prensa amarilla

            Se designa con esta expresión, tomada del inglés “yellow press”, a los periódicos y, en general, a los órganos de comunicación que, subordinando su conducta a los intereses económicos de sus empresarios, hacen del escándalo y la truculencia los anzuelos para aumentar sus ventas. Suelen alterar la verdad por dinero. Están al servicio de quienes pueden pagar. Venden sus titulares, lo mismo que sus columnas informativas y editoriales. Y para ellos la libertad de prensa y la verdad pasan a un segundo lugar porque las conveniencias mercantiles son generalmente incompatibles con la verdad o con el interés público.

            La prensa amarilla sucumbe siempre a la tentación de supeditar la información a sus conveniencias comerciales. Su objetivo principal, espoleado por el afán de lucro de los empresarios, es cautivar y ampliar el número de lectores, telespectadores u oyentes. Para lo cual somete su conducta a la lógica del mercado y de la rentabilidad económica y desatiende el respeto que debe a la opinión pública y a la información de la verdad. La calidad y la autenticidad de la información pasan a segundo plano. Esta se produce para “venderla” y para conquistar compradores. Lo importante es ampliar el mercado y optimizar las utilidades. La prensa amarilla hace que se cumpla la profecía de Nietzsche: el mundo verdadero se convierte en fábula. Lo cual es gravísimo, porque en el momento actual las únicas imágenes, interpretaciones y reconstrucciones que tenemos del mundo son las que nos dan los medios de comunicación.

            La influencia del mercado sobre los mass media resulta terriblemente perniciosa porque lleva a la comercialización de la información, como mercancía de consumo masivo, y promueve las malas artes para venderla. Con frecuencia, las páginas rojas son el anzuelo para la venta de periódicos y la sintonización de frecuencias. Pero no es solamente esto. Los empresarios de la prensa amarilla, atenazados entre las conveniencias del mercado y la presión de sus anunciantes, no publican algo que “incomode” a quienes pagan por su publicidad. Como son sus principales aportantes económicos, han adquirido fácticamente el “derecho de veto” sobre lo que ha de publicarse. De este modo se callan cosas, se distorsionan hechos o se magnifican informaciones de acuerdo con las conveniencias de los anunciadores poderosos.

            La expresión prensa amarilla se originó, a fines del siglo XIX, en la durísima disputa entre Joseph Pulitzer y William Randolph Heartz, los dos magnates de la prensa norteamericana de ese tiempo. En 1893 el periódico “New York World”, de propiedad de Pulitzer, creó la primera tira cómica de la historia del periodismo, y también la primera página a colores, en el suplemento dominical. El personaje de ella fue el “yellow kid” (un niño chino con grandes orejas, vestido de una túnica amarilla, que vivía en los bajos fondos neoyorquinos). Esto dio un éxito de ventas sensacional al periódico. El “yellow kid” se convirtió en la principal atracción del “New York World”. Cuando Heartz, que había llegado de California, compró al hermano de Joseph Pulitzer el periódico “Morning Journal” se llevó el dibujante y el personaje “yellow kid” a su periódico. Estalló entonces la guerra entre los dos magnates de la prensa norteamericana en torno a la propiedad del famoso personaje. Esto ocurrió en 1896. Ambos estaban convencidos de la enorme importancia que para la venta de sus periódicos tenía el suplemento ilustrado del domingo.

            Este episodio contribuyó a dar el nombre de “periodismo amarillo” a los procedimientos, con frecuencia poco escrupulosos, de un tipo de prensa sensacionalista que abusa de las páginas rojas, los truculentos reportajes, las ilustraciones escandalosas, los grandes titulares y las estridencias para aumentar sus ventas.

            La prensa amarilla vulnera los derechos de los ciudadanos a ser informados veraz y oportunamente, a formarse una opinión objetiva, a expresarla libremente y a contar con los elementos de juicio necesarios para participar en la vida política de la comunidad y tomar sus decisiones democráticas. Los medios de comunicación responsables y serios tienen, por supuesto, otra conducta. Tienen plena conciencia de que están obligados a satisfacer esos derechos de la manera más leal y limpia. Esta es una de sus responsabilidades sociales.

 
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