sociedad de masas

            Aunque sus antecedentes mediatos se remontan a la <revolución industrial que, al sustituir el taller por la fábrica, congregó en las ciudades grandes grupos humanos e inició el proceso de hipertrofia del urbanismo, la sociedad de masas es en realidad un fenómeno de la segunda mitad del siglo XX, que se debe al crecimiento explosivo de la población  —a causa de las altas tasas de fecundidad, los bajos índices de mortalidad y la migración—  y a su aglomeración en las áreas urbanas. Esto ha producido la masificación de las sociedades contemporáneas, con sus peculiares y preocupantes características.

            La concentración demográfica en las ciudades y la superconcentración en las zonas metropolitanas, como consecuencia de las migraciones campesinas aluvionales y de los otros factores señalados, han creado al Estado gravísimos problemas de vivienda, alimentación, salud, salubridad, educación, transporte, ocupación y prestación de servicios públicos. El alud humano  —en tan precarias condiciones de hacinamiento, congestión, ruido y contaminación ambiental—  ha producido la degradación de las formas de vida social y ha generado violencia, vandalismo, indisciplina social, conductas díscolas, alcoholismo, vagancia, prostitución, homosexualidad, drogadicción, delincuencia y otros desórdenes del comportamiento, que se presentan como acciones evasivas de la gente, particularmente de la juventud, frente a la agobiante reglamentación de la vida moderna, a la opresión inintencionada de la masa y a otros factores negativos de la vida social.

            Al mismo tiempo, ha deteriorado los mecanismos de distribución del ingreso, ampliado la marginación social, profundizado la pobreza en grandes sectores de la población y generado una sobrecarga de demandas sociales insatisfechas.

            Las sociedades de masas se han tornado esquizofrénicas, con muchos signos de malestar. Son sociedades trizadas. Existen en ellas brechas insalvables por la permanente fricción de ricos y pobres, la creciente desigualdad entre quienes tienen acceso al conocimiento y quienes están al margen de él, la contradicción entre el avance de la ciencia y la calidad de vida de la mayoría, la discriminación contra las minorías étnicas o culturales, el divorcio entre la política y la ética y muchas otras antinomias que demuestran el profundo fraccionamiento de las sociedades masificadas contemporáneas.

            Es que la masificación de las ciudades, no obstante ser un fenómeno cuantitativo  —o precisamente por serlo—  produce modificaciones cualitativas en la sociedad y altera el comportamiento de las personas. Esto ocurre en virtud de la ley dialéctica del cambio de la cantidad en calidad. Las modificaciones en la cantidad dan por resultado cambios cualitativos en las cosas. Por ejemplo, al engrosar la cuerda de una guitarra  —cambio cuantitativo—  se produce una mutación en su sonido  —cambio cualitativo—.  Cosa parecida acontece en la sociedad: el aumento de la población, que es un cambio de cantidad, produce un cambio en el pensamiento, en la manera de ser y en la conducta de la gente, o sea un cambio de calidad. Una mutación cuantitativa da como consecuencia una modificación cualitativa de la sociedad.

            Esa modificación se expresa fundamentalmente en la actitud exigente, irritable e impaciente de la gente, que no quiere más esperas para recibir los beneficios del desarrollo económico y que demanda la justicia social para hoy y no para mañana. Plenamente conscientes de su poder y de su fuerza, los pueblos gritan con sus mil bocas invisibles y exigen sus derechos. Los partidos de oposición se encargan de exacerbar las demandas. Los gobiernos, por su parte, no siempre están en posibilidad real de atenderlas. Y esta sobrecarga de aspiraciones insatisfechas genera un estado de beligerancia y de inestabilidad política, que complica la gobernabilidad.

            En los países de América Latina, Asia y África la sociedad de masas acusa, como rasgo distintivo, el crecimiento impresionante de los sectores de la <economía informal, con la proliferación de vendedores ambulantes en las calles y el aumento de la mendicidad, aunque esto empieza a ocurrir también en los países industriales avanzados.

