partido político

                Una de las más importantes innovaciones políticas del siglo XX fue ciertamente la organización y perfeccionamiento de los partidos como instrumentos de intervención de la comunidad en los quehaceres del Estado y su ulterior conversión en partidos de masas. Con ellos se ha desplazado en buena parte el centro de gravedad político de los individuos a los grupos organizados, que han pasado a ser los sujetos principales de la acción política de la sociedad. Esto es especialmente cierto en los regímenes democráticos modernos, en los cuales casi todo el juego político se resume en las relaciones de confrontación y de lucha por el poder entre los partidos. Estos se han convertido en los grandes protagonistas de la acción política. Han alcanzado un alto grado de organización. Cuentan con departamentos de estudio de la realidad social. Son laboratorios de análisis y experimentación de soluciones para los conflictos de la sociedad. Están llamados a desempeñar el papel de custodios de la estabilidad política y del respeto a las normas democráticas que deben regir la convivencia social.

               De hecho y aun sin proponérselo, los partidos han reducido el peso específico de los individuos en la vida política. Los centenares de miles de miembros de base de un partido dependen de las deliberaciones de sus dirigentes y si bien pueden hacer valer sus opiniones ante ellos, a través de las asambleas y demás actos partidistas, su participación política no es de primera línea.

 

 

                        1. Elementos.   Para que exista un partido político debe reunir tres elementos fundamentales: una ideología política, un plan de gobierno y una organización permanente establecida a escala nacional. A diferencia de otros organismos sociales, lo que caracteriza a los partidos es su organización estable que les capacita para intervenir en todos los momentos de la vida del Estado y el conjunto de sus principios doctrinales a los que ajustan su acción política y de los que deriva su plan de gobierno.

                En los tiempos actuales los partidos han asumido la función de organizar políticamente a las masas  —especialmente en el caso de los llamados partidos de masas—  y de promover la intervención metodizada de ellas en la vida pública del Estado. Con eso la actividad política, en gran medida, ha dejado de ser función de las personas aisladas y se ha convertido en responsabilidad de los grupos organizados. Asumen ellos, a través de sus órganos de dirección, la adopción de las decisiones más importantes de la vida pública, a las que los ciudadanos prestan su acatamiento y con las que se mediatiza la acción política de éstos. Los partidos se interponen entre los designios de los ciudadanos y el ejercicio del poder. Los individuos sólo indirectamente pueden hacer valer su voluntad, esto es, por medio del partido al que pertenecen. Y los ciudadanos independientes, o sea los que no pertenecen a un partido, están todavía más lejos de la posibilidad de una intervención política concreta.

 

 

                        2. Funciones.    El primer objetivo táctico de un partido es la conquista del poder como medio de convertir en actos de gobierno sus postulados y sus planes de acción. Pero no siempre puede alcanzar este objetivo y, en tal caso, su misión no termina allí pues el partido es también un instrumento de vigilancia de la función gubernativa, llamado a mantener una permanente actitud crítica sobre los actos del gobierno. Le corresponde, en este caso, supervisar el comportamiento de las autoridades públicas, vigilar el respeto a las libertades ciudadanas y a los derechos humanos, presionar para que la conducta de los gobernantes se ciña a lo que considera la norma justa y proponer planes de acción alternativos. El propósito del partido de oposición no es, por cierto, derribar al que está en el poder ni suplantarlo al margen de la ley, sino criticar la ineficacia, el abuso o la deshonestidad de sus acciones con miras a lograr las rectificaciones convenientes o necesarias. Para desempeñar su rol el partido de oposición debe crear mecanismos de análisis de los problemas nacionales en todos los campos, a través de sus departamentos técnicos y especializados, a fin de plantear soluciones concretas y cuantificadas. Esto es especialmente importante en la época en que las demandas del desarrollo  —desarrollo económico, desarrollo social, desarrollo humano—  se han superpuesto a cualquier otra consideración. Superada ya la era de las lucubraciones abstractas vivimos la era del desarrollo. Por lo cual, en una sociedad dinámica, los partidos deben ser instrumentos del desarrollo y del cambio social.

                Cuando están fuera del poder, a los partidos les está confiada una de las más importantes funciones que existen en el Estado democrático moderno: la de ejercer la <oposición.

                En el sistema bipartidista  —two parties system, que llaman los ingleses—  esta función reviste gran importancia por la alternación de los grupos políticos en el ejercicio del poder. En los Estados Unidos de América, por ejemplo, en donde funciona un sistema bipartidista bastante bien definido, la oposición tiende a convertirse en una verdadera institución política a la que se le reconocen tareas de importancia. Al partido que ejerce el poder le corresponde poner en práctica su >plan de gobierno, puesto que cuenta con los medios para hacerlo, mientras que al que está alejado de él le compete desempeñar las funciones de control sobre el gobierno y ofrecer al electorado un programa sustitutivo del que actualmente ejecuta el partido gubernametal.

                En esas circunstancias el cuerpo electoral puede con sus votos, en las próximas elecciones, confirmar al que está en el poder o remplazarlo por el que está en la oposición.

                También en Inglaterra, donde se han disputado la mayoría parlamentaria el partido Laborista y el Conservador, en presencia del pequeño Partido Liberal, la oposición es una muy importante institución política que funciona de manera permanente y organizada. Frente al “gobierno de Su Majestad” está la “oposición de Su Majestad”, cuyo leader goza de rango y consideraciones oficiales, a más de un sueldo pagado por el Estado en virtud de la Ministers of the Crown Act  de 1937.

