reaganomics

            Ronald W. Reagan (1911-2004) fue un mediocre actor de cine que se convirtió en Presidente de Estados Unidos de América. Su estrellato en Hollywood le valió una cierta visibilidad pública, que despertó sus ambiciones políticas, y le dio el escenario para que las desarrollara y para que pudiera dar el salto hacia la gobernación de California de 1967 a 1975 y, cinco años después, hacia la Presidencia de  Estados Unidos.

            Reagan inició su actividad política en el Partido Demócrata y después se acomodó en el Partido Republicano, bajo la influencia de las amistades que hizo entre los adinerados conservadores de California durante su vida en la farándula.

            Al día siguiente de la muerte de Reagan el "Washington Post" publicó el 6 de junio del 2004 un artículo titulado: “Actor, Governor, President, Icon”, en el que decía que “un actor de cine se convirtió en uno de los más populares presidentes del siglo XX, que redefinió la agenda política de la nación”.

            A lo largo de sus treinta años de trabajo en Hollywood, bajo contrato con los estudios cinematográficos Warner Brothers, Reagan actuó en 54 películas, asumió varios papeles e interpretó diversos personajes. Lo hizo en la “B film division” de la cinematografía de Hollywood. Su primera película fue "Love is on the Air" en 1937 y, la última, "The Killers", en 1964.

            Yet Eliot, uno de sus biógrafos, dice que “para comprender cabalmente a Reagan, el hombre, hay que entender al Reagan actor”. Se refiere, sin duda, a que el cine le dio las oportunidades y ciertas destrezas en la comunicación pública y en el manejo de la pantalla, que le sirvieron para insertarse en la vida política de Estados Unidos. Actor, al fin, Reagan fue un habilísimo lector del >teleprompter, que sorprendió al público con magníficos discursos “improvisados”, escritos por los ghostwriters, los speechwriters y los phrasemakers al servicio de la Casa Blanca.

            La palabra reaganomics fue acuñada por los periodistas norteamericanos, con cierto dejo despectivo, para referirse a la política económica instrumentada por el presidente Reagan durante su período de gobierno 1980-1988. Pero el profesor español Manuel Castells, autor de la “Era de la Información” (1998)  —uno de los libros trascendentales de aquel tiempo en el campo de las ciencias sociales—  reivindicó para sí la autoría de ese término para designar los cambios operados en el capitalismo durante aquella época.

            Esa política económica, de corte definidamente neoliberal, descansó sobre dos bases: el <monetarismo, es decir, la convicción absoluta de que la oferta de moneda y, por ende, la política monetaria determinan el rumbo de la economía, de modo tal que la provisión de medios de pago por la banca de emisión es tenida como el elemento crucial de la conducción económica de un país; y el sometimiento global de la economía a las leyes del mercado. Lo cual significa que se elimina toda la función económica del Estado y se transfiere el comando de la economía a manos privadas, para lo cual se impulsan fuertemente programas masivos e indiscriminados de <privatización de los bienes estatales y de las empresas públicas.

            La base del planteamiento monetarista está en la llamada >teoría cuantitativa de la moneda  —quantity theory of money—  fundada en la ecuación del economista norteamericano Irving Fisher (1867-1947): MV = Py, where “M” is the stock of money, “V” is the velocity at wich money circulates through de economy, “P” es the average price level of goods and services, and “y” is a volume measure of the flow of those goods and services.

            Los monetaristas consideran que el dinero ejerce una acción determinante sobre los precios y establecen una relación automática entre la masa monetaria, es decir, las disponibilidades monetarias y cuasi monetarias que tiene la sociedad, y el nivel general de los precios, de modo tal que si aquélla se incrementa los precios suben en la misma proporción, y viceversa.

            Dentro de este marco conceptual, la política económica de Reagan se dirigió a liberar de impuestos a las empresas prósperas y a los perceptores ricos bajo el supuesto de que eso era bueno para todos.“Tax cuts for the rich were good for everyone”, según se acostumbraba decir en los tiempos de la reaganomics.

            Ese gobierno se atenía a la “teoría del goteo” (trickle-down), según la que una parte de los beneficios de los ricos se filtraban hacia las capas pobres de la población, con lo cual “todos” quedaban contentos.