            El fenómeno demográfico condiciona el comportamiento individual y social de las personas. Las megalópolis producen anomalías de la conducta y raras aberraciones. No hay más que comparar el proceder del hombre de la pequeña aldea con el del hombre despersonalizado de la gran ciudad. Las diferencias son notables. La concentración humana sobre el espacio físico  —masificación de la sociedad—  conlleva una serie de problemas que terminan por afectar la psiquis del ser humano.

            Se han hecho experimentos con ratas a las que se les ha sometido a estímulos de ruido, contaminación y hacinamiento similares a los que soportan los seres humanos en las megalópolis modernas, y los resultados han sido perturbaciones en la conducta de los animales: unos se han concentrado en sí mismos y se han aislado de los demás, otros han dejado de comer o se han vuelto terriblemente agresivos o han incurrido en conductas homosexuales. Lo cual significa que han adoptado las mismas aberraciones que los seres humanos sometidos a igual sobrecarga de estímulos negativos en las urbes deshumanizadas de hoy.

            El hacinamiento tiene consecuencias perversas en la vida social porque limita la capacidad de movimiento de los individuos, dificulta su elección de actividades, disminuye drásticamente la distancia interpersonal, fomenta la promiscuidad, causa en las personas una sobreestimulación física (contactos personales, ruidos, aumento de calor, contaminación del aire, contagio microbiano, epidemias), suprime la intimidad, genera un exceso de informaciones y de chismes, todo lo cual termina por producir irritabilidad, agresividad, baja sociabilidad, confusión, fatiga emocional y depresión en las personas.

            El 4 de enero de 1994 ocurrió en Venezuela un trágico hecho que demuestra la influencia que el hacinamiento tiene sobre la conducta humana. En la cárcel de “Sabaneta”, cercana a la ciudad de Maracaibo, cuyas instalaciones fueron construidas para albergar 800 personas pero se habían acomodado 3.000, estalló la más absurda violencia que enfrentó a dos bandos de reclusos. El resultado de la lucha fue la muerte a cuchillazos de doce de ellos en medio de un baño de sangre. La infernal violencia fue causada por el largo tiempo de hacinamiento, que terminó por enloquecer a los hombres exactamente como a las ratas en el experimento mencionado. Ya antes la aglomeración humana había producido una serie de conductas anómalas, que no fueron analizadas a tiempo. La hecatombe, entonces, resultó inevitable.

            Lo mismo ocurrió en El Salvador el 18 de agosto de 2004. Una feroz riña de machetes y cuchillos entre reclusos de la penitenciaría La Esperanza dejó 31 muertos y 29 heridos. Los reclusos vivían en un severo hacinamiento, ya que la capacidad del centro penitenciario era de 800 presos pero albergaba 3.107. Un brutal amotinamiento en la cárcel de Higüey en la República Dominicana, que alojaba cuatro veces más internos de los previstos, causó la muerte de 133 de ellos el 6 de marzo del 2005.

            La explosión demográfica ha desbordado todo: espacios, leyes, costumbres. Y ha generado un mundo de tensión y desequilibrios. El hombre, aprisionado y débil en medio de la masa, se ve sometido a toda suerte de presiones estresantes. En las calles el alud humano, la congestión de vehículos, la polución, el ruido, las bocinas de los automotores, la publicidad persecutoria, las reglamentaciones, las advertencias, los avisos, las prohibiciones, los símbolos, las sirenas, las luces rojas agobian al individuo. El crecimiento de las ciudades abre grandes distancias, impone esperas para la obtención de los servicios, sujeta al ser humano a la tiranía del reloj, separa las familias, debilita los vínculos de amistad y condena al hombre a una soledad implacable en medio de la multitud. El “lleno” es la característica de las sociedades masificadas. Todos los lugares están abarrotados de gente. Las calles, los medios de transporte, los hoteles, los restaurantes, los teatros, las playas y hasta las antesalas de los médicos: todo está lleno. Se vuelve difícil encontrar un lugar disponible. Esto impide el acceso fácil a los servicios. La cola o la fila para llegar a ellos es la angustiante condición de todas las horas. Lo cual produce una opresión inintencionada de la masa sobre los individuos que con frecuencia termina por desquiciar su comportamiento y alterar las relaciones humanas.