                De este modo, si bien la actividad opositora no ha sido creada por la ley, ha recibido de ella su reconocimiento y el trato como una verdadera función constitucional. Los puntos de vista sostenidos por ella son calificados por el electorado británico, que en las próximas elecciones podrá negar sus votos al gobierno y concedérselos a la oposición y al programa gubernativo que ella ofrece. Si eso ocurre, el partido opositor pasará a desempeñar las funciones de mando en el próximo período. Por eso se ha considerado que en Inglaterra la oposición es el “gobierno alternativo de S. M.”, es decir, la fuerza política lista a convertirse en poder. Ella representa para el electorado británico la posibilidad de un programa alternativo de gobierno.

                En los sistemas multipartidistas, en cambio, la función de los partidos opositores no aparece tan bien definida como en los sistemas bipartidistas ya que los límites mismos entre el gobierno y la oposición se desdibujan por la movilidad que alcanzan los partidos que operan fuera del poder. En esos sistemas no se produce una contraposición simétrica entre el partido de gobierno y los de oposición, tal como suele ocurrir en el bipartidismo, sino que los diversos partidos que están fuera del poder pueden ocupar una variedad de situaciones que va desde la frontal y beligerante oposición al gobierno hasta la mera independencia de él.

                No se suscita, en consecuencia, el enfrentamiento total de dos grandes soluciones entre las que puede optar la opinión pública sino la yuxtaposición de diversas propuestas proyectadas desde diferentes ángulos ideológicos, cada una de las cuales puede representar una oposición parcial al gobierno. Fenómeno que se ve acentuado por el hecho de que algunos gobiernos se apoyan en la derecha para adoptar unas medidas en el parlamento y en la izquierda para pasar otros proyectos, con lo que se borran un tanto los linderos entre gobierno y oposición.

                Adicionalmente, la multiplicación de las alianzas entre los partidos con frecuencia da como resultado una oposición heterogénea compuesta por partidos que no por la coalición han suprimido los motivos de pugna entre sí. Los partidos coligados se reservan siempre el derecho de defender sus propios puntos de vista frente a sus aliados, sin perjuicio de adelantar la oposición al gobierno en los puntos coincidentes. Dado el hecho de que es más fácil llegar a un acuerdo contra una política que en favor de ella, es incluso posible  —y así acontece con frecuencia—  que varios partidos formen parte de la oposición sin que medie entre ellos acuerdo previo sino como simple consecuencia del proceso de polarización de fuerzas. En estas condiciones, la tarea opositora no es centralizada ni orgánica. Por la diversidad de los partidos que la asumen y por las rivalidades que ellos mantienen entre sí, la oposición suele carecer de unidad y coherencia en los sistemas multipartidistas.

                De lo anterior se desprende que un partido puede estar en dos posiciones: en el poder o fuera del poder. Y, en este último caso, en los diferentes grados que van desde la oposición beligerante hasta la mera independencia. El partido en el poder no puede confundirse con el gobierno aun cuando sus militantes sean quienes lo ejerzan. El partido es una entidad distinta al gobierno. El partido no forma parte del aparato gubernativo del Estado ni es una dependencia oficial suya, excepción hecha de las dictaduras de partido único, en que las estructuras de éste y del gobierno se confunden en todos los niveles. En los demás casos el partido es siempre un intermediario entre el gobierno y los gobernados que tiene la misión de recoger, encauzar, dar coherencia y enriquecer las aspiraciones populares, muchas veces borrosas e incoherentes, y ponerlas en evidencia ante el poder.

                Desde este punto de vista, los partidos son órganos de formación, expresión y movilización de opinión pública, interpuestos entre el gobierno y la sociedad. Su cometido es conducir y dar forma al querer general o, al menos, al querer del segmento social al que ellos representan, que solamente por este medio puede llegar a las altas esferas gubernativas. El individuo aislado difícilmente puede tener existencia política efectiva o ejercer influencia en la formación de la voluntad del Estado. Sólo la reunión de individuos dentro de un partido o de otra organización social puede hacer factible que la voz de los ciudadanos sea escuchada en las esferas del poder.

                Todavía no se ha inventado un sistema de representación popular mejor que el que, con todas sus deficiencias, ejercen los partidos políticos. Las demás organizaciones que intervienen en la vida pública  —sindicatos obreros, corporaciones empresariales, grupos de presión, entidades campesinas, organizaciones no gubernamentales (ONG), nuevos movimientos sociales, etc.—  representan intereses parciales y sectorizados dentro de la sociedad y carecen de la visión global de los problemas de un país que tienen o deben tener los partidos.

              Por eso se considera que éstos son factores esenciales de la democracia. Canalizan la opinión pública y la hacen valer ante el gobierno. Los modernos Estados democráticos son, por ello, “Estados de partidos”, como los denominó el jurista checoslovaco y profesor de Harvard Hans Kelsen (1881-1973).

 

 

                        3. Partidos de cuadros y de masas.    En el desarrollo histórico de los partidos se pueden distinguir dos etapas: la del siglo XIX y la de los siglos posteriores. En la primera etapa se desarrollaron los llamados partidos de cuadros y, en la segunda, los partidos de masas. Esta distinción obedece a las diferencias de estructura de ellos. Los del siglo XIX no trataron de enmarcar grandes masas sino de agrupar personalidades. Su actividad estuvo principalmente dirigida hacia las elecciones y las combinaciones parlamentarias, en el marco de una democracia muy restringida en que la participación popular estaba mediatizada, el voto era un privilegio de las elites sociales y el escenario principal  —talvez único—  de los manejos políticos era el parlamento. Eran partidos formados alrededor de un jefe, quien los sostenía económicamente. Carecían de un aparato administrativo permanente, no tenían algo parecido a un sistema de cotizaciones populares. Los candidatos del partido asumían por sí mismos los gastos electorales.

