propaganda política

            Es el arte de promocionar sistemáticamente una idea política, un partido, una creencia, una persona o una causa de interés público, por medios publicitarios, para lograr su aceptación general.

             La palabra propaganda es muy antigua: viene del latín y formó parte del vocabulario eclesiástico en los tiempos de la contrarreforma, en que la congregación de cardenales  —denominada de propaganda fide—  tuvo a su cargo la propagación de los principios del catolicismo para contrarrestar las formulaciones de la >reforma protestante. En este sentido y en aquel tiempo, el vocablo latino significó lo que ha de ser propagado. El papa Gregorio XV instauró en el año 1622 la Sagrada Congregación de la Propaganda, compuesta por un grupo de cardenales, para difundir y propagar la fe católica en las tierras paganas.

            Pero su práctica es aun más antigua, muy anterior incluso a la palabra que la designa, y obedeció al viejo anhelo del hombre de dominar el cerebro de los demás. Para ello tempranamente utilizó la magia de la palabra y la técnica de la repetición. En la vieja China se atribuye al mandarín Fuh-tsien (720 a. de C.) ser el creador de este oficio al postular que la repetición es la base del conocimiento, incluso si éste es falso. Posteriormente, a una leyenda hindú del año 273 antes de nuestra era pertenece la afirmación de que de todas las ciencias, la más peligrosa es la del control del pensamiento de las multitudes, pues es la que permite gobernar el mundo entero. Entre los antiguos griegos la propaganda política tuvo manifestaciones y señales importantes  —como el discurso panegírico—  que Roma después con sus grandes oradores se encargó de desarrollar. El emperador Julio César tuvo un gran sentido de la propaganda política. Con frecuencia los muros de las ciudades romanas  —como Pompeya, en cuyas paredes se encontraron miles de <graffiti—  sirvieron de instrumentos de propaganda. Los primitivos cristianos utilizaron métodos propagandísticos para difundir el mensaje de las nuevas creencias. Desde entonces durante dos mil años la Iglesia Católica manejó magistralmente la propaganda en sus afanes catequizadores.

            En los siglos XVIII y XIX se dieron ciertos atisbos de propaganda política. Los revolucionarios franceses ensayaron las primeras manifestaciones de lo que podría llamarse propaganda para afirmar su política interior y prestigiar su política exterior. Los nacientes partidos socialdemócratas europeos del siglo XIX, que crearon las primeras organizaciones de masas, pusieron en acción ciertas técnicas de propaganda, como los desfiles y los símbolos. Pero, en rigor, la propaganda política es un fenómeno del siglo XX. Sin duda fueron los fascistas de las primeras décadas de esa centuria y más tarde los revolucionarios comunistas los verdaderos descubridores de los efectos hipnóticos de la propaganda política sobre la masa popular. Hitler y Lenin fueron genios de la propaganda. Desentrañaron los secretos y el influjo de esta herramienta política moderna  —usada como verdadero lavado cerebral sobre sus pueblos—  y la manejaron con impresionante destreza para detentar el poder por tan largo tiempo. El nazismo creó el Ministerio de Propaganda al servicio de su partido y de su gobierno, cuya dirección estuvo a cargo de Joseph Goebbels (1897-1945), quien formuló una serie de principios de la acción propagandística en el ámbito político: adaptar la propaganda al nivel del menos inteligente de los individuos a los que va dirigida; inventar buenas noticias para distraer la atención sobre las malas; proponer pocos temas propagandísticos pero repetirlos incansablemente  —recordemos el cínico lema de Goebbles de que una mentira mil veces repetida se convierte en verdad—;  acallar los temas sobre los que se carece de argumentos; silenciar las noticias que favorecen al adversario; colocar a los enemigos en una sola categoría y adjudicarles todos los errores y defectos, incluidos los propios; responder el ataque con el ataque; magnificar las pequeñas amenazas para justificar las acciones represivas.

            Estos fueron algunos de los principios de la propaganda política nazi, que buscaron hacer un lavado cerebral al pueblo alemán.

