renta

            La palabra proviene del latín reddita, por la vía del inglés rent con que los economistas británicos de la escuela clásica designaban la ganancia derivada de una propiedad agrícola, por encima del reembolso de los gastos de cultivo y del interés del capital, o la remuneración que recibía el propietario de un bien inmueble cedido a otras personas para su uso.

            David Ricardo (1772-1823) consideraba que la renta era la “compensación por el uso de las cualidades originarias e indestructibles del suelo”. Después, por analogía, se extendió el concepto a los otros factores de la producción  y  se  entendió  por renta,  en sentido amplio,  el conjunto de ingresos  —en moneda, en servicios o en especie—  que perciben regularmente las personas, las empr esas o el Estado, durante un período de tiempo dado, por su trabajo o por la propiedad sobre los otros factores productivos.

            Renta es la diferencia entre los ingresos y los gastos que se emplean para obtenerla. Es todo ingreso que una persona o corporación percibe y que puede gastar sin disminuir su patrimonio. Así lo han entendido numerosos economistas, para quienes la renta es lo que puede consumirse sin reducir la masa patrimonial. El economista alemán Friedrich von Hermann (1795-1868), que ejerció notable influencia en su tiempo, fue quien agregó esta característica conceptual de la renta: ingreso que su titular puede consumir sin menoscabar su patrimonio. Y algunos economistas agregan, como elemento esencial del concepto de renta, que ella pueda gastarse libremente.

            La renta es un incremento neto de riqueza porque resulta siempre de la deducción de los gastos que su obtención comporta, ya sean sueldos, salarios, alquileres, rendimientos del capital o beneficios procedentes de la propiedad de la tierra o de otros bienes de capital.

            La riqueza, entendida como el conjunto de bienes que posee una persona o corporación, puede ser un acervo o depósito  —un stock—  o bien un flujo de bienes. La renta, que es parte de la riqueza, pertenece a esta segunda categoría.

            Ella tiene dos elementos: el sujeto económico y los ingresos que éste percibe por su trabajo, su actividad lucrativa o los rendimientos de su capital. Es esencial al concepto de renta que los ingresos del agente económico sean de alguna manera periódicos, regulares y constantes. Los ingresos fortuitos, casuales o irregulares no son renta, aunque hay rentas que dependen de circunstancias imprevistas, como las de la especulación comercial o de los juegos bursátiles. En todo caso, el tiempo es un factor importante en el sentido de que la renta siempre está referida a un lapso.

            El tiempo es, en consecuencia, un elemento en la generación de la renta. Las fuentes de las que ella proviene  —actividad lucrativa o patrimonio—  deben tener cierta regularidad y continuidad temporales. Por tanto, los ingresos a título de herencia o donación, o procedentes de juegos de azar, no constituyen renta aunque engrosan el patrimonio de su titular.

            En los sistemas capitalistas la renta puede provenir del trabajo intelectual o manual independiente, del trabajo en relación de dependencia, del trabajo con el concurso del capital, de la propiedad de la tierra o de otros bienes de capital y del capital puro sin el concurso del trabajo.

            Forman parte de la renta el salario con todos sus componentes: alojamiento, servicio doméstico, uso de un vehículo y cualquier otro servicio que forme parte del sueldo o remuneración de una persona.

            Todos estos son los ingresos gravados por las leyes de impuesto a la renta.

            La distribución y la redistribución del ingreso son elementos muy importantes de la política económica, en orden a aproximarse a la justicia social y a la equidad. Como es lógico suponer, estos dos valores ético-sociales no surgen espontáneamente de la trama de las relaciones de producción. No obedecen a género de filantropía ni de paternalismo alguno. Los hombres, por naturaleza, tienden hacia el egoísmo económico y deben ser las leyes y la autoridad pública las que les fuerzan a considerar el interés de los demás. La justicia social y la equidad económica, por consiguiente, son valores forjados por la ley y respaldados por la autoridad política, que tratan de organizar la sociedad con arreglo a criterios equitativos en la distribución de los bienes y de lo que éstos producen, de modo que todos sus miembros tengan acceso a ellos.

            Es tan dramática la injusta distribución de la renta en el mundo capitalista globalizado, que el periodista Nicholas D. Kristof del "The New York Times" afirmó, con base en los datos del Informe sobre Desarrollo Humano 2005 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), que los quinientos individuos más ricos del planeta tenían, en conjunto, el mismo ingreso que los 416 millones más pobres. Y esta relación se ha agravado con el paso del tiempo.

            El denominado <coeficiente de Gini  —formulado en los años 20 del siglo anterior por el sociólogo y demógrafo italiano Corrado Gini (1884-1965) para medir la desigualdad de ingresos entre los miembros de una sociedad—  ha sido utilizado por organismos y entidades internacionales para cuantificar las formas de inequidad social o de injusta distribución de la renta.

            Otro de los métodos utilizados para la medición de la pobreza y de la injusta distribución del ingreso ha sido el Atkinson Index  —llamado también Atkinson Inequality Measure—,  que es un sistema de evaluación de la inequidad del ingreso desarrollado por el economista inglés Anthony Barnes Atkinson en 1970, que clasifica y ordena a los países del mundo en función de los ingresos que perciben sus respectivas poblaciones.

            El profesor inglés Anthony Giddens, en su libro “La Tercera Vía” (2000), afirma que bajo el neoliberalismo y la globalización “la acumulación de privilegios en la cúspide es imparable” y que “la brecha entre los trabajadores mejor pagados y peor pagados es mayor de lo que ha sido durante al menos cincuenta años”.

            Según el Informe Towers Perrin sobre remuneración total a escala mundial, en el año 2001 el ejecutivo máximo de una compañía industrial con ventas anuales por 500 millones de dólares ganaba un promedio de 1,9 millones de dólares por año en Estados Unidos, que equivalían a 24 salarios de un obrero medio y eran casi tres veces más que la remuneración de los funcionarios empresariales británicos, alemanes o franceses del mismo rango. Y el Instituto para Estudio de Políticas, con sede en Estados Unidos, reveló que en el año 2004 los presidentes y directores ejecutivos de las grandes corporaciones  —la Chevron, la ExxonMobil, la Pfizer, la Home Depot, la UnitedHealth y muchas otras—  ganaron 431 veces más que la renta promedio de un obrero.

            Esta ingente injusticia social es parte de la esquizofrenia de la <globalización, que integra económicamente a los países pero que fracciona internamente las sociedades. Y esas diferencias en el ingreso se agrandan en la >sociedad del conocimiento por la ausencia de medidas enérgicas para impedirlo y la falta de democratización del acceso a los conocimientos digitales.

 
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