemala 12,7, Bolivia 12,3, República Dominicana 10, Nicaragua 9,1, Honduras 7,7, Ecuador 7,5, Perú 7,4, Guyana 7,2 y Panamá 7.

            Por supuesto que en el proceso de subdesarrollo hay diferencias de grado. No todos los países subdesarrollados están situados en el mismo nivel. Unos han avanzado más que otros en la liberación de las taras del subdesarrollo. Lo cual ha llevado a proponer clasificaciones en el interior del mundo subdesarrollado y a hablar, como lo hicieron los círculos financieros de Wall Street, de “emerging markets” (<mercados emergentes) para designar a los países del tercer mundo que están en un proceso de desarrollo sostenido, han ampliado sus posibilidades de compra y de consumo y se presentan como mercados atractivos para la inversión y los negocios de las metrópolis; o de países “menos adelantados”, países “en desarrollo” y países “de transición”, como lo hace el nanotecnólogo australiano  Donald C. MacLurcan para denotar los diversos grados de atraso político y socioeconómico.

           El Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas, utilizando como criterios de medición los ingresos, la calidad de los recursos humanos y la vulnerabilidad de las economías, considera países “menos adelantados” a aquellos que: 1) tienen menos de 750 dólares anuales de producto bruto per cápita en un período de tres años; 2) adolecen de insuficiencia de recursos humanos, de acuerdo con los indicadores de nutrición, salud, educación y alfabetización de adultos; y 3) tienen economías frágiles a causa de la inestabilidad de su producción agrícola, de las fluctuaciones de sus exportaciones de bienes y servicios, de los bajos porcentajes que en el producto interno bruto representan sus manufacturas y servicios modernos, de la concentración de sus exportaciones de bienes y del volumen de desplazados como consecuencia de desastres naturales.

            En la mayoría de países pobres la exportación de unos pocos productos básicos constituye el eje central de sus economías. Un altísimo porcentaje de los ingresos fiscales depende de la venta de uno, dos o más productos básicos  —banano, caucho, algodón, azúcar, estaño, cobre—,  lo que torna catastróficamente vulnerables a sus economías por la dramática dependencia de productos cuyos precios fluctúan en el mercado internacional. Estos son los países más pobres del mundo subdesarrollado y los que sufren los mayores trastornos socioeconómicos. La volatilidad de los precios de sus exportaciones, los obstáculos que se erigen a su comercio y las maniobras desleales en las transacciones exteriores hacen que el “sueldo nacional” de esos países sea inestable e inseguro.

            Y hacia el futuro su situación puede volverse aun más precaria por la posibilidad de que los Estados industriales, mediante los sofisticados procesos nanotecnológicos de producción molecular, creen nuevas y más eficientes materias primas para abastecer a sus procesos industriales, en sustitución total o parcial de las que les proveen los países periféricos. En ese caso, la agricultura y la minería de los países pobres serían gravemente afectadas. Los productos derivados de la <nanotecnología serán, sin duda, de mejor calidad, más resistentes y más versátiles que los productos tradicionales. Ese es precisamente el propósito de la revolución nanocientífica y nanotecnológica del futuro, fundada en el descubrimiento de que un mismo material tiene características, propiedades y comportamientos diferentes en función de sus diversas escalas. Por tanto, la manipulación de los materiales a escala de átomos y moléculas, cuyo tamaño se mide en millonésimas de milímetro, será el gran reto del futuro.

            En la sociedad del conocimiento la cantidad de computadores personales en servicio y el número de usuarios de <internet en un país son también índices de su grado de desarrollo. Las estadísticas señalan que solamente el 5% del total de ordenadores del mundo y apenas el 5% de los usuarios de internet están en los países subdesarrollados. Lo mismo ocurre con los demás instrumentos de comunicación. El entonces vicepresidente de Sudáfrica y presidente después, Thabo Mbeki, afirmó en 1995, en el seno de la conferencia del G-7, que la isla de Manhattan en Nueva York tiene más líneas telefónicas que toda el África subsahariana. El 80% del tráfico telefónico mundial está concentrado en sólo dos rutas: Norteamérica-Europa y Norteamérica-Sudeste de Asia. En los países subdesarrollados, donde viven las dos terceras partes de la población mundial, se publica sólo el 30% de los periódicos que circulan en el planeta. Todo esto movió al Banco Mundial, en su Informe de 1993, a afirmar que la tecnología informativa está creando una nueva brecha entre las economías ricas en información y las economías pobres en información.