                A principios del siglo XX, cuando se abrió la posibilidad de la participación activa de las masas en la vida política de los Estados, se inició una transformación en la estructura y organización de los partidos. Dejaron de ser reductos de pequeños grupos para convertirse en organizaciones multitudinarias. La estructuración basada en el puro influjo personal de sus dirigentes pasó a ser impersonal y regida por normas objetivas y generales. La creciente complejidad de sus funciones hizo necesaria la creación de una burocracia encargada de la organización y administración del partido, de la atención de sus asuntos ordinarios y del cumplimiento y ejecución de las órdenes emanadas de sus autoridades. Esta burocracia tiene parecidas caraterísticas a las de la burocracia estatal: jerarquías, delimitación de competencias, separación de funciones, normas y reglamentos, sueldos, etc. El sostenimiento económico del partido ya no fue responsabilidad exclusiva de su jefe ni de sus candidatos sino de todos sus miembros mediante un riguroso sistema de aportaciones populares. Cuenta así el partido con un aparato de recaudaciones, un presupuesto debidamente establecido y una tesorería que maneja sus recursos y que está obligada a rendir cuenta de su gestión ante las autoridades superiores. En lugar de las rivalidades personales, que fueron tan características de los viejos partidos, se presentan en los nuevos las luchas de tendencias. El programa de acción del partido ya no se circunscribe a los asuntos puramente políticos sino que se extiende hacia los campos económicos y sociales. Estos son los partidos de masas destinados a canalizar la participación de las multitudes en la vida política de los Estados.

                Los partidos de cuadros y los partidos de masas son formas de organización política que corresponden a dos momentos históricos diferentes. Los primeros se insertan en la etapa del sufragio restringido y en las peculiares características políticas y sociológicas del siglo XIX. Los segundos son el producto de la masificación de las sociedades, la universalización del sufragio y el advenimiento de las multitudes a la acción política.

                La sustitución del sufragio restringido  —con el voto calificado, el voto censual, la exclusión de las mujeres—  por el sufragio universal  —expresado en la fórmula una persona un voto—   demandó de los partidos un cambio sustancial de estructura, organización y metas, que los pudiese capacitar para encuadrar y conducir a las grandes masas electorales, convertidas ya por derecho propio en titulares de la prerrogativa de elegir. Los partidos de cuadros resultaron insuficientes para regimentarlas. Su estructura, apta sin duda para los regímenes electorales censuales y para los manejos políticos de “circuito cerrado”, no lo fue para el nuevo estado de cosas que demandó una organización partidista más amplia y más profunda.

                Hacia 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, se formaron en Europa algunos partidos de masas, todos o casi todos de tendencia socialista. El más importante de ellos fue el Partido Socialdemócrata alemán, que a la sazón contaba con más de un millón de miembros y con un presupuesto anual superior a los dos millones de marcos. Tuvo mucha influencia en la formación de este tipo de partidos la idea marxista del partido-clase, es decir, del partido que es expresión política de una clase social. La regimentación por el partido de una clase social  —en este caso, el proletariado—,  de la que debían extraerse sus propios dirigentes y candidatos, fue y sigue siendo uno de los objetivos tácticos de los partidos socialistas. Pero el presentar candidatos obreros para los diferentes cargos electivos del Estado significó la prescindencia del financiamiento capitalista y demandó otro tipo de financiamiento para sus campañas: el financiamiento colectivo, con base en cotizaciones mensuales de todos los miembros del partido, con lo cual se creó un método de aportación popular  —el financiamiento democrático—  que sustituyó al financiamiento capitalista de los partidos de cuadros, fundado en los aportes de los grandes industriales, banqueros, comerciantes y terratenientes. La cotización popular, que es una de las notas características de los partidos de masas, liberó a éstos de la dependencia en que los viejos partidos estaban colocados con relación a la gran empresa capitalista, cuyos intereses se obligaban a defender a cambio de las contribuciones monetarias que recibían de ella.

                La estructura de los partidos socialistas democráticos y de los comunistas es distinta. Los partidos socialistas, en la medida en que pretenden la toma del poder por el método electoral, son partidos de masas que buscan regimentar grandes multitudes y ampliar cada vez más su base social, y para ello abren sus puertas a todos los trabajadores intelectuales y manuales que, laborando por cuenta propia o sometidos a relación de dependencia, comparten sus anhelos de libertad, justicia social y solidaridad. En cambio, los partidos comunistas, que han escogido otra vía para la conquista del poder, son vanguardias revolucionarias y, por tanto, partidos de <elite. La masa no entra en ellos y por eso su estructura es autoritaria y excluye el ejercicio de la democracia interna.

                Lenin concibió a los partidos comunistas como partidos de cuadros dirigidos por revolucionarios profesionales, reciamente organizados, con disciplina vertical, capaces de tomar el poder por una acción de fuerza, aunque su proyecto partidista no fue compartido por muchos de sus compañeros que, como Pavel Borisovic Akselrod y Julij Osipovic Martov, confiaban más en la organización de las masas para alcanzar tal objetivo.

