reaccionario

            La derecha política suele dividirse en dos grandes ramas: la conservadora y la reaccionaria. La primera pugna por mantener el orden de cosas actual mientras que la segunda no se satisface con eso y anhela regresar al pasado.

            En su acepción política este término señala a las personas, partidos, movimientos sociales, instituciones o gobiernos que tratan de retrotraer las cosas sociales hacia su estado anterior, después de que éstas han experimentado una modificación importante.

            La palabra deriva de reacción y ésta del latín actus, que significa “acto”, y del prefijo re cuya connotación es “en sentido contrario”. Su aplicación original se dio en la física newtoniana para describir el fenómeno por el cual una acción produce necesariamente una reacción equivalente, esto es, una acción de la misma fuerza pero en sentido contrario. La palabra pasó después a la psicología para designar la respuesta a un estímulo. En el campo de la economía, dentro del behaviorismo  —escuela económica que plantea que los fenómenos de la producción pertenecen al mundo de la conducta humana y resultan de las acciones y reacciones mutuas entre los agentes económicos—,  significó la réplica del aparato productivo y de sus agentes a la activación de una medida económica. Y, en su connotación política, la palabra reaccionario o reaccionaria señala a quien trata de reeditar experiencias políticas superadas por la historia.

            Reacción es, por tanto, una acción política, económica o social que lleva dirección inversa y reaccionario es quien la promueve. Los conservadores quieren dejar las cosas como están, pero los reaccionarios pugnan por volverlas hacia atrás. Es especialmente en el curso de los procesos revolucionarios o de los reformistas que los reaccionarios entran en acción para favorecer el retorno hacia el orden social fenecido.

            La acción reaccionaria o contrarrevolucionaria brota como respuesta a la revolución o a la reforma. Más a la revolución que a la reforma, ciertamente. Esto ocurrió siempre. Es una constante de la historia. Acción y reacción son dos fases del mismo proceso. La contrarrevolución es la reacción que generan las acciones revolucionarias o las reformistas, en una suerte de aplicación a los acontecimientos sociales de la conocida ley física de que toda acción mecánica produce una reacción de intensidad equivalente.

            La historia de las revoluciones nos enseña que ellas engendran siempre reacciones contrarrevolucionarias. Los “anticuerpos” producidos por la revolución actúan para oponerse a la implantación de las metas revolucionarias y son los miembros de las clases sociales desplazadas quienes los impulsan.

            En Europa hubo una larga tradición de movimientos de restauración monárquica como respuestas a los cambios revolucionarios que allí se produjeron en los siglos XVII y XVIII. Los realistas ingleses recuperaron el trono para Carlos II en 1660, tras la caída de la República y el Protectorado de Oliver Cromwell. Los monárquicos franceses, después de la era napoleónica, lucharon y alcanzaron la reposición de la monarquía de Luis XVIII (1755-1824) en nombre del legitimismo. En Italia los clericales no se resignaron a la pérdida de poder de la Iglesia Católica y, en su afán de retrotraer las cosas al régimen anterior, organizaron un boicot electoral que duró hasta bien entrado el siglo XX. Los monárquicos alemanes en la República de Weimar pugnaron por todos los medios para restaurar la monarquía en Alemania. En España hubo dos restauraciones: la del golpe militar de 1874 que reconquistó el trono para Alfonso XII, bajo el liderazgo de Antonio Cánovas del Castillo, después de que la revolución de 1868 destronó a la reina Isabel II e implantó la fugaz Primera República (1873); y la restauración monárquica fascista de 1939 acaudillada por Francisco Franco Bahamonde.

            En los tiempos actuales hubo en Bulgaria una suerte de restauración muy peculiar: después de cinco décadas de exilio en España, el destronado y culto rey Simeón II  —depuesto por las fuerzas comunistas al final de la Segunda Guerra Mundial—  retornó a su país, formó su propio partido político  —el Movimiento Nacional Simeón II—  y triunfó en las elecciones parlamentarias del 18 de junio del 2001. Los antiguos comunistas apenas obtuvieron el 17,4% de la votación. Este ha sido el único caso de un monarca depuesto que haya ganado elecciones. La historia es que, a causa del fallecimiento de su padre, Simeón II heredó el trono en 1943 a la edad de seis años, de modo que el gobierno de Bulgaria fue ejercido por un Consejo de Regencia. Pero en 1944 sus tres integrantes, acusados de colaborar con las fuerzas nazi-fascistas, fueron detenidos y ejecutados un año después por las tropas soviéticas que ocuparon Bulgaria. El niño rey con su madre Juana de Saboya tuvieron que exiliarse en Egipto y después en España. Allí lo conocí en 1996 en una reunión ecológica y me habló de sus planes de retornar a Bulgaria. Cosa que ocurrió dos años después. Y si bien el éxito electoral de Simeón II no significó la reposición de la monarquía, fue una reivindicación personal muy importante para el destronado rey.

