sociedad

            Es el conjunto de personas dentro del cual el ser humano desenvuelve su vida con la ayuda de los demás. Sea por instinto, sea por necesidad, lo cierto es que siempre se encontró al hombre inserto en un grupo y sometido al complejo sistema de interrelaciones que él entraña. El hombre aislado no existe. Nunca existió. De acuerdo con los datos y elementos aportados por las investigaciones históricas, sociológicas y antropológicas, la historia del hombre es, en realidad, la historia de los grupos humanos y de su proceso de evolución y perfeccionamiento a través del tiempo. Ya lo advirtió Aristóteles: el hombre es un zoon politikon, esto es, un ser social y sociable por su misma naturaleza. La soledad y el aislamiento no le hubieran permitido desenvolverse, ni siquiera vivir, puesto que la naturaleza no le ha dotado de los seguros instintos con que equipó a los animales.

            Aristóteles vislumbró esa natural sociabilidad de los hombres, que les indujo a formar sociedades y a insertarse en ellas. Y a eso atribuyó el origen de la sociedad humana.

            Cicerón (106-43 a. C.) decía que la civitas no era una mera agregación humana sino una sociedad fundada en el consenso de la ley. Santo Tomás de Aquino (1225-1274) afirmó más tarde que “es propio de la naturaleza del hombre que éste viva en una sociedad de muchos” y el teólogo católico italiano Egidio Romano (1243-1316), citando a Aristóteles, decía que el hombre es un politicum animal et civile.

            La sociedad es algo complejo: es un intrincado sistema de interrelaciones humanas compuesto por muchos elementos: la historia, el lenguaje, la comunicación, la cultura, el derecho en cualquiera de sus formas, la idiosincrasia, el movimiento, el espacio físico, el entorno ecológico. Todos ellos son factores de identidad de una sociedad. El sistema social entraña una uniforme manera de ser y de actuar de la gente, que resulta de la pretérita convivencia y de un largo proceso de acondicionamiento histórico y geográfico.

            Según la denominada teoría de la complejidad, la sociedad humana es una sociedad de mamíferos superiores con cerebro altamente desarrollado y, por tanto, es inmensamente más compleja que la sociedad de los animales, aves, hormigas, abejas y otros seres gregarios de escalas zoológicas inferiores. La humana es una sociedad hipercompleja porque se compone de elementos espirituales y materiales. Es mucho más que una sociedad de animales sociables que se juntan físicamente para sobrellevar la vida y perpetuar la especie. En la sociedad humana hay eso, obviamente, pero algo más: hay realidades de conciencia que se procesan y ordenan en la mente. Y esa dualidad ontológica de elementos materiales y realidades de conciencia tornan enormemente complejo el hecho social del hombre, aunque en último término todas esas realidades y elementos tienen un origen material. El grupo humano se inserta en un medio geográfico determinado  —que posee también sus propias complejidades—  y tiene manifestaciones cerebrales y físicas que generan grandes dificultades epistemológicas.

            El sociólogo y criminólogo francés Gabriel Tarde (1843-1904) sostiene que los valores de una sociedad se establecen, extienden y consolidan a través del proceso que él llama “imitación”, en virtud del cual los individuos “copian” ciertas conductas de los “líderes” del grupo y las convierten en hábitos generales. Ellas se extienden y se constituyen en conductas distintivas de un grupo humano. Sostiene Tarde que hay dos clases de imitación: la que se realiza de generación en generación, es decir, la tradición; y la que reproduce las conductas de los contemporáneos, o sea la moda. En ambos casos las conductas, después de imitadas, se difunden, se repiten y se fijan en una determinada sociedad hasta convertirse en características de ella. La imitación, por consiguiente, no sólo que es un importante factor de sociabilidad de los seres humanos dentro del grupo sino que además crea en éste formas de ser y de actuar que le dan un sello de identificación.

            La sociedad es un sistema especialmente complejo de organización, comunicación e interacción. Entre los factores de sociabilidad, el lenguaje es muy importante. Cada sociedad elabora a lo largo del tiempo una manera peculiar de expresar sus ideas. Articula para ello un lenguaje hablado o escrito  —incluso uno corporal—  y lo codifica. El lenguaje es una de las características diferenciales de la sociedad. Sin él no puede haber comunicación. Y la comunicación es un elemento esencial del grupo social, hasta el punto que algunos autores  —el sociólogo alemán Niklas Luhmann (1927-1998), por ejemplo—  consideran que sociedad y <comunicación son la misma cosa: que la sociedad, en último término, no es más que un sistema de comunicaciones.