                Este fue precisamente uno de los gérmenes de la división entre bolcheviques y mencheviques en el seno del Partido Obrero Socialdemócrata ruso, que fue el antecesor del partido comunista. Los <mencheviques creían posible y conveniente la vía democrática para la conquista del poder. En cambio, los <bolcheviques, cuyos análisis y debates ideológicos y políticos en su mayor parte se efectuaban en el exilio puesto que en Rusia estaban al margen de la ley, sostenían intransigentemente la necesidad de un partido verticalmente organizado, bajo un mando fuerte y unitario, que pudiera ser la vanguardia revolucionaria de las masas ausentes.

                Los partidos de estructura moderna no descansan sobre “juntas”, “secciones” o “centros”, como los de viejo cuño, sino sobre una organización celular con hondas raíces en la masa social y especialmente en los sectores laborales.

                Tal organización busca la formación de pequeños y disciplinados núcleos de militantes en el lugar de su trabajo. Se forman así células de fábrica, de taller, de oficina, de tienda, etc., que reúnen a todos los miembros del partido que tienen el mismo lugar de trabajo. Existen también  —y este fue el gran éxito del partido de masas que fundé en Ecuador en los años 70: la Izquierda Democrática, con 600 mil afiliados en una población nacional de 6 millones de habitantes—  células establecidas con sentido vecinal: células de aldea, de sector, de barrio, de calle, que tienen la ventaja de que organizan a las personas en el lugar donde viven, donde van a dormir todos los días, de modo que allí se encuentran igual los trabajadores que los desempleados. En cualquier caso, la célula tiene un número reducido de miembros, que usualmente va de 10 a 20, lo cual le da una gran movilidad y le permite además ejercer un eficiente control sobre sus integrantes.

                El sistema de células fue un invento comunista que superó en ese momento a la antigua forma de organización partidista y que dotó a los partidos marxistas de notable versatilidad y eficacia. Para contrarrestar la acción de ellos, otros partidos adoptaron también el sistema, y a veces con mayor éxito que sus propios inventores. De modo que el método celular es hoy común prácticamente a todos los partidos de masas de estructura moderna.

                El sistema celular permite una acción rápida, precisa y disciplinada y por eso es un instrumento eficaz para la movilización de <masas, la >propaganda, la agitación, la promoción electoral y eventualmente la lucha clandestina. Por su capacidad de penetración en las profundidades sociales, la célula asegura una organización partidista apretada y coherente. Funciona mucho mejor que lo que pueden hacer el comité y la sección de los viejos partidos.

                Contrariamente a lo que generalmente se piensa, los partidos comunistas fueron partidos de cuadros porque no se propusieron forjar organizaciones de masas sino de elites. Lo cual fue en realidad un anacronismo. Pero así ocurrió. No puede ser más explícita la definición que hizo el Komintern  —la Internacional Comunista—  en 1920: el partido comunista es “una parte de la clase trabajadora, la más avanzada, con mayor conciencia de clase y, por tanto, la más revolucionaria. Por un proceso de selección natural, el partido comunista está formado por los trabajadores mejores, con mayor conciencia de clase, más dedicados y de más amplia visión”.

                Conceptos tales como “los mejores”, “los más avanzados”, “proceso de selección natural”, “vanguardia” y otros de este estilo nos llevan irremediablemente a pensar en una <elite o en una <aristocracia política, que de alguna manera hace de los partidos comunistas una suerte de partidos de cuadros.

                El politólogo italiano Giovanni Sartori (1924-2017), en su libro “Elementos de Teoría Política” (2005), propuso otra tipología: “partidos de notables”, “partidos de opinión” y “partidos de masas”. Dijo que los dos primeros son “partidos de orientación electoral” y los últimos, “partidos capaces de movilización permanente”, esto es, aunque no haya convocación a elecciones.

                Hay analistas  —el alemán Otto Kirchheimer, profesor de la Universidad de Columbia, entre ellos—  que agregan a los partidos de cuadros  —partidos de la primera generación—  y a los partidos de masas  —partidos de la segunda generación—  los denominados “partidos electorales” o “partidos de electores”  —partidos de la tercera generación—,  que son una suerte de degradación electoralista moderna de los partidos de masas. Son partidos que privilegian la captación de electores sobre la organización militante de las masas. Kirchheimer los llama partidos catch-all porque tratan de atrapar todo lo que pueden, indiscriminadamente, y capturar el mayor número posible de electores al margen de los planteamientos ideológicos. Buscan la adhesión de los votantes en los procesos eleccionarios antes que la regimentación de las multitudes. Son partidos electoralistas, de actividad estacional, que se ponen en movimiento cuando se convocan elecciones. Este es su objetivo primordial. Abandonan la organización interna, el cultivo de la ideología, las tareas de formación de sus militantes, la presencia en las calles para defender sus tesis o censurar los actos gubernativos. Su disciplina es muy relajada. Ampliar su apoyo electoral es su razón de ser. Son, en realidad, grandes maquinarias electorales que ponen especial interés en el marketing político. La propaganda mediática es su obsesión. Lo cual les conduce a hacer de la política un espectáculo. La ideología queda en segundo lugar: lo primario es sumar votos de cualquier vertiente y por cualquier medio. Ideológicamente lights, están ausentes del debate doctrinal. “Invernan” en el intervalo entre una elección y otra. Son muy dependientes de los sondeos y encuestas electorales, a los que ajustan su conducta. Tienen interés en las personas sólo en la medida en que son electores. No tienen discursos ideológicos sino propuestas oportunistas. Hacen buen uso de internet y de los medios modernos de comunicación de masas. Utilizan todos los recursos que les ofrece la ciberpolítica contemporánea.

