“revolución verde”

            Desde los años 60 del siglo pasado se utiliza esta expresión para señalar el incremento sustancial de la productividad agrícola en virtud de los adelantos y transformaciones experimentados por la agrogenética. Estos avances se lograron gracias a muchos años de investigaciones. En 1967 el agrónomo norteamericano Norman Ernest Borlaug, Premio Nobel de la Paz en 1970, obtuvo los célebres híbridos de trigo y arroz que, con períodos de maduración más cortos que los normales, alcanzaron rendimientos dos y hasta tres veces mayores que las semillas tradicionales.

            Los nuevos avances tecnológicos de cultivo fueron desarrollados por el International Maize and Wheat Improvement Center (CIMMYT) de México  —donde trabajó el profesor Borlaug—  y por el International Rice Research Institute (IRRI) de las Filipinas, en los cuales se descubrieron híbridos nuevos, se crearon métodos de cultivo intensivo adaptados a los climas y condiciones culturales de los diversos países, se aumentó la producción por hectárea y se logró bajar de los precios unitarios de producción.

            Con ellos el crecimiento de la producción de arroz en Asia, que era del 1,4% anual, se incrementó al 2,7% a fines de los años 60 gracias a las innovaciones tecnológicas de la llamada revolución verde. Pero pronto se descubrió que estos avances tecnológicos sólo eran capaces de obtener los resultados deseados en tierras de gran fertilidad, con abundante agua y con el uso de cantidades importantes de fertilizantes, plaguicidas y pesticidas. Por lo que la revolución verde no resultó aplicable, como al comienzo se pensó, en muchas de las grandes áreas de cultivo extensivo del tercer mundo.

            En general, ella tuvo muy severas limitaciones en todas partes por la degradación del suelo y la contaminación ambiental que el uso de los nutrientes minerales y productos fitosanitarios causaban.

            Esto condujo a un riguroso control del uso de los pesticidas y herbicidas para evitar el envenenamiento de los suelos y las aguas e incluso la muerte de especies animales.

            Sin embargo, la nueva orientación de la revolución verde  —la segunda revolución verde, que llaman algunos—  va hacia la aplicación de la ingeniería biogenética para la obtención de nuevas variedades de semillas y de plantas más resistentes a las condiciones del clima, con rendimientos mayores y con calidad de frutos muy superior a la tradicional.

            Lo cual se logra por medio de la >transgénesis, o sea de la implantación de genes de un organismo en otro de la misma especie o de una especie diferente para darle características mejores. Los genes de una planta se transfieren a otra de la misma especie o de especie diferente para modificar su naturaleza y su comportamiento. La manipulación genética permite conseguir mayor rendimiento de cultivos, producción todo el año, mejor tolerancia al manejo postcosecha y otras ventajas sobre los productos tradicionales. Las semillas modificadas en laboratorio pueden dar plantas que produzcan proteínas de mejor calidad nutritiva, aceites menos nocivos para la salud humana y nuevas sustancias de uso médico o industrial. Las frutas transgénicas maduran más lentamente, requieren menos fertilizantes químicos y resisten mejor la manipulación y el transporte.

            En esta línea se trabaja actualmente. El énfasis se ha puesto en la agrogenética, para crear variedades de plantas compatibles con las condiciones edafológicas, hídricas y climáticas de las diferentes zonas del planeta o para introducir en ellas especies forestales propias de otras latitudes.

 
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