            En la sociedad del conocimiento se ha creado un nuevo parámetro para medir el desarrollo, que los norteamericanos lo llaman connectivity. Es el número de computadores personales conectados a internet. Mientras mayor es el número de ordenadores per cápita incorporados a la red mayor es el grado de desarrollo de una sociedad. De donde se desprende que hay países “conectados” y países “no conectados”. El 95% de los países “conectados” pertenece al primer mundo. En el tercer mundo, que vive en la “sociedad del desconocimiento”, la connectivity apenas llega a un 5%.

            La exclusión informática es, sin duda, la más implacable de las exclusiones porque genera una cadena interminable de disparidades de todo orden: culturales, educativas, sanitarias, laborales, económicas.

            El subdesarrollo es, por tanto, un fenómeno global y no sólo económico: es la estructura del atraso en una sociedad, para utilizar las palabras de mi desaparecido amigo, el economista y sociólogo colombiano Antonio García.

            Una de las referencias más importantes para medir el subdesarrollo es el grado de industrialización de un país puesto que el desarrollo mantiene una relación directamente proporcional con el avance del proceso industrial. No hay país que haya podido desarrollarse sin el auxilio de la industria. Ésta ha llegado a ser casi el símbolo del desarrollo no obstante que, en la sociedad de la informática, el área de los servicios  —los servicios electrónicos, básicamente—  es la vanguardia del progreso social. El primer mundo  —mundo expansivo y dominante, cuyo crecimiento se hizo en no despreciable medida por la explotación sistemática de los recursos naturales del tercer mundo y por la apropiación de sus mercados—  alcanzó su desarrollo por la vía de la agresiva industrialización.

            Esa interacción de las economías industriales con las periféricas determinó precisamente el desarrollo de aquéllas a expensas de éstas. Los teóricos del desarrollo sostienen que las primeras tienden a beneficiarse en términos relativos mucho más que las segundas. Eso fue así en el pasado y no ha cambiado en el presente. Por eso, comparativamente, bien puede decirse que los países periféricos están en un proceso de subdesarrollo puesto que la brecha con los industrializados se agranda incesantemente.

            Un factor importante del subdesarrollo, entre varios otros, es la denominada “fuga de cerebros” desde los países pobres hacia los desarrollados en búsqueda de mejores oportunidades de trabajo. En noviembre del 2012 las Naciones Unidas volvieron a alertar sobre este problema. Afirmaron que uno de cada cinco graduados universitarios abandonaba los países más atrasados para buscar empleo en el exterior. En ese año había cerca de dos millones de profesionales e intelectuales emigrantes procedentes de ese grupo de países. La Conferencia de Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) reveló que en seis de aquellos países el número de profesionales que residía dentro era menor que el que vivía fuera.

            El caso más extremo era Haití, donde el 83 % de las personas con educación universitaria había abnandonado el país. Le seguían Samoa (73%), Gambia (68%), Tuvalu (65%) y Sierra Leona (51%). Esos eran los cinco países con mayor número de profesionales fuera de sus fronteras.

            En el mundo desarrollado, en cambio, la proporción de egresados universitarios emigrantes era uno por cada veinticinco, según datos de la UNCTAD.

