solidaridad

            Proveniente del latín solidus, que significa “sólido” y que se aplica al cuerpo cuyas moléculas tienen fuerte cohesión entre sí, la solidaridad es en el campo político y social la adhesión de una persona o de un grupo de personas a los designios de otras, formando causa común con ellas, para compartir sus problemas o sus desdichas y afrontarlos de mancomún. Es la actitud de sentir como propios los problemas ajenos, la capacidad de condolerse de los quebrantos de los demás. Se opone al <egoísmo, al <individualismo, al egocentrismo, al egotismo, a la egolatría y a otras actitudes de ruptura o de indiferencia con el sufrimiento ajeno.

            La solidaridad tiene diversas dimensiones y direcciones. En el campo interpersonal es la capacidad de hacer propia la causa ajena, conmoverse con el dolor del prójimo, aunar esfuerzos para superar las dificultades de los demás, extender la mano al que sufre el peso de injusticias, agresión económica u opresión política. Pero en todos los casos la solidaridad se inscribe bajo el signo del derecho y no de la caridad.

            La solidaridad social es la acción compartida para forjar un orden más justo de convivencia en el que, según las viejas palabras de Rousseau, ningún ciudadano sea tan opulento que pueda comprar a otro y ninguno tan pobre que se vea precisado a venderse.

            Y en la dirección internacional, la solidaridad es la búsqueda de relaciones de justicia y equidad entre los Estados. Concepto que lamentablemente se encuentra archivado en el mundo unipolar que nos ha tocado vivir. Ya nadie habla de solidaridad, ni de igualdad, ni de equidad. Impera el más descarnado darwinismo en la vida nacional e internacional.

            De origen muy antiguo  —puesto que los principios de solidaridad se enunciaron ya en la vieja Grecia, inspiraron los gilden germánicos y fueron practicados por ciertas cofradías medievales—,  la solidaridad es uno de los grandes valores morales sostenidos por las ideologías socialistas. El <socialismo utópico, en su generosa quimera, soñó con la solidaridad. El <marxismo proclamó: “¡proletarios de todos los países, uníos!”, dando a la solidaridad una dimensión internacional. El socialismo democrático, el laborismo y la socialdemocracia incorporaron esta proclama a su teoría y práctica políticas.

            La solidaridad ha penetrado en muchos de los elementos del proceso social. En los sistemas tributarios progresivos la ley obliga a los acaudalados a contribuir en beneficio de los desafortunados. En los regímenes de la seguridad social los sanos aportan por los enfermos, los jóvenes por los viejos, los ricos por los pobres, los fuertes por los impedidos y los trabajadores activos por los jubilados. En la legislación laboral el contrato colectivo de trabajo es una expresión de solidaridad. Los sindicatos despliegan permanentemente acciones solidarias de beneficio común. En las organizaciones mutualistas sus miembros aportan en proporción a sus ingresos y reciben las prestaciones en función de sus necesidades, al margen del egoísmo y de la inflexible proporcionalidad de las instituciones capitalistas. El mutualismo es también una hermosa expresión de solidaridad porque permite que las personas de mejores posibilidades humanas, económicas y sociales ayuden a las demás.

            Una de las aberraciones del <neoliberalismo es pretender borrar todo rastro de solidaridad social por medio de la <privatización de las entidades que se fundan en este principio, destruir o debilitar las organizaciones sindicales, eliminar las asociaciones mutualistas, sustituir la seguridad social por los sistemas de lucro individual, suprimir el criterio de progresividad en los sistemas tributarios y suplantar los sentimientos de solidaridad por el <individualismo exacerbado.

            El día en que desaparezcan las instituciones basadas en el principio de la solidaridad quedarán desamparados los pobres, los enfermos, los discapacitados, los niños y los viejos de los hogares proletarios.

            Algunas de las grandes expresiones de “insolidaridad” en el mundo actual son el predominio del <homo oeconomicus, como el fruto más legítimo del egoísmo social; la <mano invisible que dirige la economía; la <sociedad de consumo que ha promovido una orgía de compras y despilfarro en las clases ricas; el darwinismo económico que ha impuesto la ley del más fuerte en las relaciones dentro de los países y fuera de ello; el llamado comercio libre que es en realidad un comercio planificado y administrado por las grandes compañías transnacionales; el culto a la desigualdad que entrega toda clase de privilegios a quienes pueden pagar más por ellos; y el <neoliberalismo que establece en la sociedad la libertad del zorro en el gallinero.

            La solidaridad tiene también una dimensión internacional que se manifiesta en la formación de causas comunes entre los Estados para defender mejor sus intereses. Los procesos de integración económica del >tercer mundo tienen mucho de solidaridad en la medida en que promueven la cooperación para alcanzar metas compartidas o erigen aranceles externos comunes frente a terceros países. Tanto los Estados del Norte como los del Sur han formado organizaciones solidarias para defender in sólidum sus intereses comunes. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), fundada en 1961, que agrupa a los países industrializados, responde a esa conveniencia. En el ámbito de los países subdesarrollados, a partir de la Conferencia de Bandung en 1955, que fue la primera manifestación de solidaridad entre ellos, se han formado numerosas organizaciones internacionales de defensa de intereses compartidos: la Comunidad Económica de África Oriental, el Comité Consultivo Permanente del Maghreb, la Unión Aduanera y Económica de África Central, la Organización de la Unidad Africana, la Liga de los Estados Árabes, el Movimiento de los Países no Alineados, la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), el Grupo de los 77, las Conferencias de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) y muchas más.