            Cada día el “ámbito vital” de las personas es más reducido. Cada vez cuentan con menos espacio físico donde desenvolverse. En el metro de Tokio, por ejemplo, hay empleados cuya función específica es la de empujar a los pasajeros para que se apretujen más y puedan dejar espacio para nuevos pasajeros. Esto nos da una idea de la dirección que está tomando la masificación de las sociedades.

            Los beats y los beatniks de la década de los 50 del siglo anterior en los Estados Unidos, los hippies de los pasados años, los yippies de Abbie Hoffman en los 60, los punks nacidos en Inglaterra  —cuyo promotor contestatario, Johnny Rotten, lanzó sus dos primeros discos de música contra la corona inglesa a comienzos de los 70—,  los grungys recientes, los hewnies (highschool educated-white-males) de los años 90 en los Estados Unidos, con su odio brutal a las minorías  —negros, homosexuales, hispanos, grupos que viven de la ayuda del gobierno—,  los zippies de los años 90, los bourgeois bohemians de finales de siglo y todas esas raras usanzas que vemos en las ciudades populosas no son más que expresiones de evasión o de protesta de los jóvenes contra la fuerza aplastante y niveladora de la multitud que adocena a los seres humanos y contra los atosigantes convencionalismos políticos y sociales. De ahí viene ese loco anhelo de libertad que toma forma en sus extravagancias, costumbres, modos de vestir, música, diversiones, maneras de vivir.

            Los beats, los beatniks, los hippies, los punks, los grungys, los hewnies, los >yuppies, los >yetties, los >yippies, los >zippies, los <bourgeois bohemians y todos estos grupos han sido portadores de <contraculturas y subculturas, es decir, de creencias, valores, normas, ideas, sensibilidades, actitudes, costumbres, giros idiomáticos y comportamientos contrarios o diferentes de los dominantes en la sociedad. Han sido grupos marginales de las sociedades de las que han formado parte. Han desoído los convencionalismos establecidos.

            El aumento demográfico demanda crecientes reglamentaciones jurídicas para mantener la cohesión y la disciplina sociales. Esto resulta inevitable. La legislación se amplía al ritmo del proceso de publificación de los asuntos sociales, es decir, de la conversión en públicas o de interés público de cuestiones que antes eran totalmente privadas. Lo cual supone también una reducción de los espacios de libertad de las personas. La necesidad de crear nuevas normas jurídicas, que penetren en los intersticios de la estructura social, guarda una relación directamente proporcional con el crecimiento de la población y con la complejidad de los asuntos públicos. No hay manera de evitarlo. Hace cien o más años las cosas eran mucho más simples. Pero la exigencia actual de regimentar grandes masas, de satisfacer sus demandas, de atender sus necesidades y de establecer los indispensables equilibrios interpersonales complica no sólo las tareas de gobierno sino, en general, la organización de la sociedad. Todo lo cual contribuye también a coartar la libertad de los individuos y a despersonalizar su existencia.

            Tales condiciones de vida no tardan en producir sus efectos. El <estrés se apodera del hombre y con frecuencia, como respuesta ante el entorno hostil, éste se concentra sobre sí mismo  —en una suerte de autismo—  o se torna iracundo y agresivo, como en el experimento de las ratas.