            Las diferencias entre los países desarrollados y los subdesarrollados en el campo de la ciencia y de la tecnología son aun mayores que las que existen en lo económico. Según el Club de Roma  —que es la organización de pensadores y científicos creada en 1968 para estudiar los problemas del planeta y columbrar el futuro de la humanidad—  aproximadamente el 95% de la investigación científica y tecnológica del mundo se realiza en los Estados desarrollados. Esta desproporción determina una creciente desaceleración en el ritmo de progreso de los países pobres y la consecuente agudización de las relaciones de dependencia. Se da un verdadero círculo vicioso. La capacidad productiva de los países no puede incrementarse sin una sólida infraestructura científica y tecnológica pero ésta no puede existir sin los recursos financieros procedentes del desarrollo. La forma de salir de este punto muerto es uno de los tantos desafíos que arrostran los países atrasados.

            El conocimiento tecnológico es hoy la verdadera frontera entre el subdesarrollo y el desarrollo. Y no es fácil que las economías periféricas puedan romper el denominado “círculo vicioso del subdesarrollo” y entrar a la fase del desarrollo. Para eso requieren un proceso acumulativo y autónomo, según lo afirma el economista norteamericano Walter W. Rostow (1916-2003) en su teoría del “despegue hacia el crecimiento autosostenido”. Las condiciones del despegue se dan cuando el conjunto de elementos subjetivos de la economía —educación, formación de recursos humanos, mentalidad y hábitos de progreso—  en combinación con los elementos objetivos  —adelanto tecnológico, infraestructura económica, disponibilidad de capital, productividad, recursos— han alcanzado un cierto nivel de evolución.

            El economista norteamericano entendió el desarrollo como el proceso de avance rápido y estable de una economía. Distinguió en él cinco etapas, a la manera de una “carrera de obstáculos”. Su punto de partida fue la sociedad tradicional  —de estructura productiva muy limitada, donde los cambios se procesan lentamente, con un nivel de productividad muy bajo, la mayor parte de la población dedicada a las faenas agrícolas y movilidad social incipiente—  hasta llegar a la quinta etapa, que el economista norteamericano llamó “la era del consumo en masa”, en que se produce una enorme <acumulación de riqueza que generalmente se canaliza hacia una política de poder e influencia en el exterior y el consumo en gran escala. Es en la tercera etapa de este proceso que Rostow ve iniciarse el <despegue gracias a los cambios cualitativos que han ocurrido tanto en las estructuras económicas de la sociedad como en el comportamiento de la gente.

            Dice Rostow que para el despegue son necesarias tres condiciones: la elevación del coeficiente de la inversión productiva, la implantación de industrias que se expandan a ritmos acelerados y la presencia de un aparato político y social moderno.

            En concepto de este economista, el despegue obedece en todo caso a un impulso súbito y brusco que puede originarse en el plano político  —como en el caso de una <revolución que modifique los equilibrios del poder y abra paso a la sustitución de los grupos tradicionales por los grupos progresistas—  o en el plano de la tecnología o de las relaciones internacionales, con hechos que permitan a una economía dar el gran salto hacia adelante.

            Uno de los talones de Aquiles de las economías subdesarrolladas es su descapitalización. El financiamiento de su desarrollo encuentra muchos obstáculos. En América Latina se pueden distinguir tres etapas en ese financiamiento: la que lo fundó en la explotación irracional de los recursos naturales, la que obtuvo recursos del endeudamiento externo y la que pretende financiarlo con la venta de los activos estatales. Nunca se acudió seriamente a la tributación como fuente de recursos. La carga fiscal en todos nuestros países es notablemente menor a la europea o asiática y la evasión es mayor.