 

 

                         4. Integración.    Los integrantes de un partido político pueden clasificarse en militantes, miembros y simpatizantes, según el grado y la intensidad de su intervención en las actividades partidistas.

                Son simpatizantes quienes, no siendo afiliados a un partido, manifiestan un acuerdo permanente con él, siguen su línea política, votan por sus candidatos (y declaran públicamente su voto), leen su prensa y asisten a sus manifestaciones públicas. A pesar de que sus relaciones no están oficializadas por la afiliación, sus actos entrañan una clara preferencia política. Ser simpatizante es algo más que ser elector: es reconocer una inclinación política hacia el partido, defenderlo de sus detractores y, en ocasiones, contribuir económicamente a su caja.

                Son miembros del partido quienes se han adherido formalmente a él y constan en sus registros, es decir, quienes están vinculados por afiliación. Mantienen un formal compromiso de fidelidad con él y, por tanto, están sometidos por lazos disciplinarios.

                Los militantes  —llamados también activistas—  son los que trabajan intensa y permanentemente por la causa del partido. Sobre ellos recae el peso de la actividad partidista. Asisten regularmente a sus reuniones, ejecutan las <consignas impartidas por los dirigentes, difunden su propaganda, buscan adeptos, trabajan en las campañas electorales, organizan las movilizaciones de masas. Son personas permanentemente dispuestas a entregar su esfuerzo al partido.

                Estos diferentes grados de vinculación con la actividad partidista pueden ser representados gráficamente como tres círculos concéntricos, de los cuales el exterior y más amplio es el de los simpatizantes, el que le sigue es el de los afiliados y el central el de los activistas.

                El activismo es más intenso que la afiliación y ésta más que la simpatía. Por consiguiente, el activismo supone un mayor grado de participación del ciudadano en las tareas partidistas.

                La palabra activista empezó a usarse en Alemania, después de la Primera Guerra Mundial, para referirse a los intelectuales comprometidos con la transformación política y social. Desde entonces, activista es también, por extensión, el miembro de cualquier otra clase de organización que trabaja para ella de una manera asidua e intensa.

 

     

                        5. Sistemas de partidos.    En razón del número de partidos que intervienen en la vida política del Estado  —sea desde el gobierno, sea desde la oposición al gobierno—  se pueden distinguir tres sistemas partidistas: el <bipartidismo, el <multipartidismo y el sistema de partido único.

                 El bipartidismo se funda en el protagonismo de dos partidos en torno de los cuales gira toda o la mayor parte de la actividad política. Esos partidos, sean los únicos o no, absorben la mayor parte o la totalidad de la actividad cívica de los ciudadanos. Su preponderancia política no se ve amenazada por la acción de otros partidos pequeños y minoritarios, que tienden a marchitarse por la polarización de fuerzas entre los dos partidos hegemónicos.

                 Fue clásico, en Europa, el bipartidismo inglés entre los partidos Conservador y Liberal que alternaron en el poder desde 1868 hasta 1924, en que insurgió el Partido Laborista para quebrantar la dualidad y, después de un corto período tripartidista, reemplazarla por el bipartidismo conservador-laborista.

                 En Estados Unidos persiste el bipartidismo demócrata-republicano. Ningún tercer partido ha podido romper el sistema.

                 En Uruguay el tradicional bipartidismo protagonizado desde el siglo XIX por el Partido Nacional, llamado también Partido Blanco (conservador), y el Partido Colorado (progresista), que han conservado sus antiguos nombres desde la guerra civil de 1835, fue roto en las elecciones celebradas el 27 de noviembre de 1994 por la insurgencia electoral de la coalición de partidos de izquierda denominada Encuentro Progresista, y también en las elecciones presidenciales del 31 de octubre del 2004, en que triunfó el líder socialista Tabaré Vásquez a la cabeza del Encuentro Progresista-Frente Amplio-Nueva Mayoría (EP-FA-NM), con el 50,69% de los votos en la primera ronda electoral. De modo que el naciente tripartidismo uruguayo fue confirmado en esas elecciones con los partidos: Encuentro Progresista, Partido Blanco (34,06%) y Partido Colorado (10,32%). Los restantes partidos apenas obtuvieron, en conjunto, el 2,53 % de los votos. Pero en las elecciones presidenciales  del 2009, en que José Mujica del Frente Amplio venció al expresidente Luis Alberto Lacalle del Partido Nacional con una estrecha diferencia de votos, y en las elecciones del 2014 en que Tabaré Vásquez del Frente Amplio, con el 53,6% de la votación, triunfó sobre el joven candidato del Partido Nacional Luis Lacalle Pou (41,1%) y fue elegido para un segundo período presidencial, volvió a implantarse la bipolaridad partidista uruguaya con el Frente Amplio y el Partido Nacional.

                 En Colombia el viejo enfrentamiento liberal-conservador, que produjo la alternación en el poder de los dos partidos clásicos durante mucho tiempo  —con la sola amenaza de un tercer partido en las elecciones presidenciales de 1970, en que intervino la denominada Alianza Nacional Popular (ANAPO) liderada por el exdictador Gustavo Rojas Pinilla—  se distorsionó un poco en los comicios del 28 de mayo del 2006, en los cuales el presidente Álvaro Uribe, disidente del Partido Liberal, alcanzó su reelección con el 62 por ciento de los votos frente a Carlos Gaviria, cantidato del Polo Democrático  —una alianza de fuerzas autodefinida como de izquierda democrática—  que obtuvo el 22 por ciento y al candidato liberal Horacio Serpa, el 11 por ciento. En las siguientes elecciones del 2010, el bipartidismo colombiano fue protagonizado por el Partido de Unidad Nacional  —mejor conocido como Partido de la U—,  liderado por el expresidente Álvaro Uribe, que candidatizó a Juan Manuel Santos, y el Partido Verde con Antanas Mockus. Triunfó el primero. Y cuatro años después, al frente de una alianza de partidos, Santos fue reelegido al vencer a Óscar Iván Zuloga del movimiento Centro Democrático liderado por Uribe, en otra contienda bipartidista.