            Este sistema tiene, en la era de la información, una escala planetaria. Hay un lenguaje digital universal. Los mismos programas de televisión se miran igual en una carpa de beduinos de un desierto del Oriente Medio que en una cabaña de la selva amazónica. La comunicación circula a través de las palabras, los sonidos, los símbolos y las imágenes digitales por encima de las fronteras nacionales. El fenómeno de la imitación, vislumbrado por Tarde a fines del siglo XIX, opera hoy en una nueva dimensión. Es una imitación de características planetarias. Ha surgido la “sociedad red”, según la expresión del sociólogo español Manuel Castells, como la nueva estructura social dominante en la era de la información. Es decir: la sociedad mundial, la sociedad intercomunicada, la sociedad unida por la extensa trama de interconexiones que se proyecta más allá de las fronteras nacionales, la sociedad enlazada por las redes de la electrónica, la gran “comunidad virtual” generada por los ordenadores.

            La era de la información, dinámica y abierta, ha dado una nueva estructura a la cultura, al poder y a la economía. Ha producido una nueva morfología social. Todas o casi todas las manifestaciones sociales están enlazadas internacionalmente por redes interactivas. Una red es, según la definición de Castells, un conjunto de nodos interconectados. Un nodo es el punto en que una curva se intercepta a sí misma. Los regímenes políticos, la cultura y la ciencia, el conocimiento tecnológico, la producción, los sistemas financieros, los mercados, las bolsas de valores, la información, la comunicación, los partidos políticos, los movimientos sindicales, los <nuevos movimientos sociales, el trabajo, los modos de producción, la organización familiar, las costumbres, las religiones y las demás manifestaciones de la vida social están interconectados por redes transnacionales en un mundo crecientemente globalizado.

            Partiendo de la interacción dialéctica entre sociedad y tecnología, Castells convierte a la tecnología de la información en el punto clave de referencia para analizar a fondo las complejidades de la nueva cultura, la nueva sociedad y la nueva economía que están en proceso de formación. Van en camino de destruirse las tradiciones comarcanas y las diferencias entre las comunidades locales. La cultura, el lenguaje y las costumbres tienden a unificarse en la sociedad global por obra de la tecnología electrónica aplicada a las comunicaciones. La globalización resta identidad a las naciones. Han emergido nuevas formas de producir, comunicar, gestionar y vivir. Las fronteras nacionales se han debilitado. El mundo se dirige hacia una integración global en la que se unificarán los factores que antes sirvieron para diferenciar entre sí a los grupos nacionales: la cultura, el lenguaje, las costumbres. La imitación, vista por Gabriel Tarde hace un siglo como el gran factor de sociabilidad, no sólo funciona dentro de la sociedad local sino también en la sociedad más amplia: en la sociedad mundial. Vemos cómo las usanzas, las modas y las costumbres se extienden por todas partes. El fenómeno de la imitación tiene hoy una escala planetaria y está moldeando una sociedad homologada.

            Hay dos puntos de vista sobre la sociedad: el mecanicista y el organicista. El primero sostiene que la sociedad es la mera agregación de individuos sobre un espacio físico, de modo que la descripción de ellos sirve para explicar la vida del todo. Para el <mecanicismo la sociedad no es algo diferente de las unidades humanas que la integran. En cambio, para el <organicismo ella es un producto distinto de sus componentes, que se rige por leyes especiales y diferentes de las que gobiernan la vida humana individual, y cuyas partes obedecen a una ordenación en función de la vida del todo.

            Son, como se puede ver, dos interpretaciones antagónicas sobre el fenómeno social.

            No debe confundirse Estado con sociedad. El Estado es la organización jurídica y política que recibe la sociedad en un momento dado de su evolución histórica. Las sociedades preestatales  —la horda, el clan, la tribu, la confederación tribal—  no conocieron el Estado, como forma superior de ordenación. El Estado hizo su aparición en la historia a partir del Renacimiento con el gran proceso de unificación de las monarquías europeas. En todo caso, Estado y sociedad son conceptos distintos, hasta el punto que para estudiar sus respectivas realidades se crearon dos disciplinas científicas autónomas: la teoría del Estado y la sociología.

            Como producto de la masificación de las sociedades modernas, de la explosión demográfica, de la migración de los campesinos hacia las ciudades, del creciente proceso de urbanización, de la <marginación social y de otros factores, se ha formado un tipo especial de sociedad, que es la llamada sociedad de masas.