            En el marco de la propaganda hitleriana, el ministro de la aviación Hermann Goering (1893-1946), cuando los Estados Unidos a raíz del episodio de Pearl Harbor entraron a la Segunda Guerra Mundial, dijo al pueblo alemán: “Los norteamericanos no pueden construir aeroplanos; no saben hacer más que refrigeradoras y hojas de afeitar”. Su propósito era darle una falsa información  —desinformarle—  con el propósito de mantener incólume su espíritu de lucha. Pero resultó que después de Pearl Harbor los norteamericanos fabricaron 48.000 aviones en 1942, 86.000 en 1943 y en 1944 más de 96.000, con lo cual alteraron en beneficio de los aliados la correlación de fuerzas estratégicas. Y terminaron por invadir Alemania en marzo de 1945 y ganar la Segunda Guerra Mundial. El pueblo alemán, sin embargo, seguía creyendo que los norteamericanos no podían fabricar sino refrigeradoras y hojas de afeitar. Este fue un caso emblemático de la propaganda hitleriana.

            Más tarde, el fenómeno de la concentración humana en las áreas metropolitanas de las ciudades, conocido con el nombre de urbanismo, y el perfeccionamiento de los medios de comunicación gracias al avance de la electrónica dieron impulsos inusitados a la propaganda política que, juntamente con la publicidad comercial, se ha convertido casi en una ciencia.

            En poco más de setenta años, la propaganda política ha pasado del formato escrito y de lenta y restringida distribución —prensa, libros, libelos, hojas sueltas, afiches— a la ubicuidad de la radio y a la transmisión de textos, imágenes, moviminentos y sonidos por medio del video-casete televisual, del CD-ROM, el DVD, el HD DVD, el Blu Ray, el flash memory, internet, el grid software, la telemática, el ciber-espacio, la tecnología fotónica y otros modernos software al servicio de las comunicaciones que hoy tienen un alcance virtualmente planetario.

            La presencia de la televisión, que se constituyó como el instrumento de comunicación de masas, produjo un cambio en el mensaje político. Las frases cortas e impactantes  —los sound-bytes, que dicen los publicistas norteamericanos—  son las que tienen mejores efectos. Pero como la sensibilidad de cada uno de los grupos sociales es distinta, el comunicador televisual está forzado a atender, en el limitadísimo tiempo de que dispone, las “demandas” de opinión de un complejo cuerpo social integrado por elementos tan disímiles como pueden ser los intelectuales y los obreros, los jóvenes y los viejos, los hombres y las mujeres, los ricos y los pobres, la gente de la ciudad y la del campo y todas las demás segmentaciones en que se divide la sociedad. Han cobrado inusitada importancia detalles formales como la apariencia física, la voz, el rostro, las gesticulación, la forma de vestir, los colores de la ropa, la simpatía de la expresión, en suma, lo que los publicistas denominan “la imagen” televisiva.

            El “spot” televisual se ha convertido en el más eficaz de los instrumentos de <propaganda política para exaltar unas ideas y personas o para descalificar otras. Los “spots” negativos, o sea los que persiguen desprestigiar a los adversarios políticos o desequilibrar gobiernos y partidos forman parte de la llamada “propaganda negra”. Fue famoso, y en cierto modo se erigió como modelo, el que se empleó en los Estados Unidos contra Spyro Agnew, candidato vicepresidencial de Richard Nixon en los Estados Unidos. Aparecía en la pantalla un rótulo que decía: “Agnew para Vicepresidente” mientras se oía una ronca y prolongada carcajada, que subía de intensidad a lo largo de los veinte segundos que duraba el “spot”. Al final aparecía un segundo texto: “Sería gracioso, si la cuestión no fuera tan grave”. Su efecto fue demoledor. Tanto que aún se lo recuerda como un dechado de “propaganda negra”.

            Las técnicas de la propaganda política han variado en el tiempo, paralelamente a la evolución tecnológica de los medios de <comunicación de masas, y en la actualidad muchos de los conceptos de la publicidad comercial se han trasladado a la política para ayudarle a conseguir su objetivo devender una idea o un candidato en el mercado político o electoral. Las modernas campañas eleccionarias promocionan su producto como lo haría una empresa mercantil con los suyos, con iguales técnicas de sugestión y con los mismos trucos publicitarios. Las leyes del <marketing han invadido el campo público y dominan la propaganda política.