            Estos cambios tienen consecuencias políticas e inciden, por supuesto, en la organización social y en las tareas de gobierno. El <populismo es, entre otros, un fenómeno propio de la aglomeración humana en los cinturones de vivienda precaria de las grandes urbes de los países pobres y del bajísimo nivel cultural de quienes en ellos habitan. El populismo es la expresión política de un fenómeno económico. Nace en los barrios callampas de las áreas metropolitanas de Chile, en las favelas brasileñas, en los pueblos jóvenes de Lima, en las villas-misera del gran Buenos Aires, en los barrios suburbanos de Guayaquil, en las colonias populares o en las ciudades perdidas de México, en los barrios de invasión de Colombia, en los ranchos caraqueños, en los cantegriles de Montevideo, en las laderas de La Paz, en los townships de Sudáfrica, en los shanty towns de Kenia, en los slums de varias otras ciudades y en las zonas de hacinamiento y pobreza que se forman en torno a las grandes urbes del tercer mundo.

            El Programa de las Naciones Unidas sobre Asentamientos Urbanos, en un informe especial sobre el estado de las ciudades del mundo 2006-2007, advirtió que, si las cosas siguen como están, en el año 2020 alrededor de 1.400 millones de personas vivirán en esos asentamientos precarios que rodean a las grandes urbes, sin servicios públicos esenciales y con altas tasas de violencia y criminalidad. Señaló que en el año 2006 mil millones de personas vivían en tales condiciones, diez por ciento de las cuales pertenecían a los países desarrollados y el resto se distribuía en los cinturones de vivienda precaria de las ciudades de África, Asia y América Latina. Especialmente dramática era la situación africana. En los países subsaharianos el 72% de la población urbana vivía en las zonas de hacinamiento y en algunos países  —como Etiopía y Chad—  toda la población urbana estaba asentada en ellas. El informe puntualiza que el hacinamiento era tan brutal que había más de tres personas por habitación, y que, por ejemplo, en un asentamiento urbano de Harare, capital de Zimbabue, mil trescientas personas compartían un baño compuesto por seis pozos que hacían de letrinas.

            El exceso de población genera  —junto con el populismo—  varios otros hechos que constituyen problemas de <gobernabilidad, así en los países desarrollados como en los atrasados.

            El crecimiento urbano del tercer mundo es impresionante. En 1950 las ciudades más grandes del planeta pertenecían a los países industrializados  —Nueva York, Los Angeles, Londres—  pero a partir de la explosión demográfica del mundo subdesarrollado, en el año 2009 quince de las veinte ciudades más grandes estaban situadas allí. México tenía 23,2 millones de habitantes, Seúl 22,4 millones, Bombay 21,3, Sao Paulo 20,5, Manila 19,8, Yaharta 18,9, Delhi 18,6, Shanghai 17,7, Calcuta 15,4, Buenos Aires 14,3, Lagos 13,1, Teherán 12,9, Karachi 12,8 y Pekín 12,3. Algunas de estas ciudades superan a las principales megalópolis del mundo industrializado: Nueva York 23,1 millones, Los Angeles 17,8 millones, Moscú 14,8 millones, Tokio 14,6 millones y Londres 13,2 millones.

            La gobernación de las sociedades de masas, con el urbanismo cargado de conflictos sociales, no es fácil. Se da en ellas un peligroso desfase entre las necesidades sociales y los recursos financieros para atenderlas. Ciudades que crecen al 8 o 9% anual, por el flujo de las migraciones campesinas, generan un >urbanismo cargado de conflictos sociales: cinturones de vivienda precaria, arrabales pobres, escasez de agua potable y energía eléctrica, desempleo, falta de educación. En una palabra: desbordamiento de los servicios públicos y creación de grandes áreas de marginación social.

            Los regímenes políticos de antaño, cuando el 20 o 30% de la población residía en las ciudades, eran más llevaderos. El grueso de la población estaba en el campo y no tenía posibilidades de informarse, organizarse ni expresarse. Los medios de comunicación no iban más allá del ámbito urbano. El valor político de la masa campesina era inexistente o muy reducido. Ella no contaba como opinión pública. Las protestas y rebeliones campesinas fueron un fenómeno poco común. Hoy las cosas son diferentes. Casi el 70% de la población habita en las urbes y las masas ciudadanas están perfectamente informadas de la marcha del Estado. Y buena proporción del 30% restante también lo está porque los medio de comunicación se han extendido enormemente.