                En Venezuela el bipartidismo establecido entre el partido Acción Democrática y el Partido Demócrata Cristiano (COPEI) se modificó en el proceso electoral de 1995 por el amplio triunfo del teniente coronel Hugo Chávez.  

                El multipartidismo o pluripartidismo es el sistema más generalizado. Consiste en la intervención activa e importante de más de dos partidos políticos en la vida pública de un Estado. La oposición entre dos puntos de vista simétricamente contradictorios suele dar por resultado el bipartidismo, pero la oposición de varios puntos de vista parcialmente contradictorios, independientes entre sí, produce el multipartidismo. Por ejemplo, la contradicción simétrica y total de monarquismo y republicanismo, como formas de gobierno deseadas, dio por resultado en el pasado el bipartidismo monárquico-republicano. Algo parecido ocurrió con el bipartidismo conservador-liberal. Pero la variedad de motivos de oposición suele dar lugar a los sistemas multipartidistas. Por ejemplo, el cruzamiento de motivos políticos con motivos religiosos produjo partidos democráticos laicos, democráticos confesionales, autocráticos laicos y autocráticos confesionales. La combinación de estos motivos de discrepancia con elementos económicos complica las cosas porque multiplica el número de partidos que pueden formarse.

                Siguiendo la lógica anterior, el sistema de partido único obedece a la eliminación compulsiva de los motivos de oposición y discrepancia en la sociedad. Lo cual  —salvo el caso mexicano del Partido Revolucionario Institucional (PRI) en la sengunda mitad del siglo XX, del que hablamos al tratar del >unipartidismo—  se da solamente en los regímenes autoritarios, en que se suprimen por la fuerza los motivos de disensión o, al menos, el derecho a expresarlos o a organizarse políticamente en torno de ellos.

                El sistema unipartidista es relativamente nuevo en la historia. Se inició con los regímenes comunistas y fascistas de las primeras décadas del siglo anterior, que se propusieron conferir una sólida sustentación de masas organizadas a esos regímenes de fuerza. Con ellos apareció una nueva modalidad dictatorial: la que se funda en un partido político. Y nació una nueva “técnica” del ejercicio arbitrario de la autoridad.

                Sin embargo, la práctica precedió a la teoría. Quiero decir que solamente después de haber implantado el sistema en la práctica vinieron las ideas que pretendieron justificarlo y explicarlo. Tanto las monocracias comunistas como las fascistas elaboraron su propia “teoría” sobre el partido único. Los comunistas dijeron que todo partido es la expresión política de una clase social y que, como la soviética era una sociedad sin clases, no podía haber en ella más que un partido político. Por su parte, los fascistas justificaron el unipartidismo por la necesidad de formar una sólida estructura política destinada a sustentar al gobierno, a organizar al pueblo, a unificar sus ideas y a moldear una opinión pública homogénea.

                En resumen, el sistema de partidos refleja el espectro de ideas y posiciones políticas que existe en una sociedad: mientras que la multiplicidad de puntos de vista y, por tanto, de contradicciones, lleva al multipartidismo, la dualidad de ellos origina de bipartidismo y la imposición de una sola idea es el germen de los regímenes de partido único.

 

 

                       6. Crisis de los partidos.    Los partidos son los pilares del sistema democrático. No hay democracia sin partidos políticos y éstos sólo pueden darse en el seno de regímenes democráticos. Intermediarios entre el gobierno y la sociedad, están llamados a recoger, enriquecer y procesar las aspiraciones de la comunidad a fin de que ellas cobren un peso específico en las decisiones gubernativas. En este sentido, los partidos son elementos auxiliares del gobierno aunque estén en la oposición.

               Lamentablemente, por diversas circunstancias, en los últimos tiempos una ola de crisis y desprestigio ha envuelto a los partidos en todas partes del mundo. En unos lugares ha sido la corrupción de sus dirigentes, en otros su <caudillismo o su personalismo, en otros el <clientelismo de su acción, o su incipiente institucionalización. Lo cierto es que ellos soportan una crisis de prestigio y de credibilidad que afecta la estabilidad política de los Estados y conspira contra su <gobernabilidad.

              Hay la percepción de que los partidos anteponen sus intereses de grupo a las conveniencias nacionales o de que sus rivalidades, artificialmente estimuladas en su afán de ganar votos, dejan caer en el olvido las metas comunes.

              Con demasiada frecuencia se han visto envueltos en escándalos relacionados con el financiamiento poco limpio de las campañas electorales y de las acciones partidistas; han incurrido en el abuso del <marketing político para engatusar a la gente y en la millonaria contratación de consultores, generalmente extranjeros, que no tienen compromiso alguno con la causa nacional y que han contribuido, con el efectismo de la publicidad y el mercadeo electoral, a elegir gobernantes incompetentes y deshonestos; han descuidado la promoción de la ideología y la capacitación política de sus dirigentes y militantes.

              La proliferación de los partidos, la volatilidad de su fuerza electoral y la discrepancia que a veces se produce entre las aspiraciones populares y los objetivos partidistas agravan el problema.

