sindicalismo

            La palabra proviene del francés syndicat y se empleó originalmente para referise al asociacionismo en general. Después ella designó más específicamente a la organización de los trabajadores, por ramas de actividad, para la defensa de sus derechos ante los empresarios capitalistas. El <marxismo, más tarde, le dio connotaciones revolucionarias al hacer del sindicalismo un instrumento para el derrocamiento del orden social capitalista.

            El físico y filósofo francés Georges Sorel, en su libro “Reflexiones sobre la violencia” publicado en 1908, al elaborar su teoría sobre la huelga general, consideró que ésta era el medio fundamental en manos de los trabajadores para colapsar el capitalismo industrial. Pedro Kropotkin formuló las bases del <anarco-sindicalismo, que tuvo importante influencia en la Confédération Général du Travail de Francia antes de 1914, en la Confederación General del Trabajo española, fundada en 1911; e incluso en la Industrial Workers of the World (IWW) de Estados Unidos de América creada en 1905. El pensador ruso vinculó sus ideas anarquistas a los métodos revolucionarios y obtuvo como resultado un anarquismo violento que se extendió a través de organizaciones clandestinas de trabajadores dedicadas a la acción subversiva.

            Con estas ideas se esparció por Europa el movimiento anarcosindicalista que propugnó la articulación de los postulados del <anarquismo con la organización sindical para derrocar el orden social imperante. El propósito fue utilizar la fuerza de los sindicatos en las acciones insurgentes, confrontar el poder sindical contra el poder estatal y vertebrar la futura sociedad con base en la organización de los trabajadores.

            La <revolución industrial estimuló en Inglaterra la organización de los trabajadores, especialmente para presionar por el aumento de salarios y la disminución de la jornada laboral, pero la sindicalización fue prohibida por la Combinations Act de 1799. A partir de 1824 resurgieron las organizaciones de trabajadores que se agruparon en el Grand National Consolidated Trade Unions en 1834  —bajo la inspiración de Robert Owen (1771-1858), uno de los teóricos del >socialismo utópico—,  que se rompió poco tiempo después. En 1851 comenzó una nueva fase del movimiento sindical con la fundación del Amalgamated Society of Engineers, que alcanzó la conquista del pago semanal de los salarios y que influyó en la expedición de algunas leyes entre 1860 y 1880, tales como la Conspiracy and Protection of Property Act y la Employers and Workmen Act. En 1868 se reunió en Manchester el primer congreso general de los sindicatos londinenses (Trades Union Congress) y en 1869 se constituyó la Labour Representation League.

            En todo caso, la primera revolución industrial, al crear la contraposición neta entre los trabajadores fabriles dependientes y los empleadores, dueños de los instrumentos de producción, empujó el sindicalismo y le dio fuerza. Las concentraciones de obreros bajo el mismo techo estimularon su organización clasista.

            El naciente sindicalismo inglés era muy conservador y no cuestionaba el sistema parlamentario ni el orden social rígidamente capitalista que regían en Inglaterra. Pero con la depresión económica entre 1875 y 1885 los obreros de la industria textil y de la minería, que fueron los más golpeados por la crisis, iniciaron el movimiento denominado new unionism, cuya presencia radicalizó a ciertos sectores laborales ingleses de tendencia socialista, dirigidos por John Burns, Ben Tillet y Tom Mann, que lucharon por la jornada de 8 horas y una orientación política más radical del movimiento obrero. En 1899 se efectuó una conferencia de sindicatos, cooperativas y grupos políticos influidos por los socialistas para discutir la cuestión de la representación obrera en el parlamento, de la cual emergió el Labour Representation Committee, que en 1906 se transformó en el Labour Party. Los miembros de los sindicatos ingleses pasaron de menos de un millón en 1886 a dos millones al finalizar el siglo y a más de cuatro millones en 1914. Y como a partir de 1927 los miembros de los sindicatos se convertían automáticamente en miembros del partido, a menos que hicieran uso de la cláusula de contracting out y se opusieran expresamente a pertenecer a él, se produjo un inmenso crecimiento del Partido Laborista.