            Lo cierto es que, en el lenguaje político, se llama reaccionarios o contrarrevolucionarios a los gobiernos, partidos, movimientos sociales, grupos, instituciones o personas que se oponen al curso de una acción revolucionaria, o que tratan de limitar sus alcances o que buscan restaurar el orden político abatido, es decir, volver las cosas atrás, desandar lo caminado y poner en vigencia las experiencias del pasado.

            El concepto tiene un largo recorrido histórico. La implantación por la vía revolucionaria o reformista de las nuevas ideas genera inevitablemente una reacción contra ellas. Esto es parte de la dialéctica de la historia. La actitud reaccionaria de Joseph de Maistre (1753-1821) y del vizconde de Bonald (1754-1840) fue la respuesta del pensamiento católico y de los intereses económicos vulnerados por la Revolución Francesa. Se planteó entonces la contradicción del dogmatismo contra el racionalismo ilustrado, del orden monárquico contra el orden republicano, de la tradición contra las ideas de progreso, de la desigualdad contra la igualdad, de la concepción religiosa del poder contra la concepción laica, del derecho divino de los reyes contra la soberanía popular. El afán declarado de estos dos pensadores católicos franceses fue restaurar el ancien régime y su orden de privilegios aristocráticos, como en realidad ocurrió en Francia con la restauración de los Borbones al trono después de la derrota de Napoleón. En Inglaterra el gran heraldo de la reacción fue el escritor y orador Edmund Burke (1729-1797), autor del libro “Reflexiones sobre la Revolución de Francia” publicado en 1790, que fue un torrente de ataques y críticas contra la nueva Constitución francesa y las instituciones revolucionarias.

            Más tarde, la implantación de la sociedad industrial y la insurgencia de los movimientos obreros y de las ideas socialistas generaron también sus propios anticuerpos. Muchos pensadores nostálgicos del viejo orden escribieron en favor de la restauración. El jurista suizo Carl Ludwig Haller (1768-1854) construyó una teoría contrarrevolucionaria con base en las relaciones patrimoniales que prevalecieron en la Edad Media. El constitucionalista alemán Friedrich Julius Stahl (1802-1861) propuso el retorno hacia la monarquía hereditaria. Heinrich von Treitschke (1834-1896), historiador y politólogo alemán, volvió por los fueros del Estado autoritario  —a cuya cabeza debe estar el monarca hereditario—  y de las desigualdades “naturales” de la sociedad que la democracia no podrá jamás modificar. El marqués René de la Tour du Pin (1779-1832) de Francia contrapuso a los sindicatos socialistas las viejas corporaciones medievales, que debían incluir a los propietarios, a los dirigentes y a los trabajadores de cada rama industrial a fin de evitar la lucha de clases proclamada por los marxistas. Ese gran reaccionario que fue Charles Maurras (1868-1952), que encabezó la Action Francaise en la tercera república francesa, insurgió contra el industrialismo, el socialismo y los sindicatos y proclamó las “bellas desigualdades” del viejo régimen así como la vuelta hacia la “monarquía tradicional, hereditaria, antiparlamentaria y descentralizada”.

            Todas estas fueron muestras históricas de la reacción contrarrevolucionaria que pretendía restaurar el orden de cosas anterior. Y podrían multiplicarse los ejemplos. Invariablemente después de un proceso de cambio social de naturaleza revolucionaria o reformista surge la reacción de quienes  —personas e instituciones—  se sienten perjudicados por él. Ella es la resaca de la historia.

            Resulta importante destacar que todos aquellos episodios ponen en claro la diferencia entre la derecha conservadora, que defiende el orden social imperante, que se atrinchera en él y no permite cambio que pueda poner en peligro sus intereses económicos y sus categorías sociales, y la derecha reaccionaria que quiere volver las cosas hacia atrás.

 
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