            La solidaridad  —interna e internacional—  es uno de los postulados básicos del <socialismo. Se podría decir que forma parte de su definición misma. El socialismo es un acto de fe en la solidaridad. El XIX Congreso de la <Internacional Socialista, celebrado en Berlín del 15 al 17 de septiembre de 1992, ratificó este principio en su declaración sobre la socialdemocracia en un mundo en cambio.

            En todo tiempo y lugar el afán de lucro fue la causa de los desvelos económicos de los hombres. A eso ha llevado el egoísmo germinal de los seres humanos. Por más que se ha querido sustituir esta motivación por otras consideraciones éticas y altruistas más encomiables, no ha sido posible lograrlo. Los socialistas utópicos, los anarquistas, los marxistas, los socialistas democráticos y otras corrientes de pensamiento lo intentaron infructuosamente. Pero más pudo el egoísmo humano, su afán de acumular riquezas y poder, su egolatría. El anhelo de lucro parece ser la esencia misma del <homo oeconomicus. Los reformadores idealistas, que quisieron cambiar el mundo, que se propusieron podar la insaciable voracidad humana, que anhelaron formar sociedades solidarias, han tenido que resignarse finalmente a la modesta tarea de reglamentar el egoísmo del hombre en beneficio social. En eso parece consistir hoy  —después de millones de años de existencia sobre la Tierra de ese mamífero muy especial que camina con el cuerpo erguido, puede asir cosas con las manos y ha desarrollado una hiperplasia en el cerebro—  el acierto en la organización social: en simplemente regular el supremo afán que cada hombre pone en el manejo de sus propios intereses para extraer de él los mayores rendimientos posibles en beneficio de los demás. He llegado a la conclusión casi cínica de que la ordenación económica de la sociedad no se funda sobre principios de altruismo sino sobre reglamentaciones rigurosas del egoísmo individual en beneficio general. A cada paso vemos que esto es así. Todo el sistema tributario está fundado en este principio, lo mismo que los incentivos legales para la producción. La legislación en su conjunto reconoce esta amarga realidad y los sistemas jurídicos civiles, penales y mercantiles son otros tantos intentos de sofrenar el infinito egotismo del ser humano para que la sociedad sea posible.

            La utilidad es el aliciente o el estímulo principal de la actividad económica. Los hombres trabajan, forman las empresas, arriesgan, las compañías emprenden, los capitalistas se aventuran, avanza la tecnología, los descubrimientos y las invenciones se multiplican en persecución de la utilidad, esto es, de la ganancia medible en dinero que reportan esos esfuerzos.

            Hoy como ayer el afán de lucro es el estímulo y la guia de la actividad humana.

            No obstante, por excepción, una de las expresiones más hermosas de la solidaridad que aún quedan en un mundo tan utilitario es el mutualismo o la mutualidad, cuyos principios sirven de base para instituciones de prestaciones recíprocas entre sus miembros. El mutualismo es el régimen de prestaciones mutuas que suelen adoptar algunas organizaciones para ayudar a sus miembros, como lo hacen ciertas asociaciones de ahorro y crédito, el seguro social obligatorio, la <seguridad social, las organizaciones obreras de socorros mutuos y otras entidades de prestaciones recíprocas. La característica de ellas es que sus socios aportan cuotas periódicas en proporción a sus ingresos y reciben prestaciones en función de sus necesidades eventuales. Esta es la esencia del mutualismo. Las prestaciones se reciben en razón de las necesidades y los aportes al fondo común se entregan a prorrata de los ingresos individuales. Lo que significa que el dinero que aportan unos beneficia a otros, sin el egoísmo de la proporcionalidad de los sistemas e instituciones puramente capitalistas. Por este medio el hombre rico ayuda al pobre, el sano al enfermo, el joven al viejo, el fuerte al impedido, el trabajador activo al desempleado.

            En los tiempos de la Tercera República Francesa (1870-1940), durante el gobierno de las izquierdas surgido de las elecciones de 1924  —con Herriot, Painlevé y Blum—,  en los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial, se habló del solidarismo como una suerte de ideología oficial opuesta lo mismo al laissez faire de los liberales que al colectivismo marxista y al anarcosindicalismo. El solidarismo propugnaba una cierta intervención estatal en el manejo de la economía, la instrumentación de medidas de política social para atender a los desposeídos, el reconocimiento de las organizaciones obreras, la semana laboral de 40 horas, el aumento de salarios, las vacaciones anuales pagadas, los contratos colectivos de trabajo, la educación gratuita para los niños de 6 a 13 años y la separación de la iglesia y el Estado.

 
Correo
Nombre
Comentario