            En 1905, a imitación de la IWW norteamericana, se formó el British Avocates of Industrial Unionism (BAIU), que se escindió tres años más tarde en las ramas anarquista y sindicalista. Esta última fundó en 1909 la Industrial Workers of Great Britain (IWGB), que mantenía un cierto grado de relaciones con el Socialist Labour Party. Bajo la influencia norteamericana, el líder sindical inglés Tom Mann creó en Inglaterra la Industrial Syndicalist Education League y publicó la revista mensual Industrial Syndicalist, de divulgación de las propuestas obreras.

            Durante la Primera Guerra Mundial  —desde 1914 hasta 1918—  los sindicatos ingleses establecieron una tregua en su lucha contra el gobierno y contra los empresarios. Cosa que ocurrió también en Europa continental. Terminada la guerra, los sindicatos reiniciaron con gran fuerza su brega por mejores condiciones de vida, acicateados además por el triunfo de la <revolución bolchevique en Rusia. Los sindicatos ingleses fueron los primeros en el mundo occidental que colaboraron con los sindicatos soviéticos en el Anglo-Russian Committee formado en 1925. En 1929, tras el fracaso de la huelga general, el gobierno prohibió las huelgas por medio de la Trade Unions Act, que fue derogada juntamente con otras leyes restrictivas en 1945, después de la Segunda Guerra Mundial.

            Durante la mayor parte del siglo XX el Partido Laborista y los sindicatos estuvieron imbricados. Millones de obreros formaron la militancia laborista y las arcas del partido fueron alimentadas con sus aportes dinerarios. Sin embargo, en el curso del gobierno laborista de Harold Wilson desde 1964 se produjeron tensiones entre los sindicatos y el partido a causa de la divergencia de opinión sobre las cuestiones salariales.

            Francia fue el primer país donde el sindicalismo hundió sus raíces. Una ley del 21 de marzo de 1884 otorgó a los trabajadores franceses el derecho a asociarse para defender sus intereses, es decir, el derecho a formar sindicatos. Dos años después las organizaciones gremiales de las diferentes ramas de actividad laboral constituyeron la Fédération Nationales des Syndicats et Groupes Corporatifs, que tempranamente quedó sometida a la hegemonía socialista, bajo el liderazgo de Jules Guesde. Empezó con esto un fenómeno que luego se extendió por Europa: los sindicatos se convirtieron en instrumentos de los partidos socialistas. En Francia, simultáneamente y por iniciativa de Fernand Pelloutier, se formaron unos centros de lucha para la emancipación de los obreros, denominados Bourses du Travail, que se integraron en 1892 a escala nacional en la Fédération Nationale des Bourses du Travail. En 1895 se fundó la Confédération Générale du Travail (CGT), que fue la organización sindical más amplia e importante de Francia, a la que se incorporaron en 1902 las bolsas de trabajo. El obrerismo francés entró en una época de gran esplendor. En 1906 se aprobó la Charta de Amiens, en la que al mismo tiempo que se definieron los objetivos inmediatos  —como la reducción de la jornada laboral y el aumento de salarios—  se consagraron las ideas revolucionarias de mediano y largo plazos de los grandes líderes sindicales de esa época: Victor Grifuelhes, Emile Pouget, Georges Yvotet, Pierre Monatte, León Jouaux y Alphonse Merrheim.

            Georges Sorel (1847-1922), que se consideraba discípulo de Carlos Marx y también del filósofo galo Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), desplegó una gran influencia en el sindicalismo francés y mundial de aquella época con su teoría del proletariado como el protagonista principal de la <lucha de clases y de la huelga general obrera como el instrumento fundamental para derrocar al Estado burgués.

