revolución permanente

            Tomada del discurso de Carlos Marx a la Liga de los Comunistas en 1850, la teoría de la revolución permanente fue formulada en 1905 por León Davidovich Bronstein  —Trotsky—  como una de las tesis fundamentales de su interpretación marxista, que recibió el nombre de trotskismo.

            La revolución permanente constituye la parte central del planteamiento de Trotsky sobre la transformación social. Tiene varios elementos esenciales. En primer lugar, la afirmación de que la revolución puede realizarse en países industrialmente atrasados que carecen por tanto de una <burguesía consolidada y que no han experimentado todavía la revolución democrático-burguesa. Trotsky siempre contradijo la idea, muy difundida entre sus camaradas, de que una sociedad como la rusa de su tiempo debía experimentar primero un período de desarrollo capitalista, como consecuencia de una revolución burguesa que suprima el <feudalismo, antes de pensar en la revolución socialista. Sostuvo que la revolución puede y debe saltar etapas en los países económicamente atrasados. Y, en concordancia con su tesis del “desarrollo desigual”, Trotsky defendió la idea de que esos países, al tener en su seno sectores modernos y atrasados de la economía, eran susceptibles de generar entre ellos fuertes tensiones que debían ser fomentadas y aprovechadas para sus propósitos por las fuerzas revolucionarias.

            En esas condiciones, afirmó Trotsky, si bien la base de la operación revolucionaria deben ser los proletarios, hay que contar también con los campesinos no obstante el régimen feudal al que están sometidos, para que, conducidos por la vanguardia comunista, respalden el proceso revolucionario. Si éste triunfa, muy pronto los dirigentes revolucionarios se darán cuenta de que no pueden detenerse en las reformas puramente democráticas y que deben avanzar hacia la <dictadura del proletariado para instrumentar autoritariamente las modificaciones claves en las relaciones de trabajo, de producción y de propiedad.

            Luego viene el planteamiento de Trotsky de que la revolución no puede detenerse, ni suponerse completa, ni estancarse en el ejercicio del poder. La revolución siempre será una tarea inconclusa que deberá ser completada incesantemente. En concepto de Trotsky, la revolución debe ser un hecho “permanente”.

            Y ella no ha de circunscribirse a un solo país, como lo sostenía Stalin, sino que debe, por su propia seguridad, extenderse hacia otros países.

            Este fue el aporte de Trotsky al pensamiento marxista.

            Bajo la influencia de P. Miljukov, Karl Kautsky y A. Parvus-Helphand, sostuvo que la antorcha revolucionaria de Rusia debía detonar el polvorín europeo. Y entre 1904 y 1906 Trotsky desarrolló la idea  —que más tarde la plasmó en su libro "La Revolución Permanente"—  de que la revolución “no se detiene en la etapa democrática y pasa a las reivindicaciones de carácter socialista abriendo la guerra franca contra la reacción, una revolución en la que cada etapa se basa en la anterior y que no puede terminar más que con la liquidación completa de la sociedad de clases”.

            Según Trotsky, el marxismo vulgar profesado por la mayoría de los dirigentes rusos “creó un esquema de la evolución histórica según el cual toda sociedad burguesa conquista tarde o temprano un régimen democrático, a la sombra del cual el proletariado, aprovechándose de las condiciones creadas por la democracia, se organiza y educa poco a poco para el socialismo. Sin embargo, el tránsito al socialismo no era concebido por todos de un modo idéntico: los reformistas sinceros (tipo Jaurés) se lo representaban como una especie de fundación reformista de la democracia con simientes socialistas. Los revolucionarios formales (Guesde) reconocían que en el tránsito al socialismo sería inevitable aplicar la violencia revolucionaria. Pero tanto unos como otros consideraban a la democracia y al socialismo, en todos los pueblos, como dos etapas de la evolución de la sociedad no sólo independientes, sino lejanas una de otra”. Esta era la idea predominante entre los marxistas rusos de aquel tiempo, que creían que la Rusia agraria y campesina debía experimentar primero la revolución democrático-burguesa para ir después a la revolución socialista.

            El pensador y activista ruso Georgi Plejanov (1857-1918)  —a quien Trotsky consideraba como “el brillante fundador del marxismo ruso”—  creía que era delirante la idea de implantar en Rusia una dictadura del proletariado mientras no se hubiera agotado la etapa anterior de la revolución democrático-burguesa. Y el propio Lenin hablaba por esos tiempos de una “dictadura revolucionario-democrática del proletariado y del campesinado” y no de la ortodoxa “dictadura del proletariado” que postulaba Trotsky. Por esas mismas razones los dirigentes soviéticos propugnaron entre 1925 y 1927, con referencia a la revolución maoísta en China, la consigna de la dictadura democrática de los obreros y campesinos en lugar de la <dictadura del proletariado y proclamaron la posibilidad de edificar una sociedad socialista aislada en la Unión Soviética. Criterios que, por supuesto, no fueron compartidos por Trotsky, quien los impugnó apasionadamente bajo el convencimiento de que constituían una actitud revisionista de los principios de Marx, asumida por la “burocracia soviética que se había vuelto cada vez más conservadora”.