            Todo esto ha puesto en evidencia la vulnerabilidad del ser humano, adocenado en la moderna >sociedad de masas, bajo los embates de la publicidad comercial. El hombre medio es un ser esencialmente plástico, susceptible de ser modelado por la publicidad. Su manera de ser, sus estilos de vida, sus hábitos, las pautas de su consumo le son impuestos desde fuera por la presión publicitaria. Ella crea nuevas necesidades o nuevas maneras de satisfacer viejas necesidades. Genera ansias de consumo. El contagio y la imitación hacen el resto. Se forma así la >sociedad de consumo, que es uno de los signos vitales de nuestro tiempo.

            Pues bien, siguiendo este surco, la propaganda política pretende hacer lo mismo. Las modernas empresas de promoción política fabrican candidatos y los venden como mercancías. Forjan artificialmente <carismas y manufacturan imágenes para entregarlas al mercado político o electoral. Las campañas eleccionarias de los países desarrollados difieren poco de las campañas publicitarias de las grandes empresas comerciales que quieren colocar sus productos en el mercado. La técnica y los ardides promocionales son bien parecidos. Se valen de las <encuestas de opinión para detectar lo que el público quiere, lo mismo si se trata de mercancías que de candidatos. Las encuestas determinan a qué grupos se quiere llegar preferentemente  —a la gente joven, a las mujeres, a los trabajadores, a los campesinos, a los deportistas, a las minorías étnicas o de otra clase—  y de acuerdo con eso se prepara la imagen del político, su discurso y su <eslogan.

            Así como se arreglan los escaparates mercantiles se arreglan los candidatos: se les peina, se les viste adecuadamente, se les acicala, se compone su dentadura y se modula su voz, para darles una apariencia atractiva.

            Naturalmente que hay ciertas diferencias entre la propaganda política y la publicidad comercial. Influir sobre la pinión pública  —para crear, consolidar o modificar sus criterios sobre algo—  no es exactamente igual a publicitar un producto comercial. No en vano en la propaganda política está de por medio el hombre y sus ideas. Y esto hace alguna diferencia. Sin embargo, las técnicas son similares. Acudir al subconsciente  —donde germinan las motivaciones profundas de los actos humanos—,  utilizar medios subliminales para modificar sutilmente su voluntad, simplificar las ideas y repetirlas incesantemente hasta incrustarlas en el cerebro de las personas, martillar con losslogans propagandísticos hasta lograr condicionar su conducta, repetir la invariable presencia gráfica del logotipo para que el objeto de la promoción entre también por los ojos. Las reglas de la simplificación y de la exageración tienen vigencia en ambas técnicas. La propaganda política agrega la de la desfiguración del “enemigo”, que normamente está prohibida en la promoción comercial por desleal. Los textos, en el material impreso y en el audiovisual, han de ser simples, breves y claros. Todo esto forma parte de la técnica publicitaria mercantil y también de la propaganda y contrapropaganda política, que persiguen, por igual, inducir la conducta de la gente, al estilo de los reflejos condicionados de Pavlov.

            La publicidad fue inventada para vender mercancías, la propaganda para “vender” ideas, programas y personas, pero ambas coinciden en sus métodos. El consumidor y el elector —cada vez más parecidos— son el objeto de sus asechanzas.

            No es casual el hecho de que los grandes caudillos de masas de la historia hayan sido, en primer lugar, grandes comunicadores de ideas y de emociones, dotados de una especial elocuencia y facilidad para transmitirlas, y, luego, hombres que tuvieron un conocimiento “instintivo” de la propaganda y de sus técnicas. Usaron la palabra, el material impreso, la radio, el espectáculo, la muchedumbre como vehículos de propagación de sus ideas. Hoy, con el progreso de la prensa escrita y de la radio y con el advenimiento de la televisión las cosas se han complicado pero, a la vez, se han vuelto mucho más efectivas. Una de las finalidades de la propaganda política es “sugerir” ideas, que la gente termina por hacerlas suyas. La “plasticidad” del hombre medio es muy grande y difícilmente escapa al influjo de estas “sugerencias”. De la adopción de estas ideas como suyas a la manipulación de sus pensamientos, sentimientos y resentimientos no hay más que un paso. Así lo han demostrado la propaganda leninista, la hitleriana, la islámica y en nuestros días la neoliberal.