            En Alemania, bajo la conducción de Stephan Born, discípulo de Carlos Marx, se constituyó tempranamente la Hermandad General de Trabajadores en 1848. Después advino un período de proscripción de las organizaciones sindicales hasta que en los años 60 se legalizó su operación. En 1868 Johann Baptist von Schweitzer, alumno y seguidor de Ferdinand Lassalle, fundó la Asociación de Trabajadores. Cuando el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania, establecido do en 1869 por August Bebel y Karl Liebknecht, y la Federación General de Trabajadores Alemanes fundada en 1863 por Ferdinand Lassalle, se fusionaron en Gotha en 1875 para dar nacimiento al Partido Obrero Socialista de Alemania, que en 1890 volvió a llamarse socialdemócrata, los sindicatos socialistas alemanes, después de una década de dificultades y persecuciones, se unificaron en torno a la Comisión General de los Sindicatos de Alemania en 1890, bajo el largo liderazgo de Carl Legien. Sus miembros crecieron de 240.000 a fines de los años 90 a más de dos millones y medio en 1913. En ese momento la corriente mayoritaria del sindicalismo alemán se identificaba con la >socialdemocracia, se adhería a la tesis revisionista propugnada por Eduard Bernstein(1850-1932) y rechazaba la posición revolucionaria de la izquierda marxista. Había también un pequeño sector sindical cristiano que seguía las ideas del obispo de Maguncia Wilhelm von Ketteler, dentro del marco de la encíclica Rerum Novarum del papa León XIII, y una minoritaria organización sindical de orientación liberal, que se denominaba Uniones Sindicales de Hirsch-Dunker. Pero el poder obrero decisorio descansaba en la alianza de los sindicatos socialistas con el Partido Socialdemócrata.

            Después de la Primera Guerra Mundial, durante los iniciales años de la República de Weimar, la Liga General de Sindicatos (ADGB) recientemente formada asumió el compromiso de defender la democracia tanto como el mejoramiento de las condiciones de vida de los obreros alemanes. Bajo el liderazgo del político y sindicalista alemán Theodor Leipart (1867-1947) desarrolló la tesis de la democracia económica y presionó para la expedición de la ley de los consejos empresariales, la ley judicial laboral, la ley sobre la mediación laboral y el seguro de desempleo. Pero a partir de 1933 todo el andamiaje del sindicalismo alemán fue destruido por Adolfo Hitler y su régimen nazi. La Segunda Guerra Mundial abrió un amplio paréntesis para la actividad sindical en el mundo. A partir de 1945 el sindicalismo alemán resucitó desde sus propias cenizas. Los sindicatos empezaron a reincorporarse y fueron el primer factor de la reconstrucción alemana. En 1949 se fundó en Alemania Federal la Unión Sindical Alemana (DGB), con seis millones de miembros pertenecientes a 16 organizaciones industriales, que se fijó como metas de su lucha la reconstrucción económica del país, la planificación económica, la cogestión empresarial, la socialización de las industrias claves y la cobertura de las necesidades básicas de los trabajadores. Después planteó una serie de exigencias de orden político: la lucha contra la remilitarización y la desnuclearización de Alemania.

            Bajo el modelo de la CGT francesa se fundó en Italia la Confederazione Generale del Lavoro (CGL) en 1906 y seis años más tarde la Unione Sindicale Italiana (USI), que reunía cerca de 100.000 miembros.

            En España surgió un sindicalismo muy influido por el anarquismo. En 1907 se fundó en Barcelona la primera organización sindical, denominada Solidaridad Obrera, que reunió a líderes socialistas, anarquistas y sindicalistas; y en 1910 se formó en Sevilla la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) con base en la alianza entre anarquistas y sindicalistas, cuyos miembros hasta el advenimiento de la dictadura del general Francisco Franco impulsaron un movimiento obrero de carácter revolucionario y militaron en las filas republicanas durante la guerra civil española.

            En Estados Unidos, como resultado de la fusión de la Western Federation of Miners, la United Railway Workers, la American Labor Union y cuarenta sindicatos menores, se formó en 1905 en Chicago la Industrial Workers of the World (IWW) bajo el liderazgo de William D. Haywood. Eugene V. Debs, líder del Socialist Party norteamericano, estuvo presente en la asamblea fundacional, aunque posteriormente los dirigentes sindicales reivindicaron la independencia del unionismo respecto de los partidos políticos y reafirmaron su voluntad de lucha contra el sistema capitalista a través de huelgas, sabotajes y movilizaciones de masas. En estos planteamientos el IWW entró en contradicción con otra fracción del movimiento sindical: la American Federation of Labor (AFL), de tendencia conservadora, liderada por Samuel Gompers, que había sido fundada, aunque con otro nombre, en 1881. La IWW mantuvo vinculaciones con el Communist Party of the United States of America, dirigido por John Reed, James Cannon  —que más tarde fue líder de los trotskistas norteamericanos—,  Earl Browder y William Z. Foster  quien fundó en 1912 la Syndicalist League of North America—.  En 1903 se formó en Inglaterra el Socialist Labour Party, que recogió las aspiraciones y anhelos de los trabajadores fabriles.