            Esta era la conocida "teoría del goteo” que sirvió a la derecha latinoamericana para justificar la concentración del ingreso. Nunca se percataron de que la riqueza no “gotea” ni se “filtra” ni se “desborda” de las cúpulas económicas aventajadas sino que se consolida en las alturas. Y más todavía si se trata de un Estado cruzado de brazos, cercenado de toda facultad reguladora, que mira impotente como el pez grande se come al chico en la orgía de “libertades” de la economía neoliberal.

            La creación de riqueza, mal o bien, puede ser una actividad espontánea de los agentes económicos privados, espoleados por su afán de lucro, pero la distribución de la riqueza creada requiere la inducción y, eventualmente, la coacción de la autoridad pública puesto que es muy difícil que se dé espontáneamente en el mundo competitivo, acaparador y egoísta forjado a imagen y semejanza del <homo oeconomicus.

            La reaganomics, junto con el >thatcherismo inglés, fueron en las décadas de los años 80 y 90 del siglo pasado los dos grandes “modelos” económicos seguidos por los gobiernos neoliberales de América Latina y otros lugares del mundo. Todo el proceso de desmantelamiento del Estado y de sujeción de la economía a las <fuerzas del mercado partió de allí. En esos “modelos” se encuentra el origen de la política de privatizaciones indiscriminadas que se aplicó en América Latina con tanta vehemencia como falta de transparencia en la postguerra fría.

            Con el paso de los años las consecuencias de la reaganomics fueron terribles. Forjó un capitalismo corsario que avasalló todo. Sacralizó el mercado y lo convirtió en el árbitro supremo de la economía. Postuló el Estado desertor. Infundió en los gobiernos y empresarios privados una fe ciega en las bondades del mercado como rector de la economía y eso condujo a la ausencia total de supervisión y regulación de la operación de la banca y de las entidades financieras. Y sus fórmulas macroeconómicas  —que rigieron por más de tres décadas—  terminaron por producir la profunda crisis del capitalismo global en el 2008, que estalló el lunes 15 de septiembre en Wall Street con la declaración de quiebra del Lehman Brothers Holdings Inc.  —el cuarto más importante banco de inversión estadounidense y, en ese momento, agente clave en la financiación de bienes raíces—,  la absorción de Merrill Lynch & Co. por el Bank of America, la insolvencia de muchas otras instituciones financieras norteamericanas y las drásticas caídas de las bolsas de valores en el mundo entero.

            La crisis inmediatamente se extendió por el planeta globalizado y produjo la pérdida masiva de empleos, restricción del crédito, inestabilidad de los mercados, desconfianza de los inversionistas, baja de los niveles de consumo y grave recesión en las economías del mundo.

            Entonces los cultores del laissez faire y del abstencionismo estatal en la economía volvieron sus ojos al Estado en busca de auxilio. Y, en lo que fue una dramática ironía de la vida económica del capitalismo globalizado, renacieron las tesis keynesianas  —cuya muerte fue decretada en los años 70 por los economistas alineados en el thatcherismo y la reaganomics—  que propugnaban la intervención del gobierno en la economía para estimular la demanda y reactivar la actividad productiva por la base social, esto es, de abajo hacia arriba, y evitar así el desempleo estructural y la recesión causados por el subconsumo de la población.

            El regreso hacia el economista británico John Maynard Keynes (1883-1946) fue dramático. Se actualizaron sus enseñanzas. Se establecieron severos controles gubernativos en asuntos que los políticos y economistas seguidores de la escuela clásica habían dejado por completo en manos de la iniciativa privada. Frente a las dificultades reales de la crisis, no tuvieron más remedio que atender la voz del economista de Cambridge. Los gobiernos norteamericano y europeos emprendieron el rescate de la banca y sectores financieros privados y el auxilio a las empresas en problemas, para lo cual asignaron descomunales sumas de dinero público. El presidente norteamericano George W. Bush, en las postrimerías de su período gubernativo, instrumentó un gigantesco salvamento financiero por 700.000 millones de dólares  —la mayor operación de rescate bancario en la historia de Estados Unidos—  para auxiliar a las entidades crediticias privadas con problemas en sus carteras de crédito hipotecario blando, otorgado a personas y familias de bajos ingresos  —los denominados “préstamos basura”—,  cuyos titulares no pudieron atender el servicio de sus deudas e iniciaron el desastre financiero.

            La reaganomics y el thatcherismo se batieron en retirada. Por esos días el conservador presidente de Francia, Nicolás Sarkosy, tuvo una expresión terriblemente elocuente: “hay que repensar el capitalismo”.

 
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