            Aunque sus antecedentes mediatos se remontan a la <revolución industrial que, al sustituir el taller por la fábrica, congregó en las ciudades a grandes grupos humanos e inició con ello el proceso de hipertrofia del urbanismo, la sociedad de masas es en realidad un fenómeno de la segunda mitad del siglo XX, que se debe al crecimiento explosivo de la población y a su aglomeración en las áreas urbanas.

            La concentración demográfica en las ciudades y la superconcentración en las zonas metropolitanas han creado al Estado gravísimos problemas de vivienda, alimentación, salud, salubridad, educación, transporte, desocupación y prestación de servicios públicos. El alud humano  —en tan precarias condiciones de hacinamiento, congestión, ruido y contaminación ambiental—  ha degradado las formas de vida social.

            Como consecuencia de esto, se han acusado los rasgos de las sociedades duales, fracturadas en centro y periferia. Se entiende por dualismo la estructura bipolar de una sociedad en la que conviven áreas socioeconómicas avanzadas y áreas atrasadas. La característica principal de las sociedades dualistas es la existencia de un centro económico desarrollado, compuesto de actividades productivas modernas e internacionalizadas, y una amplia periferia rezagada de quehaceres económicos primitivos y desintegrados del sistema central de producción.

            Desde otro punto de vista, se pueden distinguir las sociedades totales (que algunos llaman perfectas), como el Estado, de las sociedades parciales o especiales, como las numerosas que se insertan en su territorio al amparo de sus leyes. Las primeras rodean al ser humano en todos sus elementos de interacción social. Le envuelven en sus múltiples actividades y le procuran solución a todos sus problemas. Enmarcan la totalidad de la vida social. Son, por ello, sociedades multivinculadas, porque sus miembros están unidos por numerosos lazos, que se cruzan y entrecruzan. Las otras son las sociedades especiales formadas para la consecución de una determinada categoría de fines. Están fuera de su alcance todos los demás propósitos humanos, cuya competencia recae sobre el Estado o bien sobre las otras corporaciones especiales que dentro de él operan. Estos son grupos univinculados, cuya razón de ser es la defensa de un solo orden de valores y a la persecución de una sola categoría de fines, sean éstos culturales, científicos, artísticos, religiosos, deportivos, sociales o de cualquier otra índole.

            Las relaciones entre la sociedad total y las sociedades especiales es de subordinación jurídica de éstas bajo aquélla. Por ser una entidad dotada de soberanía, el Estado asume una posición de supremacía dentro de su territorio y ostenta el monopolio de la coacción física legítima sobre todas las corporaciones y personas situadas en su territorio.

            La desintegración interna, propia de las sociedades dualistas, determina que en ellas coexistan todos los modos de producción, desde el colectivismo primitivo hasta el capitalismo de la era electrónica. No es que unos se hayan sobrepuesto a los anteriores, sino que todos ellos conviven actualmente. Para comprobarlo no hay más que tomar un automóvil, recorrer 300 o 400 kilómetros en el espacio y retroceder siglos en el tiempo. En la ruta encontraremos el colectivismo primitivo y el esclavismo en las comunidades apartadas  —especialmente indias, en los países que las tienen—,  el feudalismo en los sectores campesinos periféricos y estructuras capitalistas muy avanzadas en los centros económicos de las grandes ciudades. Todas esas formas de producción conviven. El desarrollo desigual y la desintegración de los países periféricos lo han permitido.

            Este es un fenómeno propio de las sociedades esquizofrénicas del tercer mundo, en las que el grupo social está trizado por muchas contradicciones y disparidades: las que separan a los hombres de la ciudad y del campo, las diferencias entre ricos y pobres, la creciente desigualdad entre los que tienen acceso al conocimiento y los que están marginados de él, las distinciones entre los trabajadores de la economía formal y los de la <economía informal, las distancias entre los bien alimentados y los desnutridos, las discriminaciones por razones étnicas y culturales, la falta de igualdad ante los deberes y los derechos de la vida política del Estado y otros tantos desequilibrios que caracterizan a las sociedades de insuficiente desarrollo.

            Por analogía se habla también de sociedades de Estados para referirse a las asociaciones de los entes políticos, cada vez más frecuentes en el mundo internacional contemporáneo, como un sistema especialmente complejo de organización, comunicación e interacción entre los Estados.

 
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