            Las ideas sindicalistas penetraron clandestinamente en Rusia hacia la primera década del siglo XX a través de los exiliados políticos residentes en Francia, pero su importancia estuvo disminuida por el radicalismo ambiental de los grupos de oposición al zarismo, algunos de los cuales optaron por el >terrorismo como medio de lucha. En todo caso el sindicalismo ruso de aquellos años respondía a dos grandes vertientes ideológicas: al <anarquismo o al <marxismo, con todas las limitaciones de un país de industrialización incipiente. Los líderes obreros se vincularon con los <bolcheviques para conspirar contra el régimen zarista pero después del triunfo de la revolución surgieron diferencias cada vez más profundas entre el gobierno bolchevique y los líderes sindicales. En 1919 la división fue tajante. El gobierno prohibió la publicación del periódico sindical Golos Truda. Los sindicalistas se esforzaron en controlar los comités de fábrica para precautelarlos de la escalada bolchevique. Empezó entonces la persecución del gobierno contra los líderes sindicales, algunos de los cuales  —como G. P. Maksimov—  se vieron obligados a emigrar. El II Congreso del Komintern condenó el “dual unionism” de los sindicatos de Europa occidental y de Estados Unidos. Grigory E. Zinoviev hablaba en esos días de que “los sindicatos obreros amorfos” eran incapaces de alcanzar los objetivos revolucionarios. Lenin, ante el X Congreso del Partido Comunista reunido en 1921, habló de “la desviación sindicalista y, hasta cierto punto, semianarquista” y logró que el cónclave condenara al movimiento sindical.

            El sindicalismo se convirtió en una mala palabra en la Unión Soviética. Después de haber impulsado y defendido el sindicalismo por motivos tácticos durante el proceso revolucionario  —cuando los obreros insurgentes se tomaron las fábricas—,  Lenin se tornó antisindical en el ejercicio del poder, cuando la organización obrera, que anhelaba asumir el control de las fábricas, resultó un obstáculo para sus afanes de poder total. En ese tiempo los dirigentes comunistas se habían convencido de que tenía que ser el partido, y no los sindicatos, el que debía asumir la dirección de la industria.

            Con todos estos antecedentes, el movimiento obrero en Europa se bifurcó entre el >“tradeunionismo” inglés y nórdico europeo, de tendencia moderada y reformista, cuya acción se circunscribió a las reivindicaciones laborales; y el sindicalismo del sur y del centro de Europa, predominantemente influido por el anarcosindicalismo y el marxismo, que amplió su radio de actividad hacia la política general y que buscó la transformación violenta de la forma de organización social.

            Es muy claro que el desarrollo del sindicalismo en el mundo occidental, durante los últimos cien años, obedeció a estos dos “modelos” diferentes, que desde Europa se proyectaron hacia otros lugares del planeta. El uno, muy vinculado a los partidos socialdemócratas y laboristas, tuvo y tiene todavía una tendencia moderada, se limita a ser un instrumento de la contratación colectiva y se mantiene alejado de la acción política directa. Se muestra muy preocupado por la sanidad finaciera de las empresas. En ocasiones son los propios líderes sindicales los que se oponen a las alzas salariales que pudieran poner en peligro la solvencia empresarial. Alguien ha denominado a este modelo “business unionism”. Fue imitado por Estados Unidos de América y otros países desarrollados. El otro modelo, más radical en cuanto a sus exigencias, muy penetrado por las ideas revolucionarias, no se satisface con desempeñar un papel instrumental en la contratación colectiva de los trabajadores sino que irrumpe en el escenario público con anhelos de participar en la toma de las decisiones políticas y económicas del Estado, o al menos de condicionarlas, mediante la movilización obrera y las huelgas generales como armas de presión. Esto produce, naturalmente, un mayor grado de integración de los trabajadores con la sociedad, cuyos intereses pretende tutelar.