            La primera regla de la propaganda es la simplicidad. Se trata de condensar una doctrina, un programa o una tesis en unos pocos puntos que deben ser definidos tan elemental y claramente como sea posible. Todo debe reducirse a “catecismos” concebidos en textos breves y claros. La exageración y desfiguración son otra de sus reglas. Consisten en resaltar los elementos positivos de las tesis propias y los negativos de las contrarias. Con frecuencia se llega hasta la caricaturización de estas últimas. Es muy importante que la aseveración sea firme, indubitable y contundente. La contundencia es muy conveniente para que no quepa la menor duda acerca de la veracidad de las afirmaciones. Ellas se han de repetir constantemente para que se “incrusten” en el cerebro de las personas. Goebbels, el genio maléfico de la propaganda nazi, decía irónicamente que el éxito de la Iglesia Católica se debe a que ha repetido lo mismo por 2.000 años. Esta repetición debe ir acompañada de la “orquestación”, es decir, de la reiteración por varias personas y bajo diversas circunstancias y en distintos medios de propaganda. No obstante, la afirmación, la repetición y la orquestación admiten matices para los diferentes públicos. No es lo mismo dirigirlas a un círculo de intelectuales que a un grupo de campesinos. El papel de la propaganda es no solamente “lavar el cerebro” de la gente sino producir el “contagio”, que es la difusión horizontal de las ideas entre los individuos, codo a codo, en la base social, ya sin la intervención directa del promotor.

            Los expertos en esta materia afirman que si la publicidad comercial ha alcanzado éxito y ha logrado guiar al consumidor hacia productos y marcas específicos e incluso generar en él necesidades nuevas, todo ello maquinado por los modernos ingenieros de la publicidad, no hay razón para que no se pueda hacer lo mismo en el campo político. Al fin y al cabo el hombre-masa es un ser esencialmente influenciable, que suele aceptar de buen grado la “sugerencia” de ideas y de opiniones.

            En nuestros días la informática ha puesto al servicio de la política un nuevo instrumento de propaganda: la <internet. De ella han comenzado a valerse los promotores de causas legítimas o ilegítimas, justas o inicuas. Robert Dole, cuando era precandidato republicano a la presidencia de los Estados Unidos en 1995, utilizó esta red internacional de computadoras interconectadas para presentar sus puntos de vista e insertó en ella su home page con textos, fotografías y vídeos de sus propuestas. Pero como el sistema es completamente abierto y cualquier persona puede tener acceso a él, sus adversarios pusieron en circulación home pages apócrifos para desacreditarlo. Lo mismo ocurrió con otro de los precandidatos republicanos, Patrick Buchanan: sus detractores, escondiéndose en el anonimato, insertaron una imagen en la cual las 50 estrellas de la bandera norteamericana fueron remplazadas por la <esvástica. Y así han proliferado en los Estados Unidos los home pages clandestinos elaborados por los opositores políticos para hacer daño a sus adversarios. Les resulta una forma barata, fácil y moderna de difundir información. Lo mismo han hecho las <mafias, los carteles de la droga, los grupos terroristas, el <Ku klux klan, el movimiento musulmán denominado la Nación del Islam, el grupo Stormfront que pretende la “purificación” de la raza blanca, el activista canadiense de los “cabezas rapadas” George Burdi (impulsor de la acción nazi) y otros grupos que tienen a su disposición el sistema internet para dar a conocer sus ideas, por aberrantes que sean. En febrero de 1995 el Ejército Zapatista de México envió por este medio un manifiesto en el que acusó al gobierno mexicano de practicar torturas. A principios de enero de 1997, mientras mantenía ocupada la residencia del embajador japonés en Lima con 74 rehenes dentro, el grupo guerrillero peruano “Movimiento Revolucionario Túpac Amaru” (MRTA) publicó en internet su periódico cibernético denominado “Voz Rebelde Internacional” para dar a conocer sus principios ideológicos y políticos. El gobierno peruano no tuvo la menor posibilidad de censurar ni reprimir esta propaganda subversiva, como lo había hecho tantas veces en el pasado, porque la página del MRTA se originó en el recóndito espacio cibernético de alguna de las computadoras de la Universidad de California en San Diego. Todo esto es posible hacer a través de esta gigantesca red de comunicación. Y nadie está en capacidad de impedirlo dado que internet es una red abierta a la que tienen acceso decenas de millones de personas en el mundo entero, por lo que se vuelve imposible controlar la información o imponerle <censura. Cualquier usuario en cualquier parte del planeta puede difundir por medio de la red toda clase de datos de procedencia desconocida, que recorren libremente por las pantallas de las computadoras del mundo.

 
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