              La proliferación de ellos en los países que carecen de un régimen jurídico que regule su existencia da paso a la impostura de minipartidos carentes de toda representatividad, que generalmente no son más que unos señores, su máquina de escribir y sus boletines de prensa.

              Estas anomalías son causa de desorden e irresponsabilidad en la vida política. Y por supuesto que hay sectores interesados en magnificarlas en beneficio de las conveniencias políticas de los denominados “hombres independientes”.

              El profesor Scott Mainwaring de la Universidad de Notre Dame en los Estados Unidos ha desarrollado la tesis de la electoral volatility de los partidos políticos latinoamericanos con base en estudios estadísticos de las elecciones presidenciales desde 1970 hasta 1993 que demuestran las acusadas fluctuaciones que ellos registran en el respaldo popular. Su poder se volatiliza con extremada facilidad de una elección a otra. Lo cual demuestra su poca consistencia, su extremada dependencia de los prestigios personales, su inestabilidad y el alto índice de transfugio de sus miembros. En el argot político de Ecuador incluso se ha acuñado la expresión “cambio de camiseta” para señalar el transfugio político, por analogía con lo que sucede en el fútbol profesional cuando el jugador de un equipo se pasa al elenco contrario para la nueva temporada.

              El profesor Mainwaring ha elaborado un cuadro indicador de la volatilidad electoral de los partidos latinoamericanos con base en el rendimiento de ellos en varios procesos eleccionarios. Los más estables son los del Uruguay y Colombia y los menos estables los de Brasil y Perú, pero en general hay un alto índice de inconsistencia en el poder electoral de los partidos políticos latinoamericanos.

             La fuerza de ellos depende demasiado del prestigio de sus candidatos. Su institucionalización es incipiente. Todo lo cual es un claro síntoma del subdesarrollo político en que ellos se debaten.

              Sin embargo, no se ha inventado todavía algo que reemplace a los partidos políticos. Ellos, con todos sus defectos, siguen siendo elementos indispensables en los regímenes democráticos como intermediarios entre el pueblo y el gobierno. Se han formado numerosas asociaciones de todo tipo: ambientalistas, feministas, gremiales, sindicales, religiosas, de consumidores, de productores, etc., pero ninguna de ellas, ni todas juntas, pueden sustituir a los partidos políticos. Ellas son grupos de interés y, como tales, tienen puntos de vista excesivamente parciales y zonificados. Carecen de la visión universal de los problemas de un país que tienen los partidos políticos.

              La multiplicación de las <organizaciones no gubernamentales (ONG) en el tercer mundo, que asumen la gestión de diversas áreas del interés público, puede interpretarse como una secuela de la crisis de los partidos. Ellas por lo general se ocupan de los problemas de salud, educación no formal, defensa de los derechos humanos, medio ambiente, reivindicaciones femeninas, acciones del desarrollo, discriminación contra las comunidades indias o contra minorías étnicas y otros problemas de orden social.

              Las ONG constituyen canales de participación de grupos en la vida democrática de los Estados. Con frecuencia se adelantan con sus planteamientos a las iniciativas estatales y recogen ciertas preocupaciones sociales. Algunas de ellas han abrazado causas muy justas. Sin embargo, muchos se preguntan: ¿quiénes eligen a sus dirigentes? ¿A quién representan estas organizaciones? Pues a nadie en particular, desde el punto de vista de la representación política. Representan sólo a su propia conciencia, a su visión de los problemas, a sus conocimientos sobre un tema, a sus reflexiones, al derecho de opinar desde abajo  —desde fuera del poder—  con el propósito de influir sobre los actos de gobierno.

              En general puede decirse que la crisis de los partidos se enmarca dentro de una crisis más amplia y profunda: que es la crisis de las intermediaciones. Ya la gente no quiere intermediarios: quiere pensar con su propia cabeza, tomar sus decisiones y actuar por su propia cuenta. En todos los campos. Es la crisis de prestigio y de credibilidad que envuelve a todos los intermediarios sociales, que responde, sin duda, a un fenómeno más amplio y más profundo: la crisis de las intermediaciones. De todas ellas: de las intermediaciones políticas, religiosas, laborales, sindicales, culturales, deportivas. El mundo vive el colapso de ellas. La gente no quiere ser representada: prefiere hacer las cosas por sí misma y sin intermediarios.

 

 

                          7. Elecciones primarias.    Como parte de un proceso de democratización interior, en algunos partidos políticos se efectúan elecciones internas, universales y directas para designar a sus pincipales autoridades partidistas y a sus candidatos para las más importantes funciones de elección popular. Los métodos electorales, sin embargo, tienen variaciones. En unos casos, la votación es simultánea para todos los partidos en el día señalado por la autoridad electoral del Estado y, en otros, cada partido las hace en la fecha que prefiere. Unas <elecciones primarias son obligatorias y otras voluntarias, según lo que disponga la legislación nacional. Algunas son abiertas y en ellas pueden participar como electores todos los ciudadanos  —incluidos los afiliados a otros partidos políticos—,  pero en otras sólo está permitido intervenir a los afiliados del partido que las convoca. En algunos Estados tales elecciones están regidas por la ley y las votaciones se realizan con sometimiento a los padrones de la autoridad electoral estatal y bajo su control, mientras que en otros su realización depende de la decisión partidista y están reglamentadas por los estatutos del partido.

                En todo caso, ellas constituyen un mecanismo muy importante para la democratización interna de los partidos políticos.