            El sindicalismo buscó desde sus inicios una articulación internacional. Siguió la consigna lanzada por Marx y Engels en el Manifiesto Comunista: “proletarios de todos los países, uníos”. Las asociaciones de trabajadores en todo el mundo trataron de vincularse entre sí porque estimaron que su causa trascendía las fronteras nacionales. En 1919, poco tiempo después de firmado el tratado que puso fin a la Primera Guerra Mundial, se constituyó en Amsterdam la Internacional Sindicalista para fomentar el movimiento obrero en todas partes, auxiliarse mutuamente y defender de mancomún sus intereses de clase.

            Durante el período fascista europeo, que se extendió desde 1922 hasta 1945, los derechos de los trabajadores sufrieron un enorme retroceso. El sindicalismo como teoría y los sindicatos como unidades de asociación laboral fueron abolidos o se convirtieron en instrumentos de dominación ideológica y política de las cúpulas fascistas. Se establecieron, por acto de poder, los llamados “sindicatos verticales” manejados por el gobierno, que vigilaron cada movimiento de la sociedad. La "Carta del Lavoro" expedida en Italia en 1927 bajo el régimen de Mussolini o el "Fuero del Trabajo" en España bajo la tiranía franquista cumplieron tal propósito.

            El <corporativismo falangista se fundó en las tres “unidades naturales” de que habló Primo de Rivera: la familia, el municipio y el sindicato. El individuo sólo tenía valor en cuanto miembro de esas organizaciones. Las tres estaban absolutamente sometidas al gobierno. Los llamados sindicatos verticales fueron una de las tantas farsas del <falangismo. En ellos se agruparon los empresarios y los obreros de una misma rama de la producción. No fueron realmente sindicados sino corporaciones de control político, al más puro estilo fascista.

            El Fuero del Trabajo, expedido por Franco el 9 de marzo de 1938  —que fue una de las leyes fundamentales del Reino—  proclamó que “la organización nacional sindicalista se inspirará en los principios de Unidad y Jerarquía” y que “todos los factores de la economía serán encuadrados, por ramas de la producción o servicios, en sindicatos verticales. Las profesiones liberales y técnicas se organizarán de modo similar”.

            La totalidad de la población quedó regimentada bajo el sistema corporativo manejado y controlado por el gobierno.

            “El sindicato vertical  —dispuso su Art. XIII—  es una corporación de derecho público” que está “ordenada jerárquicamente bajo la dirección del Estado” y agregó que “el sindicato vertical es instrumento al servicio del Estado”.

            Cuando el fascismo sucumbió entre los escombros de la Segunda Guerra Mundial, dio comienzo la gran tarea de reconstruir el derecho laboral democrático sobre las bases de la libertad y de la justicia social.

            Bajo la influencia de las ideas sindicales de Francia y de Italia, Argentina fue, entre los países de América Latina, el que tuvo los primeros sindicatos. En 1901 se fundó la Confederación Obrera de la República Argentina (FORA). Después ellos se implantaron en Uruguay, Bolivia, Chile y México.

            En América Latina los sindicatos obreros no han tenido, en general, la fuerza que los europeos. Se han desarrollado al ritmo del proceso de industrialización. Por largo tiempo industria y sindicatos fueron incipientes. El movimiento obrero ha recibido diversas influencias ideológicas. Al comienzo fueron las del <anarcosindicalismo, que llegaron a América a bordo de los barcos que trajeron a los refugiados políticos europeos, especialmente a los españoles exiliados por la dictadura de Primo de Rivera. En Argentina, México y Perú la influencia anarcosindicalista en el naciente movimiento sindical fue notable. Cuando el <anarquismo se esfumó entre las brumas y ensoñaciones de la utopía, advino la influencia bolchevique, irradiada desde la Revolución de Octubre. Esta influencia fue dilatada y aún perdura a pesar de la desaparición de la Unión Soviética. La formación de los partidos socialistas, de orientación marxista, marcó también la vida de los sindicatos. En algunos países, durante los años 30 y 40, los partidos populistas regimentaron la actividad sindical, como ocurrió en Brasil durante el varguismo, en Chile con el gobierno del general Ibáñez del Campo, en Bolivia con el villarroelismo y en la Argentina con la Confederación General de Trabajadores (CGT) bajo el justicialismo, que trató de crear movimientos sindicales peronistas en Nicaragua, Uruguay, Colombia, Panamá, Chile, Perú, Ecuador, Cuba, Brasil, Paraguay, Bolivia y Haití, aunque sin buen éxito. El encuentro celebrado en febrero de 1952 en Asunción, en el que se juntaron delegados de una serie de sindicatos fantasmas financiados por la CGT argentina, a fin de formar una nueva central sindical denominada ATLAS (Agrupación de Trabajadores Latinoamericanos Sindicalistas), bajo la consigna de “combatir los imperialismos comunistas y capitalistas”, puso en evidencia el fracaso de la iniciativa de “peronizar” el movimiento sindical latinoamericano.