            En el proceso social, sostenía Troksky, cada nueva etapa es consecuencia directa de la anterior y antecedente inmediato de la posterior, por lo que “en los países atrasados la democracia dejaba de ser un régimen de valor intrínseco para varias décadas y se convertía en el preludio inmediato de la revolución socialista, unidas ambas por un nexo continuo. Entre la revolución democrática y la transformación socialista de la sociedad se establecía, por lo tanto, un ritmo revolucionario permanente”. En otras palabras, para Trotsky “los objetivos democráticos de las naciones burguesas atrasadas conducían, en nuestra época, a la dictadura del proletariado, y ésta ponía a la orden del día las reivindicaciones socialistas”.

            Trotsky criticaba a sus camaradas no haber admitido que era posible que el proletariado conquistase el poder en Rusia antes que en Europa occidental, hasta el punto que ellos en 1917 “predicaban una revolución de contenido democrático y rechazaban la dictadura del proletariado”. Los hechos, sin embargo, contradijeron el pesimismo de los comunistas rusos puesto que, quemando la etapa de la denominada “democracia burguesa”, saltaron directamente a la dictadura del proletariado y a la revolución socialista.

            El desarrollo de esta tesis sirvió a Trotsky, más tarde, para interpretar y justificar lo ocurrido en la Rusia revolucionaria de su tiempo. Según su opinión, los sucesos de 1917 confirmaron la validez de sus planteamientos teóricos aunque la revolución europea no se hubiera plasmado. De lo cual, por cierto, culpó a Stalin y a su tesis del socialismo en un solo país, contra la que combatió constantemente hasta que se produjo su ruptura total con el gobernante soviético.

            La teoría de la “revolución permanente”, fundada en el internacionalismo de las fuerzas proletarias, fue la tesis que Trotsky opuso sistemáticamente a la del “socialismo en un solo país” que sustentaba Stalin.

            “La revolución proletaria  —decía Trotsky—  sólo puede permanecer dentro de un marco nacional como régimen provisional, aun cuando este régimen se prolongue, como lo demuestra el ejemplo de la Unión Soviética. Sin embargo, en caso de que subsista una dictadura del proletariado aislada, las contradicciones internas y externas aumentan inevitablemente y al mismo ritmo que los acontecimientos. Si el Estado proletario continuara en su aislamiento terminaría por sucumbir. Su salvación radica únicamente en la victoria del proletariado de los países avanzados Desde este punto de vista, la revolución nacional no constituye un fin en sí misma sino que es un eslabón de la cadena internacional. La revolución mundial, a pesar de sus repliegues y reflujos temporales, constituye un proceso permanente”.

            La tesis central de Trotsky fue, en definitiva, que la revolución proletaria no puede subsistir en un país si ella no se consolida concomitantemente en su entorno internacional y, particularmente, en los Estados de mayor desarrollo industrial. Y por mantener esa tesis fue inculpado de “aventurerismo” y de “derrotismo” por la alta dirigencia estaliniana que vio en las ideas de Trotsky una subvaluación de las virtudes de lucha del pueblo soviético. Pero el tiempo le ha dado la razón. El colapso de los regímenes marxistas es, en cierto modo, la confirmación de las tesis trotkiistas. La ideología de los países de Occidente cercó al bloque soviético y penetró hondamente, incluso con una cierta aureola de prestigio y de misterio, en el pensamiento de sus pueblos y de sus propias dirigencias políticas. El avance económico del mundo occidental desniveló a la Unión Soviética y a los países de su zona de influencia en sus posibilidades de competir en el mercado internacional. Y, en esas condiciones, el desplome del bloque oriental se volvió inevitable.

            León Trotsky (1879-1940), invocando los ideales de 1917, consideró que el <estalinismo era una “degeneración” de la revolución. Fueron varios los puntos de fricción ideológica y estratégica que tuvo con Stalin. Quizás el más importante fue el de la revolución permanente, es decir, el de la revolución mundial y del socialismo internacional postulados por Trotsky, fiel al principio de que la clase proletaria se extiende más allá de las fronteras de los países  —es una clase internacionalizada—,  contra la tesis de Stalin del socialismo en un solo país, que implicaba una modificación sustancial de las metas originales del marxismo.

            Uno de los elementos básicos del >trotskismo fue el carácter internacional de la revolución socialista. El internacionalismo no fue, para él, “un principio abstracto, sino únicamente un reflejo teórico y político del carácter mundial de la economía, del desarrollo mundial de las fuerzas productivas y del alcance mundial de la lucha de clases”. Por eso, “la revolución socialista empieza dentro de las fronteras nacionales, pero no puede contenerse en ellas. La contención de la revolución proletaria dentro de un territorio nacional no puede ser más que un régimen transitorio, aunque sea prolongado, como lo demuestra la experiencia de la Unión Soviética”, puesto que, de continuar aislado, el Estado proletario caerá tarde o temprano. De ahí que “su salvación está únicamente en hacer que triunfe el proletariado en los países más progresistas” puesto que la revolución socialista implantada en un país es apenas un eslabón de la cadena revolucionaria internacional.

 
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