 

 

                        8. Partidos multinacionales.    El proceso de integración política y económica, que conlleva la formación de órganos parlamentarios supranacionales, ha llevado a pensar en términos políticos de escala transnacional y, por ende, a concertar acciones partidistas que rebasan las fronteras nacionales. Europa va a la cabeza de este movimiento. Allí se han formado partidos multinacionales para integrar el Parlamento Europeo bajo la inspiración de dos tendencias ideológicas predominantes: la socialista y socialdemócrata, por un lado, y por otro la democristiana-conservadora, que incluye a los llamados “giscardianos” franceses. Ambas pugnan por el control del parlamento. La primera tendencia se agrupa en el Partido Socialista Europeo, cuyos miembros están alineados en la <Internacional Socialista, y la segunda en el Partido Popular Europeo, cuyo eje son los conservadores ingleses, los integrantes de Fuerza Italia, los demócratas cristianos italianos (cambiados de nombre a raíz del escándalo financiero de 1993), los conservadores españoles y los “giscardianos” de Francia, seguidores del expresidente Valery Giscard D’Estaing. Los diputados elegidos en cada país de acuerdo con sus normas electorales nacionales se alinean, en el seno del Parlamento Europeo, en razón de sus principios ideológicos. Se produce un fenómeno de superposición de lo ideológico sobre lo geográfico-nacional. Lo cual, de paso, es un mentís a la extendida afirmación de que “han muerto las ideologías políticas”. Ellas están tan vigentes en Europa que, en el seno de la Unión Europea, los miembros de los órganos colegiados se organizan y votan en función ideológica antes que en función nacional.

 

 

                              9. Los partidos verdes.   En los años 70 del siglo XX aparecieron los primeros partidos verdes, cuyas principales banderas de lucha fueron la cuestión ecológica, el pacifismo y el anticonsumismo. El primero de ellos fue el United Tasmania Group, fundado en Australia en abril de 1972, seguido del Mouvement Populaire pour l’Environnement en el canton suizo de Vaud, en diciembre del mismo año, que surgió al calor de la lucha contra el proyecto de construir una autopista al borde del lago Neuchâtel. En enero del año siguiente apareció en Inglaterra otro partido verde: el People’s Party, que más tarde cambió su nombre por el de Ecology Party y luego Green Party.

              Estos partidos inspiraron la formación de muchas organizaciones políticas de este tipo en Europa y otros continentes. En las elecciones presidenciales de Francia en 1974 se presentó por primera vez una candidatura ecologista: la de René Dumont, que obtuvo varios centenares de miles de votos, y cinco años después el Grüne Partei Zurich alcanzó un diputado nacional y varios diputados al parlamento regional de Bremen, en Alemania. Cosa parecida ocurrió en Bélgica, Holanda, Austria, Italia y otros Estados europeos, donde los verdes alcanzaron votaciones de entre el 2,5% y el 16%. Los partidos ecologistas obtuvieron en 1989 veintisiete escaños en el Parlamento Europeo. Ese año en Inglaterra el Green Party reunió el 15% de los votos. Así se consolidaron los grupos ecologistas europeos para defender los nuevos valores vinculados con la protección del medio ambiente.

              En la lucha ecologista fue emblemática la formación del Die Grünen alemán, fundado el 13 de enero de 1980 en Karlsruhe, que sintetizó la ideología verde y creó un modelo de organización de este tipo de partidos. En sus filas se agruparon ecólogos, activistas del pacifismo y del feminismo, socialdemócratas desencantados, hombres y mujeres de la nueva izquierda, cristianos progresistas de diferentes iglesias. Su acreditación electoral de diputados al Bundestag en marzo de 1983 marcó una línea política a seguir por los verdes europeos. La ideología de Die Grünen Die fue formándose trabajosamente a golpes de yunque entre los radicales y los moderados. Sus postulaciones básicas fueron el ambientalismo, el pacifismo, el antimilitarismo, el repudio a las armas nucleares, la oposición a las estrategias militares de la OTAN, la defensa de los derechos humanos, la condena de las restricciones migratorias, la defensa del aborto, la protección de los derechos de los gays y lesbianas y la crítica a ciertos elementos de la sociedad industrial.

              Los verdes, en los países social, industrial y económicamente más adelantados de Europa  —Alemania, Bélgica, Dinamarca, Holanda, Irlanda, Noruega, Suecia, Finlandia—,  que es donde ellos se han establecido con mayores anclajes, juegan el papel cuestionador y crítico que otrora jugaron los partidos comunistas y los propios partidos socialdemócratas. Son la nueva izquierda europea, que ejerce una oposición ilustrada, progresista y moderna al <establishment, defiende el medio ambiente, promueve la paz, el desarme, los derechos de las minorías y combate el autoritarismo, la desigualdad social, la pobreza, el armamentismo y la sociedad de consumo.

               En algunos Estados latinoamericanos  —Colombia, Brasil, México, Argentina, Chile, Uruguay, Honduras y otros—  se han formado pequeños movimientos y partidos verdes. Solamente el de Colombia: el Partido Verde, alcanzó una cierta influencia. Fue fundado en el año 2009 por una serie de políticos reciclados de diversa procedencia. Reivindicaba una "posición de centro en el espectro político" y en su programa de gobierno planteaba un "medio ambiente saludable y sostenible, conservación de la biodiversidad, energías alternativas y consumo responsable". Su líder visible era el filósofo y matemático Antanas Mockus, ciudadano colombiano de ascendencia lituana, exalcalde de Bogotá y candidato a la Presidencia de Colombia en el 2010, que obtuvo el 27% de los votos, aunque no llegó a la presidencia.                  

 
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