            En todo caso, no obstante su reducida fuerza, el sindicalismo de la región siguió el segundo de los modelos europeos  —el revolucionario—  y ha ido más allá de la acción reivindicadora de los derechos laborales. Ha participado en la disputa política por la influencia y el poder. Ha pretendido suplantar a los partidos y asumir el liderazgo de las masas. Lo cual con frecuencia ha tornado muy complicadas las relaciones entre los partidos políticos y los sindicatos. Las huelgas generales y las movilizaciones obreras han sido utilizadas como instrumentos de lucha política. Y bajo determinadas circunstancias, cuando esos movimientos se combinaron con otros factores, ciertamente que tuvieron influencia decisoria sobre la marcha de los acontecimientos en algunos países.

            El sindicalismo mundial  —y, por ende, el latinoamericano—  ha tenido tres grandes tendencias: la marxista, la socialista-socialdemócrata y la cristiana.

            Esta es una larga, contradictoria y borrascosa historia. En sus orígenes las organizaciones obreras trataron de establecer una grande y única organización de escala mundial, con arreglo al principio del <internacionalismo proletario que, si bien fue proclamado por los líderes y pensadores marxistas, era una tesis aceptada sin reservas por el <obrerismo de todos los países. Este propósito se vio favorecido por la unidad antifascista a que dio lugar la Segunda Guerra Mundial. Solamente hubo un pequeño paréntesis de dos años en que esa unidad se resquebrajó y colocó a los sindicalistas prosoviéticos en una muy incómoda posición: fue mientras duró el acuerdo nazi-soviético, mejor conocido como pacto Ribbentrop-Molotov, celebrado el 23 de agosto de 1939, que le permitió a Hitler invadir Polonia y atacar el oeste europeo. Este pacto terminó con la invasión de las tropas hitlerianas a la Unión Soviética. En las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial los trabajadores organizados de diversos países se reunieron en Londres del 6 al 17 de febrero de 1945, con la participación de 38 centrales sindicales nacionales, 164 delegados y 40 observadores, y establecieron al Federación Sindical Mundial (FSM), con la intención de constituirla en la central única internacional de los trabajadores.

            Fue, sin embargo, un arreglo precario. Pronto se rompió la unidad de esta organización por las insalvables diferencias de orden político. Iniciada la llamada <guerra fría, que en muchas ocasiones estuvo a punto de convertirse en “guerra caliente”, la confrontación Este-Oeste incidió directamente en la organización obrera. El primer tropiezo que tuvo que afrontar la Federación Sindical Mundial fue la ardiente división de opiniones a propósito de la aplicación del plan de ayuda económica a la Europa de la postguerra propuesto por el general norteamericano George Marshall (1880-1959)  —el llamado plan Marshall—,  a comiezos de 1948, entre los socialistas y los socialdemócratas que lo aplaudieron y los comunistas que lo condenaron por considerarlo una maniobra imperialista de Estados Unidos. Las encendidas discusiones fueron a parar al seno de la FSM. Los comunistas acusaron a los líderes obreros socialistas y socialdemócratas de vasallos del <imperialismo mientras que éstos imputaron a los comunistas la intención de apoderarse de la organización sindical en beneficio de sus intereses políticos vinculados a Moscú. No hubo acuerdo posible. Y la federación se escindió en dos sectores: el comunista que se quedó con el nombre y el socialista que abandonó la organización y que, en la reunión celebrada en Ginebra durante los días 25 y 26 de junio de 1949, con la concurrencia de la American Federation of Labor (AFL) norteamericana, decidieron formar una nueva central obrera internacional, proyecto que se plasmó en el congreso de Londres entre el 27 de noviembre y el 27 de diciembre del mismo año al crearse la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL).