            Jérome Bindé, director de la División de Anticipación y Estudios Prospectivos de la UNESCO, afirma que en el siglo XXI un nuevo fantasma ronda las sociedades masificadas del mundo: el apartheid urbano, que es la profundización de la segregación residencial tradicional en función de los ingresos de la gente, que divide las ciudades con “vallas” económicas, culturales y políticas, separa a sus habitantes y genera en ellos un sentimiento de pertenencia a grupos sociales antagónicos: el grupo dominante y los grupos pobres excluidos.

            Ambos sectores asumen una identidad social  —una conciencia de clase, para hablar en términos marxistas—  que les diferencia y contrapone entre sí. Sus intereses económicos, sus preferencias políticas, sus valores ético-sociales, su estilo de vida y su forma de pensar son contrarios. Y entre los dos grupos se inserta una constelación de capas medias oscilantes y poco definidas.

            Este fenómeno ha suscitado en Estados Unidos el denominado síndrome nimby (not in my backyard), que los sociólogos norteamericanos han estudiado con interés y que consiste en la oposición de los sectores ricos a que en las cercanías de sus zonas residenciales exclusivas se construyan escuelas públicas, centros de salud, enlaces de transporte público y otras instalaciones de servicio a los sectores pobres. La gente rica habita en viviendas lujosas y amuralladas emplazadas en amplios espacios verdes en los alrededores urbanos, vigiladas por cuerpos de seguridad privados, mientras que la gente pobre se ha desplazado hacia los guetos y arrabales, donde vive en medio del hacinamiento y la marginación.

            En estas circunstancias, Bindé teme que surja un nuevo modelo urbano caracterizado por la privatización de los espacios, las calles y los servicios públicos, que agudice la polarización social en el marco de un urbanismo en el que se conjuguen la violencia con el temor a la violencia. Cree que existe el peligro de que la ciudad del futuro sea una “anticiudad”, es decir, un lugar donde se erijan fronteras económicas, sociales y culturales que separen irreversiblemente a sus habitantes.

            Los cinturones de vivienda precaria que se han formado en torno de las grandes ciudades condicionan la vida de la comunidad. La vivienda  —con sus excelencias o miserias—  es un punto de vista sobre el mundo. Desde la perspectiva política, el <populismo, que fragmenta los esquemas ideológicos y partidistas y que forja movimientos políticos erráticos y violentos, es un fenómeno político de raíces económicas que se origina y prospera precisamente en aquellas zonas de hacinamiento que se forman alrededor de las grandes ciudades del tercer mundo. Es que los que viven en pocilgas y los que duermen bajo los puentes no pueden tener puntos de vista muy amables sobre la vida.

            Alvin y Heidi Toffler sostienen en su libro “La revolución de la riqueza” (2006) que la revolución industrial, que dio inicio a la “segunda ola” de la riqueza social brotada del maquinismo, masificó las ciudades industriales; pero que con el advenimiento de la “tercera ola” a comienzos del siglo XXI, es decir, con la civilización del conocimiento, tiende a producirse en el mundo desarrollado y, en mucho menor medida, en el mundo subdesarrollado, una desmasificación de las sociedades, de la producción y de los mercados, ya que se descentralizan los lugares de trabajo y grandes grupos humanos dejan de laborar en el centro de las ciudades, de modo que “la producción en masa da paso a una producción cada vez más personalizada”, basada en el conocimiento.

            Comentan los mencionados escritores norteamericanos que “en el 2000, unos ciento diecinueve millones de estadounidenses malgastaron aproximadamente venticuatro mil millones de horas yendo y viniendo por causa de su trabajo”, mientras que en la actualidad grandes grupos humanos dejan de trabajar en el centro de las ciudades y “los horarios de trabajo pasan de ser fijos a en cualquier momento y lugar, incluido el propio hogar, lo cual altera una vez más la manera de usar el tiempo y el espacio”.

 
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