satélite

            Por analogía con el fenómeno astronómico de la gravitación de un cuerpo celeste en torno a un planeta, se ha denominado en la política internacional “países satélites” a aquellos que, en razón de su dependencia política, económica y militar, se mueven en órbita alrededor de una potencia dominante. Si bien la expresión fue acuñada por los líderes occidentales para referirse a los países de Europa central y oriental  —Hungría, Rumania, Checoeslovaquia, Polonia, Bulgaria, Alemania oriental, Albania—  acusadamente sometidos al <hegemonismo soviético a partir de la Segunda Guerra Mundial, pudo ser aplicable a ambos bloques geopolíticos y, en general, a todo caso de sujeción de un país a otro.

            El proceso de “satelización”, a ambos lados de la “cortina de hierro”, empezó en la segunda postguerra, cuando en un pacto no escrito  —pero no por eso menos eficaz—  Estados Unidos y la Unión Soviética se marginaron sus respectivas zonas de influencia sobre el planeta.

            Tan pronto como concluyó la Segunda Guerra Mundial, con la derrota militar de los países del eje Berlín-Roma-Tokio, las potencias hasta ese momento aliadas entraron en duras disputas por el control del nuevo orden internacional. En la conferencia de Yalta de 1945 pudieron adivinarse sus intenciones.

            Por cierto que la confrontación Este-Oeste no era cosa nueva: la guerra sólo estableció un paréntesis al inevitable enfrentamiento. Había divergencias ideológicas e intereses económicos muy profundos desde mucho antes entre la Unión Soviética y las potencias de Occidente. Recordemos que en 1939, durante el XVIII Congreso del Partido Comunista soviético, Joseph Stalin profirió duras amenazas contra ellas. Y en diciembre de ese año la URSS fue expulsada de la Liga de las Naciones por su guerra contra Finlandia. Luego vino el pacto Mototov-Ribbentrop, que le permitió a Hitler atacar Polonia y Europa occidental. A fines de los años 40 el portavoz soviético ante el Kominform, Andrei Zhadanov, describió la situación mundial como la división absoluta en dos campos hostiles e irreconciliables y denunció a los países independientes de Asia como “lacayos del imperialismo”. El Secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, condenó en 1950 la <neutralidad de algunos países como “obsoleta“, “inmoral“ y “miope“.

            Así fue tomando cuerpo la guerra fría, que tanto habría de atormentar a la humanidad desde entonces.

            El mundo se dividió en dos partes. Como dijo Winston Churchill con tanta elocuencia gráfica, en su célebre discurso de Fulton el 5 de marzo de 1946, “desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, ha caído sobre el continente europeo una cortina de hierro”.

            Vinieron las alianzas militares. Los Estados Unidos de América concretaron entendimientos con 42 países: en Río de Janeiro, 1947, con América Latina; en 1949 con Europa Occidental; en 1951 con las Filipinas, Nueva Zelandia y Australia; con Corea en 1953; y, a partir de 1960, con el Japón y otros países.

            La Unión Soviética, por su lado, creó en 1955 el Pacto de Varsovia para erigir un mando unificado de las fuerzas armadas de Albania, Alemania oriental, Bulgaria, Checoeslovaquia, Hungría, Polonia y Rumania y vincular a todos estos países en un tratado llamado de amistad, cooperación y ayuda mutua pero que, en el fondo, no era otra cosa que una alianza militar.

            Quedó así establecida la distribución bipolar del poder mundial, el planeta se dividió en dos grandes zonas de influencia y desde ese momento el mundo vivió bajo el equilibrio del terror.

            Cada una de las dos superpotencias fue un eje de atracción de fuerzas. En torno a ellas se dibujó la respectiva órbita por la que giraron incansablemente los países sometidos a su dominación, exactamente como giran los cuerpos celestes alrededor de los planetas primarios. Los países “satélites” sufrieron, como es lógico, un severo recorte de su >soberanía. En el bloque comunista se habló claramente de una >soberanía limitada. Esto lo dijo con todas las letras Leonid Brezhnev (1906-1982), el Primer Ministro de la Unión Soviética. La idea fue ejercer un rígido control ideológico y político sobre los países de su órbita de influencia e intervenir en ellos cuando sus intereses o los principios del <marxismo-leninismo se vean amenazados. Esta fue la <doctrina Brezhnev, con la cual el gobernante soviético intentó justificar la invasión militar de su país a Checoeslovaquia en 1968. En cumplimiento de ella la URSS intervino política y militarmente para mantener la disciplina de los Estados de Europa oriental o para “protegerles” de acechanzas extranjeras.

            En el bloque capitalista la dominación se llevó con mejores maneras. Allí se hicieron simulacros de soberanía. Estos países tuvieron también su <“doctrina Truman”, contenida en el mensaje que el presidente norteamericano leyó ante el Congreso de la Unión en marzo de 1947, en la que prometió “ayuda” militar a los pueblos del “mundo libre” amenazados de subyugación por minorías armadas en el interior de sus fronteras o por presiones exteriores.

            En el fondo las cosas no fueron muy diferentes. La “satelización” coartó la libre determinación de los pueblos, les impidió estructurar autónomamente su organización interna y tener una política exterior independiente.

 

 
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