            El movimiento obrero quedó definitivamente dividido. Porque, aparte de estas dos grandes organizaciones, existían otras de menor fuerza como la Asociación Internacional de Trabajadores de tendencia anarcosindicalista, fundada en Berlín en 1922; la Confederación Internacional de Sindicatos Cristianos (CISC), de corte confesional de signo católico, nacida en La Haya en 1920, que a partir de 1968 se denominó Confederación Mundial del Trabajo (CMT); y la American Federation of Labor (AFL) de Estados Unidos fundada en 1881 aunque con otro nombre, que después se fusionó con el Congress of Industrial Organizations (CIO) para formar la AFL-CIO, que seguía una ruta independiente y que se negaba en lo absoluto a colaborar con los sindicatos comunistas.

            Pero a esta división de naturaleza política, causada por la confrontación entre los dos grandes bloques políticos e ideológicos en que se dividió el mundo durante el período de postguerra, se agregó otra división: la del sindicalismo de los países prósperos del norte frente al de los países pobres del sur. Fue esta una división casi de “clase” porque enfrentó a ricos contra pobres en el movimiento obrero mundial. La contradicción se produjo en términos de que los sindicatos de las grandes potencias, más o menos satisfechos del orden social imperante, “absorbían” la <plusvalía de los obreros de los países periféricos y atrasados, que asumían cada vez posiciones políticas más radicales. Esta contradicción se agudizó con la conferencia de Bandung en 1955, que puso en marcha la solidaridad anticolonialista afro-siática, y más tarde con la conferencia tricontinental de La Habana en 1966, que creó la Organización de solidaridad de los pueblos de Asia, África y América Latina.

            Estos hechos marcaron profundamente el movimiento obrero del >tercer mundo y le distanciaron del de los países industrializados.

            El sindicalismo mundial, especialmente el de los países industriales, se ve hoy confrontado  —y se verá en el futuro con mayor fuerza—  a condiciones laborales nuevas de difícil manejo. La situación derivada de los avances científicos y tecnológicos en el campo de la informática, que están en proceso de crear un nuevo sistema laboral: el teletrabajo  —o sea el trabajo a distancia, a control remoto, que hace del hogar la oficina virtual de los trabajadores, donde éstos sólo necesitan un teléfono y un computador personal para cumplir sus tareas laborales—  empieza a modificar por su base no sólo el modo de producción sino además los tradicionales conceptos de la prestación de los servicios personales. La informática hace posible que el trabajador labore en su propia casa y que se vincule a los demás trabajadores y a su empresa por medio de la red de ordenadores. Las videoconferencias reemplazarán a las reuniones mañaneras de los jefes con sus empleados. El teletrabajador tendrá mayor autonomía en sus tareas y administrará individualmente su tiempo útil. Los horarios serán mucho más flexibles. Lo cual, a su vez, demandará un mayor sentido de autodisciplina en el trabajador.

            Las implicaciones sindicales de este fenómeno son muy importantes porque se fragmenta y se descentraliza la masa laboral al tiempo que se acusan las relaciones individuales de los trabajadores con su empresa. Ya no hay la presencia física y masiva de ellos en el lugar de trabajo. Muchos de esos lugares incluso desaparecerán con el nuevo sistema y las empresas obtendrán importantes ahorros en el rubro de compra o arrendamiento de inmuebles. También harán notables ahorros en transporte y en tiempo de movilización. Cada uno de los trabajadores estará separado de los demás por grandes distancias. Ya no habrá un centro de trabajo único. Con la disgregación de los trabajadores y la falta de “contagio” frente a los conflictos laborales, las asociaciones de trabajadores perderán mucho de su organización y la articulación de las reivindicaciones será más difícil para los líderes sindicales. Mover a una huelga en el ciberespacio ciertamente que les será más complicado que organizar una tradicional.

            Este proceso se acentuará en los futuros años en los países desarrollados y será seguido por los demás. Los analistas prevén, por ejemplo, que en Estados Unidos durante las primeras décadas del siglo XXI el 80% de la fuerza laboral trabajará fuera de los tradicionales centros de trabajo. Lo cual significará un cambio fundamental en los modos de producción y en las relaciones laborales.

 
Correo
Nombre
Comentario