            La dinámica desarrollo-subdesarrollo no se da solamente en el ámbito internacional sino también en el interior de la mayor parte de los países. Hay un ”subdesarrollo interno” de grupos sociales, espacios geográficos y actividades económicas que se atrasan cada vez más con relación al progreso de las zonas centrales y dominantes de los mismos países. Ambas tendencias tienen un efecto acumulativo, que marca cada vez más sus distancias. La actividad industrial en los países subdesarrollados, que empezó bajo el modelo de >sustitución de importaciones y que siguió con la industrialización hacia fuera, contribuye a separarlos incesantemente porque la rentabilidad se acumula en las estructuras productivas centrales. Por el tipo de industrialización de que se trata, las actividades fabriles tienden a localizarse en los centros urbanos que son los que cuentan con posibilidades de mano de obra calificada, comunicaciones y servicios públicos. Los intentos de desconcentrar la producción industrial y formar nuevos polos de desarrollo no han ido muy lejos por una serie de razones estructurales. Todo lo cual apunta a la profundización del <dualismo de estas sociedades.

            El economista chileno Osvaldo Sunkel ensaya la hipótesis de que tanto el <desarrollo como el subdesarrollo se hallan localizados “transnacionalmente”, es decir, en zonas diversas del planeta cuya ubicación no coincide necesariamente con el trazo de los límites estatales. Sostiene, en otras palabras, que las fronteras del desarrollo y del subdesarrollo no siguen las líneas de la delimitación política de los Estados y que, por tanto, la parte desarrollada del planeta comprende las zonas centrales y modernas de muchos países, al igual que la parte subdesarrollada se sitúa en las zonas periféricas, atrasadas, marginadas y dependientes de ellos.

            El economista chileno concluye que los países desarrollados son aquellos en que predominan las actividades avanzadas y países subdesarrollados aquellos en los que esas actividades son una excepción a la regla general del atraso y primitivismo de las actividades productivas.

            La revolución digital de nuestros días tendrá un efecto de polarización al interior de los países y entre ellos. El planeta marchará a dos velocidades cada vez más distantes: la de los países desarrollados y la de los países rezagados. La denominada “brecha digital” profundizará las disparidades. La línea divisoria entre “los que saben” y “los que no saben”  —lo mismo entre los países que entre las personas—  tenderá a volverse inexorable.

            Tal como van las cosas, es presumible que unas pocas corporaciones transnacionales dominarán las comunicaciones internacionales de radio y televisión, los más influyentes periódicos y revistas, la edición masiva de libros, la difusión de películas y el manejo de las redes de datos.

            Todo lo cual agudizará el proceso de acumulación del atraso en el tercer mundo.

            A las brechas tradicionales de naturaleza económica y tecnológica que separan a los países desarrollados de los subdesarrollados, en el futuro próximo se agregará una nueva brecha: la “brecha nanotecnológica”, originada en la revolución de la nanociencia y de la <nanotecnología que se ve en el horizonte.

            La <nanotecnología es una nueva rama científico-tecnológica en proceso de desarrollo, que se encarga de estudiar y manejar a escala de átomos y moléculas la materia de que están compuestos los cuerpos animados o inanimados, cuyo tamaño se mide en millonésimas de milímetro. Manipula la materia en sus escalas ínfimas para obtener de ella propiedades y rendimientos hasta hoy desconocidos. Sus escalas son minúsculas.

            Estados Unidos, Japón y Unión Europea van adelante en el proceso de investigación nanocientífico y nanotecnológico, muy conscientes de que quien desentrañe los secretos de la nanotecnología dominará el mundo del futuro. A través de sus investigaciones han descubierto que los materiales tienen propiedades distintas según sus escalas. Por debajo de los cien nanómetros de tamaño  —el nanómetro es una unidad de medida que representa una milmillonésima parte del metro—  la materia tiene características, propiedades y comportamientos totalmente diferentes que en las escalas más grandes. De modo que, a través de la producción molecular, la nanotécnica está en posibilidad de producir nuevos y más eficientes materiales al servicio de la producción industrial.

            Sin duda, la nanotecnología está destinada a producir una nueva revolución industrial que, como sus antecesoras, modificará la organización social, cambiará los modos de producción económica, transformará las relaciones de trabajo, replanteará el comercio internacional, creará nuevos grupos de poder económico y político, generará inéditos factores de dominación internacional y acusará aun más las diferencias entre el mundo desarrollado y el infradesarrollado.

 
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